El garage rock es como un piercing en el ombligo: puede lucirse hasta que se cumple cierta edad, que queda ridículo y desfasado. Por supuesto y como en todo, hay excepciones: Iggy Pop lo lleva haciendo toda la vida entre bailes, escupitajos y saltos. Pese a su edad septuagenaria, sus directos sucios y descamisados siguen traspasando barreras generacionales (créanme, lo he visto), sin dar la más mínima oportunidad de ser tomado como una burda caricatura de aquella figura underground que fue en sus inicios. Y esto seguiría siendo así aunque le diera por poner un piercing en el ombligo de su –inquietantemente– conservado cuerpo. Pero Iggy sólo hay uno y, como pionero del movimiento garajero, es el único que puede ningunear la fugacidad de su efecto.

Parece que Black Lips captaron hace tiempo esta premisa, y por ello llevan tiempo desarrollando una plausible madurez artística. Tras ocho discos en menos de 15 años, la banda de Atlanta aboga por un cambio de etapa que empezó a gestarse en “Good Bad Not Evil” (2007, Vice Records) y que ha seguido, no de la forma más acertada, con “200 Million Thousand” (2009, Vice Records), “Arabian Mountain” (2011, Vice Records) y “Underneath The Rainbow” (2014, Vice Records), estos dos últimos pese a estar producidos por figuras contrastadas como Mark Ronson y Patrick Carney (The Black Keys), respectivamente.

Ante esta tesitura, el grupo se presenta con “Satan’s Graffiti or God’s Art?” (2017, Vice Records), un título sugerente que da paso a un acabado en el que predomina la anarquía como forma de ordenar un LP concienzudamente desorientador, en el que no se sigue ninguna lógica y ninguna canción se parece entre sí. Una actitud caótica que refleja el estado vital de una banda con un amplio recorrido que encubre el hecho de que sus integrantes apenas sobrepasan la treintena, por lo que están en ese momento en el que pueden experimentar con nuevos géneros y seguir coqueteando con el estilo que los situó en el mapa.

“Satan’s Graffiti or God’s Art?”: saber cómo madurar

Un acabado en el que predomina la anarquía como forma de ordenar un LP concienzudamente desorientador, en el que no se sigue ninguna lógica y ninguna canción se parece entre sí.

El octavo elepé de la banda comandada por Jared Swilley y Cole Alexander cuenta esta vez con la producción de Sean Ono Lennon, quien ha aprovechado su papel para introducir a su madre y a Saul Adamczewski, cantante de Fat White Family, con el que el hijo del Beatle ha trabajado. Además, se unen a la agrupación Oakley Munson a la batería y Zumi Rosow al saxo y retorna Jack Hines (miembro entre 2002 y 2004). Aunque a priori se presupone un disco denso al contar con 18 temas, la duración total del contenido no pasa de la hora y tampoco se hace tedioso, gracias al eclecticismo mencionado previamente y el carácter punk que siempre ha identificado al grupo, desde su próspera actividad incipiente –cuatro discos en un lustro–, sus incesantes giras y sus enérgicas puestas en escena.

Fotografía: Ben Rayner

Una actitud caótica que refleja el estado vital de una banda con amplio recorrido que encubre el hecho de que sus integrantes apenas sobrepasan la treintena, por lo que están en ese momento de experimentar con nuevos géneros y seguir coqueteando con el estilo que los situó en el mapa.

“Satan’s Graffiti or God’s Art?” comienza con “Overture: Sunday Mourning”, una melodía instrumental de menos de un minuto en la que unos coros anuncian, como las niñas que saltan a la comba en Pesadilla en Elm Street, la llegada del monstruo. Etiqueta que, sin audición previa del álbum, no desentona como carta de presentación de un trabajo del que uno puede esperarse cualquier cosa, vistos los errados resultados de los dos elepés anteriores. Con “Occidental Front y “Can’t Hold On comienza la acracia. Con toques western que podrían aparecer en cualquier película de Tarantino, la primera cuenta con las voces añadidas de Yoko Ono y Saul Adamczewski, mientras que la segunda, con un ritmo más desafiante que rememora a unos Clash de karaoke a alta horas de la madrugada, supuso el single debut para indicarnos que, por muchos cambios que intenten, Black Lips encuentran en atmósferas ásperas y embarradas su zona de confort.

En “The Last Cul De Sac se aprecia el ocasional anglicismo de Sean Lennon. Una canción que perfectamente podía estar cantada por Oasis en su etapa recargada, pero que ejerce de primera composición independiente. Mientras, “Interlude: Got Me All Alone” es una pieza con toques jazzísticos propios de un anuncio de Martini que causan las primeras reacciones desconcertantes sobre si percibir el disco como una tomadura de pelo irritante o un compendio experimental sugerente. Yo decido tomármelo como lo segundo, ya sin ningún tipo de expectativas ni de enlaces mentales con desastres pasados –el poder amnésico del absurdo–, y pasar al tema siguiente.

La sorna con la que está gestado “Satan’s Graffiti or God’s Art?” puede devaluar el prestigio del grupo a ojos de aquellos que estaban satisfechos con los cambios mostrados en los últimos proyectos.

