King Gizzard & The Lizard Wizard hacen que me plantee cosas. ¿Sirve para algo todo este tinglado? El esquema es más o menos sencillo: ellos sacan un disco, nosotros lo escuchamos a rabiar, tratamos de reflexionar y contener nuestra emoción (casi siempre sin éxito), escribimos una vehemente reseña y adjuntamos una nota numérica entre 0 y 10 con una precisión de hasta un decimal. El proceso tiende a multiplicarse hasta el infinito debido a la acelerada urgencia con que la banda es capaz de crear nuevos trabajos, especialmente este año.

Los likes, shares y demás índices de popularidad nos dicen que nuestros textos sobre los de Melbourne encuentran una respuesta moderadamente aceptable entre un público gizzarista creciente. Así que, aunque a base de juntar letras no vayamos a salir de pobres, volveremos a hacer lo que se espera de nosotros una vez más. Pero, en serio, ¿sigue teniendo sentido evaluar con algo tan gris como un número comprendido en una escala algo tan difícil de encajar en cualquier molde como la música de Stu y compañía? ¿Es posible, teniendo en cuenta la avalancha de fuzz, microtonos y flautitas a la que nos estamos viendo sometidos, mantener una coherencia objetiva, temporal y numérica que pondere con exactitud cada una de las piezas del espectacular mosaico que están construyendo? La respuesta empieza por n, por lo que ya estáis avisados: no nos hacemos responsables de las contradicciones, despropósitos y absurdeces en que podamos incurrir al tratar de analizar ‘objetivamente’ la carrera musical de este septeto.

Discurso ambiguo y elegante en un experimento exitoso

Es importante dejar claro que, aunque la influencia y aportación de Alex Brettin resulta palpable a lo largo de todo el disco, no puede decirse que Stu y los suyos hayan copiado la fórmula de aquel. Las diferencias entre el sonido de este LP y la discografía de Mild High Club saltan a la vista desde las primeras escuchas.

Es imposible que la publicación de “Sketches of Brunswick East” no te haya cogido por sorpresa. El baile de fechas ha sido continuo en lo que quizá es otra manera más del Rey Molleja de demostrarnos lo empeñado que está en llamar nuestra atención y sembrar el desconcierto con cada paso que da. Por supuesto, lo más fascinante del undécimo disco de los aussies se encuentra en su interior. Para empezar, debe destacarse la colaboración con la banda californiana de pop lo-fi y psicodélico Mild High Club (proyecto unipersonal de Alex Brettin). Por otro lado, es digno de expectación y aplauso que hayan querido volver a aquellas maneras jazzeras que asomaron en la primera pieza de “Quarters!” y algunos pasajes del “Paper Mâché Dream Balloon”, lo que nos trae un álbum raro o, al menos, diferente, lo que es mucho decir dentro de los variables parámetros gizzarianos. Además, creo que es importante dejar claro que, aunque la influencia y aportación de Alex Brettin resulta palpable a lo largo de todo el disco, no puede decirse que Stu y los suyos hayan copiado la fórmula de aquel. Las diferencias entre el sonido de este LP y la discografía de Mild High Club saltan a la vista desde las primeras escuchas: empezando por la ausencia de texturas tan sintéticas como las que suele gastar el londinense, el evidente groove que recorre el álbum, la actitud progresiva y episodios de microtonalismo con que son aderezadas algunas pistas y un acercamiento a la bossanova e incluso al jazz-rock del Frank Zappa menos endiablado que nunca habíamos escuchado en las obras de Brettin. Doble victoria para ambos, en cualquier caso, al haber conseguido una mixtura tan elegante y original experimentando con dos maneras de componer, a priori, tan alejadas.

Fotografía: Tom Spray

No es que King Gizzard & The Lizard Wizard acostumbren a descuidar el apartado instrumental, pero aquí quieren dejar claro que estamos ante otra cosa. Quizá el homenaje a Miles Davis sea exagerado, pero el cambio de tercio es evidente para librarnos del barro, sudor y vómito con el que nos pusieron perdidos en su último disco.

El álbum se abre con “Sketches of Brunswick East I”, un breve motivo jazzístico que irá mutando y buscando una reinterpretación diferente a lo largo del LP. No es que los australianos acostumbren a descuidar el apartado instrumental, pero aquí quieren dejar claro que estamos ante otra cosa. Apenas ochenta segundos de una preciosista y fantasiosa instrumentación que nos sirven como felpudo para librarnos del barro, sudor y vómito con el que nos pusieron perdidos en su último disco. Quizá el homenaje a Miles Davis sea exagerado, pero el cambio de tercio es evidente.

En “Countdown” continúan recreando preciosistas y etéreos paisajes mediante un jazz-funk popero que me hace soñar con una colaboración con el mismísimo Thundercat. Los de Melbourne demuestran que se puede alzar el vuelo y elevar la consciencia sin perder el swing. Una delicia que no esperaba. Guitarra y bajo cogen el puntito justo de distorsión mientras la flauta de Stu se agría hasta derramar salsa yogur para realizar en “D-Day”, un acercamiento entre el jazz-rock setentero y el rock microtonal turco que el conjunto introdujo en su universo sonoro a principios de año. Todo esto servirá para preparar el terreno a una “Tezeta” que exhibe la mejor actuación vocal del álbum hasta el momento. La pieza atraviesa diferentes compases que demuestran que King Gizzard no sólo saben soltar guitarrazos a cascoporro, sino también jugar con los cambios de ritmo y una variada paleta de colores sin que en ningún caso los tecnicismos comprometan su capacidad de entretener y sonar disfrutables. Por supuesto, el conjunto no llega a la altura creativa de gigantes como Soft Machine, ni puede compararse el manejo de las cuerdas de Stu y Joey con la genialidad irrepetible con que acariciaban su instrumento Wes Montgomery o Joe Pass, pero lo cierto es que King Gizzard saben exprimir su talento a pesar de jugar fuera de su terreno.

