Hay algo mágico en descubrir un nuevo grupo. Primero está la fase en la que tu mente busca referencias en tu disco duro y te advierte de que esto ya lo has escuchado mil veces. “¡Mira en la carpeta de los 80, idiota!”. Sin embargo, algunas veces la orden que manda la cabeza no obedece lógica alguna y es más un impulso. Un espasmo que te levanta del asiento y te pone a bailar. O un chispazo que te dice que esto nuevo que estás oyendo tiene algo especial.

Eso pensaron las casi 200 personas que llenaron la mítica sala Wurlitzer de Madrid el pasado sábado para ver en directo a La Plata, un joven grupo valenciano que cuenta con dos músicas en la formación, bajista y teclista, que aportan –sobre todo la segunda– el toque mortal para terminar de amar el sonido de la banda.

Cuando salieron a escena, el ambiente ya estaba bien caldeado gracias a los dos grupos precedentes que fueron calentando al personal. Primero, La Escuela Moderna, power trío encabezado por el bajista de Los Punsetes y Juventud Juché. Segundo, por otro grupo de futuro prometedor en esto del pop ruidoso con destellos punk: Carolina Durante. Los problemas técnicos no los dejaron brillar como hubieran querido, pero a veces hay que vivir noches así para saborear el éxito cuando llega.

Ya pasada la media noche, La Plata saltaban al escenario de una sala abarrotada de gente que esperaba encontrarse al grupo del EP. Ese que tiene tres canciones tan sublimes que da miedo pensar que lo puedan estropear todo cuando salga su LP, según nos contaron, “para febrero del próximo año”. La gente esperaba energía y actitud y eso fue lo que se llevaron a casa: un concierto brutal lleno de pogos y de fans que coreaban los únicos tres temas que se sabían, yo incluido. El resto del bolo fue transcurriendo entre canciones de marcado carácter pop-punk que tonteaba con el synth-pop más ochentero. El ‘peculiar’ sonido de la Wurli, con su muro de ladrillo rebotando toda la batería, le daba un toque más underground si cabe al espectáculo y contribuía a hacernos creer que estábamos realmente ante una banda de los 80 en algún antro musical.

Cuando cantaron “Un Atasco” los camareros temieron que se les viniera el techo abajo y con “Esta Ciudad” el gerente de la sala salió al escenario para pedir que no nos cargáramos su inversión. Hay quien dice que lo vio volar por encima de la gente, manteado como un fan más, mientras trataba en vano de bajar a seguir poniendo copas. O eso creo recordar.

Cuando parecía que ya no podía haber más caña, el grupo siguió ofreciendo su mejor versión, con un sonido solvente y una actitud de quien sabe que está montado en el tren del éxito y que esto ya no se para. Al final del túnel apareció “La Luz” que acabó en desmadre con una especie de Brigitte Bardot vomitando toda su rabia punk en la primera fila. La calma volvió al público y quedamos en que nos deben otra entrevista para cuando salga el disco. O eso creo recordar.

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