Con Gorillaz no pensamos en tener éxito. Sólo en ser interesantes.” – Damon Albarn (2014)

A estas alturas está todo dicho. Ya hemos reseñado profusamente “Gorillaz”, “Demon Days”, “Plastic Beach” y “The Fall”; hemos comentado los primeros adelantos, los siguientes y los últimos; incluso abordamos en retrospectiva estos últimos y extraños siete años en los que la banda animada estuvo casi desaparecida del mapa. Y ahora que ha llegado el momento, que estamos mirándonos cara a cara con lo que llevábamos tanto tiempo esperando, no salen bien las palabras.

Tampoco sé exactamente qué esperaba encontrarme en “Humanz”, pero es que, de entrada, no me esperaba “Humanz”. En estos últimos meses, a sabiendas perfectamente de lo que estaba por venir, ese intensísimo hype que Gorillaz fueron construyendo mediante su particular campaña publicitaria se disipó, y casi lo agradezco. Tampoco es que estuviera esperando la segunda venida de Jesucristo, aunque si me hubierais preguntado esto hace un año o dos, segurísimo que sí. Sin embargo, llegados a este punto, creo que sabía a lo que me exponía.

Todas estas divagaciones surgen de una sencilla pregunta: ¿es “Humanz” un disco de Gorillaz? Puede resultar una estupidez absoluta pero, con prácticamente cada nuevo lanzamiento desde “Plastic Beach”, muchos nos hemos hecho esta misma pregunta. Sabemos que, con el proyecto de Albarn, las primeras impresiones no significan nada comparado con las siguientes, que requiere un esfuerzo por nuestra parte para llegar al fondo de todo lo que nos está ofreciendo, y, en general, que hay que saber encajar el chiste. Eso no siempre es fácil, pero nadie podrá decirnos que no lo hemos intentado.

“Humanz”: la fiesta del Apocalipsis está en el último piso

Es un disco de fiesta. No necesariamente alegre, ni mucho menos simplón. Albarn decía que se trataba de un álbum ‘de club’, particularmente nocturno, con un trasfondo que en nada tiene que ver con este tipo de música.

Empecemos por lo fácil: “Humanz” es un disco de fiesta. No necesariamente alegre, ni condescendiente, ni mucho menos simplón. Albarn decía que se trataba de un álbum ‘de club’, uno particularmente nocturno, con un trasfondo que en nada tiene que ver con este tipo de música. Esta es la banda sonora de “una noche en la que cambia todo”, de una fiesta extraña pero tensa en la que nadie sabe a ciencia cierta qué pasará mañana. Y por si alguien lo estaba esperando, lo voy adelantando: no, este no es un disco sobre Donald Trump. “Humanz” no es tanto un disco político como una “respuesta emocional” a los recientes eventos políticos. A pesar de que hay referencias explícitas a muchas de estas realidades, en el caso del presidente estadounidense el propio Albarn decidió suprimirlas, para no dar aún más fama al tipo más famoso del mundo.

Fotografía: http://elpais.com/

“Humanz” es la banda sonora de “una noche en la que cambia todo”, de una fiesta extraña pero tensa en la que nadie sabe a ciencia cierta qué pasará mañana. No es tanto un disco político como una “respuesta emocional” a los recientes eventos políticos. Esto significa que hay mucha profundidad lírica en este trabajo.

Esto significa que, a pesar de su premisa de ‘disco de baile’, hay mucha profundidad lírica en este trabajo, y es probablemente una de las ocasiones en las que las letras resultan menos crípticas porque sabemos dónde buscar. Sigue teniendo sus momentos herméticos y abiertos a la interpretación, pero en ese aspecto es mucho más fácil fijarse en los versos y ver cómo los temas de “Humanz” te golpean en la frente de inmediato casi desde el inicio, porque este álbum vuelve a contar con una introducción. Ben Mendelsohn nos narra en “Intro: I Switched My Robot Off” cómo desconectar de la tecnología le hace comprender menos lo que sucede alrededor, y entonces empieza la fiesta de verdad.

Vince Staples es el primer invitado, y “Ascension” rompe con auténtica violencia lírica. Sonoramente tiene ritmo, brillo y pegada, pero la carga auténticamente potente está en sus letras. Staples carga sin un ápice de sutileza contra las agresiones racistas de la policía estadounidense, y literalmente la primera cita de 2D habla sobre los ataques imperialistas sobre Oriente Medio. Los coros son apocalípticos, y Staples insiste en seguir bailando aunque, tal y como dice, el cielo esté cayéndose sobre sus cabezas. “Strobelite”, por su parte, toma un bajo que tira hacia el funk y teclados a caballo entre “Plastic Beach” y un disco de jazz-soul. Peven Everett proyecta su potente voz para empezar a animar el ambiente y sacarnos a la pista de baile. Y lo cierto es que no cuesta seguirle el juego; sus letras nos incitan a buscar la luz y la paz, a soltar muchos lastres de la vida moderna… y, de golpe, todo se viene abajo.

