Hace mucho tiempo que Manchester Orchestra dejaron de ser un grupo normal para ser más bien un proyecto musical; o, lo que es lo mismo, que lo que antes era una banda con sus componentes individuales es ahora una agrupación que sigue la batuta de Andy Hull. Y esto no es necesariamente malo ni significa que sus integrantes no tengan peso. Al fin y al cabo, aunque sólo quede el ya citado vocalista y guitarrista rítmico como miembro original (y co-fundador, por si fuera poco) el resto de músicos han ido entrando a medida que otros salían, aportando su particular y distintivo granito de arena, y este proceso de reciclaje lleva sucediendo desde su segundo disco “Mean Everything To Nothing”, así que tampoco puede decirse que sea algo extraño.

Asimismo, no es que la banda haya perdido su personalidad y haya cedido a la visión de un único músico. Desde “I’m Like A Virgin Losing A Child” (aquel genial debut que mezclaba la sensibilidad del indie y el post-rock con una energía guitarrera casi propia del grunge por momentos) hasta el post-hardcore con visos de metal que asomaba en “Cope”, la banda fue tomando pinceladas y texturas de aquí y allá, mezclándolas con buena mano y un espíritu característico. Su evolución ha sido más que palpable, pero sorprendentemente homogénea y gradual. Por eso se entiende que “A Black Mile To The Surface” exista bajo el nombre de Manchester Orchestra en vez del de Hull, aunque, como no se tarda en comprobar, esta historia es completamente suya y el mero hecho de que decida contarla es suficiente para apreciar este trabajo.

“A Black Mile To The Surface”: Lo que yace en lo más profundo de un corazón

La evolución de Manchester Orchestra a lo largo de los años ha sido más que palpable, pero sorprendentemente homogénea y gradual.

Diría que este disco se toma las cosas con más calma que “Cope”, pero sería mentira. Tampoco es que sea menos intenso o menos duro, porque tampoco es exactamente eso lo que cambia. Tampoco ha sufrido un grandísimo giro la producción, que sigue siendo minuciosa hasta límites casi obsesivos, pero sí ha cambiado el tono, y con él la forma de hacer las canciones. La emotividad sigue siendo la misma, pero se comporta de un modo deliberadamente confuso, operando a través de unas letras crípticas y un apartado melódico en el que los silencios pueden ser más fuertes que los guitarrazos oscuros.

Fotografía: Mike Dempsey

No es que sea menos intenso o menos duro que su antecesor. Tampoco ha sufrido un grandísimo giro la producción, que sigue siendo minuciosa hasta límites casi obsesivos, pero sí ha cambiado el tono, y con él la forma de hacer las canciones.

The Maze” abre el disco con sus agudos oníricos y graves de piano para introducirnos a esta nueva atmósfera, y es un acierto de los que hacen que te quedes a escuchar lo que viene después. Los juegos de coros van construyendo un clímax no sólo sonoro, sino también emotivo, y a pesar de lo hermético de sus letras cuesta rendirse a un tema tan intenso como este. Pero no nos alarmemos, Manchester Orchestra no se han olvidado de las guitarras, y en “The Gold” vuelven alejándose de la pesadez post-hardcore de “Cope”. Aquí son mucho más dulces a la vez que potentes, pero dejan espacio a las pausas y los juegos corales marca de la casa. La letra es una larga metáfora que equipara una tumultuosa relación con una mina que colapsa y de la que hay que escapar, y no sólo es brillante por esto sino que además no agota sus propias referencias ni resultan jamás forzadas. Sólo estamos ante el segundo tema, pero aquí hay calidad.

Alejándose un poco de este recordatorio guitarrero pero sin perder de vista sus líneas melódicas está la fría y sintética “The Moth”. Aquí la composición es mucho más críptica, pero la idea general (el dolor, la soledad y una extraña alienación) queda grabada a fuego gracias al giro casi progresivo que adquiere el tema. “Lead, SD” se mantiene en esa línea de teclados inquietantes y guitarras punteadas produciendo armonías disonantes, e incide de forma aún más ácida en esa alienación depresiva y agobiante. El futuro pesa sobre la espalda de Hull y le obliga a huir hacia adelante (I’m lost without a single clue as to where I’m headed”).

Hull cambia la perspectiva del yo lírico constantemente, contribuyendo a la extrañeza del oyente. Sin embargo, ciertos temas son definitorios del mérito del disco por ligar todas las canciones en un sentido lírico, narrativo y temático, ya que, en su ambigüedad, introducen en su propia letra referencias al resto de canciones y hacen pensar en una imagen mayor.

