Fotografía: Toni Villen

El Quinto Beatle se desplazó hasta la esquina noroccidental de la Península para asistir a uno de los festivales más pesados de toda España. Un espectáculo musical que convierte a la por lo demás tranquila villa de Viveiro en la capital mundial del metal y el hardcore durante tres días. 

El Resurrection Fest, y vaya por delante que quien firma estas líneas no está a sueldo de nadie, supone una rareza en el panorama de los festivales de gran tamaño de nuestro país por su organización y evolución. Lo que comenzó siendo el sueño de unos fans de Sick of It All con traer esa banda a su pueblo se ha convertido, doce ediciones después, en un evento de primer nivel de la música a nivel nacional. Y lo más destacable de ello es que ha sucedido sin prisa pero sin pausa, creciendo cada año de manera natural y sin entrar en liza grandes empresas externas ni sponsors fagocitadores.

Lo que comenzó siendo el sueño de unos fans de Sick of It All con traer esa banda a su pueblo se ha convertido, doce ediciones después, en un evento de primer nivel. Y lo más destacable de ello es que ha sucedido sin prisa pero sin pausa, creciendo cada año de manera natural.

Otra de las características que distinguen al Resu, en este caso del resto de festivales de su(s) género(s) musical(es), es la moderna visión que tienen de esos estilos. Una visión actual que trata de romper con la ranciedad de muchos otros eventos tanto de corte punk como, sobre todo heavy, de nuestro país. Se nota en la imagen, en la tipografía, en todos los diseños y pósteres pero, sobre todo, se nota en un line-up que lucha por hacer un hueco a bandas actuales en vez de optar por llevar a los vejestorios y dinosaurios que a menudo pueblan carteles así. Y, vista la respuesta del público (rozando el sold out este año tras aumentar el aforo), es una apuesta que año tras año se demuestra como acertada.

JUEVES 6 DE JULIO

Tras la reseñable warm-up party del miércoles, con CJ Ramone, Soziedad Alkohólika y unos sorprendentemente en forma Sepultura, entre otros, calentando el ánimo de los presentes, el jueves se presentaba como el día con mayor variedad de conciertos y de tamaño intermedio. 

Para abrir boca (y tras el muy lamentable y posteriormente arrepentido despiste de perdernos a Bala), los australianos Airbourne desplegaron todo su hard rock sobre el escenario principal a base de sprints de su frontman. Herederos naturales y estilísticos de AC/DC (hasta la exageración, de hecho) no se puede poner una pega a la propuesta de Airbourne, más allá de esa falta de personalidad propia que los separe de sus referentes directos. Dicho eso, un concierto abrumador, sin una sola baladita para respirar entre trallazos del calibre de “Too Much, Too Young, Too Fast”, “Rivalry” o, la muy querida por los fans de La Vida Moderna, “Runnin’ Wild”. Bien por los hermanos O’Keeffe, especialmente Joel, que pareciendo algo afectado por el sol gallego o el licor café aumentó el nivel de diversión todavía más. Si a eso le añadimos una hora de niños Resukids invadiendo el escenario por detrás y un alegato de manual por el rock ‘n’ roll tenemos el concierto rockero por excelencia.

Fotografía: Toni Villen

Aunque no sea un género tradicionalmente típico en el Resurrection, en esta primera jornada el hard rock tuvo una presencia abundante. Otros que lo profesan, aunque desde un punto de vista casi opuesto al de Airbourne, son The Vintage Caravan. Cambiando la testosterona y los gritos por una ración familiar de blues y psicodelia setentera, los islandeses pegaron una buena sacudida al Desert Stage. Con un formato de power trio clásico, los contoneos de su cantante y riffs como los de “Crazy Horses”, “Expand Your Mind” o “Babylon” se metieron al público en el bolsillo. Urge algún promotor amable que traiga a estos tres fenómenos a tocar en salas de nuestro país para un concierto más largo. En una onda parecida les precedieron Stray Train, con menos fondo de stoner y más de rock clásico. Como unos primos del pueblo de Kadavar, lo que vimos de su concierto fue una versión directa y de nuevo, hard rockera, de un blues primitivo y enérgico. Los eslovenos tienen probablemente menos que aportar a nivel musical que The Vintage Caravan, pero su directo fue tan divertido o más que aquel.