A pesar de su premisa de ‘disco de baile’, hay mucha profundidad lírica en este trabajo, y es probablemente una de las ocasiones en las que las letras resultan menos crípticas porque sabemos dónde buscar. Sigue teniendo sus momentos herméticos, pero es mucho más fácil fijarse en los versos y ver cómo los temas de “Humanz” te golpean en la frente de inmediato casi desde el inicio.

Esos teclados ambientales, casi de película de terror, y la voz de Popcaan nos introducen al primer single de este disco, el que con su enajenado y maravilloso videoclip de rigor nos trajo de nuevo la esperanza en Gorillaz: “Saturnz Barz”. Esta vez las letras sí que son difíciles de descifrar, en buena parte por culpa del cerradísimo e inconfundible acento jamaicano del colaborador. Aquí vuelve la voz de Albarn, que antes se había abstenido de hacer aparición, con versos que pendulan entre lo inquietante y lo clamoroso, hablando sobre la falsedad de la vida digital (llegando a romper la propia cuarta pared con la que la banda siempre ha jugado) o las responsabilidades de un pasado que vuelve para perseguirlo. Algo más de problema podemos tener con “Momentz”, porque es complicadísimo entender el rollo de esta canción. Es una mezcla entre la exageración paródica de “Superfast Jellyfish” y los jugueteos chillones propios del debut, con una base tan exageradamente machacona y una producción tan histriónica que resulta imposible tomársela en serio. Es un chascarrillo muy difícil de encajar y fácil de pasar por alto para fingir que no ha ocurrido. Entonces llega el primer interludio de muchos, “The Non-Conformist Oath”, un buen petardazo de ironía condensada en veintipocos segundos que precede a la sugerente y agradable “Submission”, un tema vagamente romántico pero distante, sobre un amor que se cae a pedazos. El tema muta del canto dulce de Kelela al chillón rap de Danny Brown en el que hace inferencias al desequilibrio mental, la codicia y el tiempo agotándose. La risa fantasmagórica de la mismísima Grace Jones (sí, esa que salía en una peli de James Bond) abre la puerta a “Charger”, que en su simplicidad y extrañeza consigue ser un tema más que competente. Casi parece una versión bien producida de temas unreleased como “Hand Clapper”, y los coqueteos con los falsettos y las letras incomprensibles evocan a los primeros pasos de la banda. A destacar el sutil crescendo semi-orquestal del final, acompañado de la melodiosa voz de Jones, que cierra antes de que “Interlude: Elevator Going Up” haga… bueno, literalmente dice eso. Ahora es cuando viene lo bueno.

El ecuador del álbum nos trae, juntas, las dos canciones más bellas de todo el álbum, reminiscentes de lo aprendido por Albarn en los temas más atmosféricos y pausados del último elepé de Blur, “The Magic Whip”. “Andromeda” es una canción impregnada de recuerdos del pasado de Albarn, empezando por su título, que hace referencia a un viejo club de música soul cargado de buenas vibraciones e influencias, y pasando por el recuerdo alegre del fallecido Bobby Womack. La canción está cargada de fuerza y energía, de nostalgia de la buena, la de la lagrimita de felicidad. Seguimos con la tranquilidad melancólica, esta vez a través de “Busted and Blue”, que prescinde de colaboraciones tan sucintas como la anterior, de D.R.A.M., para dejar a Albarn solo ante el micrófono. Tiene algo de vaporwave, otro poco de los Daft Punk de “Discovery”, pero es ante todo 2D abriéndonos su corazón, pidiendo luz y amor y comprensión. Los coros, las sencillas secciones de cuerda, los sintetizadores suaves y envolventes, todo ello resulta sobrecogedor y emocionante. Y, definitivamente, por esto, merecía la pena esperar.

Aunque tiene veinte canciones, “Humanz” no es un disco largo, porque muchos de estos cortes son muy breves, y el elepé se habría visto beneficiado de una reducción en el número de temas a cambio de una duración más holgada. Asimismo, la producción en ocasiones es excesiva y ahoga la propia melodía del tema con sus arreglos.

