Cuando hablamos de la importancia y relevancia de la música popular de los sesenta siempre citamos el auge de la psicodelia, la visión hippie de la vida como elemento liberador de las tensiones sociales en un mundo tradicionalmente conservador y hostil ante sus nuevas generaciones. Esto es verdad, sí, pero tampoco podemos eludir el hecho de que el movimiento hippie no fue el único que se alzó contra las cadenas tradicionales de la cultura. Colectivos de clase media acomodada (clase obrera igualmente) sin pretensiones de cambio revolucionario resultaron ser más transgresores e importantes para la formación de la contracultura que los hippies con una idea de la vida individualista y, tal y como se demostró con los años, acabaron formando parte (sin querer darse cuenta de ello) de la absorción cultural por parte del ‘establishment’ liberal. También es cierto que los hippies impulsaron el pacifismo y se manifestaron contra la guerra del Vietnam, pero en definitiva ese pacifismo acabó derivando en un acomodamiento de las formas de lucha. Lo esencial del cambio revolucionario no son las palabras y posiciones contra  algo, sino la praxis, pasar a la acción, ser productivos. Este fue el caso de aquellos que esquivaron las vías típicas que iban adquiriendo las personas de su generación. Los yonkis, el auge del movimiento feminista y los desclasados quedaron relegados a un segundo plano dentro de la contracultura, valorados por intelectuales que no tenían voz mediática ya que era el momento de lo colorido, de ser pacifista y consumidor de psicotrópicos, todo bajo una óptica de felicidad, amor y falsas esperanzas que debían aceptarse y verse de forma positiva; es decir, la superficialidad clásica que se vive en todas la épocas. Dichos renegados de la contracultura decidieron dar forma por sí mismos a una nueva vertiente cultural que no siguiese aquel mundo que ellos rechazaban. Estos intelectuales, artistas y personalidades varias no se quedaron de brazos cruzados y pasaron a la praxis.

Puede resultar extraña esta introducción para hablar de un grupo imperecedero en la historia de la música y mundialmente conocido como Pink Floyd, ya que podría adaptarse perfectamente a un disco de Frank Zappa o de The Velvet Underground. Pero tiene su sentido. Cuando uno escucha hoy en día “The Piper At the Gates of Dawn” puede creer que es otra joya de la época hippie psicodélica de los sesenta. Aunque obviamente lo es suprimamos el calificativo ‘hippie’ ya que puede resultar ofensivo. Pink Floyd, liderados por el inventivo y creativo Roger Keith ‘Syd’ Barrett, nacieron con un objetivo claro: ser transgresores, ir más allá de lo que estaba permitido musical e incluso líricamente. Podría ser la típica etiqueta de un grupo punk que quiere ‘romper el sistema’ y ‘hacer su música’ –de hecho John Lydon (vocalista de los Sex Pistols) ha reconocido en alguna ocasión que quisieron contar con Syd como productor para su único álbum pero que, debido a su estado mental, no pudieron contactar con él–. Reflexionemos un momento sobre este curioso ejemplo cuando la mayoría de punkies de la época detestaban el rock progresivo y psicodélico tal y como estaba concebido.

El lado oscuro de la banda de corazones solitarios del sargento Pimienta

“The Piper At the Gates of Dawn” navega entre lo que sería un híbrido del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles y el debut de The Velvet Underground. Sería como el lado oscuro que supuso aquel ‘feliz’ tripi de los Beatles.

Entre la decadencia generacional, las drogas y la falta de cambio social tal y como demostraron de forma desgarradora y totalmente experimental y transgresora Lou Reed y sus colegas con “The Velvet Underground & Nico”, el boom conceptual que supuso para la visión de la música popular el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de The Beatles y de la mano de los hippies desesperanzados como Love con aquella obra maestra “Forever Changes” (con su visión contradictoria y apenada de su generación) surgió otra visión de la contracultura relacionada con todo eso: “The Piper At the Gates of Dawn”. Todos los mencionados compactos se lanzaron en, probablemente, el año clave para la música popular del siglo XX: 1967. El disco protagonista de hoy navega entre lo que sería un híbrido del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles y el debut de The Velvet Underground. Sería como el lado oscuro que supuso aquel ‘feliz’ tripi del Fab Four. El debut de Pink Floyd va de cara: es un viaje espacial imbuido por las drogas psicotrópicas en su versión más literal, un viaje de LSD a través de once canciones. Las formas musicales, sus estructuras experimentales y la visión de conjugar todo eso fue una influencia clave y directa para lo que vendría un año después con la escena de Canterbury de la mano de Robert Wyatt y sus compañeros de Soft Machine. Tanto es así que Wyatt y los Soft Machine colaboraron en el primer LP en solitario de Syd Barrett (“The Madcap Laughs”, 1970). Incluso David Bowie ha reconocido en diversas entrevistas (dejándose ver además en conciertos de David Gilmour homenajeando a Barrett) que Syd fue una influencia esencial en su música. Esto se puede comprobar en las composiciones líricas de Bowie en los setenta, sobre todo en “Hunky Dory” (1971), y la versión que hizo de “See Emily Play” para su álbum de versiones “PinUps” (1973).

