Inicialmente me veo en la obligación de explicar dónde se encuentra Pepperlandia y qué significado tiene barajar ese nombre en la inabarcable lista de títulos que ha recibido la mansión sin siquiera haber podido presumir de un asentamiento concreto en algún punto del mapa. Podríamos decir que se trata de una habitación vagamente definida por un sinnúmero de personajes que tienden a perderse entre las colinas y las vaguadas exclusivas para bicicletas. Asimismo se trata de un recorrido, un impulso que va adelgazando presionado por el resto de salones y que no llega a perderse, pero que a medida que se avanza en la línea cronológica se va mostrando más irreconocible. Como he dicho anteriormente, no es más que uno de los muchos nombres que ha filtrado la historia de la música, antes de extrudirlo en un fino polvo que recuerda momentáneamente sus dorados instrumentos, sus niñas voladoras e insignias fabulosas, en la boutique con la puerta entreabierta, el ascensor o la ventana del sexto donde aparentemente se peina una sombra de mujer. Sus orígenes parecen concretarse en mayor medida: se trata del legado de uno de los discos más venerados de la historia del rock: “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” del cuarteto liverpuliano The Beatles (1967).

Resultaría una tarea demasiado ambiciosa definir todas las habitaciones que el “Sgt. Pepper’s” dejó entreabiertas a su paso por la psicodelia del 67, porque por suerte o por desgracia, dirigió la historia de la música popular a partir de ese momento, dificultando una inmaculada concepción para cualquier artista posterior, llegando a verse nueva y manifiestamente manoseada por generaciones de los años 80 y 90 con el surgimiento de la neo-psicodelia y el britpop. Supongamos que regresamos de Pepperland. Recibimos la incipiente necesidad de conocer el resto de habitaciones, ya nos han enamorado los recibidores de terciopelo, las madrigueras y las majestuosas lámparas de araña.

Las primeras plantas

Their Satanic Majesties Request de los Rolling Stones (1967) parece un buen punto de partida. Basta subir las escaleras con cuidado de no resbalar con la moqueta de flores al tiempo que se advierte el aluvión de especias y colores de una tierra cambiante y onírica. Pronto se descubrirá el parecido de estos viles hechiceros sentados en corro alrededor de los planetas y los palacios transfigurados. Aunque si el original recurre a las trompetas doradas del barroco, sus sucesores pretenden dar el salto al rococó con un incremento de los efectos y la incursión en el surrealismo de, por poner un ejemplo, “Sing This All Together (See What Happens)”. Aplastada por la crítica en su momento debido a sus excesivas alusiones, hoy día la obra se ha topado con un reconocimiento mayor, e incluso se la reivindica con una autonomía comparable a la de S.F. Sorrow, la singladura conceptual de The Pretty Things (1968), palmariamente influenciada por el álbum y el almanaque de The Kinks. El universo psicodélico en su conjunto debe mucho a Pepperlandia y su imaginario (véanse las carátulas de “Journey to the Center of the Mind” de los Amboy Dukes (1968) o “Cricklewood Green” de Ten Years After (1970)) y a las incursiones de George Harrison con el sitar y la música india. A lo largo del pasillo hallamos muchos cuadros que suponen aterciopeladas respuestas al imaginario beatle: el bucólico The Kinks Are the Village Green Preservation Society (1968) con sus dulces nubes y nostálgicas granjas; el sencillo pero acertado Odessey and Oracle de The Zombies (1968) enredado en hiedras de inigualable dulzura; o el urbanita Twelve Dreams of Dr. Sardonicus de Spirit (1970). Por su parte, la aportación más interesante se la deben McCartney y Lennon a los tótems de la música contemporánea Edgar Varèse, John Cage y sobre todo Karlheinz Stockhausen, por medio de la fabulosa “A Day In The Life”. Esta conversión de la vanguardia en pop abrió para la psicodelia centenares de puertas, dado que en la época resultó más accesible que el soberbio debut de The Velvet Underground.

