Fotografía: Music Snapper

Si tuviera que destacar algún aspecto del Azkena Rock Festival celebrado los días 23 y 24 de junio en Mendizabala, mérito compartido entre el impulso musical que ofrece la ciudad de Vitoria a lo largo del año y en general el País Vasco y la inteligente estructuración de los conciertos estudiada por el festival, sería la aceptación de la diversidad musical que demostró el público sin temer desplazarse entre las bandas más rockeras de los años 80, los clásicos, el punk de garaje, las baladas country de Isaak o la música introspectiva de Kiwanuka. Esto se traduce inmediatamente en una afirmación de la calidad musical, del disfrute sin restricciones de estilo. Ningún escenario quedó vacío en ningún momento, la planificación del evento no pudo tener mejor coordinación y ninguno de los conciertos arrancó ni antes ni después de la hora prevista.

El público aceptó formidablemente la diversidad musical, sin temer desplazarse entre las bandas más rockeras de los años 80, los clásicos, el punk de garaje, las baladas country de Isaak o la música introspectiva de Kiwanuka.

Entre las cosas que destacar del festival con la primera impresión se encuentran los escenarios, nominados acorde a las estrellas recientemente fallecidas Chuck Berry, Chris Cornell, Sharon Jones o Gregg Allman, además de uno de los padres del prog: Greg Lake; y el muy querido y joven promotor musical Javi Ezquerro, responsable entre otras de la promotora On the Road. Además de los eventos centrales, el festival dispuso de un ring de lucha libre y varias actividades entre las que figuraba la participación de DJs y documentales.

VIERNES 23 DE JUNIO

Los conciertos comenzaron con un tradicional viaje en el tiempo. Si las bandas de garaje tuvieron su apogeo a mediados de los 60, una oleada de nuevas formaciones tomó las décadas de los 80 y los 90. Éste fue el caso de The Godfathers, agrupación inglesa encargada de introducir al público en la espina dorsal del evento, salpicando su música de la tónica indie que se llevaba cuando la banda conoció su apogeo. Apenas diez minutos antes los vascos Fetitxe habían empezado a reventar el primer escenario. El tercer turno les tocó a otros españoles, los autores del original “Itaca”: The Soulbreaker Company. Acostumbrados a la improvisación de estudio, su interpretación pretendió aproximarse más al stoner y a la actitud garaje dominante de la que disfrutó el público, que llegó con sus preferencias puestas en esta cara del conjunto. Aunque la producción no resultó demasiado buena los vascos supieron hacer saltar al público, incluso a pesar de alguna inconexión entre los miembros, que parecían profundizar en los colores de estilos demasiados dispares.

A continuación vendría un clásico, uno de los padres de la nueva ola del heavy metal británico: los Tygers of Pan Tang, quienes demostraron, sin salirse de los límites del género, que se puede avivar la llama de una audiencia casi cuarenta años después del apogeo del estilo. Las interpretaciones fueron soberbias y la velocidad y ferocidad de la banda quedó tan patente como el poder de las baladas. Mientras tanto, en el mismo escenario en que habían tocado The Godfathers se abrieron paso unos familiares cercanos. The Shelters nacieron unos treinta años después, pero el espíritu del garaje y el indie les había conquistado igual que a sus predecesores. Sin dar tiempo al estancamiento sonoro, King’s X empezaron a hacer acto de presencia con la inusual voz de su líder y una inmerecida producción. Los arrebatos melódicos y progresivos de la banda no brillaron todo lo que deberían frente a las partes más heavy que constituyeron el formato más acertado del concierto. Por su parte, Crank County Daredevils hicieron vibrar el escenario con su glam metal, y en uno de los escenarios menores hizo acto de presencia el blues de King Automatic.

Fotografía: Music Snapper

Momentos después tenía lugar una de las participaciones más importantes del festival: la de los carismáticos y personalísimos Cheap Trick. Aparentemente sobre ellos no habían pasado los años. Rick Nielsen no dejó de lado sus bromas ni su flamante guitara de mil mástiles, Rob Zander se portó soberanamente y ninguno de los temas más conocidos de la banda falló en el encuentro, completando lo que se constituiría como una de las mejores actuaciones del día. La sorpresa llegó de la mano del bajista Tom Petersson, que montó un homenaje a Lou Reed y sus tiempos de la Velvet con un remix de “Heroine” y “I’m Waiting for the Man”. Las risas y los saltos estuvieron asegurados mientras sonaban “Surrender”, “I Want You to Want Me” o la versión del clásico de Fats Domino y Dave Bartholomew “Ain’t That a Shame”.

Desgraciadamente, a continuación tendría lugar la inevitable indecisión: tres bandas tocaron al unísono en sendos escenarios. The Cyborgs regresaban a la música de garaje, Hellsingland Underground aportaron el toque sureño, aunque la propuesta más llamativa la ofrecieron Graveyard con su stoner rock de tintes Black Sabbath. Supieron entregar la dureza del estilo sin llegar a cansar (pecado que cometen con abundancia agrupaciones similares) y el público quedó muy contento con la actuación. Realmente acarrean un sonido diferente.

