El arte es una cosa egocéntrica, le dijo Vince Staples a una periodista del LA Weekly). Pensaba que un chico tan puro y limpio y aseado como él no sucumbiría. Ojalá pudiera decir que se ha adherido a la cienciología, o que tiene una manía asquerosa de esas que sacan en Mi Extraña Adicción del rollo de no poder salir de casa sin chuparse las axilas tres veces, pero el complejo de Dios se le ha subido a su caricaturesca cabeza de una forma aún más decepcionante; “Big Fish Theory”, el segundo y muy anticipado trabajo discográfico del único rapero tolerado por la gente blanca y los neo-rancios seguidores de Joy Division, va de lo de siempre, es decir, de lo duro que es ser rico y famoso. Kanye West lo cantó en “Pinocchio Story y, desde entonces, al martirologio del rap no hicieron más que añadírsele páginas y páginas con nombres de señores con chalets en la playa en los que podrían vivir favelas enteras.

“Big Fish Theory”: manual para ser un pez gordo haciéndose pasar por un pez pequeño

“Big Fish Theory” es un trallazo impecable y a cámara lenta que no va a dejar en pie a nadie.

Exceptuando esa pequeña gran flaqueza, y sin superar a sus predecesores “Summertime ‘06” y “Hell Can Wait”, “Big Fish Theory” es, sin lugar a duda, un trallazo impecable y a cámara lenta que no va a dejar en pie a nadie y va a granjearle a Staples un pase al otro lado del muro que separa lo alternativo de lo apto para todos los públicos. Y es que Vince, aparte de puro, limpio y aseado, es un joven con personalidad y los objetivos claros, así que a donde quiera que pretenda llegar, llegará.

Fotografía: James W. Mataitis Bailey

Vince Staples, aparte de puro, limpio y aseado, es un joven con personalidad y los objetivos claros, así que a donde quiera que pretenda llegar, llegará.

Si estuvieran muertos, los de la Belleville Three (padres fundadores del conocido como Detroit techno) se retorcerían de placer y regocijo en sus tumbas escuchando “Big Fish Theory” y “Crabs in a Bucket” en concreto, producida por Justin Vernon, alias Bon Iver. No es que la mano negra del leñador de la electrónica se note demasiado (¿o quizás esté mostrando una personalidad menos narcolépsica de lo habitual y que debería sacar a pasear más a menudo? Posiblemente…), como ninguna de las colaboraciones estelares del disco, por otra parte, aunque Kilo Kish sí que efectúa la primera de sus cinco agradecidas intervenciones vocales de largo.  En la segunda pista, los bafles del coche tuneado en 2006 laten ferozmente, más al compás de Texas que de Michigan: “Big Fish”, segundo single lanzado el mes pasado, es el tema con coeficiente de rozamiento 1. Nadie sabe cómo definir exactamente el punto en el que lo demagogo y lo auténtico se entrecruzan, pero tranquilamente podría sonar a esto: crunk y grime al mismo tiempo. Como echarle chocolate a una pizza o como si Bernie Sanders hubiese ganado las elecciones, se trata de una idea tan evidente y brillante que parece increíble que a nadie se le haya ocurrido antes. La del grime es una filosofía que se mantiene a lo largo del disco y cuyos orígenes resulta complicado rastrear (¿será Vince Staples mejor aprendiz de Drake de lo que sus raíces iconoclastas y Odd-Future-istas le permiten admitir? Eso parece…). Sin embargo, ésta segunda parte del trato en la que invita a Juicy J y hace colisionar con el rap británico ese crunk olvidado del sur profundo, eslabón perdido del trap y obvio reflejo americano del grime… ¡Boom!

Irónicamente, sólo se me ocurren palabras malsonantes para describir la canasta impoluta que se ha anotado el de Long Beach con su nuevo pez gordo, porque Vince no pronuncia un taco ni una sola vez en los tres minutos que dura el tema, con lo que se ha ganado cobertura radiofónica las 24 horas del día y la tranquilidad de no incomodar a ninguna otra madre aria con términos que empiezan por “n”. Un aplauso para él.

“Big Fish Theory” quiere dar el salto definitivo al Billboard Hot 100 de la mano de un álbum bailongo sobre las penurias de la fama y el dinero, todo ello sin perder su carné del club de los outsiders, los eruditos y los respetados.

