Fotografía: Nacho Álvarez

En el centro del cartel del siempre goloso circuito de conciertos Sound Isidro, que llena de música el mayo madrileño, destacaba un nombre en concreto: el de Toundra, que además coincidió con el fin de la gira por toda Europa que celebraba su década de existencia. Abriendo para ellos estuvieron los vascos Willis Drummond, que desde Iparralde con su noise potente y en euskera, con reminiscencias a unos Berri Txarrak meets At the Drive-In, fueron calentando el ambiente para los indiscutibles protagonistas de la noche.

Con apenas diez minutos reglamentarios de retraso sobre la hora prevista y bajo el ruido de “Fearless” de Pink Floyd, Toundra hicieron su aparición en el escenario de una Riviera que si bien no llegó al lleno absoluto, debió quedarse muy cerca. En ese momento empezaron a sonar los pájaros de “Strelka”, y comenzó el aquelarre. Porque los directos de Toundra más que conciertos son eso, aquelarres paganos en los que la música es la única protagonista y el público asiste paralizado a una sesión de hechicería. Gritos entre ellos, una compenetración impecable fruto de diez años como banda, y un silencio vocal sólo roto por un verso de 7 palabras en toda la velada: “Buenas. Tenemos merchan’ en el fondo. ¡Comprad!”.

Pero es que la falta de voz de Toundra se ve más que suplida con su instrumentación aplastante. Como los aliens de la película La llegada, Toundra no necesitan el lenguaje verbal para plasmar sus ideas, sino que con sus progresiones y olas de guitarras expresan su mensaje de manera todavía más clara y completa que si un cantante lo tuviera que verbalizar. Sus melodías son como esos extraños círculos de tinta negra, que sólo cobran sentido cuando uno se abstrae y los mira desde otro punto de vista, hasta que de repente todo encaja. Y esto, que ya en disco se ve reflejado a la perfección, alcanza su mayor expresión en directo, cuando la melodía que entretejen las guitarras de Maca y Esteban se retuerce y cobra vida, mientras la sección rítmica gobierna a un volumen ensordecedor cuando hace falta, y sutil cuando no.

Fotografía: Nacho Álvarez

Aunque el estilo de Toundra es bastante canónico, y se puede asemejar a bandas como God is an Astronaut o If These Trees Could Talk, por mencionar dos un poco menos referenciales que las típicas Mogwai, GY!BE o Explosions in the Sky, los madrileños tienen un sonido algo más metálico. Ese punto de agresividad que los separa un poco de la inmensa mayoría de grupos de post-rock instrumental se agiganta en directo, cuando por momentos parece que hay un viento en la sala que viene del escenario y golpea en la cara a los asistentes. Pasa especialmente en temas como “Kitsune” y la joya de la corona, una “Oro Rojo” que cerró el concierto, bis al margen. Tras la ovación de rigor y para terminar, “Medusa” y “Cielo Negro” conformaron un final mastodóntico y que, sin embargo, se podría haber alargado todavía más sin una sola queja por parte del público.

En conclusión y como no podía ser de otra manera en lo que era una celebración de toda una década de vida como banda, el setlist fue muy equilibrado, repasando todos sus discos por igual, con tres canciones de cada uno, y dos del primero. Esto, unido a lo largo de las composiciones de la banda, inevitablemente dejó fuera algunas maravillas como su orquestal “Requiem” o esa demoledora “Belenos” del último (IV), pero conectó al público de principio a fin con su trayectoria musical de manera global. Una carrera impoluta a la que con razón los de Madrid pueden dirigir una mirada hacia atrás cargada de orgullo. Por diez (y cien) años más de Toundra: la prueba viviente de que, muy a menudo, sobran las palabras.

Fotografía: Nacho Álvarez