Aún recuerdo que Father John Misty detuvo uno de sus conciertos para hablar de cómo el objetivo del entretenimiento y la industria del pop era mantener al pueblo sedado para que así ignorase cuestiones políticas, bélicas y medioambientales. “El entretenimiento es jodidamente estúpido” decía Josh Tillman en aquella intervención que adelantaba la temática de “Pure Comedy”. De esta forma dejó patente que él pertenece a una especie de resistencia que defiende sus ideales por encima del beneficio económico. Así, hoy podemos decir que se suma un miembro más a ese colectivo que lucha por la misma libertad artística: Kesha.

Constantemente aparecen nuevos artistas que lanzan el single de rigor y desaparecen del radar. Hemos hablado de ellos y nos han entretenido, pero sus quince minutos de fama han pasado y tienen que marcharse. Sin embargo, no siempre es así; hay excepciones que funcionan y que siguen en la escena a cambio de mantener una carrera a merced de productores que buscan el máximo beneficio económico, inhibiendo de esta manera al artista en cuestión. Pienso en Miley Cyrus, que demostró su valía con el polémico “Bangerz” y el posterior álbum producido por los Flaming Lips, pero el caso que hoy nos atañe es el de Kesha, quien al fin ha conseguido escapar de esa industria que la encumbró y después no tuvo ningún reparo en dejarla caer sobre un limbo del que le ha costado salir.

La industria del pop, un ser insaciable que coarta toda libertad artística

Kesha al fin ha contado con la libertad artística que tanto ansiaba permitiéndole profundizar en sus verdaderas influencias (Iggy Pop, Dolly Parton, The Beatles, Beach Boys, T. Rex…) para confeccionar un elepé que supone un importante paso en su carrera así como una muestra exquisita de madurez.

La historia de Kesha es como la de cualquier otra artista del universo pop. Aparece de la nada con un single que triunfa a lo largo y ancho del globo (“Tik Tok”, 2009) y lo acompaña con un álbum que contiene algún que otro single pegajoso (“Your Love Is My Drug” y “Take It Off”). Si bien los temas eran de carácter EDM machacón (cortesía de Dr. Luke), Kesha quería apostar por algo diferente, de ahí que posteriormente colaborara con Iggy Pop en “Dirty Love” y grabara con los Flaming Lips un álbum que jamás vio la luz al considerarse un suicidio comercial. Para analizar el recorrido de Kesha hay que detenerse inevitablemente en la figura de Dr. Luke, quien fichó para su sello a la cantante con tan sólo 18 años e hizo que firmara un contrato por el que se comprometía a publicar con él tres álbumes. El problema llegó en 2014, cuando Kesha denuncia a Dr. Luke por supuesto acoso sexual, iniciando un litigio que detendría su carrera a la espera de un veredicto. Al final las cosas no salieron muy bien para la artista y en febrero de 2016 se desestimó su demanda, lo que la condujo a cierta inestabilidad emocional, un ingreso en una clínica de alimentación y a pasar los peores meses de su vida al tener constantemente en mente que todavía tenía que publicar un disco más con su supuesto acosador.

En este caótico y desgarrador escenario nace el tercer trabajo de la californiana: Rainbow”. Aquí Kesha ha tomado las riendas de toda la dirección artística, ya que Dr. Luke se ha distanciado lo suficiente para no alimentar el morbo y ha quedado relegado únicamente a los trámites vinculados con la publicación del compacto. Al fin ha contado con la libertad artística que tanto ansiaba permitiéndole profundizar en sus verdaderas influencias (Iggy Pop, Dolly Parton, The Beatles…) para confeccionar un elepé que supone un importante paso en su carrera así como una muestra exquisita de madurez.

Fotografía: http://www.billboard.com/

“Rainbow”: la resurrección y redención de Kesha consigo misma

Si bien en la primera mitad del álbum se exhibe  un abanico musical bien diverso y contrastado, la lírica positiva y llena de energía se encarga de mantener la coherencia del conjunto. Asimismo, atrás queda toda modulación vocal y producción enlatada en aras de un sonido más orgánico y una voz poderosa.