Alyssa Interlude” está posiblemente dedicada a la hermana de Vince que falleció hace dos años, sin aclararse exactamente qué relación puede tener ésta con Amy Winehouse, cuya enternecedora diatriba sobre el amor (recogida en el film/documental “Amy”) abre la canción. La de Camden Town ya le había hecho mella al californiano como inspiración de su EP inmediatamente anterior, “Prima Donna”, y toda la faena se remata con un medio canto de Staples entrelazado con “I Wish It Would Rain” de los Temptations, dando forma a uno de los episodios más emotivos del largo. Si la sombra de James Blake o Jon Hopkins en la anterior ya era alargada, en “Love Can Be…” se prolonga y desemboca en una celebración desvergonzada de ese mismo house que todo melómano que se precie ha odiado alguna vez en el interior de alguna discoteca genérica. ¿Qué es esto? ¿Avicii con saludos a los Chemical Brothers para gente de oídos finos? Más o menos, sí.

Vince Staples se pregunta a qué suenan los robots de una forma no tan distinta a aquella en la que se lo preguntó Kanye West allá por 2008 en “808s & Heartbreak”. “745” recuerda, tanto sónica como letrísticamente, a aquel Kanye que, en “Heartless”, lloraba por una chica maligna, tapado con un edredón tan sintético que casi parecía de los ochenta (“All my life pretty women done told me lies). ¿Y podrá “Yeah Right”, bajo el preludio atormentado de “Ramona Park is Yankee Stadium”, retrotraernos a algo más parecido a los “Ramona Park Legend” partes 1 y 2 del “Summertime ‘06”? Pues sí y no; definitivamente, recupera el espíritu vándalo ilustrado de su esfuerzo de 2015, pero la producción es de un exquisito tal que deja a demasiados años luz al verano de 2006. Kendrick Lamar, por intervención divina de Danny Brown, ya se reunió con Earl Sweatshirt en la que fue la colaboración intocable del curso pasado, “Really Doe”. Era cuestión de meses que le llegara el momento de gloria a su viejo amigo, pero debe avisarse, antes de que nadie se haga ilusiones, de que Lamar aquí es una anécdota totalmente prescindible (una tan deliciosa como de costumbre, pero prescindible, al fin y al cabo); mucho más llamativa es la intervención de la australiana KUČKA, una suerte de Yolandi Visser de Die Antwoord en versión sofisticada. Aunque ningún colaborador vocal sería capaz de restar protagonismo a uno de los beats más logrados de “Big Fish Theory”, producido por Flume y SOPHIE como la fotografía sonora de una pantalla imantada gigante que va atrayendo cuerpos metálicos y los hace chocar con violencia y coordinación, regalando como resultado una sinfonía rítmica de la belleza más maquinista jamás escuchada. “Yeah Right” hace llorar lágrimas de mercurio.

“Entiendo que parezco un tío súper profundo, pero la mayoría de las veces la profundidad está en lo simplista”.

Revisitando las ideas sutiles de la electrónica británica, la eficiencia de la alemana y los ruiditos de la Game Boy Color, “Homage” vuelve a querer coger carrerilla pronunciando como los del grime pero quedándose a metros de distancia de un neoyorquino como podría ser A$AP Rocky, con quien ya se habría visto las caras en “Prima Donna”, así como en aquel malogradamente breve Rocky and Tyler Tour en el que los dos líderes de los colectivos más sonados de principios de la década, A$AP Mob y Odd Future, se dejaron acompañar por Danny Brown y por el propio Staples. “SAMO” tampoco deja apenas espacio para lucirse al de Harlem, y con la perezosa tonada que afina, su colaboración supone poco más que una pausa en el afilado y certero discurso que es el resto de “Big Fish Theory”.

En “Party People” parece que tanto Kevin Saunderson como el viejo Vince hayan poseído al nuevo al unísono, destilando al máximo el purismo industrial del beat y sacando los sentimientos suicidas y la infancia traumática a relucir otra vez (“I been fucked since my early days / I been stuck in my worldly ways), devolviendo un ápice de la mordacidad y autenticidad que venía caracterizando a Staples desde sus púberes inicios. Por contraste, el primer single se llamó “BagBak”, y continúa con la temática del genio millonario, sensible e incomprendido que sale en busca del amor verdadero por la autopista, a 200 por hora y cabalgando su Mercedes Benz. El grime se intensifica aquí y da pie a un bonito contraste entre la imperiosidad maquinera del ritmo y el deje casi melódico y respirado de la dicción californiana de Vince, a muchas millas de la velocidad supersónica con la que Stormzy o Skepta atacarían presas parecidas. Y lo que en la Grecia clásica se conocía como chasco total es un final facturado a la manera de “Rain Come Down”; si hay un feature en todo nuevo lanzamiento de hip hop/rap que ya no sorprende a nadie, ese es el de Ty Dolla $ign, hechicero moreno con ojos azules que convierte las bases más descorazonadoras e industriales del rap en apetecibles para Luis Miguel y sus rancheras con leche.