King Gizzard no sólo saben soltar guitarrazos a cascoporro, sino también jugar con los cambios de ritmo y una variada paleta de colores sin que en ningún caso los tecnicismos comprometan su capacidad de entretener y sonar disfrutables. Saben exprimir su talento a pesar de jugar fuera de su terreno.

El bajo enérgico y vibrante de “Cranes, Planes, Migraines” introduce la suave “The Spider and Me”. Estamos acostumbrados a que King Gizzard nos transporten a lugares oscuros, de serie B, nacidos de su desquiciada cabeza. Aquí parecen querer darnos un paseo por un entorno urbano primaveral y distinguido gracias, en gran parte, al uso del vibráfono. La flauta, el wah-wah de la guitarra y un bajo que retumba en nuestro abdomen retoman el motivo con que abrieron el disco para seguir desarrollándolo en “Sketches of Brunswick East II” demostrando, una vez más, que han dejado las prisas para otro día. “Dusk To Dawn On Lygon Street” nos presenta con la misma parsimonia una evocadora mezcla entre el jazz y lo que en USA llamarían sunshine pop. Su título, por cierto, nos remite a una de las calles principales de Brunswick East, un suburbio a las afueras de Melbourne donde se encuentra el estudio de los australianos, del que suponemos que apenas saldrán salvo que tengan alguna gira en el calendario.

The Book” representa los que quizá sean los mejores 5 minutos de “Sketches of Brunswick East”. La banda nos presenta una suerte de acid funk microtonal, por definirlo de alguna manera. La pieza vuelve a hacer gala de la habilidad del septeto para generar complejos y atractivos desarrollos instrumentales destacando aquí la imaginativa percusión y unos teclados ásperos y sugerentes. Los niveles de ácido se incrementan considerablemente en “A Journey to (S)hell”, que puede recordarnos al Zappa más caótico e infernal o a los psicodélicos The C.A. Quintet de “Trip Thru Hell”.

Un discurso ambiguo y elegante que va de la bossanova y el jazz modal al soul y el prog menos Guitar-Hero-friendly, pasando por sus evidentes influencias psicodélicas de siempre. Un experimento que culminan con éxito. Nunca antes habíamos a King Gizzard así.

La jam reposada y soulera que se marcan en “Rolling Stoned” consigue rescatarnos del averno y propinarnos otros de los narcóticos masajes auditivos a los que nos están acostumbrando en este trabajo. Volverán a acariciarnos los tímpanos e incluso invitarnos a bailar suavemente con la bossanova surfera y psicodélica que es “You Can Be Your Silhouette”. Un experimento que culmina con éxito justo antes de volver a darnos una última vuelta por su barrio y despedirnos con “Sketches of Brunswick East III”.

Tenemos la perspectiva temporal tan enfocada hacia el futuro que resulta difícil reconocer la Historia cuando ésta acontece delante de nuestras narices. Incluso, a un nivel menos grandilocuente, podría decirse que el urgente ritmo de vida de nuestras sociedades, determinado por una malsana preocupación por cumplir plazos, alcanzar objetivos y llegar a tiempo, nos impide relajarnos en el presente y disfrutar de un momento aparentemente intrascendente, pero quizá irrepetible en la historia personal de cada uno.

Ahora que ya han acabado mis días de universidad pienso que dentro de no demasiados años echaré la vista atrás y los recordaré devorando más de 200 discos al año, tratando de mantener un equilibrio entre los conciertos a los que quiero ir y el dinero del que dispongo y disfrutando año sí y año también de lanzamientos de Ty Segall, Thee Oh Sees y King Gizzard & The Lizard Wizard, para un servidor la Santísima Trinidad del garage actual. Aunque el que me conoce me definirá como una persona tranquila creo que acabo cayendo de manera irremediable en esa actitud mundana que me impide disfrutar del presente tanto como debería. Considero arriesgado afirmar que grupos como los que he nombrado estén haciendo Historia, pero seguro que en el futuro miraremos atrás con cierta nostalgia al recordar ese año en el que King Gizzard sacaron 5 discos. ¿O quizá no? Ahora que el otoño se acerca hay quien duda (incluso el propio Stu lo hace) de que los australianos sean capaces de completar tamaña proeza. ¿Y qué más da si fueron 5 discos en 12 meses, 8 en 23 o si dejan de hacer música después de este “Sketches of Brunswick East”? Lo importante, al menos para mí, es cómo King Gizzard & The Lizard Wizard han puesto a prueba una y otra vez mi capacidad de sorpresa musicando con alocados discos de una calidad tremenda  una feliz época de mi vida.

Sketches of Brunswick East

7.9

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La banda menos ociosa de Australia presenta en su nuevo LP un discurso ambiguo y elegante que va de la bossanova y el jazz modal al soul y el prog menos Guitar-Hero-friendly, pasando por sus evidentes influencias psicodélicas de siempre. Un experimento que culminan con éxito. Nunca antes habíamos a King Gizzard así.

Up

  • El riesgo que asumen.
  • El resultado es más que convincente, consiguen que parezca que llevan toda la vida sacando discos así.
  • Se deshacen de técnicas que les distinguían y que, a pesar de su efectividad, estaban muy usadas, como los aullidos o la manera en que la voz de Stu seguía nota por nota los solos y riffs que él y Joey ejecutaban con la guitarra, por ejemplo.

Down

  • Quizá hayan situado las miras demasiado altas referenciando el “Sketches of Spain”.