No dejaba de leer que simplemente por el hecho de existir “Rainbow” es admirable. Por suerte, en los apartados lírico y musical es igual de destacable. Kesha ha potenciado su vena rockera y, en la línea del “Joanne” de Lady Gaga, ha entregado un trabajo donde se muestra auténtica. Todo comienza con Bastards”. Kesha entra y observa el lugar que tuvo que dejar vacío hace años entregándonos unos delicados rasgueos de acústica que derivan en una suave eclosión melódica final. Kesha va pintando las paredes de este espacio solitario con versos automotivacionales, motivo que se irá repitiendo a lo largo de este trabajo (Don’t let the bastards take you down, don’t let the assholes wear you out, don’t let the mean girls take your crown”). En esta casa ahogada por las tinieblas comienza a entrar luz y energía para explotar en la brillante Let ‘Em Talk, primera de las colaboraciones con los Eagles of Death Metal y primer punto a favor en comparación con Lady Gaga. La neoyorquina trabajó con Josh Homme y no supo manejar a la reina de la edad de piedra, mientras que Kesha, por suerte, ha sabido llegar a buen puerto con ayuda de las águilas; el resultado es magnífico.

Si bien en la primera mitad del álbum se exhibe un abanico musical bien diverso y contrastado, la lírica positiva y llena de energía se encarga de mantener la coherencia del conjunto. En Woman la artista se mueve sobre ritmos soul y una deliciosa sección de viento-metal firmada por los Dap-Kings (Sharon Jones) para mostrarse completamente feliz a la vez que reivindica la personalidad de la mujer (“I’m a motherfucking woman, baby alright, I don’t need a man to be holding me too tight”). A diferencia de Lady Gaga, Kesha muestra una naturalidad musical y lírica que es real. Incluso en los momentos más producidos y pop, como en la suave y R&B “Hymn, observamos a una artista preocupada por lanzar un mensaje de amor hacia el mundo sin que suene pretencioso ni impostado. Los sintetizadores, chasquidos y detalles cuidados al milímetro consiguen potenciar el contenido sin crear la incongruencia que habitaba a lo largo de “Joanne”.

A diferencia de Lady Gaga, Kesha muestra una naturalidad musical y lírica que es real. Incluso en los momentos más producidos y pop observamos a una artista preocupada por lanzar un mensaje de amor hacia el mundo sin que suene pretencioso ni impostado.

Y ahora llega el momento de mayor pasión de todo el álbum, el punto de inflexión en la vida de la cantante: Praying”. Esta balada a piano que crece en intensidad hasta explotar en un final apoteósico es un auténtico puñetazo sobre la mesa. En la letra Kesha pone de manifiesto todo lo que le ha hecho pasar Dr. Luke entremezclándolo con mensajes de superación, mostrando así a una Kesha que está madurando y se da cuenta de que no puede tener todo bajo control. En lo que respecta a la música, este primer adelanto producido por Ryan Lewis nos enseñó que atrás quedaba toda modulación vocal y producción enlatada en aras de un sonido más orgánico y una voz poderosa (la crecida de la segunda mitad deja sin aliento, bravísima Kesha). Corte impecable donde los haya, aunque tal vez su temprana aparición en el tracklist suponga un problema, ya que de aquí en adelante el objetivo será mantener el tipo e impedir que el asunto decaiga demasiado. La estrategia funciona en Learn To Let Go”, un bonito tema pop con ritmos más asequibles y pegadizos que busca ser la cara alegre de “Praying” y termina por alzarse como otro highlight dentro de esta placa.