Las mil puertas del progresivo

Pues si alguno de los pasillos nos lleva a una región laberíntica e inabarcable de la mansión es el del rock progresivo. Days of Future Passed de The Moody Blues (1967) le debe mucho a los Beatles, casi tanto como a Pink Floyd. La inclusión de una orquesta, característica de la que no se desprenderían los mal llamados segundos Beatles: la Electric Light Orchestra fue popularizada por el “Pet Sounds” y amplificada posteriormente por su sucesor. Innegable es la satírica respuesta al éxito llevada a cabo por Frank Zappa y los suyos. Avanzamos por una zona de la casa en la que los tabiques se han vencido, las tuberías oxidadas liberan un fluido muy similar al queso fundido, las revistas son empleadas para tapar los desconchados y los muebles cromados colman las esquinas. El título We’re Only in it for the Money, bajo la etiqueta de The Mothers of Invention (1968), ya lo dice todo. La portada empleada es una evidente parodia del original, y por descontado la música recoge organillos y sintetizadores, llamadas telefónicas y lleva a otro extremo la experimentación y la música concreta. Con diferente grado de veneración, Tomorrow y Yes proseguirían esa vía popera pero cargada de creatividad hasta desarrollar su propio estilo, al menos en el caso de los segundos. Sólo haría falta un poco de polvo y pelusas jazzísticas para obtener el In the Court of the Crimson King de King Crimson (1969) o el homónimo de The Soft Machine (1968). La ponderación de los instrumentos de viento metal (trompetas, trompas) parece imprescindible para algunos lanzamientos posteriores, como es el caso del Atom Heart Mother de los Pink Floyd (1970) o el bellísimo tema “Islands” del álbum de mismo nombre de King Crimson (1971). Por supuesto los ejemplos no acaban aquí, pero sería exagerado ahondar en una zona tan profunda, cargada de cuartos oscuros y putrefactos, o de otros tan lumínicos y encantadores como la escena de Canterbury de Wyatt y compañía o el ígneo Krautrock de Faust y Can.

Aunque ahí radicaran las influencias más directas, el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” seguiría aportando sus semillas durante los años 70 y 80, en estilos de lo más variopinto, pues en la deslumbrante creación de Elton John Goodbye Yellow Brick Road (1973) se huele la fascinación por Pepperland, así como en el resurgimiento de la música sesentera, que llevó el nombre de ‘Power Pop’ en manos de Todd Rundgren (Something/Anything?, de 1972) o Cheap Trick, los cuales dedicaron un directo entero con orquesta incluida a venerar el álbum. Muchos de los integrantes de estas agrupaciones han admitido ser fans devotos del cuarteto de Liverpool. De la herencia no escapan tampoco el inglés Elvis Costello, Roxy Music, y mucho menos el Skylarking de XTC (1986), quienes se declararon abiertamente influenciados al escribir dicho trabajo. En estas habitaciones coloristas, cosmopolitas y liberadoras, siempre queda algo de esa experimentación subrepticia, de sonidos pregrabados y flores ocultas.

Cortinas para la danza

Pero hay otros salones, cincelados en cristal o en fragmentos dorados, que beben directamente de la estrambótica “Being for the Benefit of Mr. Kite” o la encantadora “She’s Leaving Home”. Aerial Ballet sobrevuela con Harry Nilsson a los mandos las tierras limítrofes del sargento, los coloristas labrantíos de la mansión, empleando como mapa de ruta muchos de los elementos previamente mencionados. Encontramos las bandas militares comportándose con una amabilidad inusitada, las voces agradables que al mismo tiempo representan los barrios periféricos de una gran ciudad británica y los pueblecitos que hay millas más allá. “Good Old Desk”, la segunda pista del álbum, la podrían haber escrito perfectamente Lennon y McCartney, y haberla acompañado en un incólume salón de danza, como llevarían a cabo Radiohead en su bellísimo tema “Let Down” (“OK Computer”, 1997), reconocidos legatarios de “A Day In The Life”. Incluso Kate Bush se coloca los zapatos de cristal y se aventura en distintos estilos orientales con su delicada voz en Never for Ever (1980). El mismo caso podría personificarlo The Divine Comedy con joyitas como Promenade (1994) o Casanova (1996), incluso se le puede sacar cierto parecido a la estética de Neil Hannon, líder y principal artífice de la banda, con la de John Lennon.

