En un momento cultural en el que tomar prestada una idea ajena y hacerla mejor parece el camino más estético para triunfar, resulta muy difícil –por no decir imposible– que surja una nueva voz que marque a una generación de forma genuina. Todos los ídolos han tenido referentes, y todos los ídolos han homenajeado en sus creaciones a sus estandartes culturales. No hay nada de reprochable en ello, pero requiere aportar un elemento de originalidad al resultado sin el cual la creación carece de alma propia. Cualquier arte consiste en ser cocinero antes que fraile; lector antes que escritor; melómano antes que músico o cinéfilo antes que cineasta, pero sin perder de vista, como dijo Oscar Wilde –posiblemente, el escritor más parafraseado por la sociedad contemporánea– que no hay segunda oportunidad para causar una buena primera impresión.

Ante esta premisa se presenta Daniel Ruiz, a.k.a. Weinf, con Purple Bird And Other Strange Songs (Custom Made Music), su segundo álbum de estudio. Un LP que no tiene, a priori, ningún elemento idiosincrásico, salvo (y me da incluso vergüenza tener que argumentarlo) el hecho de escuchar a un chaval que apenas sobrepasa la veintena honrando a dinosaurios de la talla de Jim Morrison, Bob Dylan o Ian Curtis, todos ellos rebosantes de personalidad propia que son (o deberían ser) admirados por cualquiera. Toda madre que se precie, o la mía por lo menos, recordaba cuando se acercaban las fechas de los exámenes que, si aspiras a un diez, sacarás mucha mejor nota que si aspiras a un cinco, y en este aspecto poco hay que reprocharle al artista catalán.

“Purple Bird And Other Strange Songs”: la música que entra por los ojos

Weinf no ha ocultado jamás su admiración por Nick Cave, Joy Division o Jack White, este último muy presente en su nuevo disco, repleto de instrumental pesado liderado por una percusión dominante que aúna a géneros tan ligados como el jazz y el blues, sin dejar nunca de lado el indie que hemos absorbido los que aprendimos a pensar en este siglo.

“Purple Bird And Other Strange Songs” tiene más fuerza bruta que “Requiem For Myself” (Aiguamoll Records, 2015), su primer disco, pero peca de ser demasiado similar a todos los referentes antes mencionados. Sin embargo, y aquí es donde reside uno de los mayores fuertes de Weinf, todo su material posee una característica común: los títulos son brutales. El cómo vapuleando al qué, ese ‘¡crash!’ que entrevista tras entrevista y vajilla tras vajilla avala Chuck Palahniuk, el escritor que posee el dudoso honor de protagonizar ponencias donde los desmayos son una constante. Al igual que su “Club de la Lucha” es (obviando por supuesto todas las conclusiones derivadas) un lugar en el que se pelea,  “Requiem for Myself” era la despedida retórica sin lírica de un hombre que lucha contra La Enfermedad, la más temida de este siglo, a través de ritmos psicodélicos y suaves, guiados por una voz oníricamente espectral. El ex guitarrista de Roulette Roosters no ha ocultado jamás su admiración por Nick Cave, Joy Division o Jack White, este último muy presente en su nuevo disco, repleto de instrumental pesado liderado por una percusión dominante que aúna a géneros tan ligados como el jazz y el blues, sin dejar nunca de lado el indie que hemos absorbido los que aprendimos a pensar en este siglo. Tomarse licencias está muy bien, pero todo artista debería preguntarse cómo sonaría X o Y hoy en día y aprovechar la ventaja que otorga el instante vital.

Tras el buen sabor que dejó su debut, con composiciones interesantes como “Farewell” o “My Time Is Running Out”, el sucesor da una equívoca prioridad al apartado armónico, con temas densos que, en más de una ocasión, coquetean con momentos plúmbeos. Sus letras hablan de la cotidianidad y la levedad ordinaria, aspectos buscados adrede por un autor que en su primer elepé se abrió en canal y abogó por un conjunto melancólico. Ahora, gracias quizá a la autonomía que le otorga contar cada despertar como un categórico motivo para reírse de todo lo demás, puede tomarse cada compás como un mero gozo, sin expectativas que vayan más allá de la siguiente nota.

Fotografía: http://aiguamollrecords.com

Sus letras hablan de la cotidianidad y la levedad ordinaria, aspectos buscados adrede por un autor que en su primer elepé se abrió en canal y abogó por un conjunto melancólico.

The Sunset Cave abre con esta sensación. En ella, el compositor aboga por una voz más licuada y poética que aúna pinceladas de Ian Curtis, Lou Reed e Iggy Pop, aunque sin la aflicción del primero, la peculiaridad del segundo y la crudeza del tercero. Siempre acompañada del teclado Manzarekiano, la canción se hace repetitiva y nos recuerda que todo ambiente nostálgico tiene su aquel, pero la nostalgia sin el componente empírico emana sentimientos desvirtuados. El siguiente track es “The Priest and The Thief, el primer gran título (en términos puramente literales) del álbum. Con Velvet Underground revoloteando a cada segundo, la controversia de la letra añade al sugerente epígrafe un plus para, al menos, asomarse y ver de qué trata. Lo mismo ocurre con “Purple Bird And Other Uninvited Guests, el mejor tema de los tres enumerados, con toques psicodélicos y el primer gran solo de guitarra del acabado, lo que enfatiza mi teoría personal que respalda que Weinf podría sacar perfectamente un CD únicamente instrumental, y hacer una prometedora carrera en ese género.

