Está claro que todo empezó con “Sign of the Times”, ¿verdad? Creo que, probablemente, sin ese single debut no hubiéramos llegado hasta aquí. Si Harry Styles no hubiera comenzado su andadura en solitario post-One Direction con una canción tan redonda jamás habría despertado en mí (y en tantos otros) ningún interés serio. Que sí, a lo mejor hubiéramos escuchado el disco para ver qué había detrás o para comprobar si la supuesta metamorfosis que tanto se ha vendido tenía un mínimo de autenticidad, pero es que con “Sign of the Times” Styles y compañía consiguieron crear notables expectativas artísticas (aparte de las comerciales) a su alrededor. Nada fácil y ciertamente encomiable.

Es justo reconocer que hasta cierto punto daba igual el tipo de sonido y referentes por los que Styles hubiera decidido apostar, iba a ser un claro éxito comercialmente hablando. Podría haber triunfado acercándose a un DJ súper ventas, tal y como hizo Louis Tomlinson con Aoki en “Just Hold On”, o a partir de un R&B contemporáneo facilón y en cierta medida prefabricado como Zayn en su álbum debut “Mind of Mine” (2016). Incluso haciendo menos ruido (por lo menos entre la crítica) Niall Horan ha conseguido con sus dos singles “This Town” y “Slow Hands” millones de reproducciones en YouTube. Pero Harry Styles ha ido más allá, o eso pretende hacernos creer, con unos referentes y buscando un sonido totalmente diferente, más maduro, de lo que impera en el universo pop actual.

El traje nuevo del emperador

Tras el buen sabor de boca de “Sign of the Times”, las dudas ante su debut eran claras: ¿Es simplemente un disfraz para adaptarse al mercado adulto pero diferenciándose del resto reproduciendo el estilo de obras y artistas clásicos? ¿Existe de verdad una maduración artística? ¿Es coherente o se queda en una producción incongruente y fingida?

Con “Harry Styles” el británico ha conseguido algo que sus compañeros (o ex-compañeros) no, y es que la crítica le tome bastante en serio al apostar por un sonido mucho más maduro de lo que nadie podría imaginar y con unos referentes bastante inesperados: David Bowie, T. Rex, Billy Joel, Elton John, Rolling Stones, The Beatles en general y John Lennon en particular… En definitiva, un popurrí de influencias clásicas con el fin de configurar temas que miran sobre todo hacia el rock setentero pero que también se inmiscuyen en otros géneros como el country, el folk o incluso el hard-rock, ya veréis. Ahora bien, aclaremos que ni de cerca podemos comparar a alguien que acaba de debutar en solitario tras salir de una boy-band con cualquiera de las leyendas arriba mencionadas. Bebe de esas fuentes, sí, pero que algunos le hayan tildado como un nuevo David Bowie es tan insultantemente exagerado como injusto, tanto para que el propio Harry Styles cargue con ello como para Bowie. Por favor, que hablamos, como dice Víctor Cabezuelo, de una de las mejores cosas que le han pasado a la humanidad. Así pues, rebajemos esas estúpidas expectativas, que esto no es David Bowie meets Queen. De ninguna manera.

Por otro lado, hemos de mencionar que el hecho de apostar por este sonido (que nadie esperaba) puede verse tanto como la liberación de un artista que puede llegar a ser mucho más que lo que había demostrado al amparo de One Direction hasta ahora como una estupenda y orquestada maniobra de marketing para llamar la atención de medios y crítica (los fieles estarían ahí hasta si esto fuera metal-tropical-dancehall). Ya sabéis, eso de estar donde nadie te espera, aunque sea impostado, puede funcionar muy bien a nivel de marketing. En fin, que Harry ya no es un chavalín adolescente y tiene que ser vestido como un artista serio, tiene que actuar de forma seria y tiene que componer ‘música seria’. Todo eso ha funcionado fantásticamente y a simple vista nadie puede negar que objetivo cumplido; ahora bien… ¿Es simplemente un disfraz para adaptarse al mercado musical adulto pero diferenciándose del resto reproduciendo el estilo de obras y artistas clásicos? ¿Existe de verdad una maduración artística o mejor dicho la eclosión de su propio estilo? ¿Es coherente esta maduración/nacimiento de Harry Styles como artista o se queda en una producción incongruente y fingida como ocurrió con Lady Gaga y “Joanne”? Descubrámoslo.

