Chris Martin es el ídolo de Lil Yachty. Sí, el de Coldplay. El que se hace vídeos cantando y bailando “Me enamoré” de Shakira, ese. El que capitaliza la buena voluntad y la pereza de la gente sencilla y rentabiliza su propia mediocridad como músico barnizándola con un discursito de paz y amor y el Plus pa’ el salón que le absuelve de todo pecado creativo posible, el mismo. Y algunos pensaréis, “recórcholis, ¿y qué tiene eso de malo?”. Pues lo tiene todo, de malo, desde la “C” de “Chris Martin” hasta la “y” de “Lil Yachty”, todo. ¿Por qué? Pues porque yo me acuerdo de las clases de filosofía del insti, y mi profe explicaba que Platón decía que los modelos de conducta son importantes, dado que aquellos a los que admiramos influencian nuestra visión del mundo, nuestras ideas y nuestro modo de actuar.

Lil Yachty y el hundimiento a cámara rápida de un joven Titanic llamado “Teenage Emotions”

Ser autor de “Teenage Emotions” es casi tan malo como tener a Chris Martin por ídolo.

Así que, si Chris Martin es el modelo de conducta de Lil Yachty… Bueno, entonces toda la culpa de lo que le ha pasado con “Teenage Emotions”, su álbum debut, puede atribuírsele a Chris Martin, lo que igual hasta beneficia al afectado. De nuevo; ¿por qué? ¿Por qué habría de beneficiarle, diantres? Pues porque ser autor de “Teenage Emotions” es casi tan malo como el tener a Chris Martin por ídolo, y a nadie le gusta ser autor de álbumes malos hasta ese nivel, incluso menos que poner en un pedestal a ídolos de pacotilla.

Fotografía: https://hypebeast.com/

Su “Lil Boat” mixtape fue una intrusión refrescante dentro del decadente status quo del trap, para bien o para mal, pero de “Peek A Boo” en adelante, toda la inocencia enrarecida de casos como “One Night” o “Minnesota” se pierde en favor de una frialdad y un macarrismo claramente impostados.

Y eso que, de hecho, no empieza tan mal; “Like A Star” (junto al otro único destello de personalidad del largo, “FYI (Know Now)”) se asemeja a una sofisticada continuación de ese ‘bubblegum trap’ (calificativo muy tristemente adecuado y cosecha del propio Yachty, del que ahora reniega) con el que sedujo a muchos y causó una gran y estimulante división de opiniones entre la crítica. Su “Lil Boat” mixtape fue una intrusión refrescante dentro del decadente status quo del trap, para bien o para mal, pero de “Peek A Boo” en adelante, toda la inocencia enrarecida de casos como “One Night” o “Minnesota” (para la que logró congregar nada menos que a Young Thug y Quavo) se pierde en favor de una frialdad y un macarrismo claramente impostados. Y si eso fuera lo peor de “Teenage Emotions” aún sería tolerable; uno puede ser un farsante y, a la vez, profesional de dicho modo de vida, pero querer ser James Bond jurando con la mano sobre la Biblia y acabar pareciendo un Mr. Bean sin gracia puede acabar con las reservas personales de dignidad de cualquier ser humano.

Lo de no saber que un violonchelo no es un instrumento de viento y dibujar la patética y anti-original imagen de una mujer amarilla/asiática (“My new bitch yellow) practicándole una felación como si soplara en un instrumento de cuerda (“She blow that dick like a cello) da bastante vergüenza ajena, y el escarnio público se intensifica tras leer la justificación en Genius del compositor para el verso de la discordia. De nuevo, si eso fuera lo peor de “Peek A Boo”, aún existirían posibilidades de redención, pero no lo es; el beat es vago, el estribillo es vago (por no decir que ni es un estribillo), la actitud de esto-es-el-Bronx es vaga (por no decir que es hipócrita) y Lil Yachty es un vago por haber echado al mundo como se echa a un perro sarnoso a la calle semejante oda desangelada a la desidia (además de porque se rumorea que se la plagió a un tal Memphis Ash).

Uno puede ser un farsante y, a la vez, profesional de dicho modo de vida, pero querer ser James Bond jurando con la mano sobre la Biblia y acabar pareciendo un Mr. Bean sin gracia puede acabar con las reservas personales de dignidad de cualquier ser humano.