Vince Staples juega magistralmente al escondite con el underground y el mainstream y nos hace sentir a todos un poco incómodos y desubicados

Tanto la grime-ización de un estilo siempre propio que, sin perder la esencia, se abre a nuevos continentes y horizontes de eficiencia industrial perfecta como el reciclaje no confesado del techno de Detroit que se celebra en cada pista son dos características clave del álbum.

Me gusta contarle cosas sobre gente negra a la gente blanca le dijo Vince Staples a Trevor Noah en The Daily Show sobre ciertas bombas de aire que le lanzó a la periodista del LA Weekly unas semanas antes. El arte, al fin y al cabo, es tanto egocéntrico como morirse de frío, lo que viene a significar que la afirmación carecía de sentido mucho antes de que Staples admitiera haberle inducido un deje de cinismo. Es evidente que “Big Fish Theory” no tiene nada de afrofuturista a la manera de un “Mothership Connection” de Parliament o “ATLiens” de OutKast, pero es más futurista y más afro (por separado) de lo que tal vez Vince el chistoso quiera ver; futurista por el reciclaje y actualización del techno detroitino en algo inteligible para los veinteañeros que consumen su “high art”, como él lo catalogó en Twitter (por muy pepino que estuviera la producción de Clams Casino en “Summetime ‘06”, Westside Ty y Zack Sekoff eran la elección más lozana y pertinente para lograr dicho objetivo). Afro también lo es un rato, sin importar cuánto insista en despreciar la cultura del hip hop y comprarse tazas de David Bowie. Lo de Vince Staples no es más que la fe del converso secularizada; dentro de su corazón, sin embargo, le es imposible no alzar la voz en reivindicación de toda la música americana contemporánea que la burguesía blanca robó a las periferias negras, desde el hip hop hasta el trance, pasando por el crunk, el trap y el big beat.

“Big Fish Theory” es como cuando un disco no te acaba de convencer pero en Pitchfork le han dado un 11, así que automáticamente te planteas si el problema lo tendrás tú, que eres una pedante y una insatisfecha crónica y no puedes soportar la idea de que algo sea comercial e íntegro al mismo tiempo. Pero no, no exactamente. El problema aquí es todo de Vince Staples, que juega magistralmente al escondite con el underground y el mainstream y nos hace sentir a todos un poco incómodos y desubicados. Lo bueno es que a él le importan un comino nuestros sentimientos y lo perdidos que estemos. Es un joven puro, limpio, aseado, con personalidad y los objetivos claros, así que a donde quiera que quiera llegar, llegará y sin avisarnos. “Entiendo que parezco un tío súper profundo, pero la mayoría de las veces la profundidad está en lo simplista”, le dijo en otra entrevista a los de las flechitas. En realidad no, Vince, pero vemos lo que pretendes hacer y no puede negarse que lo haces muy bien. He aquí la teoría del pez gordo que se hace pasar por el pez pequeño.

Vince Staples – Big Fish Theory

8.3

Vince Staples es el marginado con más mano izquierda para el marketing que se ha visto en California desde no se sabe cuándo, y no sólo despliega sus habilidades como publicista en anuncios de Sprite y entrevistas; con “Big Fish Theory” quiere dar el salto definitivo al Billboard Hot 100 de la mano de un álbum bailongo sobre las penurias de la fama y el dinero, todo ello sin perder su carné del club de los outsiders, los eruditos y los respetados. Da rabia admitirlo, pero lo consigue.

  • La grime-ización de un estilo siempre propio que, sin perder la esencia, se abre a nuevos continentes y horizontes de eficiencia industrial perfecta.
  • El reciclaje no confesado del techno de Detroit que se celebra en cada pista.
  • El mutismo de los features estelares, cuya presencia es casi anecdótica (con un par, Vince).
  • El equilibrio que logra entre ser un vendido y un Dios del eslogan y conservar la dignidad y el espejismo de profundidad, hazaña no poco loable.
  • La pantalla imantada y la sinfonía de golpeteo de cuerpos metálicos que es el beat de “Yeah Right”.

  • Que Ty Dolla $ign lo convierte todo en una tarta de fresa trapera.
  • No es por ser esnob (o sí), pero quizás Vince Staples molaba más cuando no hacía anuncios de Sprite ni discos EDM-friendly, sino buenos poemas de asfalto a prueba de cursilerías.

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