Aun a riesgo de abrir con una definición pedestre, debo empezar diciendo que Jay Som es rara, aunque en el buen sentido. Es una artista interesante con un gusto muy particular a la hora de componer y, especialmente, arreglar sus temas. En su álbum debut, “Turn Into”, la californiana de origen filipino Melina Duterte, el nombre real detrás del proyecto, se servía de pequeños detalles y matices de toda una plétora de sonidos tomados prestados de diferentes géneros: había bases rítmicas hip-hoperas, guitarras cargadas de reverb con regusto surf rock, frases más propias del jazz, mucha acústica indie… Todo ello componía una imagen un tanto desunida porque, aunque los elementos cuadraban a la hora de transmitir esa sensación un tanto somnolienta e íntima, no parecían formar una imagen tan sólida como la que ahora la artista nos trae con su último trabajo.

El bedroom pop se ha hecho adulto

“Everybody Works” es un disco más compacto que, incluso permitiéndose atrevimientos mayores que en el debut, logra transmitir una estética unitaria, volviendo sobre las bases del bedroom pop para hacer de este trabajo una obra intimista y personal.

Everybody Works” es un disco más compacto que, incluso permitiéndose atrevimientos mayores que en el debut, logra transmitir una estética unitaria, volviendo sobre las bases del bedroom pop para hacer de este trabajo una obra intimista y personal. Los muchos recursos y estilos con los que la multiinstrumentista y compositora trabaja (desde el funk hasta el jazz con dejes latinos y mucho, mucho indie), más que distanciar a los temas unos de otros hacen que formen parte de una imagen mayor compuesta por una paleta sensorial y lírica variada. Si bien no es un disco perfecto, sí es uno en cuya particular sensibilidad no es difícil sumergirse y encontrar complicidad, porque sus temas urbanos y cotidianos, que Jay Som filtra a través de su prisma lírico y sonoro, resultan mucho más mágicos al verlos de esta manera. El toque maestro, sin embargo, está en que sigue tratándose de un enfoque cercano, y eso hace ganar muchos enteros a quien haga un cierto esfuerzo para adentrarse en este disco.

Fotografía: Cara Robbins

Los muchos recursos y estilos con los que la multiinstrumentista y compositora trabaja (desde el funk hasta el jazz con dejes latinos y mucho, mucho indie), más que distanciar a los temas unos de otros hacen que formen parte de una imagen mayor compuesta por una paleta sensorial y lírica variada.

La forma de comenzar con este particular trabajo ya es interesante: la breve y casi instrumental “Lipstick Stains” rocía cascadas de guitarras cálidas en intervalos pausados que, casi como una lenta respiración, sumergen en su calma al oyente. La voz de Duterte aparece cerca del final aumentando la intensidad de los chorros sonoros con sus versos lánguidos y somnolientos, pero es con “The Bus Song” donde empieza a sacar energía. La cosa no podría ser más indie: una canción sobre coger el autobús como símbolo hogareño (me gusta el autobús / puedo ser quien yo quiera ser”) cargada de guitarreos luminosos y dulces y “uuuhs” inesperados. Y, sin embargo, al mismo tiempo resulta distinta a las guitarras limpias y lentas de tantas otras bandas que han tomado éste por sonido predilecto; hay más intensidad, hay una potencia emotiva y un interesante equilibrio entre el intimismo y la cercanía con el público que se extiende al resto del disco. La canción, además, cuenta con un cierre que le pone el broche y termina cuando toca, una pequeña hazaña que se repite con el resto de cortes.

Con “Remain” la cosa tira por otros derroteros: sus punteos ambientales y sus coros sincopados miran hacia los años ochenta, mientras que la batería recuerda a la simplicidad monocorde de un tema de Daughter. Ya sale a relucir la maestría de Duterte para combinar, sin ningún temor, elementos y texturas sonoras de géneros con diferencias irreconciliables como si fuese la cosa más normal del mundo. “1 Billion Dogs”, sin embargo, rompe con violencia y distorsión punk a la vez que mantiene la sección vocal en su rango habitual de calidez y limpieza, pero con frases más breves y cortantes. Suena a la clase de cosa que has escuchado más de una vez pero no sabes dónde ubicar; sólo tienes claro que esta vez suena distinto y dirías que mejor. Quizás porque Jay Som mide mejor los ritmos y la tensión, o porque de repente la tía mete un solo chirriante y plagado de disonancias porque sí, y lo cierto es que no se te ocurre pensar en un sitio mejor donde pueda estar. De modo que decides que ella sabrá lo que hace y tiras millas.

Es la clase de disco que te coge por sorpresa, y aunque no dé en el blanco con todos sus golpes es capaz de dejarte noqueado cuando menos te lo esperas.