Fotografía: Harley Weir

El debut en solitario de Harry Styles no es lo que muchos esperarían, sobre todo el sector fan más teenager, pero ha dejado claro que él quiere jugar a otra cosa, a ser estrella de rock (o al menos intentarlo).

La producción es uno de los pilares fundamentales que sostiene la mayor parte del álbum. Es coherente, sabe dar a cada tema lo que necesita sin pecar de excesiva y realza la calidad general de todas las piezas, algo palpable desde el inicio con “Meet Me in the Hallway”, un primer corte que a partir de una acústica relajada y unos jugosos punteos extra al final sirve para poner sobre la mesa que aquí no vamos a tener bubblegum pop ni R&B à la Zayn; en su mayoría disfrutaremos de un soft-rock de poso añejo, las guitarras tendrán casi siempre máximo protagonismo y la producción como decimos está muy bien medida. El británico ha trabajado codo con codo junto a Jeff Bhasker (“Doom and Gloom” de The Rolling Stones, Kanye West, “Uptown Funk”), quien se ha encargado de tutelar una banda que, dicho sea de paso, suena muy compacta de principio a fin y eso se nota a la hora de aportar ese punto añadido de cohesión y coherencia. Líricamente “Meet Me in the Hallway” será la primera muestra del mal de amores que sufre nuestro querido Harry, temática más que recurrente a lo largo del elepé y un punto que acabará por jugar en contra del de Cheshire.

Tras una introducción correcta y seria (y poco más), vamos con “Sign of the Times”, una composición enorme, LA canción del disco y para un servidor, si me permiten, de lo mejorcito del año en el mainstream hasta el momento. Casi todo aquí es inmejorable: el delicioso piano sobre el que se apoya al principio el conjunto es emotivo a más no poder, la batería marca a la perfección el ritmo una vez entra el resto de la banda, los efectos de fondo aportan buen empaque, las cuerdas son francamente épicas y añaden la tensión necesaria, la voz es asombrosa, los coros y el falsete le sientan jodidamente bien al tema y oye, la letra es realmente sugestiva, que según él mismo ha confesado nace desde el punto de vista de una madre quien, tras dar a luz, recibe una fatídica noticia: su retoño está bien, pero ella no va a salir de ésta y tiene cinco minutos para decirle a su hijo todo lo que crea necesario para que se coma el mundo en el futuro. Pero es que resulta que también se inspira en la situación sociopolítica actual: el Brexit, la victoria de Donald Trump (se publicó justo cuando decidió enviar buques de guerra contra Corea), el Black Lives Matter, etc. Así que sí, es una composición tremendísima, que demuestra que Harry Styles iba en serio y que esa presunta madurez no era fingida ni teatral. Rendíos, puristas, porque es un temazo. Sin trampa ni cartón hasta el clímax final en el que la atmósfera nos envuelve completamente. Sin embargo, varios de los versos que aquí encontramos (la letra completa se vuelve un pelín repetitiva) pueden extrapolarse a una situación sentimental-amorosa (“Welcome to the final show / Hope you’re wearing your best clothes”, “The bullets? The bullets? / We never learn, we been here before” o “Just stop your crying, it’s a sign of the times / We gotta get away from here / Stop your crying, baby, it’ll be alright”), probando que no es necesario tirar de letras genéricas, básicas y tan manoseadas para hablar de algo tan simple pero complejo a su vez.

No podemos negar que para una personalidad incrustada en el universo pop apostar por este sonido en pleno 2017 es arriesgado. Sin embargo, una vez delimitado el espectro sonoro, pocas veces sale de la zona de confort y se echa en falta más atrevimiento.

