Como en todas las épocas de cambio musical, se viven momentos de vacío creativo, recurriendo a lo que ‘ya se hizo’ o a ‘lo que se quedó a medias’. En nuestra etapa actual (principios del siglo XXI) vivimos una explosión y mezcolanza de vertientes musicales con sus correspondientes géneros ya desarrollados. Ahora mismo, el problema de nuestro tiempo reside en buscar una nueva vía, una forma distinta de entender o comprender la forma de hacer música, cómo enfocar un nuevo destino generacional sin caer en la simple copia y en la falta de ideas innovadoras. Un ejemplo de esto sería la nueva ola de neopsicodelia, género que tuvo su impacto a mediados de los ochenta y principios de los noventa. En aquel entonces surgió como algo revitalizador después de la desaparición casi al completo del aspecto psicodélico de la música rock y pop que se vivió a finales de los sesenta y su brazo experimental entrados ya los setenta, transformándose mayormente en lo que se denominaría como rock progresivo.

Volver a lo que está enterrado, a lo que parecía abandonado, no es negativo siempre y puede ayudar tanto a revitalizar sonidos como a dar un nuevo enfoque a la época que decida recuperar esas influencias. Es lo que pasó en los ochenta con la neopsicodelia, rescatando el espíritu introspectivo de la música de décadas anteriores pero suprimiendo las facetas hippie y esperanzadoras de los movimientos sociales de aquel entonces. La neopsicodelia puso de relieve la introspección del ‘yo’ como algo singular y solitario, una voz para una generación desconsolada por los fracasos de sus anteriores generaciones. No había comunidad, no había esperanzas, únicamente personas componiendo música salida desde su subconsciente para mantenerse cuerdos, para que su generación comprendiera que estaban solos en el mundo. Ahora estamos viviendo dentro de la escena rock y pop desde finales de la primera década del siglo XXI una revitalización de la neopsicodelia, con grupos como Tame Impala, MGMT… Y es que Tampe Impala son el mejor exponente de nuestro tiempo: un grupo con influencias clarísimas de los Beatles y de toda la escena que les siguió en su momento, utilizando sintetizadores y efectos pesados contemporáneos, riffs hard rockeros y letras melosas o surrealistas (o una mezcla de las dos).

De cómo la sobriedad del estilo sigue aportando personalidad

Once & Future Band han dado lugar a un conglomerado bien estructurado de sonidos psicotrópicos tranquilos y apacibles, en contraposición a la vertiente más ácida de la electrónica neopsicodelia actual.

En este sentido, Once & Future Band vienen con las ideas claras; como su propio nombre indica, son una banda del futuro pero a la vez imprimiendo un sonido característico que ya vivió su momento dorado. Así se presentan, como ya hicieron en 2014 a través de su único EP “Brain”. Y es que no puedes evitar caer en esta suposición al escuchar su álbum debut, “Once & Future Band”, publicado en enero de 2017. Su forma de estructurar el disco es similar a lo que encontraríamos en uno de rock progresivo firmado décadas atrás: siete canciones, una duración estándar de 38 minutos, temas de más de 5 minutos con riffs y cambios progresivos que son aligerados con ritmos de smooth jazz y sintetizadores marcados por un sonido electrónico actual. De esta manera dan lugar a un conglomerado bien estructurado de sonidos psicotrópicos tranquilos y apacibles, en contraposición a la vertiente más ácida de la electrónica neopsicodelia actual.

Un reconfortante listado de canciones elaboradas con coherencia y precisión. “Once & Future Band” rememora los elementos más característicos de lo que fue el rock en las dos décadas gloriosas, pero a su vez intentando adaptarlo al sonido contemporáneo construido actualmente.

Al comenzar el disco nos encontramos con “How Does It Make You Feel?”, el ejemplo perfecto de sus intenciones y de las pretensiones generacionales de la nueva ola de neopsicodelia; el inicio del tema recuerda a la melodía principal del clásico “Care of Cell 44” de The Zombies (1968) para luego caer en un sonido esotérico al más puro estilo de The Beatles con voces distorsionadas, mientras las líneas de bajo y batería reparten el ritmo en secciones de jazz y rock estandarizados. Siguiendo el esquema de ‘ejemplo claro’, el tema estalla en una explosión de coros superpuestos entre sí que habría firmado sin problema el mismísimo Brian Wilson. Seguidamente, solos de guitarra esporádicos van vertiendo sus notas a medida que la pieza se va descomponiendo en su onirismo, y ahí es cuando la canción adopta su posición más progresiva, sumándose unos sintetizadores y unos coros apreciables de fondo. En cuanto a la lírica no podemos decir nada nuevo: letra recurrente en este tipo de géneros sobre un amor desarrollado de forma introspectiva, llegando a sensaciones inalcanzables cuando lo buscas, de desamor y desesperanza.

