No pasa demasiado, pero de vez en cuando se cuela en nuestra caverna una banda que no es precisamente novata en esto de la música. Es el caso de Mohama Saz, que aunque cuentan con una trayectoria relativamente reciente como proyecto, sus componentes acumulan ya muchos años y conciertos a sus espaldas en sus respectivas formaciones previas. Una banda que va camino de convertirse en una de las que mejor psicodelia manufacturan hoy en día en nuestro país, lo que les ha llevado a participar en el reciente festival Mad Vibes del género o a telonear a King Gizzard & The Lizard Wizard en su próxima y esperadísima visita a Madrid.

Una psicodelia que poco tiene que ver con el rollo garajero y de mucho pedaleo distorsionado que últimamente abunda tanto como nos gusta. La suya es una interpretación mucho más amplia del concepto, partiendo de cierto gusto por la música folclórica turca y de Medio Oriente y mezclándolo mucho con jam improvisada casi cercana al jazz. Y eso que todo comenzó casi de casualidad, a partir de un instrumento en concreto, el baglama que compró Javier Alonso en un viaje a Turquía, y una fiesta de cumpleaños de un amigo común de la banda. Desde entonces han pasado 3 años y dos discos, el último de los cuales, “Negro es el Poder”, concentra en apenas nueve canciones un viaje psicotrópico a Persia a la vez que se erige como uno de los álbumes más sorprendentes de este comienzo de año. Por todo ello hablamos con el bajista de la banda, Sergio Ceballos (integrante también de, junto con su hermano Adrián, batería, Melange). Y esto nos contó:

Al buscar el nombre de Mohama Saz en Google salís reseñados por una revista de jazz, como teloneros de la banda sueca de stoner Greenleaf, abriendo para Föllakzoid… ¿Os encontráis cómodos en esta especie de indefinición que os rodea?

Sí, como músicos que llevamos mucho tiempo tocando, casi 20 años (salvo Arturo, que es más joven), hemos querido huir del encajonamiento. Cuando te haces mayor y has visto más mundo te gusta el eclecticismo, no el: “estos hacen rockabilly, sólo hablo de rockabilly, me visto de rockabilly y mi mundo es el rockabilly”.  

¿Sentís preferencia por alguno de esos géneros con los que os relacionáis aunque sea tangencialmente?

Bueno, especialmente no. A todos nos gusta mucho de muchas cosas, no tenemos una preferencia de: a tal miembro del grupo le gusta sólo el funk, o la psicodelia. A mí por ejemplo me gusta el folk de muchos sitios, no sólo de Medio Oriente, la música tradicional, popular. Pero esa es sólo una de las que me gustan, esta misma mañana he estado escuchando a Tchaikovski, una sinfonía que me gusta mucho. O sea que no, no tenemos preferencia. Quizá Arturo, el saxofonista, está más metido en el mundo del jazz.

Aunque sea difícil definir vuestra música, está claro que tocáis psicodelia. ¿Qué opinión os merece lo que muchos consideran este ‘resurgir’ de la psicodelia?

Pues si yo hubiera escuchado a alguno de estos grupos de neopsicodelia hace 7 años, o 10 años, la psicodelia que siempre me ha gustado, hubiera sido como un soplo de aire fresco. Pero ahora al haber tanto grupo y no mucha, pero un poquito de saturación, no me suena tan fresco ni tan original. Cuando escucho otro grupo nuevo de neopsicodelia digo: otro que se ha apuntado al carro, pero bueno. La música aparte de eso me parece súper agradable y me gusta. Te hago otro apunte, y es que nosotros esta neopsicodelia la cogemos un poco con pinzas porque a veces me parece que es la música indie lánguida e intimista de toda la vida (que a mí me gusta también), pero disfrazada con trémolos y otros riffs de guitarra que vienen de los años 60. Y a mí eso me suena siempre a lo mismo, me da la impresión de que de todo lo que abarcaba la psicodelia de hace casi 50 años sólo han cogido una pequeñita parte, un tipo de balada con voces lánguidas. La psicodelia era muy grande, muy ácida y muy mordiente. A mí me gusta la psicodelia, y no cogemos sólo la parte blandita y agradable, así más poppy, sino que nos gusta coger otras partes.