Un tímido regreso

Pero para hablar de similitudes en el aspecto tenemos a Oasis. Por supuesto, no sólo la estética de la etapa más psicodélica de los de Liverpool será absorbida, sino también el estilo musical de dicha época, como se puede observar en uno de los sencillos menos conocidos del grupo: “The Masterplan” (1998). Pulp y Blur colaborarían en decorar esta parte de la mansión, arrastrando el piano en This is Hardcore (1998) en el caso de los primeros o la trompeta neoyorkina en “End of a Century” de los segundos, pista contenida en el fantástico Parklife (1994). La acumulación de pop barroco y la temática onírica producto de la new wave al verse inmiscuida en los experimentos con el ruido de The Jesus & Mary Chain o Cocteau Twins no tardaría en dar origen a una nueva tendencia lisérgica, más abstracta y edulcorada. La neo-psicodelia abre sus puertas caleidoscópicas al oyente distraído, desborda de celajes la habitación y rescata el paseo de las mandarinas de “Lucy In The Sky with Diamonds” sin evaporar el ajetreo de la ciudad. Es ese “Hello Sunshine” de Super Furry Animals, hisopado sobre el Phantom Power (2003) o el inicio de Beautiful Freak de los Eels (1996) los que más nos los recuerdan, mientras que Animal Collective o The Flaming Lips desobedecerían casi por completo las reglas del formato y se lanzarían en una carrera hipersónica a las regiones más distantes y creativas de la casa.

Los muros desgarrados

Resulta sorprendente descubrir lo lejos que se encuentran unas de otras las agrupaciones que han recibido ayuda de Pepperlandia. Incluso en el mundo del punk existen evidentes deudores de este universo, como son los Hüsker Dü y su apoteósico Zen Arcade (1984), donde tienen cabida tanto los automóviles pintados como los grotescos cadáveres de cromo. También The Fall se han declarado seguidores de la banda, mientras que el propio Lemmy de Motörhead llegó a nombrarlos como la mejor banda que ha habido en la escena rock. Aunque quizá el brazo que más se acerque a las melodías barrocas y despreocupadas dentro del heavy sea el power metal de los padres del género, Helloween, con versiones de “All my Loving” y “Something” para demostrarlo.

Samples en el ático

Y por si aún queremos más, dirijámonos al ático, donde la electrónica ha controlado los radiadores y las tostadoras, y la línea del horizonte que se ve a través de la ventana es una frecuencia vagamente definida que recuerda el contorno de unas montañas. Thom Yorke lo ha dicho en reiteradas ocasiones: los Beatles serán siempre uno de los pilares para Radiohead, y la delicada imaginación de OK Computer o la abstracción experimental de Kid A (2000) bastan para probarlo. Pero aún hay más. A través de la alacena llegan una serie de sonidos pregrabados que recuerdan mucho a las voces de “Good Morning, Good Morning” y el tema inaugural y cadencial del trabajo. Y es que el cableado absoluto y las bases del hip-hop han elegido en múltiples ocasiones los riffs del cuarteto, insertándolos e induciéndoles mutaciones de la misma manera en que ellos hicieron para construir el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”. Ejemplos encontramos en Sounds of Sciencede los Beastie Boys (incluido en Paul’s Boutique, 1989), prácticamente inmerso en parodiar el tema que da nombre al trabajo de los Beatles. También Public Enemy escogieron algunos cortes para “Who Stole the Soul?”, incluido en su legendario Fear of a Black Planet (1990) como otro homenaje a la banda.

Directa o indirectamente, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” ha sido fuente de inspiración para una batería de artistas y bandas, DJs y raperos, e incluso compositores de música contemporánea. Amén de la calidad de la música y el impacto mediático, hubo dos condicionantes que hicieron del trabajo un hervidero de influencias: la intromisión y adaptación de la vanguardia musical y su aceptación por parte del gran público. La mezcolanza de aplausos, risas, voces distorsionadas y psicodelia no eran invento de los Beatles, pero a ellos se debe su popularización e incremento en complejidad. Por no mencionar algunos lugares comunes que hoy día se consideran sobreexplotados dentro del género, como el uso de instrumentación y estética indias. Al respecto cabe decir que la fama se encargó de todo. Desprestigiados por los intereses mediáticos, muchas innovaciones e iniciativas de otras bandas cayeron en el olvido, pues al fin y al cabo son los vencedores los que escriben la historia. Sea como fuere, hoy día resulta inconcebible imaginar el desarrollo de la música popular en los años 70 y en adelante si los Beatles no hubieran existido, y en concreto esa obra maestra que es el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”. Cada vez resulta más difícil rastrear sus huellas, pues el tiempo va majándolo todo y devolviéndolo en una pasta de colores más o menos hermosos. Sin embargo, siempre se pueden descender los escalones, hasta los sótanos mismos de la creación y recuperar parte de la esencia, malversada por el polvo, que fueron imprimiendo los diversos minerales de la música, desplazarse atrás indefinidamente, incapaces de recibir los olvidados sonidos de la naturaleza.