No recuerdo ser particularmente diferente al resto de mis compañeras cuando tenía 14 años. Quizá medio metro más alta, sin exagerar, algo que en mi caso ni me perjudicaba ni hacía que llamara la atención. Desde luego yo no lo veía como un rasgo distintivo respecto a las chicas mayores que yo, que, a diferencia de continuadas lecturas como en mi caso, se las pasaban en los baños del instituto reproduciendo en bucle canciones de Britney Spears.

Por aquellos tiempos de bicolor y Paper Mate, mis gustos musicales no estaban del todo definidos. A diferencia de gran parte de la gente que presume de una biografía atrayente y definida, en mi casa no se escuchaba música demasiado reseñable. Fue gracias a que un amor platónico colocó en su lista de intereses de determinada red social en extinción el nombre de Led Zeppelin para que con excesivo interés cambiara el cotilleo por la curiosidad más acertada. No era el único grupo que había en ese repertorio pero sí fue el que más llamó mi atención por su nombre.

Sonaba a agresivo, inusitado y arrollador por la desaparición de la D final de Led para convocar a la siguiente letra, la Z, con un peculiar fulgor. Sobra decir que a partir de entonces busqué en mi pobre biblioteca musical familiar algo que se le pareciera. Caí en que un familiar tenía un enorme baúl con discos y, efectivamente, encontré allí al grupo de Robert Plant y compañía ataviados con los trajes de astronauta con los que aparecen en la carátula del recopilatorio “Early Days” (Atlantic Records, 1999). Poco me faltó para romperme una pierna al levantar entre mis manos con un vistoso baile triunfal tan preciada joya.

Guardándolo sigilosamente en el discman me encerré en la habitación y comenzó su reproducción… y casi la mía. Nunca había escuchado una forma de cantar igual que la de ese hombre de rizos rubios interminables. No entendía cómo un grito podía convertirse en canción ni cómo una entonación podía tener un encaje tan acabado con el riff de una guitarra. Desde ese momento supe que me había convertido en mujer. Me era completamente indiferente cómo los había descubierto, ahora apuntaba a con quién iba a escuchar ese estimado álbum que había despertado en mí el primer impulso sexual.

Desconozco si fue por una asociación conceptual evidente o simplemente fue el empuje que cambió mi punto de vista inocente al más arriesgado y novedoso. A partir de entonces Robert Plant me acompañó cada día hasta ahora, susurrándome “What Is And What Should Never Be”, alertándome en “Immigrant Song”, desnudándome en “Since I’ve Been Loving You” y recomponiéndome en “When The Levee Breaks”, tema fundamental del que decidieron prescindir en la mayoría de sus conciertos, hasta que Plant y Page echaron mano de ella en algunas de sus actuaciones en directo a finales de los 90.

Es cierto que estoy en el bando de los que piensan que los discos que compendian una larga carrera profesional en los éxitos de un grupo es un error pero, en este caso, creo que estaréis de acuerdo conmigo en que no lo podrían haber hecho mejor.

Comenzar con “Good Times, Bad Times”, con una comedida batería de John Bonham que se traga de primeras las ganas de continuar oyéndolo –tal y como ocurrió en su primera aparición con el lanzamiento del primer trabajo del grupo, “Led Zeppelin” (Atlantic Records, 1969)– y guiarlo hacia la aturdida escucha de “Dazed and Confused” y “Black Dog”, pasando por “Whole Lotta Love” no es sólo lo más acertado sino que también desempeña una órbita superior que conduce al éxtasis con “Rock and Roll” y, por supuesto, con “Stairway to Heaven”.

Sobra decir que en aquel instante comenzó un viaje psicotrópico personal que me llevó a exteriorizar mi predilección por las groupies, las melenas, los pantalones de campana y los espacios con claroscuro. Lo demás está en las letras y en los aullidos de Robert Plant, que se incrustan en las entrañas del que los disfruta hasta ser confundidos con las propias líneas de guitarra de Jimmy Page, quien dispuso de un arco de violín para reproducirlas en el documental The Song Remains The Same y añadió un nuevo aura orgiástica con ello entre los incontables gemidos del vocalista.

A partir de entonces me dirigí a las escaleras hacia el cielo más célebres de la historia de la música y percibí la sensación más morbosa y cautivadora que conozco. Lo que empezó siendo una leve investigación prepúber mutó en el despertar más salvaje e indómito que he tenido placer de describir.

Fotografía destacada: Jorgen Angel (Redferns)