Bueno, ¿y ahora qué? A decir verdad, “Carolina”, con cierto aroma a The Beatles y a Lennon en particular, se sostiene bastante bien y consigue mantener el tipo después del pepinazo al que sucede (lo cual no es poco decir). De nuevo la banda suena muy bien, la producción con las cuerdas eleva el asunto y aunque los “la la la la la la la la la las” se acaban haciendo un poquito (muy) pesados, se lo perdonamos. La letra vuelve a la temática troncal del LP (pese a que algunos quieren ver referencias a la cocaína y de ahí el título como guiño al “Cocaine Carolina” de Johnny Cash), algo que se extenderá a “Two Ghosts” y “Sweet Creature”, para el arriba firmante el tramo más flojo de todo el largo, tanto porque no aportan absolutamente nada como porque las letras acaban pasándose de moñas y ñoñas incluso si vinieran firmadas por Ed Sheeran. Que vayan dedicadas la primera a Taylor Swift (la chica por lo visto flipa en colores porque el pobrecín de Harry no ha superado lo suyo aún) y la segunda, según las malas lenguas, a su compañero de One Direction Louis Tomlinson, viene dándonos un poco igual: aburren mucho. Y por cierto, vale que hasta el mismísimo George Harrison, entre tantos, se metió en un buen lío por plagiar “He’s so Fine” de Ronnie Mack y The Chiffons para “My Sweet Lord”, pero aquí Harry Styles fusila taaaaaaaaaan descaradamente “Blackbird” de los Beatles que no, oye. Por ahí no paso.

En “Only Angel” la cosa se pone mejor, aquí Styles juega a ser claramente una suerte de nuevo Mick Jagger (le gusta bastante a juzgar por su imitación en SNL) y más allá de los “Ooh, ooh, ah-ah”, hasta la angelical introducción huele a “You Can’t Always Get What You Want” que tira para atrás. Las letras reinciden en lo mismo de antes, pero, como decimos, al menos el sonido se torna más interesante y de nuevo la mano de Jeff Bhasker y sus compinches Alex Salibian y Tyler Johnson se nota perfectamente a la hora de empacar el conjunto con la emotividad que aporta la producción y con la voz de Harry la cual, hemos de reconocer, suena fenomenal en todo el disco. Tampoco podemos machacar al chaval porque quiera juguetear con un sonido stoniano, el año pasado lo hicieron Twin Peaks y algunos alucinaron.

Estamos ante un esfuerzo que se muestra coherente y cohesionado, en el que la producción comandada por Jeff Bhasker sabe dar a cada tema lo que necesita sin resultar excesiva y realza la calidad general de todas las piezas. Las letras, por contra, acaban pecando muchas veces de simples y hasta cierto punto genéricas.

Es en este momento, una vez nos damos cuenta tanto de que “Carolina” mantiene el tipo pero no llega a ser un sí redondo, como de que las altamente edulcoradas “Two Ghosts” y “Sweet Creature” simplemente no están a la altura y se pasan de moñas además de que a “Only Angel” le falta algo de garra o más bien personalidad, cuando quizás nos deberíamos plantear si la posición en el tracklist de “Sign of the Times” es la correcta o si soltar tu mejor canción tan pronto pasa demasiada factura. Por suerte aparece de repente “Kiwi” y a uno le dan ganas de borrar las anteriores líneas por ser un hombre de poca fe. Aquí nos situamos sobre un hard-rock de forma muy atractiva y, joder, tenemos que reconocer que Harry vuelve a pegar un puñetazo sobre la mesa para que se nos quiten las dudas sobre su proyecto en solitario (al menos unas pocas). Su amor ahora es una chica mala (“She worked her way through a cheap pack of cigarettes / Hard liquor mixed with a bit of intellect / And all the boys, they were saying they were into it / Such a pretty face, on a pretty neck”), que se ha quedado embarazada de Styles y quiere tener al bebé sin importarla mucho la opinión de éste (“I think she said “I’m having your baby, it’s none of your business””). Vale, aquí no es empalagoso pero el topicazo de ‘chica mala’ sí algo… muy sobado, ¿no? Eso sí, si estos guitarrazos suenan en las radios habitualmente porque vienen firmados por Harry Styles, bienvenidos sean.

