No sé cuánta gente se acuerda de una escena en la película de Steven Spielberg o, mejor aún, se ha leído el libro de Alice Walker en el que se basa la misma, “El Color Púrpura”; la magnífica señora Celie, interpretada por Whoopi Goldberg, está abandonando al hijo de su madre de su marido subida en un descapotable amarillo de la época mientras le grita a lo lejos que quizás sea pobre y negra, incluso fea, pero que aquí está, aquí está con y a pesar de todo, según ella y en concordancia con sus circunstancias de pobre y negra (y seguramente también con las de fea, aunque esto es más subjetivo), gracias a Dios.

“Black Origami” o la alianza sónica de las grandes minorías raciales

“Black Origami” es exactamente lo que parece: papiroflexia tribal, una subespecie de mesura rítmica muy salvaje, como Japón y Nigeria intentando bailar juntos con éxito, sin que suene incómodo.

A Jlin, aquel viejo sur surrealista y despiadado de los Estados Unidos en los años treinta y cuarenta le queda un poco lejos en el espacio y no tan distante como debería en el imaginario colectivo; es nativa de Gary, Indiana, y mujer joven, afroamericana, asertiva y dotada para un género musical ampliamente dominado por hombrecillos blancos y delgados a los que básicamente se les paga por faltarles un hervor y dejarse el flequillo muy largo y para un lado. El hecho de que haya de recalcarse la condición biológica, obvia y completamente extra-artística de su vida constituye de por sí un menosprecio que estoy reconociendo abiertamente haber consentido en ésta reseña, pero a su vez una necesidad, porque hay algo flotando en el aire que sugiere que si su “Black Origami” fuera firmado por Nathan Fake et al., el camino de Jlin hasta el reconocimiento hubiese sido incluso más corto.

Fotografía: William Glasspiegel

“Black Origami” es el gato de Schrödinger de las canciones, ya que puede saberse si se está en el nuevo palacio del emperador nipón o sorteando el tráfico mortal con una motocicleta cochambrosa en un mercado de las afueras de Abuya, pero no las dos cosas al mismo tiempo.

“Black Origami” es exactamente lo que parece: papiroflexia tribal, una subespecie de mesura rítmica muy salvaje, como Japón y Nigeria intentando bailar juntos con éxito, sin que suene incómodo. Tiene una pequeña y deliciosa obsesión con tiznar las cosas típicamente arias, ésta Jlin, de la que ya dejaba constancia en su impactante debut de 2015, “Dark Energy”, con temas como “Black Ballet”, que semánticamente podría equivaler a algo del estilo ‘Vladimir Putin comiendo KFC, sandía y Kool-Aid en la mecedora de su porche’, o un “Black Diamond” con el que Musi-O-Tunya o cualquier grupo orgullosamente africano de éstos simpatizaría. La referencia ya aparece clara en la canción homónima del álbum, “Black Origami”, que es el gato de Schrödinger de las canciones, ya que puede saberse si se está en el nuevo palacio del emperador nipón o sorteando el tráfico mortal con una motocicleta cochambrosa en un mercado de las afueras de Abuya, pero no las dos cosas al mismo tiempo. Un poco lo contrario sucede en la consecutiva “Enigma”, que se asemeja a un recital de trance improvisado (pero trance del de verdad, del de las señoras negras obesas poniendo los ojos en blanco, no lo que hace tu primo el moderno con la coca en el Melt cada año) sobre el que acaba de llover y se ha quedado perfectamente limpio. En “Kyanite” hasta se escuchan las cigarras y las aves exóticas y el ruido ese reconfortante que hace el calor a mediados de julio en Sevilla o la Selva del Congo.

Holy Child” es un descanso del instinto y un traslado de 4 minutos a la zona oriental del globo terráqueo, lo más cercano a música para una academia de taichí que podría existir si toda la música que ponen en esos sitios no fuera de Enya para abajo. “Nyakinyua Rise” y “Hatshepsut” recuperan los latidos de las entrañas en una suerte de ambiente militar, marcando la marcha que debe acompañar a unos pasos imaginarios, con silbatos, porrazos de platos y todo lo exigido por protocolo, lo que no es más que otra forma retorcida de decir que la influencia footwork se le nota aquí bien potentemente.