Vaya por delante que un servidor no es fan del hardcore y las variantes de punk que imperan por el Ritual Stage. Dicho esto, una de las contadas ocasiones en las que visité la carpa fue para acudir a mi cita con The Menzingers. Los de Pensilvania no juntaron a demasiado público (solapes comprometidos con Anthrax y Eluveitie), tocaron poco tiempo y quizá se notó el cansancio (era su primer concierto tras volar directos desde EEUU). Pese a todo ello, su reciente “After the Party” es un disco que se defiende él solo y el punk de treintañeros nostálgicos (subgénero en el que podríamos incluir a Japandroids o The Gaslight Anthem) anima el alma tanto como para llegar a formar conatos de pogos entre los presentes. Buen concierto y mejores canciones sobre esa eterna adolescencia que todos los asistentes al Resu, en mayor o menos medida, se niegan a terminar de abandonar del todo. Mientras me encaminaba al escenario principal atendí un rato al aquelarre que estaban montando Eluveitie en el escenario Chaos. Los suizos son una de las bandas más reconocidas en esa amalgama que es el folk metal (o pagan metal, o celtic metal, o metal para gente con colgantes con runas y fans de Tolkien). En cualquier caso y al margen del gusto de uno por los violines, zanfoñas y demás instrumentación barroca, no se puede negar que la tropa supo montar una buena fiesta.

Otra de las características que distinguen al Resu es la moderna visión que tienen de los estilos que se citan en Viveiro, con un line-up que lucha por hacer un hueco a bandas actuales en vez de optar por los dinosaurios que a menudo pueblan carteles así. Y, vista la respuesta del público, es una apuesta que año tras año se demuestra como acertada.

El escenario principal (enorme este año, por cierto) lo cerraron el primer día unos viejos amigos de todo el mundo. Y es que habrá bandas que gusten a unos o a otros, y más en un festival que aúna a heavies y punks de pro, pero si hay una banda que a todo el mundo encandila, aunque sólo sea para disfrutar en directo y olvidarse de ella todo el año, esa es Dropkick Murphys. Los de Boston arrancaron con “The Lonesome Boatman”, de su último y muy notable 11 Short Stories of Pain & Glory, y siguieron con “The Boys are Back”, donde ya medio Viveiro coreaba que iba “… looking for trouble”. Podría seguir enumerando los himnos que se sucedieron (“Going Out in Style”, “First Class Loser”, “The State of Massachusetts”, la coreadísima “Rose Tattoo”…) pero en resumen basta decir que los Murphys saben montar una buena fiesta a la irlandesa, de la que todo el mundo sale afónico, borracho y con una sonrisa de oreja a oreja.

Desafortunadamente algunos tuvimos que perdernos la traca final de la mitiquérrima “I’m Shipping Up to Boston” por ir corriendo al último gran concierto del día. Los cabezas indiscutibles del Desert Stage de esta jornada y, si me apuran, de todas: Red Fang. Repetidores en el Resurrection (no perderse su directo de 2014), esta vez tocaban en un escenario más recogido y lleno de fieles, y eso jugó a su favor. Con un setlist muy basado en su último y sobresaliente trabajo, “Only Ghosts”, los tres barbudos de Portland (y su batería) descargaron una tormenta de stoner pesado y riffazos pegadizos sobre los presentes. Un Aaron Beam especialmente inspirado dejó en evidencia a la mitad de sus colegas vocalistas del cartel con un despliegue de vozarrón que ya quisieran en los realities televisivos. Y, como no podía ser de otra manera, la cruda y cómica “Prehistoric Dogs” cerró una primera jornada muy completa.

Fotografía: Javier Bragado

VIERNES 7 DE JULIO

Tras la resaca, literal y metafórica, del primer día, el segundo se presentaba como un remanso de paz frente a la vuelta a la demolición el sábado. Probablemente por el peso en el cartel de unos Rammstein que atrajeron a más público que los otros días, el resto de nivel medio parecía flojear un tanto. En cualquier caso, eso en la treintena larga de conciertos que se pueden ver al día en el Resu es poco decir.

La tarde empezó, esta vez según lo esperado, visitando de nuevo la carpa Ritual para catar el directo de una de las revelaciones más explosivas del punk patrio (mal que les pese lo de patrio, me temo) de los últimos años. CRIM se han hecho un hueco en la escena punk rock catalana a golpes, cantando sobre lo gris de su ciudad, la lucha obrera y, en general, las cosas que ponen de mala hostia a la parte más consciente de la realidad social. Sin duda, un bolazo con carisma de su cantante Adrià Bertrán a destacar, dando toda una lección de la filosofía que se respira en el escenario más reivindicativo del Resu. Tras ellos, nueva sesión de eclecticismo sonoro. Esta vez, del punk más crudo al thrash metal más clásico, de la mano de Annihilator. Concierto sobrio y sin alardes de una de las bandas más fieles al sonido original del género que han salido de EEUU, poco después de los Big Four.

