La máquina reventó uno de los tabiques en su intento por alcanzar el cuerpo. No hubo un enfermero que no corriera a buscar refugio debajo de las mesas o que no rezara para regresar a la tranquilidad de la selva (recordemos que ésta emergió fugazmente en la unidad de reposo). El artefacto avanzaba de manera irregular aplastando los expendedores de café, las camas vacías, desplazándose sin el control que debería haber dominado sus mandos, hambriento, atestado de microchips impropios. Me permitiré desvelar el final de la historia y añadir que el cuerpo de Daniel Gildenlöw no será el trofeo de su vil perseguidor. Está a punto de renacer, de esquivar las frenéticas tenazas de la enfermedad que ansía devorar su piel.

In the Passing Light of Day” es ineludiblemente un canto a la vida, a su brevedad y maravillas. La enfermedad que puso contra las cuerdas la vida del líder de la banda en 2014 resultó en un trabajo conceptual entre cuyas pretensiones se encontraba recuperar el sonido perdido con “Remedy Lane” por medio de métricas irregulares, préstamos progresivos y alternancias sin aviso de fragmentos melódicos e irascibles. Sin embargo, estas cotas quedan algo lejos. El resultado, aunque elaborado y deferente hacia los seguidores del estilo, peca de mecanismo sin refinar.

Fotografía: http://painofsalvation.com/

Sangre de selva y máquina en una alquimia acertada pero subyugada por el género

“In the Passing Light of Day” es ineludiblemente un canto a la vida, a su brevedad y maravillas. La enfermedad que puso contra las cuerdas la vida del líder de la banda en 2014 resultó en un trabajo conceptual entre cuyas pretensiones se encontraba recuperar el sonido perdido con “Remedy Lane”.

En vez de presentarnos a un hombre convaleciente sobre la cama, el conjunto opta por adaptar la frialdad maquinal de Machine Head o Fear Factory. Que no nos engañe la brutalidad al comienzo de “On A Tuesday”, aunque habrá otros similares a lo largo del álbum. La voz suplicante de Gildenlöw avanza por los pasillos del hospital entre susurros, tratando de concebir la luz que le ha sido arrebatada, entre las pretensiones jazzísticas de Gustaf Hielm al bajo y Léo Margarit a la batería. Un tema llamativo que explota al máximo los materiales escogidos y que encuentra sus mayores esperanzas en el piano preparado a lo John Cage y su conversación con el oboe. Pero la máquina retorna en una figuración un tanto improvisada. Su facilidad para entrar y salir de escena genera algunos momentos de incongruencia. Después de una efectiva progresión apreciamos la forzada melodía de todo melodrama médico. Pero igualmente las exigencias del público se ven saciadas en el repentino levantamiento de melena de “Tongue of God”, que como cabe esperar contiene diversas críticas a la religión y un desagradable regustillo al último trabajo de Metallica. Los especialistas, sorprendidos, sufren un déjà vu y discuten cuál de las dos pistas, ésta o la anterior, debería haber sido seleccionada como el arranque del álbum.

Mientras tanto, el confinamiento mental del paciente sobrevuela la lluvia, soportando el peso de su horrible cobertura de acero. Lo demuestra el díscolo despertar de “Meaningless” con su inteligente hibridación entre carne y metal. Desde las alturas interpreta la selva y sus criaturas libres, las inmensas cascadas que la enfermedad no ha llegado a tocar, y en ellas se limita a imaginar una poderosa balada. Éste es su dominio. Pero cuando el diluvio cesa, “Silent Gold” pretende sin éxito alargar el dramatismo de su compañera, recuperando progresiones demasiado recurrentes y evocando la voz de un cantante de R&B moderno. Tampoco la batería se encuentra en su salsa, y el teclado preparado se limita a acompañar la carencia de una base ideológica.

El resultado, aunque elaborado y deferente hacia los seguidores del estilo, peca de mecanismo sin refinar. Se observa que el manual de instrucciones se ha seguido al dedillo y por eso no se extraña la personalidad de los primeros trabajos pero sí la creatividad de la que dispusieron en origen.

