Hoy vamos a hablar de los violines más famosos y reconocibles del mundo, o unos de los más famosos. Y no, no nos referimos a los instrumentos Stradivarius. El tema no va de organología ni tampoco abandonamos el ámbito de la música popular, por lo que “La primavera” de Vivaldi queda descartada. Nos referimos a “Bitter Sweet Symphony”, el himno con el que The Verve consiguieron el éxito comercial y el reconocimiento que tan esquivo les había sido en años previos. Y no era para menos. Más allá de la extraordinaria y majestuosa sección de cuerdas, el corte contaba con una melodía sencilla y pegadiza que, al entremezclarse con los violines y una base rítmica impecable, daban lugar a una pieza sonora que hoy se cuenta entre lo mejor que dieron los noventa y el Britpop.

En 1997 dicho movimiento ya estaba tocado del ala. Oasis comenzaban a repetirse en “Be Here Now” y Blur renegaban de todo aquello en lo que habían creído, abrazando el rock alternativo estadounidense que pocos años antes habían rechazado. Pero ahí estaban The Verve para entregar un último gran tema y un exitoso álbum. “Bitter Sweet Symphony” llegó como single en el ecuador de aquel año, acompañado de un videoclip hoy mítico en el que aparecía Richard Ashcroft caminando con paso firme y decidido por la avenida Hoxton, de Londres, sin detenerse ante nada ni ante nadie. Un vídeo promocional sencillo pero cargado de actitud, con gran capacidad para rebasar la pequeña pantalla. Seguramente no fuimos pocos los que caminábamos en su momento por la calle llevando un discman con el disco “Urban Hymns” (sí, para los más jóvenes del lugar antes íbamos escuchando los cedés en soporte físico por la calle) o una mixtape con “Bitter Sweet Symphony” mientras nos creíamos los reyes del mundo. No importa si era 1997 o 2005. Lo importante es que era un descubrimiento con una capacidad atemporal de poner patas arriba el imaginario musical de cualquier adolescente.

Por supuesto, la chulería o el exceso de seguridad no provenían de manera exclusiva del tema en cuestión y su videoclip, sino que era la culminación de un proceso de exploración que cristalizaba en una playlist que contaba con “Rock ‘n’ Roll Star”, “Supersonic” y “Cigarettes & Alcohol”, de Oasis, amén de algunas concesiones al enemigo: me pirraba “London Loves”. Habíamos aprendido del mejor (sí, para mí el pequeño de los Gallagher lo era). Me gustaba mucho esa pose en la que el cantante se encorvaba ligeramente mientras inclinaba la cabeza hacia arriba buscando el micrófono con las manos a la espalda. Era identidad y actitud. Más tarde me enteré de que Oasis y The Verve eran amigos. ¡Los Gallagher tenían amigos en el mundillo de la música! Liam Gallagher había pedido participar en algunas canciones de “Urban Hymns” haciendo coros y dando palmas. Años antes, Noel Gallagher había escrito “Cast No Shadow” pensando en Richard Ashcroft y este, a su vez, le dedicaba “A Northern Soul”, incluida en su segundo álbum. Para colmo, un amigo me comentaba (esto no está contrastado en absoluto) que el coche negro ante el cual se detiene por primera y única vez Ashcroft en el videoclip es el de Noel Gallagher. Se paraba y se inclinaba por respeto a sus amigos. Los Gallagher, por supuesto, siempre por delante. Aquellas conexiones cargaban de sentido la mencionada playlist. El círculo se cerraba. ¡Menuda locura! Nunca el Britpop y el juego de la actitud (y la arrogancia) habían sido tan divertidos.

Pero volvamos a “Urban Hymns”. La tercera referencia discográfica de The Verve constituyó una de las cumbres creativas de la época, un álbum con el que el grupo de Richard Ashcroft consiguió imponerse a formaciones como Radiohead, Blur y Oasis en los Brit Awards de 1998. Consiguieron buenas posiciones en las listas británicas e, incluso, contaron con una destacable presencia en las estadounidenses. Eran momentos dorados para el grupo, habían sorteado diversos obstáculos hasta llegar allí: problemas con las drogas y de salud, peleas internas y un éxito esquivo que habían provocado la disolución temporal de la banda en 1996. Con “Urban Hymns” y “Bitter Sweet Symphony” The Verve estaban en su momento de gloria, pero como acertadamente apunta el título de la canción, esta gloria se tornó en un triunfo agridulce.