Volvimos del escenario principal al Desert Stage, pues teníamos uno de los conciertos señalados en rojo en nuestra selección de imprescindibles. Nuestros adorados Truckfighters hicieron honor al nombre del escenario de stoner como ninguna otra banda, teletransportándonos directamente al Palm Desert mientras conducimos una furgoneta con más óxido encima que combustible. La falta de tiempo evitó que sonase “Calm Before the Storm”, pero el final con “Desert Cruiser” lo cura todo, y el pogo que levantaron Ozo y Dango fue para hacerles un monumento. Siguiendo con la esquizofrenia estilística que a menudo domina el festival (y lo hace más entretenido, todo sea dicho), los siguientes en el Desert Stage fueron Alcest. Los franceses, practicantes de un post-black metal con mucho de shoegaze y poca garra, estaban un poco desubicados en el cartel del Desert, pero eso no les importó. Ni eso, ni nada, puesto que Alcest viven en otra dimensión, una en la que se desconocen los pogos y el headbanging. Sin embargo, sonaron considerablemente más pesados  y aguerridos que en los discos, y si su propuesta sirve para romper un poco con el estereotipo y la imagen metaleras, bienvenida sea.

Nuestros adorados Truckfighters hicieron honor al nombre del escenario de stoner como ninguna otra banda, teletransportándonos directamente al Palm Desert mientras conducimos una furgoneta con más óxido encima que combustible.

De vuelta a la dura realidad del esguince cervical que es el pan nuestro de cada concierto en el Resu, nos encontramos con unos Lost Society que se revelaron como una de las sorpresas más gratas de todo el festival. Un thrash fresco y espídico, como debe ser, que bebe de los clásicos sin complicarse la vida. Aunque dicen que la experiencia es un grado, los finlandeses, especialmente su acelerado frontman Samy Elbanna, le supieron sacar un partido descomunal a su insultante juventud (ninguno de sus miembros pasa de los 22 años).

De la sorpresa al gran núcleo atractor de esta edición: Rammstein. Poco voy a escribir aquí que no se haya dicho ya de los archiconocidos alemanes, así que no dedicaré media crónica a hablar de su concierto. Basta decir que su directo fue una apología de la exageración, en todos los sentidos posibles: musical, pirotécnico y casi me atrevería a decir que religioso. Porque Till Lindemann es para muchos de los asistentes el otro día al festival una especie de Mesías satánico más que un frontman al uso. Guitarras escupiendo fuego, máscaras escupiendo fuego, el propio Lindemann escupiendo fuego a la torre de sonido con un lanzacohetes durante la apoteósica “Du Hast”… Te podrá gustar más o menos el metal industrial que prácticamente patentaron ellos, pero lo que queda fuera de toda duda es que el suyo es un espectáculo con todas las de la ley. Fuegos artificiales, confeti en “Amerika”, una actuación de maltrato y tortura hacia su teclista… Aunque a veces sea prácticamente más teatro que música, el espectáculo de Rammstein merece ser visto, aunque sólo sea una vez en la vida y por mera curiosidad.

El directo de Rammstein fue una apología de la exageración, en todos los sentidos posibles: musical, pirotécnico y casi religioso. Te podrá gustar más o menos el metal industrial que prácticamente patentaron ellos, pero lo que queda fuera de toda duda es que el suyo es un espectáculo con todas las de la ley.

Para terminar el segundo día, qué mejor que la mayor demostración de técnica y habilidad guitarrera de todo el festival. Mientras los incautos escapaban de Rammstein hacia la salida, los más curiosos o resistentes se encaminaron hacia el Desert a ver cómo otra banda que tampoco parecía pegar mucho en los sonidos de ese escenario lo hacía trizas con sus riffs. Animals as Leaders son una banda muy peculiar, prácticamente el buque insignia junto a Meshuggah de ese subgénero alienígena (en realidad, técnica guitarrística derivada del palm mute) que es el djent. Para los que esto les suene a chino: metal progresivo instrumental con un toque electrónico, guitarras de muchas cuerdas y un sonido muy particular. Nos consta que Tosin Abasi y los suyos fliparon en colores con que, tocando a las dos de la mañana, en un escenario secundario, tras Rammstein y con una música tan extrema como la suya, congregasen a una cantidad de público más que notoria. Agradecidos y sonrientes, Animals dieron un recital guitarrístico que, aunque en disco puede hacerse algo pesado, en directo sonó demoledor y ameno a partes iguales.

Fotografía: Javier Bragado

SÁBADO 8 DE JULIO

La última jornada de festival contaba con una lista de hasta tres eclécticos co-cabezas de cartel para todos los gustos. Por otro lado, en nuestro escenario predilecto (como a estas alturas ya os habréis dado cuenta), predominaban bandas de doom metal.

