Todo amanecer comprendido entre lunes y viernes empieza con el sonido del despertador. Esa temida melodía que insta a comenzar una nueva jornada marcada por la rutina que terminará con el proceso de meterse en la cama y programarla para que vuelva a mostrar su impertinente timbre al día siguiente. Probablemente este sea el bucle vital más normalizado que existe, llegando al inquietante punto de sumirnos en una nula capacidad de plantearnos otra alternativa y así convertir a una persona en una sucesión de ‘cuentas atrás’ diaria, donde fragmenta el día en horas no laborales para disfrutar de su efímera independencia. Una actitud reiterada cuya tendencia inherente desemboca en un desgaste personal de proyectos e ilusiones conjeturadas en alguna desconexión mental, tan necesaria como utópica.

No nos engañemos. Nadie aspira en sus cien, ¡qué coño cien!, en sus mil deseos prioritarios a ser esclavo de un ruido insolente que será lo primero que escuche al comenzar un nuevo día durante el resto de su vida laboral. Suena tan alienadamente desolador que si alguien tenía entre sus preferencias ser ‘empleado de” o simplemente acatar órdenes, y ha logrado su objetivo, le mando mis más humildes condolencias cubiertas por una llamativa e indulgente capa de congratulación.

Pero no todo es tan trágico en la insoportable intrascendencia de las obligaciones, ya que la mayoría de personas cuentan con un arma poderosa basada en una ficticia e imperecedera libertad que los hace invulnerables: la nimiedad de sus objetivos diarios que, además, siempre es directamente proporcional a la amplitud de sus perspectivas, inducidas por una cultura cuyo propósito se fundamenta en un confort desmedido que fomenta por tanto la incapacidad de dominar situaciones azarosas y de crear paladines de lo fortuito.

Somos controladores en una humanidad hedonista que se autoengaña hasta en los ámbitos creados para la casualidad, y dónde la causalidad provoca situaciones infamemente absurdas. Resumido en una hipotética cuestión: ¿Qué pensaría Kafka de cualquiera que manipula el ‘modo aleatorio’ de un reproductor tratando de encontrar algo específico?

Toda esta parafernalia existencial ha sido escrita para contextualizar la aparición de una canción cualquiera, desfasada y desconocida para el gran público, cuyo ínfimo apogeo data de 1996 gracias a una de las peores películas de finales de siglo, y que protagoniza un relato donde la futilidad del despertador es tan evidente que se añora su función, donde cada día tenía la relevancia de un pestañeo y donde el ‘modo aleatorio’ de una lista cualquiera aprovechó su libre albedrío para invocar al sobrevalorado combo ‘música/estado de ánimo’, y así exhumarla de cualquier ápice de mundanidad que tuviera.

Quizás fue por la etapa en la que me encontraba, donde la falta de ambición y el frustrante conformismo alimentaban cada día una vida sostenida en un alquiler de un piso que podía llamarse de todo menos hogar, un proyecto que había perdido su función debido a una tajante desmotivación y una relación consumida, cuya última velada fue un mero trámite protocolario que convirtió un letargo inevitable en una ruptura ejemplar y práctica incluso para los ingenuos defensores de las segundas oportunidades.

La excitante paradoja de depender del reloj reside en la grata satisfacción de los festivos en los que su función queda anulada. Que la tarea de un héroe se encarece con la presencia de un villano, que el bien eleva su concepto gracias al mal y que los días libres no se disfrutarían sin el proceso de desgaste de los días laborales, son claros ejemplos de que toda vida carece de valor si no cuenta con elementos YingYangnianos, algo que en mi día a día había quedado abrumadoramente evidenciado.

Aquel que dijo que no hay nada peor que contar tus días con la monotonía de un puñado de lunes no supo nunca lo que era sentirse extenuado de despertarse sin alarma, de tirarse y tirar horas en contenedores de vacuidad mental y de ‘cansarse de no hacer nada’, una sensación que muchos consideran un capricho inalcanzable. Si pudiera venderse el tiempo, hubiera convertido cada día de esa época en un triunfal producto llamado ‘Un domingo cualquiera’ para ofrecérselo a alguno de tantos pobres hombres ávidos de ocio, a cambio de horas de ese singular equilibrio que te aporta una rutina laboral.

Quizás fue este cúmulo más que el azar lo que me llevó a encender ‘Un domingo cualquiera’ en Spotify y elegir la primera lista que la aplicación me recomendaba para acompañarme en alguna tarea arduamente estéril dentro en mis apasionantes 25 metros cuadrados de parcela. La armonía de fondo como inhibidor natural y la vaga predisposición por aceptar la melodía que quisiera sonar otorgaban a la aplicación un extra absurdo de responsabilidad que iba más allá del entretenimiento, arriesgando a cualquier tema que sonara a pasar inadvertido.

Siempre he sido escéptico ante la posibilidad de condicionar una canción y condenarla de forma perpetua a ser reproducida en un momento vital concreto. Quizás sea un ideario romántico ante el poder del sino o una liviana forma de dejar al arte más irracional ejercer su versatilidad característica, tan ligada al concepto de personalización que cada acorde y estrofa se fundamenta en la ausencia íntegra de elementos visuales. El embrujo de la música radica en la interpretación que un receptor puede darle a una canción, aunque no estuviera concebida para ello. ¿Por qué si no “Every Breath You Take”, de The Police, sugiere ser una balada sobre el amor o “Pumped Up Kicks”, de Foster the People, una composición optimista?

Estaba yo sumido en mis problemas del Primer Mundo cuando empezó a sonar. Era una musicalidad sencilla con un sample reconocible más una estructura alternativa y embaucadora, como otras tantas. Reconozco que la percepción de ni siquiera intuir de qué grupo se trataba, y sobre todo, la arrogante sensación de bienestar que produce la omisión de cualidades supeditadas, hicieron que la volviera a escuchar varias veces con admiración. Todo ser humano con ínfulas melómanas antepone los méritos de una canción descubierta a los de una canción recomendada, y yo no soy una excepción.

Es por ello que jamás caeré en la tentación de sugerir temas que puedan desvirtuar su gran carga emocional. El toque nihilista de frases como “We sit outside and argue all night long about a God we’ve never seen, but never fails to side with me / Am I alive or thoughts that drift away?” o “Can money pay for all the days I lived awake but half asleep?”, la deshumanización del sample de B.B. King en pos de una reflexión metafórica sobre la rutina sin rumbo o el irónico “You ride the waves and don’t ask where they go”, convertido ya en un eslogan introspectivo, convirtieron a esos 331 segundos recopilados en una solemne vía de escape y en un himno subjetivo que me estremece en cuanto suenan los primeros compases.

Las canciones personales son como las amistades verdaderas: pueden pasar un largo tiempo sin ser alentadas, que su valor no se verá resentido. Aún desconozco la razón por la que hice esta elección cuando se me ofreció la posibilidad de escribir este artículo, y aunque he intentado estructurar un contexto y un determinado sentido, argumentar la importancia del azar desde una coyuntura suspicaz es como explicar a qué sabe el agua. Toda casualidad viene atesorada por una serie de condicionantes previos, por lo que su mérito es cuanto menos discutible. Sin embargo, es innegable que cada situación necesita de un plus imprevisto para ser excepcional. Primitive Radio Gods se instalaron en mi vida para quedarse; Un loco a domicilio pasó de ser ‘una de las peores películas de los 90’ a ser una ‘olvidable película con una majestuosa banda sonora’ y la cabina rota del título ha sido desde entonces un decadente y alegórico lugar que no me cansaré de visitar… siempre que el avalado ‘modo aleatorio’ lo crea conveniente.