Yo me acuerdo mucho de la primera vez que escuché a Mac DeMarco. Tanto que, a la que leo su nombre, me empieza a sonar “Ode to Viceroy” en la cabeza y la vida me pesa un montón de repente de lo soñolientamente bonita que es. Me la recomendó alguien a quien pensaba que quería mucho, luego odié durante una semana y pico, y ahora no me importa si está vivo o con trabajo fijo. Mac DeMarco simboliza todas las cosas que aburren, desprestigian y contradicen la música popular de este siglo; sensibilidad, vestimenta descuidada e infraproducción.

Y, sin embargo, hay algo imposible de evitar en él, algo que el trap y el minimal casi habían logrado hacernos olvidar que teníamos: glándulas lagrimales y tiempo que perder. Pero Mac DeMarco ha vuelto, amigos y amigas, está aquí otra vez, estará en el Primavera Sound en dos semanas, con el primer álbum de una trayectoria de triada, “This Old Dog”, que no lleva enmarcado ese gesto facial suyo de psicópata amigable en la portada, lo que sólo puede significar que ha llegado la hora de llorar en seco y de reír con la cara mojada.

Fotografía: Carolina Faruolo

Entre sus dedos, que se han hecho palpablemente más hábiles y cuidadosos en la confección cancionera, se le escurre a nuestro amigo del diastema entre los incisivos centrales aquel vértigo irreverente que dan las cosas cuando no se sabe muy bien lo que se está haciendo pero te da igual.

My Old Man” empieza decepcionantemente: los 5 primeros segundos pueden provocar cierto pánico, como algo vulgar à la cualquier grupito electro-indie-pijo-perezoso de capital de provincia tipo Hamburgo o Madrid, pero pronto se pone guachi-playero-nocturno-caribeño, y algo entre lo enigmático y lo entrañable en la repetición del estribillo (“Uh-oh, looks like, I’m seeing more of my old man in me) derrite un poco el corazón como esa nube de azúcar que estás imaginando que tuestas en la hoguera mientras lo escuchas. Se trata de un DeMarco, parece, menos disperso y controlador del alcance de sus distorsiones que nunca; en “Baby You’re Out” incluso podría prometerse que se ha pasado al swamp rock de baja definición y se ha hecho primo de los Alabama Shakes pero, consecutivamente, salta “For the First Time” en el tocadiscos, y resucitan los teclados parsimoniosos y la ironía medio tétrica/medio cariñosa en la pereza del compás que tantos fans inesperados y detractores imprevistos le granjean al canadiense.

Grabada parcialmente en la habitación de su apartamento en Nueva York, “This Old Dog” también es el enésimo resumen de lo bueno, lo mejor y lo más soleado de la esencia demarquiana; las comparaciones con Lennon y el tono arrastrado pero cargado de sentimiento contenido que los caracteriza a ambos crece en evidencia, al igual que su maduración como escritor de canciones y su ascendente habilidad para componer dardos emocionales de peluche; “This old dog ain’t about to forget, susurra con desafinada melancolía, y nadie sabe más que él lo que no va a olvidar, pero el encogimiento en el corazón sugiere que es sincero cuando dice que no va a hacerlo. Cursilerías aparte, el vídeo de acompañamiento que dirige el propio DeMarco es lo más gracioso que se puede ser haciendo tan poco esfuerzo.

Se le percibe algo menos bajo los efectos del gas de la risa natural que para él podría ser el simple oxígeno y el acto de estar vivo y respirando, y con el amago de madurez que asoma por “This Old Dog”, va acompañada una triste y honesta introspección a la que puede que debamos empezar a habituarnos. Lo nuevo de Mac DeMarco podría haber sido otra cosa, de acuerdo, pero no hacía falta.

Mucho se ha hecho diferentemente en “This Old Dog”; todos los instrumentos los toca DeMarco, como siempre, pero como se mudó de la Costa Este a la Oeste entre que componía los temas y los grababa, pasó un tiempo y las sensaciones originales maceraron, lógicamente. Entre sus dedos, que se han hecho palpablemente más hábiles y cuidadosos en la confección cancionera, se le escurre a nuestro amigo del diastema entre los incisivos centrales aquel vértigo irreverente que dan las cosas cuando no se sabe muy bien lo que se está haciendo pero te la suda, y no hay mejor evidencia de dicha pequeña debacle creativa que “One Another”. A Mac DeMarco se la sigue sudando todo mucho, como huelga recalcar juzgando por la suavidad desapegada con la que continúa trabajando, pero en este tercer largo ya empieza a saber con más precisión qué es lo que hace exactamente, y eso es tanto una alegría para él como una pena para el resto. Still Beating” es la favorita en Spotify del álbum hasta la fecha, y se entiende el porqué a medias; es una suerte de encuentro perfecto entre el Mac de siempre y el nuevo y casi refinado Mac. Pero para interesante lo es infinitamente más “Sister”, en la que de nuevo se produce un choque entre la balada grunge noventera y la canción rock lenta post-glam típica de mediados de los 1970s, posible consecuencia de un reciente acercamiento del italocanadiense a las guitarras ético-románticas de tipos como Paul Simon y James Taylor.