A continuación llega una tríada de canciones muy particular. Con “The Alien” el tono vuelve a bajar y por momentos se acerca a la serenidad grisácea de los Radiohead de “Hail To The Thief”, pero la letra vuelve a dar problemas serios a la hora de analizarla. Hull cambia la perspectiva del yo lírico constantemente, contribuyendo a la extrañeza del oyente y del propio corte. La música, sin embargo, haciendo de nuevo un magistral uso de los coros y las cuerdas, logra que su vaguedad cale realmente hondo. Y mientras hablamos, “The Sunshine” ha empezado a sonar de una forma tan ligada con el tema anterior que ni lo habíamos notado, pero el cambio de tono es más que notable, porque la hija de Hull ha nacido, y esa pequeña luz lo significa todo para él. Y una vez más, una transición tan fluida que asusta. “The Grocery” se retrotrae un tanto hasta “Lead, SD”, pero en un sentido radicalmente distinto, y aunque mantiene el tono por lo general suave de estos temas guarda unas guitarras especialmente agresivas para su clímax, y no es para menos. Esta es la canción sobre un intento de suicidio en público, un evento movido por el más absoluto desasosiego hacia el presente y el futuro. Es un tema realmente potente pero, al mismo tiempo, muy doloroso.

The Wolf” retoma el testigo de “Lead, SD” para traernos un sonido oscuro y frío, con un gran predominio de los sintetizadores. Este tema es definitorio del mérito del disco por ligar todas las canciones en un sentido lírico, narrativo y temático, ya que, en su ambigüedad, introduce en su propia letra referencias al resto de canciones y hace pensar en una imagen mayor. Con “The Mistake”, por otra parte, tenemos un tema más melódico y parecido a una balada, con más cuerpo y algo menos de frialdad. Tiene una cadencia muy curiosa, porque confía en el bajo para dar lugar a una base de graves muy ondulada, que casi utiliza crescendos y drops en constante movimiento, y la voz pierde parte de ese tono lúgubre y triste para alzarse y brillar con fuerza. Vuelve aquí el tema de la muerte como un final inevitable, pero esta vez aparece representado con mucha más serenidad.

Los méritos de “A Black Mile To The Surface” son muchos. No es el disco más agradable que han hecho Manchester Orchestra, ni el más fácil de tragar, pero esta es una de esas obras con alma, un clamor lanzado al vacío a la espera de que alguien lo escuche y pueda hacerlo suyo.

Aproximándonos al final, “The Parts” se sirve de una guitarra acústica tan suave que cuesta oírla, y tiene un regusto mucho más nostálgico y sentimental. Hull aparta la mirada de su prisma de alienación y angustia para expresar su inquietud de un modo diferente, pensando también en todo lo bueno que trae consigo: el origen de su matrimonio, el nacimiento de su hija y el hecho de pensar que tiene a estas personas junto a él. Y, después de comprender esto, llega el final. Los siete minutos de “The Silence” retoman el testigo post-rock de la batería monocorde y las melodías ambientales para alcanzar un clímax merecido. Es un tema paciente, intenso pero no agresivo, que se alza con serenidad pero descarga golpes cargados de potencia, y quizás por eso pegan más fuerte. Hull, después de un duro camino, ha llegado al fin a la catarsis y, aunque nunca pueda desprenderse de su pasado, hay luz en un futuro que quiere vivir.

Los méritos de “A Black Mile To The Surface” son muchos y la recompensa por su esfuerzo es más que notable. Este song cycle es uno no sólo profundamente emocional, sino también intrincado en un sentido lírico y narrativo, y más que competente a nivel musical. No es el disco más agradable que han hecho Manchester Orchestra, ni el más fácil de tragar. Quizás ni siquiera sea el mejor que han hecho. Puede hacerse repetitivo y su estilo, a pesar de tener identidad, no es uno que vaya a volarte la cabeza. Pero esta es una de esas obras con alma, un clamor lanzado al vacío a la espera de que alguien lo escuche y pueda hacerlo suyo. Sé lo difícil que es, pero quizás, con algo de suerte, nos sea posible a quienes lo escuchemos.

Manchester Orchestra – A Black Mile To The Surface

8.0

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Manchester Orchestra firman un largo de los que dejan huella, y aunque quizás no pase como una obra maestra es un trabajo valiente y una historia poderosamente emocional. Pese a que se haga duro de escuchar por momentos es un compacto más que recomendado que enseña una nueva y devastadora manera de hacer álbumes conceptuales.

Up

  • El carácter unitario del disco, ya sea en un sentido musical, lírico o temático, es por sí solo de matrícula de honor.
  • El orden de canciones está bien medido, y sus transiciones son muy fluidas. Mención especial a la tríada compuesta por “The Alien”, “The Sunshine” y “The Grocery”, que actúa casi como un único tema.
  • La voz de Andy Hull es una herramienta con matices sutiles pero palpables, y saca partido de ella con acierto.
  • El apartado lírico es devastador.

Down

  • Puede hacerse repetitivo en temas con un sonido más machacón o por la similitud de algunas canciones.
  • Si en “Cope” las guitarras hardcore dominaban el discurso y eclipsaban otras texturas, aquí son los teclados los que a veces mandan más de la cuenta.