Con tal de que mereciese siquiera la pena adentrarse mucho en “DN Freestyle”, “Dirty Mouth”, “Otha Shit” o “X Men”, la insta-celebrity de las trenzas rojas debería haberse molestado en desarrollar un mínimo oído musical o sentido del ritmo básico. Dado que, a juzgar por su orgullosa incapacidad para acomodar los versos al tempo de las canciones, no se ha esforzado para ninguna de las dos cosas, correremos un tupido velo hasta llegar a “Harley”, que no es lo único que se salva del largo por ser un buen tema, sino porque el listón está muy bajo y por lo mismo que hizo de “Versace” de Migos un hit respetable pese a lo poco sustancial: tiene gancho y ninguna pretensión. All Around Me” pone en cuestión la autenticidad de YG como rapero incorruptible y rescatador de la vieja escuela del hip hop, además de recordar penosamente a un Lil Uzi Vert de sacarina, como las subsecuentes “Say My Name”, “All You Had to Say” y “Made of Glass”. Ya a punto de traspasar el ecuador del que potencialmente sea el álbum más aburrido y más largo de la historia desde que se tienen registros, “Better” y su intento de tono para el timbre de la piña en la que vive Bob Esponja debajo del mar empiezan a estimular episodios psicóticos en el oyente del tipo “¿me suicido o apago el Spotify?”. Y Diplo, que es de la opinión que no inflige suficiente daño al ecosistema terrestre entre lo suyo propio y lo que hace con Major Lazer, también se ha tenido que apuntar a ésta interminable y decadente fiesta para aportar su pedacito de infierno bacanal, titulado “Forever Young”.

El fracaso crítico y comercial de “Teenage Emotions” es, por lo tanto, dentro del gran esquema de las cosas, un resquebrajo incipiente del capitalismo, y lo cierto es que se lo deseaba mucho antes que al pequeño Lil Boat a productos pseudo-artísticos y vacúos tipo Katy Perry, Miley Cyrus, Taylor Swift o, por encima de todas ellas, Chris Martin.

De imitar cutremente a su amigo Lil Uzi Vert pasa a ser un Travis Scott todavía más cutre si cabe, con esperpentos de la talla de “Lady in Yellow” y “Moments in Time”, que siguen sin estar a la altura de la muestra de descoordinación mental y psicomotriz que constituye la decimoquinta pista: imagina a The 1975 grabando una canción con vendas en los ojos y tapones en los oídos, o para de imaginarlo y simplemente escucha “Bring It Back”. Parece ser que a Kevin ‘Coach K’ Lee, arquitecto logístico del movimiento trap y fundador del sello que distribuye “Teenage Emotions”, se le va a caer su último proyecto urbanístico. Running with a Ghost” y “Momma”, como plataformas de exhibición para las grandes voces de Grace y Sonyae Elise, respectivamente, no pueden ser criticadas, pero en las que sí hay incitación al fusilamiento son “No More”, dentro de la que puede escucharse perfectamente a un Lil Yachty agonizante tratando de jugar a ser Kanye West o Kid Cudi con ese truquillo mágico suyo de distorsionar las voces humanas hasta confundirse con instrumentos, y “Priorities”. En Emiratos Árabes Unidos te meten en la cárcel por asuntos más leves que “Priorities”, sólo digo eso.

El trompazo que se ha metido aquí el joven Lil Yachty sorprende un poco pero no mucho; su estilo, como la burbuja de chicle que él mismo admite que es, si no le estallaba pronto en la cara, iba a acabar cansando en breves porque, por muy brillante, pegajosa y rosita que sea una burbuja de chicle, por muchas anclas y ropa marca Nautica que le cuelgues alrededor para hacerte el interesante, sigue siendo una maldita burbuja de chicle, está llena de aire, vacía, no tiene nada dentro. El fracaso crítico y comercial de “Teenage Emotions” es, por lo tanto, dentro del gran esquema de las cosas, un resquebrajo incipiente del capitalismo, y lo cierto es que se lo deseaba mucho antes que al pequeño Lil Boat a productos pseudo-artísticos y vacúos tipo Katy Perry, Miley Cyrus, Taylor Swift o, por encima de todas ellas, Chris Martin. Sigue siendo un paso adelante, un síntoma de que el sistema, al menos en la industria musical, comienza a rechazarse a sí mismo, una victoria de la autenticidad sobre el marketing. El pecado creativo y la mediocridad empiezan a no tener perdón.

Lil Yachty – Teenage Emotions

4.9

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“Teenage Emotions”, el debut discográfico del chico con pelo rojo del trap, Lil Yachty, constituye un retrato perfecto del subgénero en el que su autor se inscribe: una burbuja de chicle. Si lo miras durante menos de un segundo, igual llega a hacerte hasta gracia, pero pronto cualquiera se da cuenta no sólo de que dentro de las burbujas de chicle no hay nada interesante, sino también de que, cuando te petan en los morros, dan bastante asco.

Up

  • La foto de la portada es excelente.
  • No se sabe con qué drogas, pero ha conseguido meter a YG en un tema. Y obligarle a decir “I fuck with Lil Yachty”. Varias veces.
  • El mensaje conciliador de “Teenage Emotions”, si no fuera una endeble tapadera sobre sus verdaderas intenciones (que no van más allá del forrarse los cataplines con pan de oro), sería bonito y loable.

Down

  • “Bring It Back” y, sobre todo, “Priorities”.
  • Diplo. En serio, Diplo, quédate quietecito un rato y para de tocar la moral.
  • Prácticamente todo menos “Harley”.
  • Que cada vez que intente convencer a alguien de que el rap no se va a la porra del todo (todavía), me pondrán “Teenage Emotions” y todos mis argumentos quedarán automáticamente invalidados.

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