Supongo que la primera vez yo era aún demasiado joven para entenderlo del todo. Qué demonios, ‘joven’ ni siquiera es la palabra; y, sin embargo, podía comprender una parte de aquellas palabras cantadas suavemente desde la niebla del pasado. A veces no hace falta haber estado ahí para entender las palabras, porque entonces también se disparaban balas y se temía a la bomba como a un dios vengativo que vuelve a la Tierra. No hace falta que pasen cinco décadas, porque, aunque aquellos fueran otros tiempos, no dejan de ser estos.

No sé cuántos años tendría cuando me acerqué por segunda o tercera vez, con respeto ritual, al viejo tocadiscos del salón para que mi padre me enseñara a King Crimson. Recuerdo escuchar “In The Court of the Crimson King” por primera vez con una extraña admiración, como si lo que estaba grabado en estrías en el disco de vinilo fuesen cánticos ancestrales con un aire de leyenda. Sonaban distantes y grandiosos, pero, al mismo tiempo, en un rincón imposible de mi memoria sentía haber oído aquello antes. “21st Century Schizoid Man” me impactó evocando la locura en el desenfreno de sus notas, “Moonchild” me acunó en su bosque nocturno como una nana olvidada hacía siglos y “Epitaph” tardó muchos años en echar raíces en mí, pero cuando el momento llegó ya entendía las palabras. Aunque no hubiera estado ahí.

No resulta tan inquietante cuando te paras a pensarlo, porque el mundo siempre ha parecido estar al borde del abismo. Y siempre se han hecho canciones alegres, e historias cómicas, y libros ligeros. Pero no siempre se podía ahuyentar el fantasma que a veces invadía los cuerpos y las mentes, provocando un terror hueco y extraño, un pequeño punto de angustia en el centro del pecho que, muy despacio, empujaba hacia fuera. Entonces, cuando el fantasma aparecía, sólo se podían hacer dos cosas: o desesperar, o combatir.

En aquel entonces el miedo se tornó en protesta y de repente había algo por lo que luchar, algo en lo que centrar los esfuerzos para resistir ante la desesperación. Había palabras que resonaban con fuerza, como insultos contra el imperio y herramientas para acabar con ellas: socialismo contra el imperialismo, pacifismo frente a la intervención militar. Había nombres contra los cuales clamar: Richard Nixon, Henry Kissinger, o Spiro Agnew si eras Peter Sinfield y estabas escribiendo una canción para tu grupo de rock progresivo. Había una idea que flotaba en el aire en Oriente y Occidente, pero que pendía de un modo más amenazante sobre la cabeza coronada de Estados Unidos como la espada de Damocles: la guerra de Vietnam, que sólo fue una entre muchas, uno de tantos frutos cargados de temor hacia el futuro.

Pero no siempre había fuerzas para ser combativo. No siempre se podía levantar el cuerpo y gritar con furia y manifestarse, porque a veces sencillamente no entendías nada: porque nadie hablaba claro, porque la verdad era maleable y los hechos podían filtrarse a través de un fino tamiz de intereses particulares, porque era mejor tener una población aterrada que una población crítica. Y Greg Lake cantaba con una pena profunda y hueca como un invierno nuclear, porque la guerra nunca cambia y el futuro está en manos de locos, malvados y estúpidos.

¿De verdad que no recuerda a nada?

Siempre ha sido así. A veces no hace falta haber estado ahí para entender las palabras, porque ahora también se disparan balas y se teme a las bombas que vienen desde el aire y sobre el suelo cuando todo el mundo está con la guarda baja y ni siquiera tiene tiempo de comprender qué ocurre. La sombra empezó a cernirse sobre la tierra a miles de kilómetros de aquí y nos decían que no pasaba nada, pero cuando el sol se pone todas las sombras se alargan y se extienden hasta todas partes. Para muchas personas el camino ya se ha roto y no pueden reír y olvidarlo al día siguiente; mañana llorará otra gente por ellas, por ellos, por los que conocen y los que no, por todos.

Pero lo que queda ahora, después de todo, no es miedo. Sí, el futuro no ha dejado de ser una incertidumbre amenazante, pero esta vez hay algo distinto. Una voluntad, vaga pero cada vez más corpórea, de negarse a que la confusión sea nuestro epitafio; un pequeño rescoldo de lo que, en su momento, fue un fuego de lucha. Hay algo aparte de la amenaza de un porvenir inquietante, algo además de las grietas, de un futuro en el que quizá no se recuerden nuestros nombres. Hay otra cosa distinta.

Hoy ya es el día siguiente. Ya hemos llorado, y temido. Y no tenemos miedo.