Fotografía: Eric Pamies

Cuando pude abrir la puerta de casa sin problemas el domingo pasado, a eso de las 5 de la mañana hora centroeuropea, aparte de que olía fatal y me dolía el cuello bastante de tanto pogo, me di cuenta de que no había perdido las llaves y de que el Primavera Sound 2017 ya era historia. En aquel preciso instante sentí un poco de tristeza y un poco de alegría a la vez, pero más sueño que las dos cosas anteriores, así que me ensobré y me quedé frita al instante, sin desmaquillar ni miedo a despertarme con una lentejuela atravesada en el ojo, rollo la famosa escena de Un perro andaluz. Es lo bueno que tiene ser de esas personas que van a festivales sabiendo que la edad adulta no es más que otro invento del fordismo para hacernos sentir culpables cuando nos entran ganas de ir a trabajar con el pelo verde y porquerías brillantes pegadas en la cara; que no nos levantamos cada fin de semana como si hubiésemos dormido con la cabeza en el interior del culo del hada madrina.

El Primavera Sound 2017 fue como la vida pero al revés; mejoró con el tiempo.

A las 12 o así hora centroeuropea de ese mismo domingo, me desperté en plan existencialista, con acento francés y bizca y todo el percal, y se me ocurrió que, sacré bleu, el Primavera Sound de este año había sido como la vida pero al revés: mejoró con el paso del tiempo. Y eso que aún ni había visto a Sleaford Mods en la Apolo aquella noche, actuación que, por cuestiones de agorafobia mías, de ausencia de problemas técnicos y de que me los perdí el viernes en favor de Run the Jewels, fue apoteósica y muy superior a la que ofrecieron dos días antes en el roñoso Parc del Fòrum de Barcelona.

ESPAÑA ES GRIME CUANDO NO ES DE ARCADE FIRE (SÁBADO 3 DE JUNIO)

Poniendo entre paréntesis tan refrescantemente enfurecido y mayestático epílogo firmado por la pareja de Nottingham, así como un asomo a !!! (Chk Chk Chk) y a DJ Coco de camino a la salida, la decimoséptima edición del festival catalán por excelencia acabó de la forma menos catalana posible: con Skepta. Y no quisiera dar a entender que fue lo mejor de todo el Primavera Sound 2017 con diferencia, pero fue lo mejor de todo el Primavera Sound 2017 con diferencia, en parte porque lo digo yo, en parte porque la indie-casta insiste en restarle importancia al asunto, y en parte porque ganar el Mercury Prize pasándole la mano por la cara al fantasma de David Bowie le concede la licencia al de “Konnichiwa” para colonizar éste país entero y convertir la explanada frente al escenario Heineken en un Gibraltar implacable, enervado y divertido. Además, presentó un tema nuevo que dijo haber grabado dos días antes y que trataba sobre algo de tener 15 iPhones. Se le pidió un bis pero no cedió, seguramente porque le obligaron a mandarnos a la ‘sorpresa’ de las HAIM. Dejó con ganas de más, como un profesional. España no es heavy, amigos y amigas, no; España es grime.

Mientras los señores que organizan el PS colocan a Arcade Fire en el otro escenario principal y a Thurston Moore de Sonic Youth en un zulo secreto bautizado como Heineken Hidden Stage, se secan el sudor de la frente y suspiran con alivio. “Uff, menos mal, sigue pareciendo que somos alternativos”, piensan, para acto seguido darle cada uno un besito a la camiseta de Frank Ocean del otro. King Krule y el hijo pródigo barcelonés John Talabot lo tenían injustamente difícil compitiendo en solape de horarios con el sexteto estelar de Montreal, que como no había tenido suficiente volviendo absolutamente loco al personal en el concierto del jueves en el escenario súper secreto y anunciando en primicia mundial su nuevo “Everything Now”, transformaron el Mango en un parque de atracciones indie rock de estadio entrelazando novedades con clásicos contemporáneos al nivel de “The Suburbs”.

Skepta convirtió la explanada frente al escenario Heineken en un Gibraltar implacable, enervado y divertido. España no es heavy, amigos y amigas; España es grime.

Lo mismo que a Krule y a Talabot les sucedió frente a la imparable Grace Jones tanto a la promesa electrónica Kelly Lee Owens como a Seu Jorge, quien pese a las reservas de los guiris sobre cualquier tipo de idioma que no sea el suyo propio y a los estribillos coreados en una mezcla de lenguas, logró encandilar a unos cientos de puñados de anglo-céntricos con sus rendiciones en portugués al ausente pero omnipresente Bowie. Sí, llevaba el gorrito rojo y el polo azul igual que en The Life Aquatic with Steve Zissou; sí, se marcó unas cuantas bossa novas y sí, hubo gente que lloró.