One More Time, Please” vuelve a jugar con estilos tomados de aquí y allá, componiendo una canción con un groove que tira por lo funky, una percusión latina durante el estribillo, juegos de sintes ambientales y oníricos y en general un ritmo animado y muy bien medido. Justo cuando la canción parece estar terminando y perdiéndose en el silencio, llega un solo de guitarra cuya potencia acentúa los crescendos de las frases sucesivas y, maldita sea, esto es un temazo de manual. ¿Y por qué no había escuchado antes a esta mujer? Pues esa, amigos y amigas, es una buena pregunta. Pero no podemos pararnos, que “Baybee” vuelve a sacar del desván de los ochenta un par de líneas melódicas y un rollo que, si bien recuerda al tema anterior, aboga esta vez por volcarse en la electrónica dreamy y nostálgica y los juegos corales. Aunque quizás no llegue al nivelazo de la canción anterior, es indudablemente un tema redondo. Sin embargo, tengo la sensación de que es la versión adecuada de la combinación de elementos del resto del disco, como si en las canciones previas estuviesen un poco por probar y esta vez se hubiera puesto las pilas para unirlos bien. Pero vamos, que eso no desmerece su calidad.

Quizás haya algo más de problema con “(BedHead)”, porque la repetitiva y disonante línea melódica del inicio puede pasarse de machacona, por más deliberado que esto sea. Sin embargo, cuando se suman el resto de líneas melódicas que acompañan a la voz el tema gana en intensidad y digamos que ‘se entiende’ por qué ese sonido estaba antes ahí. Y lo cierto es que ni siquiera hace falta fijarse en la letra para abrazar la emotividad un tanto angustiosa que su música y letra transmiten, pero tanto el inicio como el final se pueden hacer especialmente duros para la escucha, y esto es un hecho. Pero no hay que preocuparse, que “Take It” retoma las guitarras cañeras y el buen rollito indie, aunque se niega a desprenderse de las guitarras cargadas de reverb que esta vez aparecen solo unos segundos, y el recurso empieza a cansar un poco. No se puede decir que esté mal en general, y tiene esa sección final que hace pensar que Duterte tiene un don para cerrar las canciones, pero podría tener bastante más chicha de la que aparenta.

No está pensado para tocarte la fibra, pero sí para que su emotividad te resulte familiar, y no es difícil entrar en su juego y salir con la curiosidad más que satisfecha. Esa es, probablemente, su mayor virtud.

Apostando por las frecuencias graves y la estructura en general más guitarrera aparece “Everybody Works”, y las guitarras ochenteras oficialmente han llegado a la línea del hartazgo, pero quedan disimuladas por inesperados teclados y un ritmo idealmente medido, como ya es costumbre en este trabajo. La letra, que da título al disco, es particular por su reflejo del crecimiento y la aproximación a la edad adulta at través del trabajo, algo que parece provocarle cierto nerviosismo; creo que esto es algo con lo que más de una persona se sentirá identificada, y es en estas dobles lecturas donde la habilidad compositiva de Duterte brilla con más fuerza. Por último, llega “For Light”, el tema más largo de todo el álbum. Esta vez las guitarras no se rasguean con agresividad y reina la calma; más que pop de dormitorio esto es pop de recorrer las calles de tu ciudad una mañana tranquila, manteniendo conversaciones intrascendentes y sumergiéndote en esa atmósfera apacible y silenciosa. Hay instrospección en sus letras, pero también un lugar en ellas para que el oyente encuentre acomodo y proximidad. Con la repetición del último estribillo se construye un nuevo crescendo donde también los vientos encuentran un lugar importante. Y, por último, unos segundos de guitarra y silencio. Perfecto.

Si tuviera que dar una característica definitoria a este trabajo, diría que “Everybody Works” es la clase de disco que te coge por sorpresa, y aunque no dé en el blanco con todos sus golpes es capaz de dejarte noqueado cuando menos te lo esperas. Su abanico de recursos no es tan amplísimo como parecía antes de que prestaras atención, pero aunque Jay Som se siente especialmente apegada a algunos de ellos no suelen hacerse repetitivos, porque los combina con maestría y da lugar a mezclas únicas.

Este no será el disco de tu vida, y ni quizás siquiera aparezca entre los mejores del año en tu lista personal, pero “Everybody Works” es una obra de la que sacarás más de un tema memorable y a la que merece la pena volver. No está pensado para tocarte la fibra, pero sí para que su emotividad te resulte familiar, y no es difícil entrar en su juego y salir con la curiosidad más que satisfecha. Esa es, probablemente, su mayor virtud.

Jay Som – Everybody Works

7.5

“Everybody Works” es la destilación del buen indie estadounidense: tiene una identidad sonora única pero también familiar, sus letras tratan temas cotidianos pero con un enfoque más espiritual, y en general hace todo mejor que su antecesor. No es un disco que vaya a romper moldes, pero es difícil catalogarlo simplemente como un disco competente. Arrastra algunos fallos que otros, pero quien sepa perdonar y hacerle un hueco a este peculiar trabajo encontrará más de una sorpresa agradecida.

  • La mezcla de elementos de géneros diversos se realiza de forma inteligente y con resultados inesperados.
  • Su atmósfera es menos somnolienta que la del disco anterior, y se permite licencias que tiran hacia el punk y otras técnicas más cañeras.
  • La voz de Jay Som es impecable, en solitario y con sus juegos corales.
  • Temas como “One More Time Please” o el cierre que es “For Light” son algunas de las perlas más relucientes de todo el trabajo.

  • La repetición de ciertos recursos, como las guitarras con sabor ochentero cargadas de reverb, puede acabar haciéndose más que molesta.
  • Ciertos temas se sirven de las disonancias para conseguir sus fines, pero aun siendo intencional puede resultar difícil entrar en su juego.
  • “Take It” parece un tema de relleno.

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