The Abscence Of A God Has Made Me Free conforma el mejor tema del primer tercio del trabajo. Con un embaucador ritmo progresivo, contrastado más que correctamente por la linealidad vocal, deriva en el single más disfrutable hasta el momento. El buen regusto que deja da paso a un track digno, que logra el objetivo de captar de forma plena al oyente: “The Finest Woman I Have Ever Met supone el corte más largo del álbum, con casi seis minutos de duración. La cadencia entre bajo y batería envuelve al receptor en una atmósfera psicodélica y jazzística, y logra, pese a su duración, que en ningún momento se haga repetitiva, a diferencia de la canción inaugural.

Weinf posee un excelente patrimonio cultural y un talento innato, y es probable que obtenga grandes resultados cuando logre canalizar sus virtudes hacia un objetivo propio.

What Are They Up To? ejerce de elemento separador. Apenas un minuto de sutil punteo y suave percusión para abrir la fracción más eufónica del disco y corroborar las dos conjeturas dogmáticamente defendidas en esta crítica: capacidad de captura visual del oyente y mero talento musical tangible. El potencial de Weinf para el rock instrumental da paso a la sugestiva “Fishes Swimming In The Sand, una composición melodramática que cerciora las aptitudes con las que el autor mejor se desenvuelve. A través de una letra críptica y una atmósfera decadente, “Fishes Swimming In The Sand” supone el mejor tema del álbum. Aspirar al sobresaliente tiene estas sorpresas, y el autor no se ha cansado de nombrar a Nick Cave and the Bad Sees como principal inspiración para hacer su segundo LP, afirmación totalmente plausible en esta canción. El octavo track, “Kafka On The Shore, evoca a la exitosa novela de Murakami. Sacada directa y literalmente del libro, el artista catalán hace de nuevo ademán de su bienintencionado descaro por hacer constantes alusiones a personajes contrastados.

La tercera y última parte del álbum comienza con otro tema instrumental. Al igual que “What Are They Up To?”, “Preludio es una tenue pieza de minuto y medio, con el saxofón como acaparador de toda la atención. La penúltima pieza, “The Basement”, que como prácticamente el resto del álbum ‘suena a…’ desde sus primeros acordes. Esta vez le toca el turno a Pink Floyd, así que y como prácticamente el resto del álbum, se deja escuchar gracias al solo de guitarra. Llegados casi al final, está claro que Weinf sabe perfectamente lo que domina, otorgándole a sus composiciones una seguridad desmesurada en detrimento de un añorado toque de originalidad. Su singularidad reside en sus, a priori, eclécticos e intergeneracionales ídolos, muchos de ellos de segunda, tercera o cuarta mano. De Bob Dylan a Jack White; de The Doors a Red Hot Chilli Peppers o de Pink Floyd a The Strokes, como sucede en “Carefulness And Other Bad Advice. El colofón de “Purple Bird And Other Strange Songs” es una canción que habla de la figura materna, a través del éter indie que impregnó la banda neoyorquina en el panorama musical.

En definitiva, todo el álbum se mueve en un ambiente setentero, con matices coetáneos. Del mismo modo que a día de hoy son muchos los que se consideran a sí mismos modernos por vestir los inmejorables Levi’s clásicos, que quedan evidenciados por el valor atemporal de la prenda, este disco infravalora el potencial de un prometedor artista que ha dedicado más tiempo a géneros consagrados que a intentar explotar sus indudables particularidades.

Weinf – Purple Bird and Other Strange Songs

5.5

Weinf es un músico joven que aún está dando forma a su carrera en solitario. Su segundo trabajo bebe del indie, garage, jazz y blues que ya practicaba con Roulotte Roosters, lo que deriva en un LP aceptable, pero con pocas novedades que ofrecer. A diferencia de “Requiem for Myself”, donde había temas instrumentalmente genuinos, “Purple Bird And Other Strange Songs” se mueve con excesiva comodidad, fruto del trabajo de alguien que tiene unos referentes consistentes y un gran talento con la guitarra.

  • La eficaz capacidad de Weinf para titular le avala ese primer vistazo que muchos otros autores con mejores composiciones y peores encabezados anhelan. El trabajo de captación ya está hecho, a la espera de impresiones, independientemente de que sean positivas o negativas.
  • La buena mezcla de referentes intergeneracionales de primera, segunda o tercera oleada logran aportar al LP un ficticio pero eficaz eclecticismo, cuando el álbum es una constante concatenación de subgéneros del jazz y del rock.
  • La agresividad de la batería, que complacerá a los amantes de la percusión. Con mayor o menor acierto, los cambios de ritmo protagonizados por ella siempre resultan atractivos en melodías jazzísticas.
  • “Fishes Swimming In The Sand” ratifica a Weinf como un sugerente autor melodramático. El aura de este tema recuerda al Johnny Cash o al Nick Cave más atormentado, aunque la dualidad de motivos por los que unos (Cash y Cave) y otro (Weinf) afrontan esta actitud juegan a favor del catalán, quien se ha visto obligado a hacerse adulto antes de tiempo, teniendo por tanto un largo camino recorrido para hablar de experiencias.

  • Es un trabajo que juega a caballo ganador. Puede que esté todo inventado, pero mejor no molestarse en hacer algo si no vas a ser capaz de ponerle tu esencia. Weinf ya demostró en “Requiem For Myself” el talento que atesora pero, quizá por la ausencia de comparativas, en ese largo consiguió transmitir mucho más.
  • Temas como “The Sunset Cave” o “Kafka On The Shore” dotan al álbum de una linealidad tediosa. Son dos singles de una duración estándar que, a diferencia de las canciones más largas del acabado, generan la necesidad de ver cuánto tiempo queda para pasar al siguiente track.
  • Aunque es muy joven y tiene un notable margen de mejora, siempre hay que exigir al que puede ofrecer. Weinf posee un excelente patrimonio cultural y un talento innato, y es probable que obtenga grandes resultados cuando logre canalizar sus virtudes hacia un objetivo propio.