La noche temprana de la última jornada grande del Primavera estuvo más claramente capitaneada por Van Morrison, la vieja gloria de ésta edición, y la media de edad de la audiencia se disparó en grata consecuencia; se pudo ver hasta a un descamisado y honorable abuelo disfrutando del recital del cowboy de Belfast tumbado en un puff. Millennials, nos queda tanto por aprender…

Sobre la misma franja horaria luchaban por la atención de los primavereros la astral Angel Olsen, presentando el que es sin duda uno de los discos del 2016, “MY WOMAN”, y el orgullo patrio del neo-flamenco Rosalía & Raül Refree, mientras a las entradas de Sant Adrià del Besòs, Noga Erez traía hasta el escenario Bacardí Live del Primavera Bits los sabores más intrigantes de Tel Aviv, escena cultural que no habría que perder de vista. La joya oculta que más espectadores se debieron descuidar se llama Joey Purp. Es amiguito de Chance the Rapper y Vic Mensa vía el colectivo de Chicago Savemoney, y el Mediterráneo fue testigo de que la gente lo amó.

Y a las horas a las que nadie ha salido de casa todavía, estaban Pond, Surfin’ Bichos y unos The Magnetic Fields en el Auditori Rockdelux para cuyo proyecto en vivo con “50 Song Memoir” había grandes esperanzas que quedaron no del todo satisfechas. El sábado no podía ser un épico fin de fiesta para todos, supongo.

Fotografía: Nuria Rius

THE XX VS RTJ: SEDACIÓN CONTRA ESTIMULACIÓN Y EL TANGA DE MAC DEMARCO (VIERNES 2 DE JUNIO)

El 2 de junio en el Primavera Sound 2017 empezaba a molar un poco a partir del momento en el que se conseguía digerir que el tipo que representaba un 80% de los motivos por los que el 80% del personal se había comprado el abono, cuyo nombre no repetiremos porque no se lo merece, se había caído de lo más alto del cartel y de la forma más indecorosa posible. Una vez superada la trágica tragedia, se podía ir uno a casa al hipnótico, intenso y fervoroso compás fritz house de unos Âme y un Dixon en el Desperados Club que fueron lo más cercano a una misa góspel que ningún technohead experimentará jamás. Aunque para hipnótico, intenso y fervoroso como una misa góspel multiplicado por 25 (de no haber sido por la patética acústica del pseudo-teatro griego que es el escenario Ray-Ban) ya estuvo antes Flying Lotus, al que le bastó con un DJ set con remezcla del “Antidote” de Travis Scott incluida para agarrar a todo su público bien fuerte por los testículos.

Jamie xx aparte de su propio set y de tocar unas horas antes con The xx en el que probablemente fue el bolo favorito de la masa, también servía copas de plástico con vino en el puesto ese de la cola kilométrica y preparaba hamburguesas veganas por 6,50€ en el de enfrente. Los mega-industriales y sin sentimientos Polar Inertia, pobrecillos, poco tenían que hacer contra el pluriempleado Jamie.

Mac DeMarco montó el espectáculo definitivo del Primavera Sound; hubo baterías desnudos, hubo gallumbos convertidos en tanga, hubo depilación corporal con mechero y todos los grandes éxitos. Lo más cercano a una estrella del rock que le queda al siglo XXI, vamos.

Pasada la medianoche, el de Run the Jewels estaban predestinados a ser la patada en la boca que se merecían los sin sangre de la familia Equis Equis desde el escenario Mango, y como patada en la boca no estuvo nada mal, pero le faltó un je ne sais quoi, llámalo claridad mínima de sonido o llámalo x, con ironía intencionada. Quizás no fue en realidad su culpa y verdaderamente les cortó mucho el rollo el pitido que emitió el micro de Killer Mike nada más empezar el repertorio, por el que hubieron de interrumpir el show durante largos minutos y que después no se molestaron ni en compensar (de hecho, hasta acabaron su set un poco antes de lo marcado en horarios). Cagarse en la madre que parió a Trump es una buena forma de conectar con la gente a nivel planetario, cierto, pero no lo arregla absolutamente todo.