Crystal Night” entraña una prometedora balada que de forma progresiva va convirtiéndose en una parodia maleducada, con varios registros de voces, un estribillo que parece hecho sobre la marcha y unas voces de ardilla que, por si quedaba alguna duda, vislumbran un proyecto en el que la idea primordial es probar con todo tipo de arreglos y géneros sin ningún pudor, utilizando la excentricidad como acaparadora de un resultado más reflexionado de lo que puede parecer. “Squatting In Heaven” constituye la obra más sobria del álbum. Con elementos kasabianos irradiando por cada nota, la banda vuelve al garage más sofisticado y que mejor les funciona. No lo olvidemos, aún están en el umbral vital para jugar a ser los Stooges. “Interlude: Bongos Baby ejerce de punto de inflexión, y reconozco que es tan singular que no sé cómo describirla.

Faltaba el country por realizar su aparición, y lo hace con “Rebel Intuition”, el noveno track (como el resto, en el sentido más disparatado del género). “Wayne” se erige como la segunda canción lenta del LP. Un single con potencial que, como “Crystal Night”, parece cantado por un grupo de amigos fanáticos de Top Gun que quieren preguntarle a la chica más guapa del bar por qué ha perdido la emoción de amar. “Interlude: E’lektric Spider Webz es el elemento más sugestivo del trabajo. Bajo un enigmático éter instrumental que emula a bandas tan idiosincrásicas como The Beta Band, suponen casi tres minutos de distensión –de la distensión– que engloba a “Satan’s Graffiti or God’s Art?” (no me cansaré de repetir lo acertado que es el título). Por su parte, “We Know” comienza con un riff similar al de “Fly Away” de Lenny Kravitz para dar paso a las rasgadas voces que, esta vez sí, saturan al oyente, debido a los arreglos distorsionados y las estrofas reiterativas.

“Satan’s Graffiti or God’s Art?” es un trabajo fresco y descarado en el que, de la mano de Sean Lennon, optan por el cambio a gran escala y la variedad de géneros, aunque esta vez sin olvidar que aún son jóvenes.

Pero, como hemos resaltado, en este álbum no hay puntada sin hilo, por lo que después del tema más ‘flojo’, viene “In My Mind There’s A Dream, una particular composición en la que la voz quebrada encaja perfectamente en la estructura y completan una miscelánea sobria, aunque repetitiva. “Lucid Nightmare pasa por la fiesta sin pena ni gloria, siendo como el amigo al que nadie echa de menos cuando se va, y “Come Ride With Me conforma una grata mezcla entre Pixies y Stooges que, al igual que “Squatting In Heaven”, traza un camino latente que deberían tener en cuenta. Con Sean Lennon a los mandos y Yoko Ono merodeando, no podía faltar la versión de los Beatles. “It Won´t Be Long suena tan Black Lips que es una lástima que no saliera como single. Ya saben lo que se dice: En un momento en que todo está inventado, no hay vía más eficaz para triunfar que coger algo ajeno y añadirle elementos propios, y esta versión posee estas directrices y el desenfado de un grupo que no tiene nada que perder.

Loser’s Lament, como el nombre indica, supone una nana folk con tintes melancólicos e instrumental acústica, tomada más en serio que las dos baladas predecesoras, componiendo así una magnífica trilogía metafórica que puede perfectamente eludir a la ‘madurez’ mencionada al comienzo de estas líneas. Por último, “Finale: Sunday Mourning”, vuelve a contar con las voces corales del tema de apertura, para cerrar un LP divertidamente indescriptible.

“Satan’s Graffiti or God’s Art?” es un trabajo fresco y descarado en el que, de la mano de Sean Lennon, optan por el cambio a gran escala y la variedad de géneros, aunque esta vez sin olvidar que aún son jóvenes para seguir disfrutando de las postergadas nimiedades del día a día.

Black Lips – Satan’s Graffiti or God’s Art?

6.1

Black Lips se encuentran ante una tesitura tradicional en el mundo de la música: su larga trayectoria juega en contra de una banda a la que se le exigió no estancarse pese a contar con miembros que apenas superan la treintena. Tras dos álbumes descafeinados en los que se obligaron a quemar etapas, los de Georgia vuelven con “Satan’s Graffiti or God’s Art?”, un trabajo fresco y descarado.

  • El cariz descarado (y nada imprudente) que contextualiza al álbum irradia una autoconfianza digna de toda admiración, más si cabe en un momento en el que la banda iba a ser analizada con detalle tras dos sonados fiascos.
  • Optar por la cantidad en lugar de la calidad, para probar los distintos caminos a elegir. Ya lo decía Woody Allen: Tengo claro que, por estadística, si hago 100 proyectos diferentes al menos uno será bueno.
  • Siguiendo al punto anterior, canciones como “Occidental Front”, “Squatting In Heaven” o “Come Ride With Me” muestran géneros en los que Black Lips se desenvuelven de manera sugerente.
  • La incipiente y fundamental mano de Sean Lennon para dotar al álbum de un toque genuino y carismáticamente absurdo.

  • Es un elepé hecho para quitar hierro a las posibles críticas. Sirve para reconducir a una banda que parecía desorientada, pero desde una perspectiva mundana y poco ambiciosa.
  • La sorna con la que está gestado puede devaluar el prestigio del grupo a ojos de aquellos que estaban satisfechos con los cambios mostrados en los últimos proyectos.
  • Como no existe un orden lógico, todas las canciones del disco resultan individualmente prescindibles.