El Sol estaba a medio caer y Alex había parado su Ford Mondeo para abandonarla en aquella maldita calle otra vez, como cuando, en agosto, un niño se cansa de su juguete favorito de reyes.

—¿Qué hago ahora? —Se preguntó. Su cabeza era como un ovillo de emociones y recién se había cortado las uñas. Sentía el miedo a la pérdida y el abandono que tanto daño le había hecho quince años atrás. Ahora tenía la oportunidad de redimirse o huir, tocaba enfrentar o refugiarse en otros brazos. Lucas pasó por su mente, él era tierno, sensible, sincero y sabía escuchar, pero carecía de esa presencia física y seguridad que destilaba Alex. La única noche que habían pasado juntos fue divertida, sincera y cariñosa. Lucas era un amor. Aquella tarde se había peleado con Alex. Todo empezó cuando ella le pidió que la acompañase a la fiesta de cumpleaños de su amiga Sandra.

—Rosana, nosotros no somos pareja ni acudimos a eventos sociales juntos. Simplemente, lo dejamos estar con nuestros amigos. Cuando estamos juntos estamos bien y cuando no también. Esa frase es tuya, ¿la recuerdas? —¡Joder, qué rabia y qué labia! Siempre acababa dando donde mas la dolía.

En ese cumpleaños estaba Lucas. Él es amigo de Sandra desde preescolar. Escribía guiones, era profesor de música y también vocalista en un grupo de soul. Nada más verme me dijo: “Deja de preocuparte por un tío que no te merece y hazte valer. No seas el copiloto de tu vida”. Sandra le perjuró que no le había comentado nada, llevaba dos meses sin verlo. ¿Cómo lo sabía? ¿Tanto se le notaba? Algo hizo click en la cabeza de Rosana, que comenzó a ser la narradora de su propia historia.

Lo hicimos tres veces en la bañera, con el agua tintada de rojo gracias a unos pétalos de rosa que Lucas guardaba en su armario. ¡Unos pétalos! ¿Qué tipo de tío guarda unos pétalos en su armario? ¿Quizás para su novia y los usó conmigo? No sé, Lucas no parecía esa clase de tío. Él era misterioso, es cierto, pero parecía honesto. Había pasado los últimos tres meses haciendo un voluntariado en la India, ayudando a la reconstrucción de un colegio con unos monjes budistas que le habían adoctrinado en la meditación vipassana. Parecía tranquilo, confiado y calmado, aunque sin los aires chulescos de Alex. Lucas sabrá que hacer.

Seguía en aquella maldita calle, otra vez. Paralizada, sin apenas ropa, olía a desesperación. El olor a Beigels recién hechos se mezclaba con el de las alcantarillas y necesidades menores de los que allí tomaban unas copas. El cartel nominativo de la calle estaba medio roto y podía leerse “…Lane St”. La depresión estaba sobrevolando la zona esperando una presa fácil como yo. Entonces llegó Lucas. Fue como un rayo de luz entre toda esa tenebrosa calle. Nos fundimos en un abrazo y sentí como su paz recorría por mi cuerpo. —No mires al suelo, no te avergüences, ese tío es escoria. —Me espetó. Era la primera y la última vez que escuchaba a Lucas hablar en esos términos.

Mientras deseaba que ese tierno abrazo no terminara jamás, acompañé con la mirada los últimos segundos de la caída del Sol y observé cómo asomaba por la esquina un Ford Mondeo gris oscuro con los cristales tintados y su inconfundible pegatina de AC/DC pegada en el capó. Sus amigos siempre me decían que Alex cambiaba cuando anochecía, pero ya era tarde. En ese preciso instante comprendí cuán sola estaba y como ese cabrón estaba jugando con mis sentimientos. Supe que la vida adulta no es más que un torpe intento de superar los traumas adquiridos en la infancia. Tenía que enfrentarme a él.