Fotografía: Lucía Colom Porrero

Como os anunciamos, con el infernal calor que está abrasando literalmente la Península este verano, desde El Quinto Beatle no se nos ocurre un plan mejor para combatirlo que meterse a una sala de conciertos a oír guitarrazos y beber y sudar cerveza a partes iguales. Quizá nos ha dado precisamente demasiado el Sol en la cabeza o quizá lo nuestro roce la enfermedad, pero el caso es que la fiesta que presenciamos el pasado viernes en la Wurlitzer Ballroom no hace sino confirmar nuestra absurda teoría.

La excusa esta vez era nada menos que el quinto aniversario de Holy Cuervo, nombre más que reconocido por los rockeros de Madrid y aledaños como el de una de las promotoras más activas del panorama (amén de tienda de discos, sello, estudio de grabación y mil cosas más). Para la ocasión contaban con tres bandas muy de su gusto, con mucha variedad estilística pero pasión por las guitarras como nexo común.

Abriendo fuego, una de nuestras bandas jóvenes favoritas: Texxcoco. Al cuarteto canario, a quien presentamos en nuestro The Cavern recién aterrizados en Madrid, donde ya se han asentado, no hace falta defenderle con palabras porque ya lo hacen ellos solos, y de qué manera, sobre el escenario. Sin embargo, no me cansaré de reivindicar por activa y por pasiva el rock alborotado y fresquísimo de Adriana Moscoso y compañía. Para más pruebas de su solvencia, decir que acaban de fichar por Subterfuge, lo que indica que algunos de sus hitazos garajeros que sólo conocemos en vivo, como “Lucifernando” o “Brain Eraser”, acabarán más pronto que tarde en un LP debut para el que ya nos faltan uñas.

Fotografía: Lucía Colom Porrero

Con el calentamiento ya realizado y una Wurlitzer con algo más de la mitad del aforo aproximadamente (el calor es lo que tiene, que amedrenta a los dudosos), saltó al ruedo la segunda banda de la noche, sorpresa incluida. Y es que desgraciadamente tuvieron que hacerlo en formato dúo, pues como nos confirmaron después su bajista se encontraba con un catarro que le impidió tocar. Obviamente ese palo en las ruedas lastró la actuación a nivel sonoro de manera clara, pero hay que reconocerles a Jared Molineux y a Kristin Leonard que intentasen suplir esa baja derrochando actitud a la guitarra y la batería respectivamente. Tareas vocales repartidas en un buen puñado de temas tan garajeros como surferos, que llenaron de aroma retro y baja fidelidad el ambiente de la Wurli. Para el final, la joya de su último y homónimo EP “Turn Me On”, y, sobre todo, su hitazo indiscutible, ese “You Make Me Wanna Die” que resume el sonido de esta banda y de las diez mil que juegan a su mismo juego mejor que nada en este mundo.

Para cerrar, un grupo que se alejaba bastante de las coordenadas estilísticas de las dos que le precedieron. Y es que lo que White Hills hacen es casi tan complicado de describir como contar el número de pedales, wah-wahs y cacharritos que el trío neoyorquino despliegan sobre el escenario (superando la veintena, seguro). La primera (y última) pega a su concierto fue la pachorra con la que se tomaron un inicio de concierto que se fue retrasando hasta el límite de la paciencia de los asistentes. Creedme si os digo que con el mantra de “We Are What You Are” dio comienzo uno de los conciertos más demoledores que he visto en mi vida. A partir de ahí, un avasallamiento brutal, que no pudo encontrar mejor aliado que el sistema de sonido sin regulador de volumen de la Wurli. No se sucedían las canciones sino las ráfagas, encadenando una tras otra sin dar tiempo ni al aplauso o la recuperación del aliento: “No Will”, “Attack Mode”, “Paradise”, “Entertainer”… Daba igual del disco que fuesen, la bajista Ego Sensation y el guitarrista Dave W. eran capaces entre los dos de crear un muro sónico casi físico con el que abrumar al personal desde una visión de la psicodelia, la suya, casi integrista.

Con una pesadez cercana al metal, incluso al doom, más a menudo de lo que en sus álbumes de estudio podría parecer, las blancas colinas se volvieron negras y nos volaron la cabeza una vez detrás de otra, sin piedad ni descanso más allá de algún jugueteo con los samples entre temas. La tanda final, con unas demoledoras “Overlord”, “Trick of the Mind”, “£SD or USB” y “Under Skin or By Name”, dejó a un servidor con las piernas temblando en sincronización con los tímpanos. Post krautrock, space rock, stoner, doom, hard-psych, art rock… Se puede usar toda combinación posible de adjetivos y etiquetas que los críticos nos hemos ido inventando a lo largo del tiempo y aun así todo eso no se acercaría ni a cien mil kilómetros de la sensación de ser aplastado por los graves robóticos de White Hills. Cuando al acabar un concierto sales del trance y piensas que eso debe sentirse al despertar de un coma, es que ese ha sido de los de guardar en la memoria.

Fotografía: Lucía Colom Porrero