Fotografía: https://www.facebook.com/dcodefest/

Un año más el campus de la Universidad Complutense de Madrid ha albergado un festival que al estar condensado en un solo día resulta demasiado intenso para quienes queremos aprovechar para ver el mayor número posible de conciertos. Ya el año pasado la organización decidió programar algunos nombres nacionales potentes (León Benavente y Belako) en el horario de mañana, con la intención de llenar el recinto desde primera hora. En esta edición la estrategia ha sido similar y el público ha respondido bastante bien.

La de 2017 ha sido una edición musicalmente superior a la del año anterior, demasiado entregada a la solitaria baza de Bunbury.

Los encargados de abrir el festival fueron los catalanes Holy Bouncer. Aunque no me dio tiempo a llegar al inicio la mitad del show bastó para comprobar la garra que tiene esta formación inspirada por el soul y el rock guitarrero de voces rasgadas de finales de los 60. A pesar de que gran parte del público que había acudido a la carpa estaba esperando en verdad los dos espectáculos posteriores, superaron con creces la difícil tarea de contagiar entusiasmo a todos los que nos encontrábamos allí y gozamos con temas como “Time of the Wicked Minds” o “Anticipation”.

A continuación llegaban los dos conciertos nacionales masivos. En primer lugar el de Miss Caffeina, quienes demostraron por qué con su tercer álbum “Detroit” han dado un salto en calidad y en público. Si bien no fue su mejor concierto (Alberto estaba algo afónico) terminaron de despertar a una multitud que se entregó especialmente en canciones como “Hielo T”, “Ácido”, “Titanes” (que terminaron uniendo al más que conocido “Maniac” de Michael Sembello) y por supuesto en el colofón final de “Mira Cómo Vuelo”. Si para ver a Miss Caffeina no cabía un alfiler en la carpa aún menos para Iván Ferreiro. Es cierto que el calor que puede sufrirse en Madrid un 9 de septiembre (aunque esta vez no fue el caso) hace que a las dos de la tarde la carpa sea más apetecible que el escenario principal, pero a Iván se le quedó muy pequeña. El gallego respondió a la gran cantidad de gente que se había acercado a una hora que no es la favorita ni de artistas ni de público con un directo impecable en el que repasó algunos de sus temas recientes como “Casa, Ahora Vivo Aquí”, “Pájaro Azul” o “El Dormilón” y grandes éxitos como “Turnedo”. Además hubo sorpresa incluida, con un pletórico Dani Martín con el pelo teñido de azul (¿crisis de los 40?) colaborando en “El Equilibrio Es Imposible”.

Fotografía: https://www.facebook.com/dcodefest/

Con la euforia todavía latente en el ambiente llegó uno de los momentos broncos de la jornada: las (inexplicables) dificultades para abandonar el recinto a la hora de la comida generaron un enfado generalizado y abucheos. Tras estos problemas y recargar energías tuvo lugar la primera decisión de la sesión: ¿Charli XCX o La Femme? Al final me decanté por los franceses La Femme, y gracias a ello puede ver uno de los mejores conciertos del festival. Más allá de la gracia de que entraron con “Paquito el Chocolatero” a base de teclados, fuertes golpes de sintetizador, algunas dosis de hip-hop y la suave voz de Clémence consiguieron hacerse con un escenario principal que comenzaba a llenarse. A continuación, en el escenario contiguo llegaron el tedio, el moderneo más cargante y las sobredosis de azúcar que provoca escuchar a Carlos Sadness más de cinco minutos. Las letras ñoñas de “Amor Papaya” o “Qué Electricidad” siguen haciendo que me sorprenda por su éxito.

A base de teclados, fuertes golpes de sintetizador, algunas dosis de hip-hop y la suave voz de Clémence los franceses La Femme dieron uno de los mejores conciertos del festival.

Afortunadamente después llegaron los londinenses Daughter para inundar la carpa con su dream-pop intimista, a mitad de camino entre Beach House y The Cranberries. La voz de Elena Tonra emocionó como nunca en temas como “Youth”, “Smother” o “How”. A continuación nos trasladamos de Londres a Mánchester para vivir el remember de Oasis de Liam Gallagher. Más allá del exceso de ego del músico (sólo el aire impidió que pusiera un cartel gigante de sí mismo en el escenario) y de su perenne postura de manos detrás de la espalda, ofreció momentos brillantes (aquellos en los que interpretaba los temas de Oasis) con “Rock ‘n’ Roll Star”, “Morning Glory” o “Slide Away”. No obstante, el público desconectaba bastante cuando llegaban sus temas en solitario o alguno de Beady Eye (“Soul Love”). Como única pega a la parte en la que interpretaba los temas del mítico grupo que formó con su hermano está que el final de “Wonderwall” quedó un tanto arrebatado.

Fotografía: Alfredo Arias

Tras hacer un intervalo por los 90 volvimos a la actualidad para introducirnos en la atmósfera que crean Band of Horses. La banda de Seattle no es precisamente santo de mi devoción, pero no por ello dejo de reconocer que ofrecieron un muy buen concierto, con momentos emotivos en los que conectaron con el público, especialmente a partir de canciones como “Is There A Ghost” o “The Funeral”. Hubo que moverse rápido para coger un buen sitio en el que ver a Interpol. El efecto reclamo provocado por la gira centrada en la que hasta hoy es su mejor obra, “Turn On The Bright Lights”, hizo que no les pesara el papel de cabezas de cartel, con una hora de música sobria pero efectiva y emocionante en la que “Untitled”, “Obstacle 1” y “Slow Hands” brillaron especialmente.

Exquirla mostraron un sonido espléndido a base de guitarras muy cuidadas, distorsiones que funcionan como un reloj suizo y un cantaor que emociona al relatar historias tan duras como las de “Destruidnos Juntos” o “Un Hombre” y otras en las que propone resurgir de las cenizas como en “Hijos de la Rabia”.

Prácticamente la totalidad del aforo continuó con el sonido 2000 para bailar al son de Franz Ferdinand. Sin embargo, en El Quinto Beatle llevamos todo 2017 recomendando a Exquirla allá donde van, y en el DCODE no podíamos ser menos. En una carpa mucho menos congestionada que en los conciertos matutinos de Miss Caffeina e Iván Ferreiro se pudo disfrutar de una formación que, a pesar de los problemas que sufrieron (en algunos momentos no se escuchaba a Niño de Elche), mostró un sonido espléndido a base de guitarras muy cuidadas, distorsiones que funcionan como un reloj suizo y un cantaor que emociona al relatar historias tan duras como las de “Destruidnos Juntos” o “Un Hombre” y otras en las que propone resurgir de las cenizas como en “Hijos de la Rabia”. El cansancio hacía mella, y si a eso se suma mi falta de interés por The Kooks se puede entender por qué pasaron bastante desapercibidos. Su presentación estuvo en la línea de lo que se esperaba: indie-pop facilón y blandito para bailar y poco más.

Al abandonar el recinto con la música de los barceloneses Yall de fondo uno no podía dejar de pensar que, en general, había sido un gran día, con un suficiente número de buenos conciertos que hicieron de la de 2017 una edición musicalmente superior a la del año anterior, demasiado entregada a la solitaria baza de Bunbury.

Fotografía: Alfredo Arias