La recta final de “Harry Styles” no es que esté mal, pero tampoco acaba de cerrar el elepé por todo lo alto y vuelve a invadirnos la sensación de que no se llega a aportar nada novedoso ni que nos seduzca especialmente, empezando por “Ever Since New York”, en la que parece que se le ha ido de las manos lo de inspirarse y el tufillo a “Baby Blue” de Badfinger es evidente (quién sabe si sin querer o porque Harry es muy fan de Breaking Bad), siguiendo con “Woman”, que mal no está, no, tiene una buena guitarra sobre un correcto piano, pero sin más, y los “Woman / Woman (la la la la la) / W-Woman” son demasiado repetitivos, y terminando con una “From the Dining Table” bastante tranquilita y correcta (la producción vuelve a elevar la pieza) para cerrar, y en la que Harry se lamenta de que su chica ya ha pasado página y se ha ido con otro (que como vaya dedicada a Taylor Swift tiene para rato).

Podríamos concluir diciendo que el debut en solitario de Harry Styles no es lo que muchos esperaban, sobre todo el sector fan más teenager, pero ha dejado claro que él quiere jugar a otra cosa, a ser estrella de rock (o al menos intentarlo). A algunos medios se les ha ido la pinza (mucho) presuponiendo que quiere y puede ser LA estrella de rock o incluso EL salvador de un género que no sé cuántas veces ha muerto y resucitado ya, pero sin duda estamos ante un esfuerzo que, como hemos dicho, resulta coherente y cohesionado, no algo deslavazado y caótico con el único fin de conseguir reconocimiento artístico (hola de nuevo, Germanotta). Tiene momentos francamente buenos como “Sign of the Times”, otros más comedidos y otros que no convencen porque el riesgo es prácticamente nulo una vez se delimita el espectro sonoro sobre el que deben moverse y pivotar la mayoría de canciones. No podemos negar que para una personalidad incrustada en el universo pop apostar por estos sonidos en pleno 2017 es arriesgado, pero una vez queda establecido el marco pocas veces se sale de la zona de confort. Del mismo modo, las letras no ayudan en casi ninguna ocasión, bien por simples o por genéricas la mayoría.

Otros apuntan que Harry Styles se ha pasado de ‘dad rocker’, pero mira, que volvemos a lo mismo, que mejor que suene en la radio y sea número 1 una balada a piano y guitarras definida como una mezcla entre David Bowie y Queen (aunque no sea en realidad así) que eso que ha pergeñado Ed Sheeran en “Divide”. Y seguro que, además, Ryan Adams esboza una sonrisa con algo denominado como ‘dad rock’ sonando en las radios.

Harry Styles – Harry Styles

6.5

Harry Styles quiere demostrar que es la estrella de rock que a ti y también a tu padre os molaría escuchar aunque eso de One Direction provoque nauseas. Lo cierto es que a veces lo logra y en otros momentos se queda en algo que, una vez acotado el espectro sonoro (rock setentero y finales de los sesenta), no sale de la zona de confort y el riesgo es mínimo. No obstante, se muestra coherente como puente entre lo que fue y lo que quiere llegar a ser. Veremos si lo consigue.

  • “Sign of the Times”. Todo funciona a la perfección para confeccionar una auténtica joya y probar lo que Harry Styles es capaz.
  • Apostar por un sonido de carácter rockero mirando hacia el pasado según los tiempos que corren en el universo pop es arriesgado y elogiable.
  • El disco es una muestra palpable de la transición entre lo que fue (One Direction) y lo que Styles quiere llegar a ser.
  • “Kiwi” aparece en el momento exacto para, acercándose al hard-rock, erigirse como uno de los picos de la placa.
  • La voz de Harry, muy bien en todas las pistas.

  • Una vez se delimita el marco sonoro sobre el que irán moviéndose todas las canciones, el riesgo es más bien nulo.
  • La dupla “Two Ghosts” y “Sweet Creature”, aparte de suponer la fase más moñas (en el sentido más peyorativo del término), provocan que el disco pegue un tremendo bajón tras el cual cuesta remontar.
  • Las letras: vale, que sí, que Harry tiene que hablar de amores y desamores porque tiene 23 añines, pero acaban siendo demasiado repetitivas, simples y hasta cierto punto genéricas.
  • No logra mantener las expectativas generadas por “Sign of the Times”.

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