El ala del aeroplano ha quedado irreconocible. Los pedazos aún se podían rastrear con la claridad del atardecer, injustamente repartidos entre el recorte del acantilado y la espuma, pero ahora que la noche está a punto de caer sus brillos de aluminio se pueden dar por perdidos para siempre. Ella no está en la isla. Hay unos doce metros de caída y al final unas rocas puntiagudas que se portarían con lealtad si se lo solicitase. Pero en su lugar esta fotografía (porque aunque no lo aparente es una fotografía, perteneciente a la vitrina de posguerra de Hiroshi Hamaya) se aferra a la concesión del tiempo contemplativo, se sostiene ilimitadamente en una conversación consigo misma e invoca las voces de los antiguos para pedir consejo, proverbialmente desperdigadas por su interior. Me encuentro en la obligación de rescatar esta imagen aunque no sea mía, centrarme en la marea y las antorchas que comienzan a encender los moradores de las montañas, en lugar de la otra, probablemente más sólida, artificial y convincente, información pasajera que se suma a la desvergüenza de posicionar este sentimiento atemporal y universal como una anécdota, a la espera impaciente de la siguiente hornada sin prácticamente haber paladeado la previa. Debe resultar paradójico que parte del éxito de una banda que trata de sonar tan natural y arcaica como Fleet Foxes tenga un parentesco tan estrecho con la industria digital, las redes sociales y sus lacónicos mensajes. ¿Si la etiqueta indie no existiera el circuito comercial hubiera encontrado interés en ellos? Celebremos que sigan con nosotros.

Fleet Foxes resuelven con madurez un nuevo sendero de imágenes vívidas y estancadas

Una vez memorizada la fórmula del éxito con sus dos anteriores trabajos y el magnífico EP “Sun Giant”, los washingtonianos persiguen una segunda madurez, mayor complejidad, sin alejarse drásticamente de su zona de confort.

Por si esto fuera poco, una vez memorizada la fórmula del éxito con sus dos anteriores trabajos y el magnífico EP “Sun Giant”, los washingtonianos persiguen una segunda madurez, mayor complejidad, sin alejarse drásticamente de su zona de confort. Claro que Iron & Wine llegó antes, e indudablemente las legiones de renovadores del folk, desde Current 93 hasta Songs: Ohia, o incluso podríamos remontarnos al maestro Dylan o a Simon & Garfunkel. Sin embargo, esta pequeña isla en medio de un océano sin nombre suena original, inconfundible, y aunque merezca otra vuelta de tuerca y en ocasiones se estanque, se mantiene en el frente de una lucha por reivindicar el folk y a la vez renovarlo. Aunque sería iluso y superfluo exigir un apagón en los estudios de grabación de las compañías discográficas, da gusto pensar que a algunas de las melodías de la banda les bastaría una guitarra, un piano y la voz humana para sobresalir por los nostálgicos acantilados de una región remota.

Aunque sería iluso y superfluo exigir un apagón en los estudios de grabación de las compañías discográficas, da gusto pensar que a algunas de las melodías de la banda les bastaría una guitarra, un piano y la voz humana para sobresalir por los nostálgicos acantilados de una región remota.

¿Y qué pasa con el aviador? De momento sólo podemos compadecernos de él. Su sombra recortada se va despidiendo de la compañía del mar, la única que parecía dispuesta a acompañarle. Llegará el momento en que la noche venza por completo las últimas gemas del agua, y el cielo nublado se cubra con una expresión de indiferencia. ¿Acaso las hogueras de “I Am All That I Need / Arroyo Seco / Thumbprint Scar” comienzan con algo de esperanza? Pero con la entrada del chelo y las disimuladas disonancias llega un sonido que resulta familiar. El desdichado levanta la cabeza y se regodea entre los fragmentos de su orgullo, alternando la intimidad de los pájaros con la emoción de un nuevo comienzo. Unos majestuosos y jamás excesivos acompañamientos de cuerda aportan a la tesitura gran parte del espíritu clásico de Fleet Foxes, pero lo más interesante son las inusuales armonías o los nuevos timbres, que han dejado atrás su vieja armadura y apuntan hacia sonoridades más ambiguas y elaboradas.

Sin embargo, el momentáneo orgullo se extingue pronto. Al hombrecillo que no es capaz de dormir ni de penetrar en la vida que trepa por el acantilado y enciende el humo de los poblados sólo le queda refugiarse en el recuerdo. Así prosigue “Cassius, –, hasta que los misteriosos acompañantes se levantan justo al final de la primera estrofa. Se acercan a él, posan sus manos increadas sobre un hombro transparente. Luces de ciudad, velocísimas máquinas cuya chapa no alcanza a fijarse en la retina. Y acertadamente cambios de escena que hacen más llevadero este intenso minimalismo. De nuevo las cuerdas rescatan el papel del mudo, que recorre en sentido inverso las horas previas a subirse a un aeroplano en un último intento por rescatarla. Algo brusca es la aparición de las represalias en “– Naiads, Cassadies”, redactadas con la tipografía ampliamente reconocida de la banda, la sobriedad, la aridez de los ojos. Una nueva modulación y los colores cálidos se descomponen, sobre el sonido de las olas ciegas cabalgan cestas de memoria. Se reafirma el nuevo don de la banda.

Lo más interesante son las inusuales armonías o los nuevos timbres, que han dejado atrás su vieja armadura y apuntan hacia sonoridades más ambiguas y elaboradas.

