Estaba en la azotea mirando las estrellas increíblemente titilantes. George [Martin] estaba a mi lado y los dos nos miramos un segundo antes de dirigir de nuevo la mirada al cielo. Estábamos seguros de tener algo grande entre manos. Corrían los años del ‘Swinging London’ en Reino Unido y todo estaba patas arriba. El gobierno acababa de abrir la mente al progreso, los jóvenes, lo moderno. Había aceptado el amor entre homosexuales y había relajado las leyes contra el divorcio. La sociedad avanzaba y, con ella, el progreso económico traía un nuevo y esperanzador mundo por delante.

Nosotros no nos queríamos quedar atrás y no sólo queríamos predicar un mensaje de amor, sino también casar con la apertura de mentes que se vivía en ese momento. Para ello, nos convertimos en una banda que sólo duraría unos pocos meses. Aunque, en realidad, estábamos creando una banda para el resto de la historia: La banda de los corazones solitarios del Sargento Pimienta.

El día ya estaba a punto de terminar y yo estaba apurando mi té. No tenía la cabeza exactamente en mi sitio. Aun así, bajé por las escaleras hasta el interior de mi segundo hogar: Abbey Road. La sesión ya había terminado, pero Paul estaba jugueteando con uno de los Lowrey que acababan de comprar en el estudio. Estaba haciendo algo entre psicodélico y cósmico. Aunque pensándolo mejor era algo más parecido a una melodía circense. Mi mente se iba y se venía al ritmo de la música. Decidí irme a casa.

Cuando llegué, encontré sobre la mesa del salón el dibujo que había traído por la mañana mi hijo Julian. Mi cabeza era ya una supernova y mis ojos empezaban a mostrar la distorsión de la realidad de manera clara. Había entrado por la madriguera de Alicia y estaba ya de viaje hacia el país de las maravillas a bordo de una barca que cruzaba un río, delimitado por árboles de mandarinas. El cielo estaba de un color extraordinariamente morado.

A pesar de ser noche cerrada, mi mente veía vivos colores que se transformaban en música y todo mi cuerpo se estremecía sólo con tocar el sofá. Estaba pensando que tenía que sentarme al piano y tratar de aterrizar todo lo que estaba sintiendo. Pero estaba demasiado alucinado para moverme. Así que preferí agarrar lo único que tenía a mano: el dibujo de la amiga de Julian, que estaba firmado por Lucy. Él me lo había presentado como Lucy en el cielo con diamantes.

Le di la vuelta y empecé por ahí. Titulé así la canción. Luego empecé a contar algunas cosas inconexas sobre lo que estaba viendo. Colores, sensaciones, sonidos. No encajaba mucho. Probé a tirar del hilo. ¿Cómo sería una chica flotando en el cielo con diamantes? Sin duda tendría que tener los ojos caleidoscópicos. Estaba viendo también campos de fresas. El cielo cambiaba de color con cada parpadeo y se volvía amarillo, azul, violeta. Como un carrusel. Parpadeé de nuevo unas cuantas veces para ponerlo de un color que me gustaba y seguí escribiendo lo que pude. En la tele estaban poniendo el programa The Goon Show. Un sketch sobre un hombre de plastilina. Intenté recomponer algo de todo eso en el papel. Pero la chica de los ojos caleidoscópicos ya se había ido. Y mi consciencia también.

Al día siguiente volví al estudio con los chicos. George había traído un tanpura, un instrumento hindú parecido al sitar que había comprado en su última excursión a la India. Paul estaba tomándose un té y todos parecían esperar algo. Tenían un brillo creativo en la mirada. Un destello impaciente. Querían saber qué traía hoy. Qué nos depararía la grabación. Con qué idea absurda pondríamos a prueba la paciencia y el equipo de Martin.

Les enseñé un poco de lo que tenía y se repitió la escena de siempre. Paul cogió la canción y empezó a tararear algo. Empezó a decirme cómo la mejoraría. George dijo que era el momento de meter un poco de tanpura en este tema (ya sabéis, algo exótico y psicodélico). Y Ringo… esperaba en la batería sujetándose la cabeza con el codo clavado en su rodilla. Cogí la guitarra y empecé a hacer un ritmo de 3/4 con la guitarra. Paul volvió a hacer su arreglo de piano de ayer, pero le eché una mirada de reprobación y empezó a probar con otra cosa.

Al rato, teníamos algo parecido a una canción. Paul se puso ahora con el órgano y probó un riff sencillo, casi infantil. Sería la intro. Todo parecía funcionar, menos el estribillo. Ringo dijo entonces: ¿y si lo cambiamos a un 4/4? Y todo encajó. Grabamos una primera toma con un estribillo instrumental, pero la canción estaba ahí. Al terminar, Paul seguía haciéndome correcciones sobre cómo cantar la melodía vocal de la estrofa. Pero aún faltaba la letra del estribillo.

Dicen que las mejores ideas se revelan como brillantes cuando, una vez pensadas por alguien, son a todas luces fáciles. Cuando a cualquiera podría habérsele ocurrido. Dicen también que el estribillo es la parte más importante de una canción. Y a nosotros se nos estaba atragantando éste en especial. Probamos varias cosas, sobre todo Paul y yo.

Días después, cuando ya pensábamos en otras canciones, lo vi claro. Había estado ahí todo el tiempo, desde que empecé a pensar en la canción. “Lucy in the sky with diamonds / Lucy in the sky with diamonds / Lucy in the sky with diamonds”. Ah. Después de cantarlo ocurrió eso que pasa con las buenas ideas. Todos soltaron un suspiro de aprobación. ¡Claro! Era tan fácil… Alguien dijo que las siglas del título le recordaban a algo. Pero todos pensamos que sería sólo un guiño divertido. Como las señales que habíamos dejado en otras portadas explicando la muerte del antiguo Paul. Pero eso es otra historia.