En el saturadísimo y cansinamente indulgente mundo de la electrónica se necesitan pobres, negros y feos entregados a hacer música con propósito y sentido, nada más, y sobra toda la gente guapa, blanca y rica que malgasta oxígeno, espacio en los carteles de festivales y páginas de papel couché.

“Black Origami“ lo dirige y produce Jlin solita bajo el amparo del mismo sello que cobija a su mentor DJ Rashad y al ermitaño británico Burial: Planet Mu (subsidiaria de Virgin Records), donde le dejan hacer cosas tan al límite entre la meditación y el baile como “Calcination”, algo así como una línea que separa lo asiático de lo europeo, una Turquía de los sonidos. “Carbon 7 (161)” continúa con dicha saga de fronterismos sónicos pero elevados con menor sutileza al ámbito espacial, transformando la pista en un hito de tensión entre lo espontáneo y lo industrial, y traduciendo tal tirantez en un imperioso videoclip de acompañamiento. La artista afirma que los hechos de haber empezado (aunque nunca terminado) una carrera en matemáticas y haber trabajado en una acería no han influido apenas en la definición de su lenguaje, sentencia que no podría ser menos certera; no hacía ni falta leerse su entrada de la Wikipedia para saber que ésta muchacha en una pastelería no había currado nunca, y que tampoco se le debían de dar a la perfección las humanidades en el instituto.

A las acaballas de la selvática y nocturna “Nandi” da comienzo “1%”, que es, dicho mal y pronto, lo que haríamos tú y yo en un cursillo de iniciación a Kevin Saunderson y Aphex Twin pero mucho mejor conseguido, evidentemente, lo que no deja de hacer extraña y perdida su introducción en el casi siempre visceralmente clínico “Black Origami”. Y hablando de estrofas que sobresalen del estilo predominante, “Never Created, Never Destroyed” recuerda vagamente a unos Run the Jewels combinados con The Prodigy y un negrito tocando los bongos a un volumen bajísimo. Con muy buen criterio, se pone colofón al segundo esfuerzo discográfico de la de Indiana con “Challenge (To Be Continued)”, la fechoría más orgánica de toda su corta carrera, en la que no es que se escuchen unos ruidillos que imitan el barrito de un elefante; es que se escucha el barrito de un maldito elefante, y mantras de magia negra, y monos… Si existiera una versión cultureta o adulta o pornográfica de El Rey León (me da que así es, pero no quiero saberlo seguro, gracias), sonaría tal cual.

La verdad es que hay que dar gracias a Dios, como la señora Celie, por poco o nada que se crea en Él, cuando nos pone sobre la Tierra a estos seres que se creen pobres y negros y feos pero que en realidad no lo son, nada más lejos. En el saturadísimo y cansinamente indulgente mundo de la electrónica se necesitan pobres, negros y feos entregados a hacer música con propósito y sentido, nada más, y sobra toda la gente guapa, blanca y rica que malgasta oxígeno, espacio en los carteles de festivales y páginas de papel couché. Jlin y “Black Origami” están aquí, oh Señor, ¡están aquí!

Jlin – Black Origami

8.4

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“Black Origami”, segundo trabajo discográfico de la asertiva Jlin, es exactamente lo que sugiere su título: papiroflexia tribal, mesura rítmica asilvestrada, Japón y Nigeria intentando bailar juntos con éxito, sin que suene incómodo. Jlin lleva su deliciosa obsesión por tiznar todo lo típicamente ario hasta otra galaxia hecha de matemática, acero e impulso.

Up

  • La obra maestra de precisión matemática en la que convierte la impetuosa música tradicional centroafricana.
  • Su forma casi inaudita de hacer colidir dos culturas sónicas: la asiática y la africana.
  • La seguridad con la que prescinde de todo tipo de sensualidad manida y se mantiene firme en el rigor rítmico.
  • El negrismo con convicción y sin edulcorantes ni suavizantes (pero no por ello sin mucha sutileza) que practica, ese mismo que el rap tanto trata de lograr sin éxito.

Down

  • Que bebiendo tan honrosamente de sus milenarias raíces africanas caniculares, no le interese sonar algo cálida y/o orgánica salvo en la última canción, como para dejarnos con las ganas.

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