Un viaje de LSD a través de once canciones

Un viaje bajo los efectos del LSD durante aproximadamente 42 minutos con elementos experimentales, guitarras rasgadas, algunos elementos del free jazz, ‘música concreta’…

Para clasificar el concepto de “The Piper At the Gates of Dawn” sería primordial retomar la idea de la composición bajo condiciones propiciadas por sustancias psicotrópicas, y es que la gran mayoría de canciones fueron ideadas por la cabeza del genio Syd Barrett, perdido por esas mismas sustancias. Como hemos mencionado anteriormente, la elaboración del listado de canciones revive lo que sería un viaje bajo los efectos del LSD durante aproximadamente 42 minutos con elementos experimentales, guitarras rasgadas, algunos elementos del free jazz, ‘música concreta’ y formas tradicionales de canciones pop infantiles. Todo ello caracteriza el sonido transgresor y revolucionario del que hemos hablado.

El sonido de este álbum, aunque parezca en principio alejado de ese rock progresivo tan marcado e identitario de Pink Floyd que les lanzó a la fama, fue esencial para la consecución de un estilo entre lo comercial y lo ‘underground’.

El inicio del ‘tripi’ arranca con “Astronomy Domine”, una oda espacial que más que un viaje real y lúcido por el sistema solar parece una alucinación a niveles estratosféricos. Cuando arranca notamos como unas voces distorsionadas (realizadas con un megáfono) van in crescendo, aportando la sensación de que nos estamos comunicando en el espacio con otro astronauta. Mientras, la Fender de Barrett rasguea tranquilamente al fondo hasta que la batería de Nick Mason (y lo que parecen sonidos electrónicos) rompen en una presentación vocal por parte de Barrett  y de Richard Wright, citándonos planetas como Júpiter y Saturno con sus respectivas lunas, precedido por el despegue llegando al vasto océano cósmico. De nuevo el rasgueo tranquilo de Barrett se hace con nuestra atención, calentando motores para el éxtasis del viaje. “Astronomy Domine” se envuelve por una atmósfera de viajes espaciales que deriva en un puro caos sinsentido. Estamos ‘viajando’. Acto seguido vuelven las voces de los vocalistas principales para dejarnos más perdidos aún: “Blinding signs flap flicker flicker flicker / Blam pow pow”. Regresamos a las ‘aguas heladas subterráneas’. Lo que parecía un viaje de rock espacial por el sistema solar se transforma en lo que realmente es: un viaje introspectivo con tus sentidos alterados. Probablemente la joya más completa del LP y una excelente introducción a la cabeza de Syd Barrett y, por ende, a su álbum psicotrópico.

Está claro que Barrett representó, aunque brevemente, lo que el rock psicodélico de su época no se atrevió a hacer: ser directo, revolucionario y transgresor. “The Piper At the Gates of Dawn” marcó un hito en la historia del rock y el pop.

Una vez finalizado el viaje espacial nos adentramos en el terror. “Lucifer Sam” parece sacado directamente de un mal viaje con LSD o peyote, pero con el toque de humor irreverente y ácido de Syd Barrett. Para empezar, el juego de esta doble sensación de emociones se palpa tanto en las letras como en la música: la pieza comienza con un riff pegadizo al más puro estilo del Batman sesentero de Adam West y va adquiriendo un tono más irónico y divertido cuando nos presentan a Sam, un gato siamés que, por el efecto de la paranoia psicótica, nos hace creer que es el mismo Lucifer. El otro personaje es la bruja Jennifer Gentle, aunque no sabemos si está allí realmente. El recurrente verso “That cat’s something I can’t explain” nos deja con una verdadera sensación de vacío, pero entonces Richard Wright hace de las suyas con un ácido solo de teclado y una vez finaliza la consecución de sonidos entre Wright y la Fender de Barrett regresamos a un páramo de arena sin saber por qué, volviendo a escena ese “That cat’s something I can’t explain” para finiquitar otra pieza redonda.