Aquí había un buen negocio y cada uno quería sacar la mayor tajada posible del rico pastel. Un pastel que, ironías de la vida, supone una crítica al capitalismo y a la cultura de consumo: “Porque es una sinfonía agridulce, eso es la vida / Tratando de satisfacer tus necesidades / Eres un esclavo del dinero, luego mueres”. Resulta que la composición que nos ocupa está basada en un sample de una versión orquestal de un tema de The Rolling Stones. The Verve habían acordado con Decca el uso de cinco notas de dicha canción a cambio de un reparto de los beneficios del 50% para cada una de las partes. El problema viene cuando Allen Klein, antiguo mánager de Sus Satánicas Majestades y poseedor de los derechos del tema, los demanda por plagio, alegando que habían usado más notas de las acordadas y exigiéndole el 100% de los derechos de la pieza, cosa que el grupo le concede para evitar gastar más dinero en los tribunales del que puedan dejar de ganar cediendo la totalidad de la pieza. Jagger y Richards pasaron a figurar como autores de la canción y, aunque la letra era de Ashcroft, el famélico compositor vio como le arrebataban su más célebre composición. Pero aún hay más: Andrew Loog Oldham, productor y mánager en los primeros años de andadura de los Stones y dueño de los derechos del sample, también exige y recibe su parte. Demasiados interesados poniendo la mano, pero, ¿de dónde vienen y por qué tienen ese derecho?

Andrew Loog Oldham fue un joven avispado que en su adolescencia ya trabajó para Brian Epstein, moviendo las canciones de los Beatles en Londres. Se topó con los Rolling Stones, a los que produjo y representaba, jugando, asimismo, un importante papel en la construcción de su sonido y la imagen de chicos malos que proyectaban: la némesis del Fab Four. Por consejo de Phil Spector, Oldham se hizo el dueño de los másters de grabación de sus representados, de manera que a él correspondían los derechos de las canciones, las cuales gestionaba a través de Impact Sound, la empresa que había creado junto con Eric Easton, que conocía bien el negocio, para administrar la música del grupo. Después cedería las canciones a Decca para que fueran estos los encargados de plastificarlas. En 1965, renegociado el contrato, Easton quedaría fuera de la empresa. Por su parte, aquel mismo año los de Jagger y Richards basándose en “This May Be the Last Time (una composición góspel que el grupo The Staple Singers había editado en 1958) grabaron “The Last Time”, un corte que incluyeron en “Out of Our Heads” (1965), su tercer álbum de estudio.

Al año siguiente, Oldham se marcaría un capricho: adaptar para orquesta algunos temas de los Rolling Stones. Aunque producía (más bien sólo asesoraba) a sus pupilos, Andrew no tenía formación en el arte de la música, de manera que contó con la ayuda del arreglista David Whitaker para tal propósito y con músicos de estudio para la grabación. Así editó “The Rolling Stones Songbook” bajo el nombre de The Andrew Oldham Orchestra. Una agrupación que, claro está, no existía, ni Whitaker aparecía como arreglista en los créditos, figurando como autores (donde correspondía) Jagger y Richards, amén de los compositores a los que estos hubieran versionado para sus primeros álbumes. Allí es donde encontramos la curiosa y grandilocuente adaptación de la mencionada “The Last Time”, a partir de la cual se extraería el sample de la discordia.

Por diferencias personales, en 1967 Oldham deja a los Stones, un hueco que pasa a cubrir Allen Klein, cuya empresa editorial, ABKCO Records, adquiere los derechos de las canciones del grupo. Y así regresamos nuevamente a finales de los noventa. Klein demanda a The Verve por usar una muestra más extensa de lo acordado de un tema de los Rolling Stones y Jagger y Richards pasan a figuran como compositores del tema. Andrew Loog Oldham, por su parte, demanda los derechos que le corresponden en cuanto que ‘autor’ de la versión a partir de la cual se construye “Bitter Sweet Symphony”. ¿Qué le quedaba entonces a Ashcroft? Ironía, mucha ironía: Esta es la mejor canción que Jagger y Richards han escrito en 20 años”. No se equivocaba, esa era su segunda gran certeza… ¿Que cuál era la primera?: Porque es una sinfonía agridulce, eso es la vida”.