De pequeño siempre preferí a Gilmour. Había algo en la extravagancia de sus sintetizadores que siempre ejerció una gran atracción sobre mí, un adolescente flipando con la psicodelia y el sonido espacial de “The Dark Side of the Moon”. Aquel fue el primer disco que escuché de los británicos. Un ajado vinilo que mi padre había comprado en los ochenta entró en mi vida para nunca irse. Un poco más tarde, sin embargo, me topé en un mercadillo con otro vinilo, esta vez con un muro blanco de portada. Lo había visto antes, por supuesto. Era una de esas portadas que todo el mundo conocía, aunque me costaba poner sonido a sus ladrillos. No tardé mucho en escucharlo. Como destrozado por una bola demoledora, el muro cayó con la primera nota de “In the Flesh?” para dejar al descubierto a Roger Waters, el otro genio, que sería un capullo dictatorial, pero a partir de ese momento fue MI capullo dictatorial.

Duele reconocerlo, pero Pink Floyd siempre fue más de Waters que de Gilmour. El primero lo demostró incluso en los discos más mediocres, siendo siempre capaz de flotar por encima de la media con discos como “The Final Cut”, que sin ser lo mejor de los ingleses seguía siendo un esfuerzo muy respetable. En cuanto al segundo… las palabras sobran cuando uno intenta sentarse a escuchar lo que los restos humeantes de Pink Floyd han intentado hacer con los reflejos de una de las carreras musicales más brillantes de la historia. ¿“A Momentary Lapse of Reason”? Antes me escucho lo último de blink-182. Lo siento David.

Escapando de la sombra de Pink Floyd

Un LP nostálgico que, de un modo extraño, consigue escaparse de la sombra de Pink Floyd para establecerse como una obra destacable por sus propios méritos.

Por si la supremacía de Waters no estaba clara aún, el septuagenario ha decidido volver a meterse en el estudio para demostrar que, después de todo, si era un marimandón es porque se lo podía permitir. El nuevo trabajo de Roger Waters es un gran JA JA (poner voz de Nelson) en la cara de Gilmour y su soporífero “The Endless River” de 2014. Un grandioso “te lo dije” a todos los que seguíamos creyendo que Pink Floyd murió por su culpa. Un LP nostálgico que, de un modo extraño, consigue escaparse de la sombra de Pink Floyd para establecerse como una obra destacable por sus propios méritos. Política, baladas acústicas y aires de grandiosidad. Is This the Life We Really Want? es todo lo que podíamos esperar de Roger Waters, y un poco más.

“Is This the Life We Really Want?”: poderosa dama es la nostalgia

Política, baladas acústicas y aires de grandiosidad. “Is This the Life We Really Want?” es todo lo que podíamos esperar de Roger Waters, y un poco más.

El fatalista Waters ya no es joven. Dejó de serlo hace tiempo, aunque en el fondo eso no importa, porque cualquier cambio es superficial. Quizás sea por eso que no se esfuerza el autor en maquillarse las patas de gallo en temas como Déjà Vu o la extraña Bird in a Gale, autoindulgentes y sinceros a partes iguales, reminiscentes del muro hasta el punto justo. No vamos a ponernos exquisitos. Que Roger Waters suene a Roger Waters es algo que no debería coger por sorpresa a nadie y menos cuando lo hace de un modo tan renovado y atractivo. ¿Se nota la mano prodigiosa de Nigel Godrich, el sexto miembro de Radiohead? Puede ser, especialmente cuando miramos a paisajes sonoros como el de Is This the Life We Really Want?. Profundo, complejo y lleno de detalles. La canción que da nombre al álbum construye tensión sobre un bajo tenso e invasivo que, combinado con secciones de cuerda y piano con aroma a Jonny Greenwood, genera una atmósfera perfecta para que Waters nos susurre al oído con su mejor voz de narrador.