Matilda Mother” propone otro plano distinto de fantasía surrealista, situándonos en un reino ficticio donde el rey reparte plata entre su pueblo. Con una temática casi freudiana nos sumergimos en el sueño de ese rey, aflorando el surrealismo y con un Wright que nos deleita con otro solo de teclado ácido. Mientras el sueño se desvanece lentamente nuestro protagonista llama a su madre pidiéndole que le cuente más historias, para ir desapareciendo en un vacío onírico e inalcanzable (probablemente en referencia a la infancia del propio Syd que perdió a su madre cuando tenía 15 años). El final de este corte se une de forma coherente y perfecta con el inicio de “Flaming”, que sigue indagando en la temática de los sueños. El ácido lisérgico tiene mucho que ver con el verso “Ever so high” jugando con el doble sentido, ya que anteriormente nos transportaba a las nubes (“Alone in the clouds all blue / Lying on an eiderdown”), pero son “nubes azules” y a su vez es una expresión inglesa para referirse al estado mental bajo los efectos de la marihuana y otras drogas psicoactivas. En ese momento nos dejamos elevar por unas notas de piano y unos pequeños punteos de guitarra, como si estuviésemos flotando entre esos cielos de colores.

Un cuento que debe ser leído como tal: una historia de 42 minutos que tú, en tu subconsciente más alterado, firmarías.

Tras los cuatro primeros temas entramos en el momento más caótico del LP. “Pow R. Toc H.” es el primer tema instrumental de la banda. Representa el inicio del caos que vendrá seguidamente con una de las composiciones clave de la psicodelia y de la experimentación instrumental (“Interstellar Overdrive”). Lo más característico de este quinto track son las estructuras de jazz interpretadas con un piano, aunque previamente unas voces que balbucean sonidos ininteligibles como seres de la selva nos conducen a ese caos para después devolvernos a la tranquilidad de una guitarra con notas suaves. “Take Up Thy Stethoscope and Walk”, compuesta únicamente por Roger Waters, es la canción más experimental del disco junto a la ya mencionada “Interstellar Overdrive”. Si “Astronomy Domine” representaba una oda espacial casi irreal ésta no se queda atrás; es el descenso a la locura. Resulta bastante evidente que simboliza un viaje interestelar que se va intensificando a medida que avanza: somos navegantes de un camino hacia ninguna parte. Mucha atención a la repetición de la estructura melódica en el inicio y en el final, después de casi 7 minutos de puro terror y desasosiego cósmico. Y es que al final, cuando sentimos tranquilidad por volver a la ‘normalidad’, notamos que nuestras percepciones han cambiado. Podemos comprobarlo cuando el sonido va balanceándose entre el auricular derecho e izquierdo ininterrumpidamente. Estamos agitados y confusos. Ha sido un viaje interestelar entre sistemas solares sin una conclusión clara. En definitiva, una auténtica obra maestra conceptual de la experimentación, en la que Syd Barrett demostró su mayor potencial como guitarrista. Ni siquiera el “Ummagumma” llegó a estos niveles. Cuando el caos finaliza, vuelve la tranquilidad. “The Gnome” narra la historia de un gnomo llamado Grimble Gromble con una instrumentación minimalista y extremadamente sencilla. El gnomo se dedica a beber, comer, dormir y pasarlo bien con sus amigos. Destaca especialmente cuando adquiere un tono algo siniestro como en los cuentos clásicos a raíz de ese “Look at the sky, look at the river / Isn’t it good?” que Barrett canta mientras una voz se une susurrando. ¿Es otra historia inspirada en un viaje lisérgico? Tiene toda la pinta. Simple, divertida y excelente.

Chapter 24” está inspirada y recogida directamente (dependiendo de las traducciones, claro) del capítulo 24 del I Ching, libro chino de la escuela confucianista. Utilizando las ideas morales y adivinatorias que caracterizan al libro, Barrett plasma el capítulo 24 con psicodelia. Todo error desaparece para volver al retorno: “Todos los movimientos se completan en seis pasos y el séptimo es el del no retorno, no hay arrepentimiento por tu error”. El bajo de Waters aporta un matiz absorbente dentro de una atmósfera musical casi oriental donde destaca la utilización de un órgano Farfisa. Lo curioso es que el siguiente corte tendrá un fondo musical más oriental que éste. Un espantapájaros protagoniza “The Scarecrow”. La intención, a priori, es personalizar a un ser inerte, y decimos a priori porque aquí es donde viene el poso oriental (también en su rica melodía): una de las principales características de la narrativa oriental es la pasividad, lo pausada y contemplativa que llega a ser para que podamos valorar los aspectos más insignificantes de nuestro entorno. Un campo de arroz vigilado por un espantapájaros sin vida, balanceado apaciblemente por las leves brisas de un viento reconfortante; el ser inanimado tiene más vida que nosotros, quienes supuestamente sentimos y vivimos.