Y hablando de italo-lo-que-sea, “Dreams from Yesterday” es lo más cercano a música para terraza en la Toscana que será capaz de componer un moderno de Canadá con apellido romano. También es su pista favorita del disco, según le contó a Pitchfork, y debería ser la de todos: Mac tenía el sueño adolescente de hacer un álbum de bossa nova, y por suerte, se le ha quedado en esta breve belleza rompecorazones que te ayuda a imaginar lo que hubiera sucedido con el mundo si Gram Parsons hubiese nacido en Brasil. Le hace sentir a cualquiera fatalmente culpable por todos esos sueños que cambió por la prosa de la realidad, pero en plan encantador y afelpado, como de costumbre (“So why then, are you crying? / It was you / Who denied them). En “A Wolf Who Wears Sheeps Clothes” aún quiere arrastrar más lejos el tintineo latino, que rápidamente se diluye en una fantasía pseudo-sureña, más fabricada en Muscle Shoals, Alabama que en la tradición de ese jizz jazz con el que define su proceso autoproductivo.

En el arte, es como si siempre se haya de esperar algo más, y ser uno mismo no pueda considerarse nunca suficiente. Pero Mac DeMarco se ríe bien grande de ello, con la boca muy abierta para que le circule mucho viento entre las paletas, y se queda justo donde se nota que quiere estar.

One More Love Song” es el tipo de patrón sónico que utilizaría Bryan Ferry si el ser un new romantic no implicara echarse gomina y gastar americanas de smoking con tejanos, mientras que “On the Level” captura el momento cumbre de todo lo que amamos de aquella versión ultra-ralentizada del “Ode to Viceroy” y bastante más; meter las dos manos en un cubo de melancolía cremosa y embadurnarte la cara con ella, despacio, sonriéndote a ti mismo, comprendiendo al fin que los años pasan, sí, pero como el crío que se consuela en los brazos de un padre, la autocompasión íntima siempre estará permitida en el mundo de los mayores. A dos temas de acabar con “This Old Dog”, se llega a la prueba de que la confianza en sus propias aptitudes se le está subiendo a la cabeza a Mac DeMarco (y no sin razón, todo sea dicho); “Moonlight on the River” es el primer tema innecesariamente largo de su discografía, y no es que no mole, pero tanta dedicación no le pega demasiado. Los teclados que se inflan y elevan como burbujas de pegamento y un riff de guitarra que intenta despertarse de alguna pesadilla floja van a parar al “Watching Him Fade Away”, también a golpe de teclas, pero más declinando hacia la realidad que al sueño. Y al chico que se colgaba de los techos y se metía el dedo gordo por el culo lo observamos mientras se desvanece por tercera vez, con más solidez y saber estar que nunca, dos de los cumplidos que jamás pensaríamos en regalarle a Mac DeMarco.

En el arte, es como si siempre se haya de esperar algo más, y ser uno mismo no pueda considerarse nunca suficiente. Pero Mac DeMarco se ríe bien grande de ello, con la boca muy abierta para que le circule mucho viento entre las paletas, y se queda justo donde se nota que quiere estar. Se le percibe algo menos bajo los efectos del gas de la risa natural que para él podría ser el simple oxígeno y el acto de estar vivo y respirando, y con el amago de madurez que asoma por “This Old Dog”, va acompañada una triste y honesta introspección a la que puede que debamos empezar a habituarnos. Lo nuevo de Mac DeMarco podría haber sido otra cosa, de acuerdo, pero no hacía falta. Se está muy bien con lo que es, y ya estamos cansados de demonizar la comodidad creativa, de todas formas. No te muevas si no te apetece, Mac, hasta aquí, todo correcto.

Mac DeMarco – This Old Dog

7.9

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Mac DeMarco se refina y pierde un ápice de ese poder suyo para hacernos flotar y sentirnos comprendidos. Esto tiene su parte buena, que son unas letras más eficaces y oscuras, y otra no tan emocionante, que es la pérdida del cosquilleo en todas las partes del cuerpo y del cerebro que nos hacían sentir su crudeza soñolienta y su capacidad de empatía terrenal. Podría haberlo llevado todo más lejos, pero tampoco es que fuera necesario.

Up

  • Casi toda la psicodelia perezosa que caracteriza al sonido de Mac DeMarco sigue ahí.
  • Estaba bien cuando sus letras te hacían sentir bien, pero en “This Old Dog”, te harán llorar y pararte a reflexionar, que si no es tan guay, sí es mucho más impactante.
  • Por muy artista del guarrismo distorsionado, la reverberación y la vibración que se sea, una producción mínimamente pulcra siempre es de agradecer para los tímpanos.
  • El juego al despiste entre madurar creativamente y, en el fondo, no hacerlo nunca.

Down

  • Que el complejo de Peter Pan genérico o su conformismo creativo hayan de, injusta e inevitablemente, acabar aburriendo.

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