Es una de esas que todo el mundo conoce desde siempre menos yo. Pasó mucho tiempo hasta que supe a qué sabía la cerveza. Pasó mucho tiempo hasta que le asocié una voz al cara-Dorito de Justin Bieber. Pero pasó mucho más, teniendo en cuenta que es un tema de los Beatles, hasta que escuché “A Day In The Life” por primera vez. Se trataba de una peculiar anti-hazaña de la que solía enorgullecerme; enterarme la última de cualquier pedazo de sabiduría popular elemental. Ahora tomo leche de soja con galletas veganas para merendar y a veces veo capítulos repetidos de Keeping Up with the Kardashians. Está claro que la edad del pavo es como la varicela; si no la pasas a los 12 como la gente normal, te acabará explotando en la cara a los 36.

Como fan literalmente incondicional de los Stones, sentí un asco autoimpuesto hacia los Beatles durante los mejores años de mi adolescencia. El primer puente que tendí entre los Fab Four y mi imaginario musical pasó por David Bowie y su obra cumbre de la psicótico-teatralidad: “Young Americans”. En un verso difuminado entre “Mama’s got cramps and look at your hands ache y “I got a suit and you got defeat, un coro negro como el yin del yang que es la piel del Duque Blanco canta “I heard the news today, oh boy, en un tono de aspiración mitológica que contrasta con el dolor adormecido que transpira la voz de Lennon en la obertura del “A Day in the Life” en el que aparece la frase originalmente.

La busqué en YouTube para entender de qué iba el guiño, y fui incapaz de superar el segundo número 30; me quedé en “And though the news was rather sad. Eso es bueno; significa que me caló, que me estaba curando, como cuando escuece el agua oxigenada en las heridas.

Fotografía: http://www.beatlesource.com/

Años después lo volví a intentar, y hasta me animó a empezar una Biblia-biografía sobre el Beatle número 1, pulcramente escrita por Albert Goldman (el polémico y riguroso biógrafo de Elvis) y titulada “Las muchas vidas de John Lennon”. En el primer capítulo, “Sabor mañanero”, ya se había caído el mito incluso antes de levantarlo; consistía en una detallada panorámica a 360 grados de lo que acontecía durante una mañana corriente en el piso del edificio Dakota de Nueva York en el que coexistían la yonki-aristócrata Yoko Ono y John Lennon, muy a finales de los setenta. Se describe al hombre más famoso de Liverpool como a un excéntrico “artista del hambre”, que paseaba sin pudor su esqueleto y sus joyas reales ante los esporadiquísimos invitados que se atrevían a adentrarse en su bat-cueva de las alturas. Llamaba a la sirvienta chillando como una loca histérica cuando se encontraba un pelo negro japonés en la moqueta blanca, le daba repelús la baba de su hijo Sean y llamaba “apestosas ratas” a unos niños cuando no querían jugar con él al juego de componer canciones chorras. Dormía el 50% de la jornada, tomaba entre 20 y 30 tazas de té al día y unos tropecientos mil quilos de mermelada de naranja. Entendí entonces cómo podía ser éste el tipo detrás de “I Am the Walrus”, pero poco más. Supongo que es que el mal es connatural al hombre, y mientras algunos como los de Slayer optan por vomitarlo de puertas afuera, otros como John Lennon prefieren echar la pota venenosa en la intimidad de su habitación.

Estoy casi convencida de que no he vuelto a escuchar “A Day In The Life” desde aquel día. De hecho, me propuse expresamente no volver a hacerlo ni para escribir ésta suerte de entrada de diario personal prostituida. La música es de las pocas cosas que empeora en la memoria y con la distancia porque su belleza inmortal supone un desafío a la sordidez del presente; olvidarás que todos los niños de tu clase de parvulario olían mal, olvidarás que las madrugadas de bar en bar con tus amigos tenían más de mediocre que de épico, y olvidarás que las canciones fueron mejores en el momento que en el recuerdo por simple instinto de supervivencia, porque si no lo hicieras, dejaría de tener sentido avanzar. Si acabara el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” y, en ausencia del episodio de leve amnesia que emborrona inmediatamente su impresión, permaneciera con alta fidelidad en el recuerdo, ¿para qué iba a querer nadie un mañana tras éste día en su vida?