El turno siguiente lo ocupaba uno de los dos cabezas del cartel, y sin duda prometía ser el espectáculo más llamativo del festival. Un breve documental con referencias a la guerra de Vietnam, Woodstock y demás acontecimientos rondando el año 1969 ya anticipaba mucho del sonido que vendría a continuación. John Fogerty había prometido repasar sus canciones con la Creedence Clearwater Revival, y lo cumplió con creces, intercalando temas de su etapa más reciente. Ninguno de los sencillos célebres de la banda fue omitido. “Down on the Corner”, “Lodi”, “Have you Ever Seen the Rain” o “Bad Moon Rising” fueron acogidos por el espectáculo con más público del festival. No faltaron las improvisaciones de los fabulosos músicos que acompañaron a Fogerty, los solos de batería, teclado y bajo, en un excelente punto medio entre complejidad y efectividad. Como anunció el cantante, entre el público se encontraba su esposa, pero junto a él sobre el escenario le acompañaba su hijo a la guitarra. Esto propició una atmósfera encantadora y, sumado al entusiasmo del artista, que sobrepasa los 70 años, carente de artificiosidad. A esa edad uno no puede andar tan fresco como a los 20, pero pocos casos se conocerán de una animosidad tan ferviente a estas alturas. Fogerty consiguió en varias ocasiones dirigirse a cada uno de nosotros como un hombre sencillo, con el espíritu que llevó a la Creedence a destacar entre la académica psicodelia y el progresivo casi media centuria atrás.

Para rematar el día quedaban aún unas buenas dosis de punk con The Hellacopters, que firmaron gustosamente el último estertor de las baterías de los asistentes. Ayudándose para algunos temas de un teclado, la banda demostró sin esfuerzo lo bien que sienta su mezcla de garaje y punk, alcanzando cotas de velocidad considerables, y avivando a los desgastados asistentes, que apenas pudimos escuchar algunos de los últimos solos de saxo de Mambo Jambo, quienes tocaron en el primer escenario sus animosas melodías ska, y que se despidieron con el sabio mensaje: “seguid apoyando la música en directo”. Para los más aficionados a la electrónica una serie de DJs participaron en el evento al poco de terminar Fogerty: Reyes Torío, Shakin’ Brothers, Mr. Howard; además del batería Vurro y las presentaciones de los 15 años del festival, casi nada.

Fotografía: Rhythm And Photos

SÁBADO 24 DE JUNIO

Para el segundo día el festival abrió por la tarde con el stoner clásico de SCR, y el rockabilly de Pat Capocci, quien también tuvo su espacio esa misma mañana. En una hornada que parecía un tributo al sonido más clásico del rock siguieron Buck & Evans con su toque bluesero, el rock duro de Bloodlights y de Inglorious, y el alocado homenaje a Christian Death que compusieron Psychotica. El nombre más conocido hasta el momento lo aportó Loquillo, ante el cual se reunió un considerable número de personas que, más dispuestas a cantar en el idioma patrio, se sumaron a él repasando los temas ineludibles de su discografía, desde su repertorio más macarra (“Carne para Linda”) al más meloso (“Cadillac Solitario”). Para esta ocasión, el catalán se hizo con un considerable número de músicos entre los que todavía pudimos ver a alguno de los trogloditas originarios. Mientras tanto, Pelomo practicó su rock & roll surfero poco antes de la intervención de Thunder y Kiwanuka.

Michael Kiwanuka es un conocido amigo de esta casa. Hemos seguido sus pasos por el mundo del soul más contemplativo, con pasajes divagantes que homenajean a la segunda época dorada de Pink Floyd y a Prince en su vertiente más popera. El concierto del británico levantó pasiones entre los asistentes, aunque su intervención no resultó tan concurrida como la de Loquillo. Acompañado por su fiel guitarra, Kiwanuka sacó el máximo partido a unos pocos materiales armónicos, repasó sus temas más aclamados y logró fructíferas conversaciones con el teclista y el bajo, sin dejar de transmitir su particular sensación de aislamiento. Thunder son ya viejos conocidos. Acentuando su lado rockero en detrimento del progresivo, la agrupación demostró, como ya habían hecho Tygers of Pan Tang el día anterior en el mismo escenario, que saben cumplir las expectativas puestas sobre ellos.

Fotografía: Rhythm And Photos

Otro conjunto de garage punk, algo menos conocido que The Hellacopters, intercaló sus ruidosos artificios con el concierto aún por acabar de Thunder. Union Carbide Productions fueron otro de los padres de la resurrección del rock macarra de finales de los 80. Por su parte, The Devils proporcionaron una visión diferente al glam atravesando la música electrónica. Sin embargo, el punto fuerte del día sería el country pop de Chris Isaak, un solista poco habitual como cabeza de cartel en un festival de este tipo, pero que consiguió demostrar la variedad estilística que atrae al público de este tipo de eventos. El propio Fogerty llegó a avalar a Isaak en los 80, cuando dijo que se trataba de un muchacho prometedor. Desde luego así lo constató su paso por el Azkena, donde llevó a cabo un sabio repaso de su discografía, de sus temas más aclamados, y en el que supo insertar algunos pasajes melódicos que alimentaron favorablemente los matices del concierto.

Es necesario destacar que ningún escenario quedó vacío en ningún momento, la planificación del evento no pudo tener mejor coordinación y ninguno de los conciertos arrancó ni antes ni después de la hora prevista.

Quedaban los míticos The Cult y sus dos mitades: la rockera y la gótica, aunque como viene siendo habitual en sus directos, hicieron hincapié en la primera. Wyoming y los Insolventes cerraron los grandes escenarios con su humor y respeto por el repertorio clásico, mientras que Bob Cosby y Lost Angeles fueron los DJs encargados de rematar el evento, junto con la carismática guitarra de Bob Log III.

El Azkena Rock Festival 2017 nos dejó con buen sabor de boca, y el acercamiento a esa promesa, aún por cumplir en nuestro país, de unos festivales variados, con música de todos los estilos mientras sea de calidad, y un público dispuesto a abrazarla con pulsera en mano y una actitud tanto contemplativa como activa, susceptible a cualquier sonido generado por la vibración de unas pocas cuerdas.

Fotografía: Music Snapper