Hace nada habéis publicado vuestro segundo LP, “Negro es Poder”. ¿Qué diferencias podemos encontrar con respecto al primero?

Una de las diferencias es que yo estoy en el grupo ahora, en el anterior vivía en el extranjero. Eso es una diferencia notable. Por otro lado el primer disco fue casi una improvisación, se grabó en el estudio de Béjar que tiene Influx Records. Fue decir: “con estos medio-temas, medio-terminados que tenemos, vamos a grabar un fin de semana y a ver qué sale”. Y salió muy bien. La diferencia es que este está mucho más trabajado, más ensayado, teníamos temas elegidos… aunque luego no se note tanto la diferencia. También yo he compuesto para este disco un poco, y se puede notar el aporte compositivo, porque no están los mismos miembros.

¿Qué papel juegan las letras en la música de Mohama Saz?

Pues aunque suene a ranciofact y esté muy dicho, nos gusta que sean un instrumento más, no nos gusta que suene como a un cantante solista, sino integradas en el resto de la música. En cuanto a la lírica, tenemos mucho interés por la actualidad socioeconómica pero teníamos el dilema de si grabar letras directas rollo panfletario, que suenan muy manidas, o hacer eso de modo más poético. Y al final hemos optado por hacer las letras más sutiles y poéticas aunque tengan carga crítica o social. Que no se trata sólo de eso, porque hay letras en el disco que son más meramente estéticas.

El anatolian rock tiene una influencia brutal sobre Mohama Saz.

Cada uno tenéis una trayectoria anterior y larga, entonces, ¿cuál es la ambición?

¿Expectativas? Pues mira, mi hermano Adrián y yo nos subimos a un escenario hace 22 años y no hemos parado de tocar desde entonces. Por lo tanto, cuando pasa tanto tiempo no digo que se te quite la ilusión, pero sí te vuelves más realista. Cuando eres más joven dices: “buah, vamos a dar el pelotazo y vamos a ser famosos”, pero eso se nos ha quitado de la cabeza hace ya diez años. Tenemos los pies en la tierra en el sentido de que las expectativas son, como dice todo el mundo, llegar a la máxima gente posible, que eso está muy manido también. Pero no es una cosa de tocar de vez en cuando y tal, sino que ensayamos semanalmente y componemos todo el tiempo, hay un compromiso de continuidad. Nos gustaría grabar otro disco y estamos muy contentos con la discográfica Humo, de Asturias. No es una cosa esporádica de haber sacado estos dos discos y ya tocaremos de vez en cuando, no. ¿Pero ser ambiciosos en plan de “queremos estar a tope y tocar en Benicàssim”? Pues la verdad es que nos da un poco igual. No nos hemos puesto ninguna meta ni ninguna aspiración concreta.

No es fácil encontrar bandas con un sonido como el vuestro, pero, ¿qué bandas han tenido un impacto directo en la música de Mohama Saz?

Antiguo lo que tiene mucha influencia es el anatolian rock, la ola de rock turco que se dio a finales de los 60 coincidiendo con la época hippie y la explosión de la música popular. En Turquía hubo un movimiento muy fuerte a finales de los 60 y durante todos los 70 con un montón de grupos, y eso es una influencia brutal para Mohama. Eso que suena a música oriental y a la vez a rock duro, y a funk, y a psicodelia. Y luego de grupos de ahora por ejemplo Goat, y más grupos de ese estilo, que han cogido un rollo primitivo y tribal como música de raíz pero que no es música de fusión. Está dentro de la música independiente pero no es fácil de definir, como un folk inventado e imaginario, marciano.

¿Cuál es la mejor manera de disfrutar de la música de Mohama Saz?

En directo la verdad es que ganamos mucho, porque no sé qué pasa en los directos de Mohama pero la gente se empieza a animar desde el principio y en el último tercio del concierto todo el mundo acaba bailando, a veces parece que estamos en medio de una rave. La gente se va contagiando y empieza a bailar. El disco es bonito de escuchar, pero en ellos al final hay más partes bailables que partes de sofá.