Esta temática se repite a lo largo del disco, sobre todo en el siguiente corte, “I’ll Be Fine”, con un estribillo y su correspondiente melodía pegadiza, recordando al trabajo de Jeff Lynne y la Electric Light Orchestra. A partir de esta canción, robusta, sólida y de ambiente clásico en todos sus aspectos, caemos en melodías vibrantes y oníricas, pasando del éxtasis del primer track a bajones de intensidad para sentir lo que las letras quieren transmitirnos con su desasosiego amoroso. Así, esta línea más pausada absorberá el resto del disco, como con una “Hide & Seek” que cuenta la historia de Sarah (un amor que algún día podrá “tirar los muros” que los separan) y que cae en el regazo de la guitarra de Eli Eckert con punteos sencillos, a medida que Joel Robinow (vocalista principal) entra con el teclado para conectar todo el sonido. El éxtasis del ‘muro’ ha llegado. Y poco a poco, el sueño va derrumbándose. No hay más momentos álgidos, se acabó.

Tampoco podemos decir que el disco posea una mayor innovación y frescura sonora, ya que su mayor virtud es asimismo el principal problema: la utilización de elementos añejos como algo transformador. Las formas llevan inventadas y desarrolladas cuarenta años, así que el desgaste y la falta de sorpresas se hace patente.

En cuanto a “Rolando”, podría decirse que es un tema de transición, que sirve para cohesionar la primera parte del elepé con la segunda, manteniendo el mood de la obra. Aquí se añaden instrumentos de viento como la trompeta, aunque cabe mencionar que tendría más sentido si fuese un track instrumental íntegramente, ya que tiene pocas líneas escritas que no acaban de aportar nada. Una vez finalizado el viaje a “Rolando” volvemos a la monotemática del desamor con “Tell Me Those Are Tears of Joy”. Mantiene un gran nivel gracias a la intervención de la guitarra pero, sin embargo, no puedo evitar tener la sensación de que Once & Future Band repiten una vez más la fórmula empleada para todo el disco. No obstante, con “Magnetic Memory” se recupera un aura de sorpresa, vuelve a triunfar la idea de melodía pegadiza, como con el primer tema, alimentado en esta ocasión por cambios progresivos de estructuras reincidiendo inesperadamente sobre el ritmo melódico principal, y así sucesivamente. A decir verdad, puede que sea la pieza más sólida y mejor formulada de todas junto a “How Does It Make You Feel?”. Para poner el punto final a “Once & Future Band”, estos chicos vintage optan por la versión más oscura de su sonido: “Standing in the Wake of Violence” queda marcado por la constante reiteración de la línea de bajo, con un protagonismo superior al resto de instrumentos que no había tenido en las anteriores pistas. Mientras, el teclado hace de las suyas alrededor del conjunto de instrumentos, paseando por todos ellos y dibujando pequeños collages en tu cabeza; un teclado con personalidad que corrige al resto de componentes para darles más vida.

El primer trabajo de larga duración de la banda californiana deja buenas sensaciones. Un reconfortante listado de canciones elaboradas con coherencia y precisión. “Once & Future Band” rememora los elementos más característicos de lo que fue el rock en las dos décadas gloriosas, pero a su vez intentando adaptarlo al sonido contemporáneo construido actualmente. Esto último no quiere decir que el disco posea una mayor innovación y frescura sonora, ya que su mayor virtud es asimismo el principal problema: la utilización de elementos añejos como algo transformador. Las formas llevan inventadas y desarrolladas cuarenta años, así que el desgaste y la falta de sorpresas se hace patente. Aun así, estamos ante un debut notable de unos músicos que tienen claras sus intenciones y la forma de expresar su arte.

Once & Future Band – Once & Future Band

7.7

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Once & Future Band debutan con un álbum sin pretensiones artísticas innovadoras: una puesta en escena convencional pero ejercida con solidez, acercándonos un sonido progresivo dejado de lado en la escena rock actual y a su vez bien implementando con sonoridades contemporáneas. Muy disfrutable.

Up

  • Utilización del teclado y sintetizador como armas fundamentales para enriquecer la sencillez de algunas composiciones.
  • Mezcolanza inteligente de influencias clásicas.
  • Listado y orden de canciones bien estructuradas, lo cual ayuda a evitar el aburrimiento o que sintamos la monotonía del sonido propio del LP.

Down

  • En algunas canciones observamos momentos que atestiguan una falta de ideas nuevas, insistiendo en fórmulas sencillas o presentadas anteriormente.
  • Necesitan pulir la temática de las letras, mayor madurez a la hora de escribirlas y alejarse de tópicos.

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