La primera de ellas fue Conan, a la cual de nuevo el tempranero horario de conciertos nos impidió llegar. Pero como por falta de doom no era, a Mantar sí que pudimos verlos. Para los que no les conozcáis os los presento. Dúo de Hamburgo de guitarra y batería, aposentados en referentes como Melvins y Matt Pike, con dos discos como dos soles. Los alemanes ocuparon el escenario como si fueran cincuenta, dando uno de los conciertos más compactos y compenetrados de todo el festival. Con razón acompañarán a Kadavar en su próxima gira. Si pasan cerca, no os los perdáis.

Los primeros co-cabezas del día, y los de más interés metalero de todo el cartel, fueron Mastodon. Una gran losa pesó durante todo el concierto de los de Atlanta, y es que con una hora de duración apenas se puede esbozar un repaso rápido de todos sus discos, pero si encima se centran con hasta siete canciones de su último trabajo, ese repaso queda en nada. Por bueno que sea “Emperor of Sand”, muchos (por no decir todos) hubiéramos preferido un setlist más variado, incluyendo alguna más de ese polémico y, para un servidor grandioso, “Once More Round the Sun”. Sin embargo, a su favor diré que esas críticas dirigidas hacia lo que pierden sus voces en directo las encontré infundadas, y es que Mastodon suenan como una máquina perfectamente engrasada en todos sus registros.

Tras recuperarnos de la voladura de cabeza de los estadounidenses (literal y metafóricamente en mi caso) tocaba volver al ring del doom que era en esta tercera jornada el Desert Stage. Esta vez a cargo de unos italianos que entraron en el cartel por la puerta de atrás sustituyendo a los míticos Pentagram (por el arresto de su trastornado líder, Bobby Liebling). Hablamos de Ufomammut, una de las bandas más punteras y pesadas dentro del subgénero mestizo del stoner doom. Bajos asfixiantes, graves sísmicos y una potencia de sonido capaz de tumbar para atrás a los de las primeras filas fueron los argumentos del que resultó ser probablemente el concierto más pesado, estrictamente hablando, de todo el festival. A continuación, de regreso al escenario principal y cambiando radicalmente de aires, el segundo gran nombre del día era el de Rancid. Los héroes del ska-punk norteamericano tocaron nada menos que 26 canciones, parándose especialmente en sus discos “…And Out Come the Wolves” y “Let’s Go”, y dejando alguna de su recentísimo nuevo álbum.

Fotografía: Alain Piñón

Mientras los amantes del black metal disfrutaban de una de las bandas punteras del género desgranar su álbum más icónico (Mayhem tocando íntegro el “De Mysteriis Dom Sathanas”), el grueso del público se agolpó ante el escenario grande para ver el tercer cabeza del día. Hay días en los que la consideración de una banda sube de categoría, y para Sabaton eso sucedió esa noche. Lograron congregar una sorprendente cantidad de público (una de las mayores del festival, Rammstein aparte), teniendo en cuenta además que hablamos de una banda con relativamente poco recorrido y que practica un estilo, el power metal, que vivió sus mejores tiempos hace ya tres décadas. Por todo ello tiene aún más mérito el potencial de Sabaton para convertirse en un futuro relevo de los cabezas de cartel jurásicos que suelen poblar los festivales de metal por todo el mundo.

A la vez, en la carpa los italianos Talco (que visitan nuestro país más que a sus parientes cercanos) daban su buena ración de circense y perrofláutico. Extrañamente, el de estos con Sabaton fue uno de los solapes más dolorosos para mucha gente, a pesar de lo opuesto de sus sonidos. Sin embargo, al contrario que aquellos, Talco sufrieron de un sonido bastante deficiente que enturbió la voz. Con esa verbena ska dimos por finalizado una nueva y exitosa edición del Resu.

Un nuevo paso adelante en la consolidación de uno de los festivales más interesantes de nuestro superpoblado panorama veraniego.

La edición más grande de la historia del Resurrection Fest supuso un nuevo paso adelante en la consolidación de uno de los festivales más interesantes de nuestro superpoblado panorama veraniego. Hasta el tiempo se portó, evitando empañar una edición prácticamente sin fallo. Una única crítica: a la seguridad del festival que se pone en los fosos para recoger con prisa a los que vuelan en crowdsurfing, que tienden a provocar más daño del que evitan. Por lo demás, y especialmente a nivel conciertos, un sobresaliente. Como escribió Manuel Jabois a propósito del festivalen la historia de las religiones, la del metal es la única que llena conciertos para invitar a morir otra vez, y resucitar mejor. Y para hacerlo, el mejor sitio está al norte de Galicia, sobre el verde de Viveiro.

Fotografía: Javier Bragado