No hacía falta ser presidente del club de fans de The xx para notar la concentración de emotividad en el aire al levantarse un épico “Say Something Loving” y contemplar en las pantallas gigantes los ojos del trío humedecidos, llenos de humildad y respeto. Por otro lado, tampoco se hacía necesario aborrecerlos hasta los confines del universo para admitir que su personalidad tiene problemas para generar adrenalina en las masas, cosa que no sería reprochable en un teatro, sentaditos y con el aire acondicionado a tope, pero cuando se lleva ya 6 horas de pie y eres el embutido en un bocadillo de pan alemán, se echa de menos cierta estimulación del movimiento corporal.

De nuevo, en contraposición con la esterilidad cómoda de The xx, alrededor de las 10 de la noche Mac DeMarco montó oficialmente el espectáculo definitivo del Primavera Sound 2017 en el sentido más literal de la palabra; hubo baterías desnudos, hubo gallumbos, hubo gallumbos convertidos en tanga improvisadamente, hubo depilación corporal con mechero, risitas raras, voces impostadas graciosas y todos los grandes éxitos. Lo más cercano a una estrella del rock que le queda al siglo XXI, vamos.

A la caída del sol hubo un pique de egos incipientes; añadiendo de imprevisto a Mogwai en el escenario grande del Primavera Bits, empezaron Whitney con su pop sinceramente country, los siguió el futuro del R&B británico Sampha y sus escalofriantes melismas, e intentaron atropellarlo The Growlers con un disco de rock de corte ochentero bajo el brazo que está simbolizando la esperanza del garage contemporáneo. En una liga ligeramente inferior de promesas, los jóvenes vascos Belako defendían su rock patrio sin conservantes ni colorantes a expensas de la tradición sudanesa mezclada con todo de Sinkane y el tira y afloja de vehemencia y suavidad de Mitski, inaugurando a medianas horas de la tarde los platos fuertes de este comienzo de fin de semana que prometía tanto y cumplió como buenamente pudo.

Fotografía: Eric Pamies

PERDIDOS ENTRE HIPSTER R&B, TRASH METAL, POESÍA Y APHEX TWIN (JUEVES 1 DE JUNIO)

Meterse en la cama con el recuerdo de DJ Tennis en las orejas fue una manera algo mediocre de superar el primer día del Primavera Sound, pero en lo que a mediocridad respecta, no desentonó en absoluto con la confusa tónica general de miscelánea y falta de criterio genérico del jueves.

Bien pasadas las 12 de la noche, King Gizzard & The Lizard Wizard hacían gala de su hiper-productividad y de la buena salud de una escena psicodélica australiana que comienza a estar algo saturada, mientras Aphex Twin poco rato antes se ponía él solo a hacer sus cosillas mientras un porrón de gente lo miraba. El PS se esfuerza por hacerle hueco a la electrónica de autor y a todos los géneros musicales conocidos por el hombre en general, pero es lo que tiene romper a traición con la esencia propia e intentar abarcarlo todo y a toda costa; por mucho que uno quiera sacarse otros principios nuevos de la manga, no siempre van a cuajar tan naturalmente, y si se pretende viajar del pueblo del indie al planeta Billboard con el viejo coche de siempre, ha de asumirse la posibilidad de que tal vez no se esté del todo preparado para asumir la envergadura de semejantes aspiraciones.

Entre las 9 y el advenimiento de la mañana siguiente se registraron los mayores picos de expectación y sanguinolencia de la noche. Menos en el caso de Bon Iver. Bon Iver se dejó la sangre y las ganas de vivir en el avión ese que casi le obliga a marcarse un Frank Ocean, pero no pasa nada, ya conocemos a Bon Iver, tampoco es como si alguien esperara que le poseyera el espíritu de Lola Flores y empezara a repartir vales por un masaje gratis. Justo o muy cerca de la hora de las bestias (y con gran acierto poético), unos Slayer espiritualmente desorientados y Death Grips intentando ser igual de satánicos pero sin camiseta hacían concursos de matar neuronas entre los fans. El trío de hip hop experimental californiano es estéticamente tolerado por el indie de a pie gracias a la delgadez y variedad racial de sus integrantes, pero Slayer es una idea demasiado no ambigua y barroca para los apetitos del Primavera Sound, y hubieron de consagrarse por consiguiente como una suerte de freaks o mujeres barbudas en este particular circo anual. Sin embargo, no puede negarse que desplegaron unos de los conciertos más técnicamente dotados del festival, cualidad que escasea y no es digna de menosprecio si se tiene en cuenta la desdeñosa consideración que suele dársele al virtuosismo dentro del imaginario de la música independiente, plagado de autodenominados artistas con poca idea ni de cómo sentarse delante de un piano pero, hey, ¡cuidado!, un montón de sentimientos y actitud para suplirlo.