Después de tratar su problemática con Dr. Luke, Kesha pone la mirada en otros asuntos y alivia la carga lírica del álbum: Finding Youhabla de amor sirviéndose de un piano rotundo y baterías arrolladoras que nos conducen a Rainbow, primer tema que se concibió para el trabajo. Una balada de piano, metales y coro compuesto durante sesiones de una hora mientras Kesha estaba ingresada el pasado año. La manera en la que se dan forma a las canciones y sus letras nos hacen pensar irremediablemente que “Rainbow” no se ha diseñado para contentar a las masas sino a ella misma, y esto es precisamente lo que lo hace tan especial. Es la ausencia de tener que rendir cuentas a nadie lo que le permite incluir ritmos y piezas como Hunt You Down”, con un riff poco común sobre el que construyeron una canción country-rock como si de un experimento se tratara.

Kesha ha hecho lo que ha querido y ha disfrutado haciéndolo. Aunque es cierto que el resultado es más acertado que en “Joanne”, también hay momentos que dejan que desear, empezando por la duración del disco y terminando por la descompensación que existe entre las mitades (la recta final es más floja en comparación con la cara A pese a resultar más agradable y suave de escuchar).

Aunque es cierto que la recta final es más floja en comparación con la cara A, resulta más agradable y suave de escuchar. No existen tantos contrastes que nos obliguen a estar en tensión, sino que los temas se suceden con suavidad, empezando por Boogie Feet, segunda colaboración con los Eagles of Death Metal. Lo pegadizo y desinhibido de “Let ‘Em Talk” se pierde aquí buscando un rock algo más sucio que, por desgracia, nos deja una sensación agridulce. Algo parecido pasa con Boots, cuya sensual melodía nos recuerda que Kesha era una estrella del pop que también, inevitablemente, incluye tracks de relleno. Lo bueno es que este ‘desliz’ consigue potenciar a la perfección Old Flames (Can’t Hold a Candle To You)”, uno de los momentos más especiales de la placa. Se trata de un corte que escribió la madre de Kesha para Dolly Parton en 1980 y que ahora es versionado por su hija y la propia Parton casi 40 años después, con un resultado maravilloso. La guinda del pastel la ponen conjuntamente Godzillay Spaceship, puramente acústica la primera y de influencia bluegrass la segunda. Ambas se encargan de elevar el álbum y poner una nota de buen rollo al larga duración más duro y auténtico de Kesha hasta la fecha.

Kesha ha aprovechado a la perfección tener el control de la dirección artística de su carrera. Tenía curiosidad por ver qué sería capaz de hacer sin estar encadenada a productores ni tener que contentar a todo el mundo y me alegra ver que ha apostado por la nueva ola de pop orgánico sincero, algo que le ha sentado de maravilla. Kesha ha hecho lo que ha querido y ha disfrutado haciéndolo. Si bien es cierto que el resultado es más acertado que en “Joanne”, también hay momentos que dejan que desear, empezando por la duración del disco y terminando por la descompensación que existe entre las mitades que componen “Rainbow”. Tal vez quería aprovechar esta oportunidad y ofrecer todo el material que tenía pendiente de publicar estos últimos años sin pensar demasiado en la forma. En cualquier caso, Kesha se ha desahogado y mostrado auténtica, asentando las bases de una nueva carrera alejada de la cruel industria del pop.

Kesha – Rainbow

7.0

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Tras mantener su carrera en pausa durante los últimos años debido a los enfrentamientos legales con su antiguo productor, Kesha vuelve con un álbum en el que se abre en canal para explorar los peores años de su vida acompañándose de melodías que fluctúan entre el pop, el rock y reminiscencias country, dando lugar a un conjunto en el que la artista se encuentra más cómoda que nunca.

Up

  • La primera mitad del disco, donde la artista pone las cartas sobre la mesa y deja al oyente sin aliento.
  • La capacidad vocal de Kesha.
  • El apartado lírico: sincero y maduro.
  • “Praying” y “Let ‘Em Talk”, canciones estrella del elepé.
  • La mera existencia de “Rainbow”.

Down

  • Lo descompensadas que están las dos mitades del trabajo, produciendo la cara B una escucha menos emocionante.
  • La duración del álbum.
  • Los momentos de pop más al uso como “Boots” o “Finding You” hacen que el conjunto pierda.

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