Sé muy bien lo que hice ayer”, pensaba mientras miraba mi cara de resaca en el espejo. Supongo que es una frase que todos hemos pronunciado alguna vez al día siguiente de una buena farra (¿o era justo lo contrario?). Lo mío era diferente. Porque yo estaba recordando, entre la bruma de la noche –y el alcohol– la conversación que tuve con Javier Vielba y con Ángel Stanich. Dos grandes músicos de nuestro país, auténticos estandartes del indie, entendiendo esto como género musical realmente independiente, alejado de la promoción, las majors y las fórmulas del éxito comercial y radiofónico. Dos auténticos outsiders. Dos druidas que conocen el conjuro para recibir el reconocimiento de crítica y público haciendo lo que les da la gana.

Yo conocí a Stanich mucho antes. Cuando Apple Music era sólo un sueño húmedo de Steve Jobs y Spotify aún no había impuesto su ley de ‘conmigo o contra mí’. De, o suenas aquí o no eres nadie. Yo, ávido buscador de pequeñas joyas musicales, lo encontré en un incipiente –en España– Bandcamp. Supongo que, por casualidad, escuché unas “Demos del Ácido” que ahora son o deberían ser más objeto de culto que maqueta de presentación. En ellas, un Stanich que aún no peinaba cabellera ni barba de hirsuto ermitaño se presentaba al mundo con una colección de cinco o seis canciones que luego formarían parte de su primer álbum. En primerísimo primer plano acústico, con la lírica de un lisérgico Quique González y la voz de un Coque Malla on acid. También tenía algún vídeo casero con una acústica remendada con cinta guiri que tocaba en mitad de la calle. Me encantó “Metralleta Joe”, pero, sobre todo, la cálida melancolía de “Miss Trueno ’89” y “El Outsider”. El resto del camino ácido se me hacía tan onírico como original a primera escucha. Recuerdo que avisé de lo que venía en mi recién abierta cuenta de Twitter y un retuit de Virgina Díaz me dio la razón.

Ahora, el ermitaño ha crecido, musical y compositivamente hablando. Su ácida lírica ha dado un giro hacia el buen folk y sus melodías de Miedo y Asco en Las Vegas se han refinado hasta volverse disfrutables para el gran público. Es una estrella. Habita festivales de renombre y tiene una legión de fans que ya conocen algunas de las canciones que ha estrenado el pasado viernes en su EP “Siboney”.

Un adelanto de lo que será su nuevo disco, que más que calmar los ánimos del personal ha vuelto a prender la pólvora. Y encima se ha dado el lujo de sacar cuatro cortes que no estarán en el LP. De avisar: esto es lo que viene, pero tengo tan buenas canciones que estas se quedan fuera. Se nota que ahora tiene teclista y una banda detrás con la que se siente cómodo. Ahí sigue la protesta de Dylan, pero también lo auténtico de Nick Drake, las melodías de Donovan o el barniz añejo Woody Guthrie. Hay que reconocerle que tiene cuerda para rato.

Siempre pensé que este ‘silencio’ de tres años, interrumpido por un single de alto voltaje como “Carbura!” y un EP aún más eléctrico como es “Cuatro truenos cayeron”, era un claro indicio de que no sabía por dónde seguir. Yo me imaginaba a un músico agobiado por su multi, presionado por sacar material nuevo del mismo estilo que el primero, pero, ya sabéis, que pueda sonar en la radio, con un single que la gente baile en los festivales, con un poco de pop y una pizca de promo. Algo más accesible…

La realidad es que lo que pasaba por su cabeza, ahora oculta tras una melena maradoniana, era otra historia. Nunca ha querido conceder entrevistas y no le sentó especialmente bien que algún periodista de un medio de tirada nacional quisiera apuntarse el tanto (qué país este…) de desvirgar al Spider Jerusalem del folk más alternativo (en su versión primigenia). Sigue fiel a su estilo y su camino ácido, pero ahora lo recorre por el borde. Con cuidado de no borrar las huellas que le lleven de vuelta a la gruta, pero consciente de que su música tiene que llegar a más gente. De que puede ser un fenómeno de masas y de que tiene voz para denunciar lo que pasa a su alrededor, una de las más antiguas y nobles tradiciones del folk.

Para ello, ha tirado de la canción protesta la mitad de los temas de su nuevo EP, que describen la cruda realidad de la falsa democracia en la que vivimos. En la que dejamos que el resto elija muerte sin que nadie se lo impida. O en la que tertulianos de pocos escrúpulos, menos principios y ninguna integridad hagan campaña en prime time cada uno de lo suyo. Pero también recuerda que el camino por el que venía estos años también tiene su gracia y sigue siendo el cronista del mundo más psicodélico, yéndose de cañas con Janis Joplin y echándose al coleto amargas jarras de cerveza y vino barato del que trasegaba Bukowski.

¿Realmente necesitamos que saque otro disco, o podemos ir tirando con sus EPs y singles como se hacía en sus añorados 60? La respuesta sólo la tiene él, pero me da que, en octubre, cuando salga su segundo largo, saldremos de dudas.

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