En medio del anticiclón heavy y de las canciones de cuna techno-folk se hallaban The Afghan Whigs, BADBADNOTGOOD en la recreación de jam session del garaje de su casa habitual y, justo al lado de ellos, en el adidas Originals, la profética, la santificada, la esperanza y la voz más honesta del maltrecho spoken-word moderno (porque lo de ‘rapera’ ni se aproxima a describirla); Kate Tempest, en una recitación lírica de algo menos de una hora que no la vio beber un sorbo de agua ni dejar casi pausas para respirar entre puño y puño dialéctico. Algunos nos la encontramos entre el público disfrutando de las respectivas actuaciones de su paisano Sampha o Run the Jewels y casi nos pareció humana, pero que su cercano temperamento no nos engañe: Kate Tempest pertenece a otra galaxia.

Tanto el talento alternativo como los consumidores que lo disfrutan (y particularmente en un país donde la consideración hacia la música que escapa a la radiofórmula todavía es desdeñosa), necesitan que el Primavera supere lo antes posible la etapa de transición y vuelva a sincronizar con su esencia original sin que ello le impida perder de vista el futuro.

Para sanguinolencia pero de otro estilo la del ambiente totalmente rojo de Solange y su musical de Broadway al aire libre, que llegó con retraso (y algunos hasta creyeron que ni llegaría) pero mereció la espera, precedida de unos Glass Animals y un Miguel (ese que se cree mejor que Frank Ocean y, no estando claro si ciertamente lo es, al menos se presenta a los conciertos, que no es poco) en el que no muchos depositaron la confianza que auténticamente merecía su R&B hipersensible.

Y al frente de combate de las iniciáticas hordas de festivaleros, en calurosas y difíciles primeras horas de semioscuridad, nombres entre autóctonos y lejanos como los de Nikki Lane, Soledad Vélez, Mishima o Triángulo de Amor Bizarro aplacaron mucha energía y esperanzas puestas en una edición decimoséptima del Primavera Sound que, si bien se presentó dudosa pero ardiente des del comienzo, terminó por ser igualmente dudosa y, además, fría, lo que en ocasiones no hubo de ser necesariamente negativo, pero en otras claramente lo fue.

Decía Hermann Hesse en “El Lobo Estepario” que hay momentos en los que una generación se extravía entre dos épocas, entre dos estilos de vida, de tal suerte que se ve obligada a perder toda naturalidad y toda inocencia, y que es tal el único extracto de tiempo durante el cual habrá de sufrir verdaderamente. No queda claro que alrededor de 200.000 asistentes a un festival en Barcelona pueda equipararse a la grandilocuencia del término ‘generación’, y menos que alguien pudiera calificar de ‘sufrimiento’ el rato largo o corto que pasó en el Fòrum con su corona de flores, su cervecita y la musiquita que fuese en el fondo, a lo lejos. Pero no cabe duda de que el Primavera Sound se encuentra en una encrucijada entre el pasado y el futuro, intentando transitar con dignidad desde lo que fue hasta lo que quiere o las circunstancias le obligan a convertirse, y que la naturalidad y la inocencia son dos conceptos que le suenan no ya a sueco, sino a cantonés. Intentar ser como Dios y estar en todas partes o jugárselo todo a una carta tan sabidamente voluble como la de Frank Ocean (porque, admitámoslo, gran parte de los abonos los agotaron él y la erótica de lo poco que se prodiga en público, no tanto el festival) es una estrategia de marketing (como mínimo) impropia de una consagrada institución de la cultura independiente como es el Primavera Sound, que el año que viene ya cumple los 18. Y sí, sabemos que la mayoría de edad es sólo un invento de las autoescuelas para que nuestros padres se dejen atracar dentro de los confines de la legalidad, pero tanto el talento alternativo como los consumidores que lo disfrutan (y particularmente en un país donde la consideración hacia la música que escapa a la radiofórmula todavía es desdeñosa), necesitan que el Primavera supere lo antes posible la etapa de transición y vuelva a sincronizar con su esencia original sin que ello le impida perder de vista el futuro.

Fotografía: Sergio Albert