Tras uno de los fantásticos interludios del disco en el que la guitarra experimenta con la modalidad y los cuartos de tono, “Kept Woman” muestra por primera vez la figura inalcanzable. Lo hace por medio de nuevos colores, explorados gracias al añadido y reconocimiento de los coros, técnica acogida años atrás por Gentle Giant, y canónica en las composiciones del grupo. Un fuego esperanzador revive en el primer sencillo extraído del disco: “Third Of May / Ōdaigahara”, cuyo título señala la coincidencia de fechas entre el cumpleaños del miembro Skyler Skjelset y el famoso cuadro de Goya. Más clásico y familiar, evoca una sombra reconocible, un amigo al que se extraña, con lo que la música se compagina perfectamente ocultando una misteriosa y disonante grabación en el fondo. Apenas se percibe, pero al igual que sucede en el club silencio en Mullholand Drive de David Lynch: “no hay banda, y sin embargo la escuchamos”. De hecho algunos fragmentos aislados y oscuros recuerdan al compositor predilecto del director: Angelo Badalamenti. Por lo demás, ya hemos encontrado otras veces el corte a una dimensión a capela cargada de eco, pero sigue manteniéndose como un recurso interesante. Las transiciones y devaneos que vienen a continuación sacan a Fleet Foxes de su zona de confort, convirtiéndose en apuestas más que interesantes.

Las piedras comienzan a moverse. Es la sandalia que empieza a patearlas sin importancia, lentamente entrando en la oscuridad de la isla. Los esfuerzos por superar la situación se valoran en “If You Need To, Keep Time On Me”, que no logra vencer por completo el horror y apuesta nuevamente por un estilo dominado. Resultan por otra parte interesantísimas las pinceladas del piano cuando apenas se le oye, como unas criaturas marinas inadvertidas del acuario de Saint-Saëns (“El Carnaval de los animales”). Casi inmediatamente, “Mearcstapa” se opone a su reaccionario predecesor con armonías espaciales y concesiones al jazz, dejando mella sobre uno de los combates más hermosos del álbum. Aquella orquesta prometida por fin ha llegado, y aunque todos bailen a su alrededor con aparente sosiego, hay algo bastante inquietante que queda oculto. El protagonista trata de reconocerse entre la muchedumbre y, al igual que acontece con Grendel, personaje de la épica Beowulf a quien hace referencia la canción, sus dudas deshacen los rostros afables que únicamente buscan hundirse en la fogata.

“Crack-Up” es, en muchos sentidos, un disco creativo, maduro y complejo, quizá por encima de algunas agrupaciones que han sido reconocidas por el filtro del tiempo, pero aún tiene un objetivo pendiente: despertar sus matices.

On Another Ocean (January / June)” hace un repaso de los océanos conocidos, alterando continuamente la línea del horizonte. Parece como si en una costa cupiera la posibilidad, los deditos incómodos por la entrada de arena, la laca roja… En algún momento la música ha logrado dar con la playa correcta, pero qué se puede hacer más allá de revolver el recuerdo, engordarlo de cosas que jamás sucedieron pero que la ira pretende incrustar en cualquier escollo. De este modo la arena va multiplicando sus granos a cada paso, la línea de costa se aleja y con ella la deliciosa sensación del frío renovando una mirada al cielo abierto e inagotable. Para “Fool’s Errand”, el segundo sencillo, la duna ha subido hasta el torso, ninguna novedad ha logrado descalibrar los frígidos procesos de la mente. Él avanza sin cavilar demasiado hasta la llegada inevitable de “I Should See Memphis” y unos nuevos y metamórficos intermedios. Haciendo uso de su recién descubierta tesitura grave, Robin Pecknold guía a su personaje a través de una preciosa y divagante recuperación, una pradera abarrotada de flores que la orquesta de cuerda va coloreando sin perder la gravedad de los hechos recientes. Con unas breves y concisas palabras la felicidad vuelve a parecer posible.

Contrario a lo que hubiera facilitado el logro de un disco redondo, la pieza final se queda a las puertas del clímax. “Crack-Up” sorprende con algunas confusiones marinas, trompetas de nácar y, por supuesto la aceptación de la pérdida de la mano de la música. Hubiera sido un enlace perfecto para una última pista. Unas columnas de acordes marmóreas y profundas, muy al estilo de los archipiélagos de Talk Talk, se hunden cerca de la esperanza, pero les falta el impulso que las arrancaría del fondo oceánico e inundaría sus ojos. Si bien es cierto que un final abierto puede ser una opción interesante deja en pendiente el ascenso del último escalón, un clímax que apenas se entrevé en algunos temas del álbum.

Fleet Foxes – Crack-Up

8.4

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“Crack-Up” es, en muchos sentidos, un disco creativo, maduro y complejo, quizá por encima de algunas agrupaciones que han sido reconocidas por el filtro del tiempo, pero aún tiene un objetivo pendiente: despertar sus matices. Esto no menoscaba la genialidad de algunos pasajes ni entierra ese sentimiento de desconfianza que acompañará al oyente atento.

Up

  • Armónicamente han evolucionado un montón.
  • Ideas frescas que no desentonan con los orígenes de la banda.
  • Un aura de misterio apenas resuelta.

Down

  • La pasividad del estilo puede llegar a parecer redundante, aunque no lo sea.
  • Los seis años que hemos tenido que esperar para que el disco estuviera preparado es demasiado tiempo.