Por si se nos había olvidado, la respiración asistida regresa para refrescarnos la situación. Estábamos en una sala de hospital escuchando temas de Meshuggah y Porcupine Tree al inicio de “Full Throttle Tribe” sobre el interesante sonido de unos sintetizadores y una imprecisa agonía. Entre medias se esconde un estribillo desaprovechado, de nuevo afluencias de la selva confrontan la inevitabilidad de los pitidos y la intervención quirúrgica. Una melodía desolada escapa para revelarnos sus emociones, la voz acompañada de Gildenlöw convence en un inicio pero termina desvelando que los motivos no se han repetido suficientes veces y por tanto deben volver. “Reasons” nos regala una simpática alusión a Gentle Giant cubierta de los mecanismos devastadores del Djent. A ello se suman las preguntas que lanza al aire la banda y que el líder trata dolorosamente de responder. Trazado con sencillez el tema convence, imitando los alzamientos guturales de algunos conocidos del género.

Aunque no debemos olvidar que la máquina en ningún momento ha dejado de estar ahí. La acertada introducción de “Angel of Broken Things” va moliendo los árboles, encajando la asincronía en un devastador avance de sus ruedas en blanco y negro. El cantante está de rodillas. La angustia aumenta de la mano de la indecisión entre el rezo y los bulldozer, hasta que el solo de guitarra repara en la necesidad de una colaboración, llevando a cabo un buen trabajo, aunque resulta incapaz de recolocar correctamente todos los ladrillos. De obligatorio cumplimiento una vuelta a la calma. Las manos intentan ajustar el transistor para dar con la frecuencia correcta y conocer las noticias del campo de batalla, “The Taming of a Beast” proporciona en un inicio esta indecisión acerca de la fracción victoriosa. Aunque la discontinuidad impuesta por el estribillo, probable compromiso con los fans que todavía no han podido perdonar el cambio de estilo de los míticos Opeth (Pain habína pretendido tres años antes virar a un sonido más acústico, su especialidad, pero fueron duramente castigados por la crítica) parece afirmar que la intensidad es controlada vagamente por una mayor o menor distorsión sobre los instrumentos. Tampoco tendrán piedad del conjunto las ataduras metálicas en “If This is the End”. La presentación de una llanura desolada, un escenario de Neo-Western, se verá vulgarmente retraída por otra brusca intromisión heavy. Las leyendas del corazón suenan a impostura, incluso los embriagados coros al estilo de Matt Elliott resultan inverosímiles. Un puñado de buenas ideas son tristemente apresadas bajo un formato incorregible.

En el último fragmento que queda de selva y montaña la fogata hace esfuerzos por perpetuarse, pero sabe perfectamente que su extinción se acerca. Los quince minutos asignados a “The Passing Light of Day” ocultan chispazos tras una desoladora realidad. Matas de neo-folk y una mano paternal quizá algo estirada conducen al núcleo de la noche a través de las silenciosas cascadas y el desvaído lamento de los lobos. Se vuelve a añorar el manejo de los materiales, que se repiten intactos durante la primera etapa de la canción en un evidente reflejo del cerebro de Steven Wilson. En algún momento la intensidad crece, la montaña empieza a resquebrajarse con el consentimiento de su creador, que entre lloros responde al coro oscuro que acabará llevándole por otro desacertado camino de agresividad. Los últimos trazos parecen una improvisación con los materiales existentes, da la impresión de que había que acabar con una oda a la vida hubiera disponibilidad de ideas o no. Evidentemente la selva desaparece entre palabras de consolación y melodías folclóricas de un pueblo herido. La máquina obediente sostiene al cuerpo que da señales de vida nuevamente por medio de la respiración asistida.

Pain of Salvation – In the Passing Light of Day

6.9

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Pain of Salvation proponen una incursión en la selva a los mandos de una máquina sin refinar, aunque logran retransmitir una travesía vibrante y preñada de curiosidades. Se observa que el manual de instrucciones se ha seguido al dedillo y por eso no se extraña la personalidad de los primeros trabajos pero sí la creatividad de la que dispusieron en origen. Los aficionados del heavy metal más melódico serán mejor recompensados que los del progresivo.

Up

  • La banda parece haber recuperado parte del sonido original.
  • Hay momentos realmente carismáticos.

Down

  • Falta creatividad.
  • La necesidad imperiosa de satisfacer a los acérrimos del heavy.