¿Qué has hecho tú en los últimos 16 años? Casi con toda probabilidad, un puñado de cosas. De hecho es bastante posible que ese periodo temporal sea más de la mitad de tu vida. En todo ese tiempo, At the Drive-In en cambio han estado desaparecidos, disueltos, durmientes. La banda más icónica del post-hardcore, Fugazi al margen, desapareció allá por 2001 y detrás de ella dejó tan solo un legado de tres discos en clara progresión ascendente. Esa retirada en la cumbre de su popularidad y su nivel artístico contribuyó a agrandar la leyenda de ATDI como una de las últimas bandas realmente auténticas y con mala baba que habían logrado rozar el mainstream con las yemas de los dedos tras el fugaz auge y caída del grunge.

Entonces el quinteto sufrió una escisión casi quirúrgica, con sus miembros más ilustres, Omar Rodríguez-López y Cedric Bixler-Zavala, formando primero De Facto, luego The Mars Volta y finalmente Antemasque, y otros dos (Ward y Hajjar) uniéndose en Sparta, con el bajista Hinojos oscilando entre ambos bandos. Detrás de la ruptura, como tantas otras veces, las drogas. Así transcurrieron dieciséis años después de una separación que parecía irreconciliable, quitando un puñado de festivales en 2012 en los que Omar fue acusado de mostrar una apatía sin disimulo hacia la música de la banda, con la que dijo ya no conectar. De ahí la mayúscula sorpresa generada el año pasado cuando ATDI anunciaron su regreso a los escenarios con su cuarto disco debajo del brazo.

Recelo, suspicacias, expectativas encontradas y un público que podría haberse olvidado de ellos, aunque a la postre no ha sido así (en absoluto). Todo eso se encontraron a la vuelta de su largo exilio. Sensaciones que se resumían en una cara con el ceño enarcado y mucha predisposición a poner a caldo lo que nos trajesen después de tantos años. Y es comprensible, pues los años no pasan en balde.

No se puede entrar dos veces en el mismo río

No se puede intentar tener 25 años con 42 y grabar un disco en consecuencia. Esa será la losa constante de “in • ter a • li • a”.

Ya lo decía Heráclito 2500 años antes de que alguien supiese lo que es el ‘post-hardcore’ (como si hoy en día alguien lo tuviese claro). No se puede entrar dos veces en el mismo río, igual que no se puede intentar tener 25 años con 42 y grabar un disco en consecuencia. Esa será la losa constante que evitará finalmente que “in • ter a • li • a” pueda ser juzgado de manera justa por una crítica y un público que todavía tiene el sobresaliente “Relationship of Command” como referente absoluto de un género en decadencia. Decadencia paradójica cuando uno descubre que bandas de ese engendro llamado hardcore melódico como Pierce the Veil o Sleeping with Sirens arrasan entre la franja de adolescentes con apego a la intensidad y los peinados horteras presentes en cada generación.

ATDI han tratado de retornar a ese momento de 2001 en el que la banda se volatilizó cambiando lo menos posible discurso, formas y herramientas. Y ese empecinamiento es el principal lastre de un disco que por momentos suena a descartes del “Relationship…”.

El caso es que para bien o para mal la pareja de afros se ha vuelto a juntar, y nos traen un buen puñado de canciones que pretenden volver al sonido original que les encumbró. Así da comienzo No Wolf Like The Present, como pretendiendo que nada hubiese pasado. En cualquier caso es un comienzo aguerrido en el que no se nota para nada envejecido el sonido de la banda, y remonta las esperanzas de escuchar un retorno digno, de esos tan escasos. Con Continuum esa sensación se incrementa, pero llegados a Tilting at the Univendorde golpe se hace patente que algo ha cambiado. Y es que ATDI han tratado de retornar a ese momento de 2001 en el que la banda se volatilizó cambiando lo menos posible su discurso, sus formas y sus herramientas. Y ese empecinamiento precisamente es el principal lastre de un disco que por momentos (como Pendulum in a Peasant Dress) puede sonar a descartes del “Relationship…”.

Otros, como los adelantosGoverned by Contagions” y “Incurably Innocent sí que recuperan el nivel adquirido en su cumbre, con un punch guitarrero intacto e incluso pulido tras años de curtirse en el prog de The Mars Volta. En Call Broken Arrow convierten su característica intensidad en una rabia desatada al más puro estilo Descendents, en un tema que se convierte por méritos propios en la mejor de las razones para sentirnos satisfechos con su regreso. Una de las variaciones con respecto a los At the Drive-In antiguos es el reemplazo del guitarrista (y vocalista de apoyo) original Jim Ward por su compañero en Sparta, Keeley Davis. El acople en ese sentido ha sido indoloro, y no se puede decir que el cambio se note demasiado en el resultado final del disco.

El legado de At the Drive-In juega en su propia contra, como pedradas contra un tejado de zinc que no se quita la sensación de que ya vivió su momento. Y pese a todo, este trabajo nos deja razones para la esperanza, y para pensar en una segunda etapa de ATDI que se acerque a las cotas de genialidad de la primera.

Tras una granHoltzclaw y una más plana Torrentially Cutshaw que ponen de relieve las letras opresivas y crípticas hasta rozar el surrealismo que siempre caracterizaron a la banda, el LP va tocando a su fin. Pocas pegas se pueden poner a su recta final, con Ghost-Tape No. 9 alejándose por primera vez en el álbum de los márgenes establecidos y descubriéndose como un oasis de calma viciada e industrial, y una Hostage Stamps con aura de single. Fraseos veloces que recuerdan a unos Modest Mouse en modo punk para clausurar este “in • ter a • li • a” que deja un sabor extraño al acabar. De que es un buen disco hay pocas dudas; de que aguante la comparación con sus predecesores y acabe ganándose un sitio entre los discos que sigues escuchando al cabo de los años, alguna más. La culpa la tiene el nombre y el recorrido de una de las bandas más definitorias del post-hardcore y el rock en general de este siglo. El legado de At the Drive-In juega en su propia contra, como pedradas contra un tejado de zinc que no se quita la sensación de que ya vivió su momento. Y pese a todo, este trabajo nos deja razones para la esperanza, y para pensar en una segunda etapa de ATDI que se acerque a las cotas de genialidad de la primera. Sólo el tiempo dirá.

At the Drive-In – in • ter a • li • a

6.7

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At the Drive-In (como banda) vivió rápido y murió joven en los estertores del pasado milenio, causando un impacto brutal en el post-hardore y el rock alternativo. Dieciséis años después, Omar Rodríguez y Cedric Bixler-Zavala desempolvan el grupo y nos entregan un cuarto álbum que no desmerece la grandeza de su carrera.

Up

  • Que gracias a este disco haya gente que descubra a ATDI en 2017.
  • Un álbum digno que no deja que se noten demasiado los años de dique seco.
  • La rabia y la intensidad siguen intactas dos décadas después.

Down

  • Las expectativas y el inalcanzable nivel dejado con “Relationship of Command” torpedean el calado de este disco.
  • Poca (o nula) intención de innovar o arriesgar en nuevas direcciones sonoras.