Está tan bien conjugado y planteado que hace del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” un viaje a Disneyland, quedando para el recuerdo lo crudo y verdadero de la época hippie, de las drogas psicoactivas y de la realidad que posee tu alma cuando viajas hacia la introspección creativa de tu ser.

Para finalizar este magnífico LP aparece “Bike”, uno de los temas más populares de la primera etapa de Pink Floyd. El asunto es simple: nuestro protagonista va alegremente en una bicicleta, es muy feliz con ella pero se la prestaría a su amada o la compraría cualquier cosa que ella quisiera. La quiere tanto que está dispuesto a presentarla un viejo ratón llamado Gerald. No obstante, si no quiere él también tiene a una legión de hombres de jengibre para ella. Una historia de amor demasiado infantil, ¿no? Bien, la clave está en su última parte, cuando los golpes de percusión se ralentizan y el último párrafo se engrandece progresivamente: “Conozco una habitación llena de tonos musicales… Ven a la otra habitación y hagámoslos trabajar”. Es aquí cuando Barrett te invita a tomar LSD y la habitación es invadida por una explosión de sonidos aleatorios (patos incluidos); más de un minuto de ‘música concreta’. Ahora la infantilización de la canción cobra sentido, suponiendo que “Bike” está inspirada en el famoso primer viaje de ácido por su descubridor Albert Hofmann. El químico suizo sintetizó por primera vez LSD y, sin darse cuenta, el ácido se le pegó a la piel, por lo que después de trabajar volvió a casa en bicicleta. El resto es, como suele decirse, historia. Probablemente otra de las canciones más conseguidas de “The Piper At the Gates of Dawn”. Una auténtica maravilla de composiciones sonoras enriquecedoras que te invita a volver a empezar, a regresar a su refugio de gnomos, viajes espaciales y fantasías psicotrópicas. Un retorno redondo y cíclico. Como un buen (o mal) viaje, según lo interpretes. Atrapado en su visión alterada de la percepción.

El álbum debut de Pink Floyd es una de las mejores obras de la banda. Su sonido, aunque parezca en principio alejado de ese rock progresivo tan marcado e identitario de Pink Floyd que les lanzó a la fama, fue esencial para la consecución de un estilo entre lo comercial y lo ‘underground’. Syd Barrett fue expulsado de la banda a finales de 1968 debido a su consumo abusivo de LSD y otras drogas psicoactivas que lo alejaron del mundo real, cayendo en una enfermedad mental como la esquizofrenia. Pink Floyd no supieron salir del vacío que dejó su líder hasta la publicación de “Meddle” (1971), donde afianzaron su estilo más progresivo. Los propios integrantes de la banda reconocieron que nunca fueron capaces de componer por ellos mismos sus propios discos, y tal es así que obras maestras como “The Dark Side of the Moon” (1973) o “Wish You Were Here” (1975) fueron compuestos en conjunto. Está claro que Barrett representó, aunque brevemente, lo que el rock psicodélico de su época no se atrevió a hacer: ser directo, revolucionario y transgresor. “The Piper At the Gates of Dawn” marcó un hito en la historia del rock y el pop. Está tan bien conjugado y planteado que hace del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” un viaje a Disneyland, quedando para el recuerdo lo crudo y verdadero de la época hippie, de las drogas psicoactivas y de la realidad que posee tu alma cuando viajas hacia la introspección creativa de tu ser. Una obra cumbre de la música popular del siglo XX. Nunca un disco dijo nada y a la vez todo en su interpretación.

Pink Floyd – The Piper At the Gates of Dawn

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Los prejuicios de la música experimental deben quedar atrás, lo importante es dejarse llevar. Si eres de los que buscan coherencia en las letras o en la composición musical estás cometiendo un ‘error’, el ‘séptimo paso del héxagono es arrepentirte de tus pecados’. Estás ante la obra que cambió la forma de ver el pop como un arte de gustos masivos y aceptables. Un cuento que debe ser leído como tal: una historia de 42 minutos que tú, en tu subconsciente más alterado, firmarías.

  • La visión del disco como un todo unitario, pudiendo repetirse una y otra vez como un círculo cerrado y perfecto.
  • Su lucidez dentro del caos que representa.
  • Sonido innovador e irrepetible en la historia de la música.
  • Nunca la sencillez dijo tanto con tan poco.