Otro éxito notable es el de Picture That, que aunque vuelve a caer en la trampa de la superficialidad política se maneja con habilidad para sacar a relucir la lagrimilla de todo aquel que sea fan de “Shine on You Crazy Diamond” mediante su bajo conductor y su intensidad creciente. Algo parecido pasa con Smell the Roses”, otra composición sexy y con gancho que trae de vuelta el groove y las guitarras aullantes que cualquier Stoner reconoce a la primera. Puede que sea una ilusión, que no sea más que un uso descarado de la nostalgia… ¡pero qué uso! Desde luego eso mejor que The Last Refugee, single algo fofo y desganado que apenas consigue despegar pese a todos sus artificios sonoros y efectos orquestales. No es la única. En varias ocasiones Waters se ve lastrado por su deseo de alcanzar un clímax artificial a lo “Comfortably Numb” como sucede con Broken Bones”, algo que no se ve ayudado por un uso repetitivo del tema político que cansa más que hace reflexionar. Waters es consciente de sus fortalezas y debilidades, sabe muy bien tirar de los hilos de su oyente, pero eso no impide que muchas veces se quede expuesto, tirando descaradamente de la épica más efectista.

En varias ocasiones Waters se ve lastrado por su deseo de alcanzar un clímax artificial a lo “Comfortably Numb”. Sabe muy bien tirar de los hilos de su oyente, es consciente de sus fortalezas y debilidades, pero eso no impide que muchas veces se quede expuesto, tirando descaradamente de la épica más efectista.

Quizás sea por eso que, cuando Waters abandona la artificiosidad, su música gana en profundidad y lirismo, algo que se ve claramente en la preciosa balada “The Most Beautiful Girl”. La inquietante composición sobre dos amantes sorprendidos por la explosión de una bomba pone los pelos de punta no sólo gracias a su metafórica letra sino también a una de las partes instrumentales más cuidadas del álbum, unido esto a una estructura sin fisura alguna. Más esquemática si cabe, “Wait for Her” sigue también este camino para comenzar una armoniosa recta final que empieza con la adaptación acústica del poema del palestino Mahmoud Darwish. Si bien es criticable que Waters use el poema a modo de rehén que sirva para confirmar lo abierto y cosmopolita que es y lo mucho que tienes que escuchar el discurso que lleva machacando desde 1980, también lo es que se las ingenia para crear una bonita rampa de ascenso y descenso hacia “Part of Me Died”, final mesurado y épico a partes iguales.

El álbum no hace más que eso, morir sin sorprendernos, pero dejándonos una sensación dulce en la boca, parecida a la que te dejaría una gominola que llevas años sin probar. Es difícil discernir qué es melancolía y qué es innovador en lo nuevo de Waters, pero ahí está el encanto: en que sea lo que sea te deja una sensación cálida en el estómago, como si acabáramos de ver a un viejo amigo. En fin, si la cosa sigue así, la jubilación puede esperar.

Roger Waters – Is This the Life We Really Want?

7.0

Quizás sea porque no esperábamos mucho, quizás porque no esperábamos nada, pero Waters ha vuelto sorprendiendo a jóvenes y veteranos con una creación que es mitad nostalgia, mitad fuego. Sin duda un buen legado sonoro de un septuagenario que, lejos de jubilarse, avanza hacia el frente sin perder de vista su punto de partida.

  • Uso mesurado de la nostalgia, dejando sonidos más parecidos a recuerdos vagos que a copias exactas.
  • Waters no pierde el gancho y es capaz de entregar varios temas concisos y efectivos como pocos a lo largo de su carrera.
  • La producción de Godrich es claramente un punto a favor, añadiendo una capa de pintura fresca a un sonido antiguo.

  • Lo repetitivo de su temática no siempre se ve contrarrestado por una parte instrumental a la altura.
  • Waters peca de artificioso y efectista, queriendo que lloremos a veces cuando no procede.
  • Las progresiones de acordes y motivos pinkfloydianos acaban por adquirir cierto toque autoparódico.