De nuevo, tras otro incomprensible interludio, “Talk Radio”, la cosa se pone un poco inquietante con “Carnival”. Anthony Hamilton aporta calidez y un toque de R&B a una breve canción de incómodo sonido y contenido, con violines oscuros casi al estilo del “Climbing Up The Walls” de Radiohead y versos sobre la vaciedad del triunfo (“We play to win just to find the dark”). Más potente se muestra “Let Me Out”, cargada de combatividad y, esta vez sí, referencias políticas directas, señalando sin temor los peligros que acechan en la oscuridad de un futuro incierto. El rap agresivo de Pusha T encaja perfectamente con los estribillos más soul a cargo de Mavis Staples, y su incisiva exhortación a estar preparados se pierde entre los oscuros coros del final. El brevísimo “Interlude: Penthouse” quiere advertirnos de que algo grande va a ocurrir esta noche que casi está terminando, y “Sex Murder Party” pretende confirmar esa apuesta. Es cierto que a priori su base discotequera y su título no resultan especialmente serios, pero este tema atmosférico se defiende bastante bien. Sigue mostrándose reacio a explicarse, pero es fácil comprender que la fiesta se ha puesto más chunga de la cuenta y estamos sumidos en la oscuridad. Las aportaciones de Jamie Principle y Zebra Kats contribuyen a crear esa extraña confusión un tanto alcoholizada en la que se mueven. Por su parte, “She’s My Collar” aborda una relación extraña, tóxica y despersonalizada. La colaboración de Kali Uchis hace hincapié en esa mutua dependencia, pero lo cierto es que ni musical ni líricamente es maravillosa, aunque tampoco es cargante.

Y después del último y ominoso interludio, “The Elephant”, llegamos a la última pareja de canciones, que abre con la maravillosa “Hallelujah Money”, un repentino adelanto (lanzado la víspera de la toma de posesión de Trump) que, según se dijo en su momento, no entraría en el álbum. La mágica colaboración de Benjamin Clementine se torna en un hipnótico cántico a medio camino entre liturgia de predicador y discurso político. Las apariciones de 2D son escasas, pero sintetizan perfectamente todo lo que este álbum significa cuando dice: “We are still humans”. Esta es la declaración de intenciones de Albarn, de “Humanz” y de Gorillaz: un agradecimiento por toda la confianza depositada, por ese tiempo en que la espera nos ha corroído, todo condensado en ese épico verso de Clementine: “And thank you, my friend, for trusting me”. Este tema es majestuoso dentro de lo inquietante de su contexto, y a pesar del rechazo que generó en primera instancia, ahora lo veo con otros ojos. Y qué cierre habría mejor para esta fiesta que la energética “We Got The Power”. Esos dos escasos minutos en los que Albarn, Jehnny Beth y el mismísimo Noel Gallagher corean al unísono pidiendo que nos amemos los unos a los otros, sobre sueños que no tienen miedo a ser cumplidos y pasar por encima de lo que nos parece imposible. Es maravilloso. Mirad, ya acaba la noche. Ya sale el Sol.

Es cierto que esto no es lo que esperábamos, pero aunque en algunos aspectos podría haber defraudado, en otros ha sorprendido. Porque esto sigue yendo de Gorillaz, y el mero hecho de decir que están de vuelta ya es significativo y emocionante.

¿Así acaba la aventura, entonces? Quizás no haya sido tan dramático ni tan malo, ¿verdad? Al final, lo hemos pasado bien. Aunque eso no significa que todo haya salido perfecto, desde luego. Aún hay un par de cosas de las que quiero hablar en profundidad.

“Humanz” no es un disco largo, a pesar de tener veinte canciones en la edición normal (la especial contiene otras seis), porque muchos de estos cortes son muy breves, del rango de los dos minutos, y probablemente el elepé se habría visto beneficiado de una reducción en el número de temas a cambio de una duración más holgada. Asimismo, la producción, aunque sigue llegando a un nivel de pulido extremo, en ocasiones es excesiva y ahoga la propia melodía del tema con sus arreglos (aunque en otros temas se nota que sabe cuándo parar). Esto puede que tenga que ver con la nueva organización de la ‘banda’, que ha abrazado el sector electrónico y ha terminado por relegar a un segundo plano, o directamente suprimir, los instrumentos tradicionales de la mayoría de temas. En “Plastic Beach” o incluso “The Fall” el predominio de la electrónica no asfixiaba las guitarras ni bajos, pero quizás no tuvieran cabida en este estilo particular.

En resumen, seré honesto: cuando este disco fue lanzado, no sabía cómo tomármelo. No estaba exactamente decepcionado, “Humanz” no derribó mis expectativas; más bien, las esquivó, como siempre, saliéndose por la tangente. Que el resultado sea mejor o peor significa poco, porque los giros estilísticos de la banda no tienen por qué acabar con los sonidos anteriores. Es cierto que esto no es lo que esperábamos, pero aunque en algunos aspectos podría haber defraudado, en otros ha sorprendido, y me ha tocado mucho más hondo de lo que yo esperaba, porque esto sigue yendo de Gorillaz, y el mero hecho de decir que están de vuelta ya es significativo y emocionante. Puede que “Humanz” peque de discotequero, pero hay veces que toca bailar, y saber moverse al ritmo de la música que suena es una virtud que merece la pena trabajar.

Gorillaz – Humanz

7.0

“Humanz” no prometía nada en particular, así que tampoco puede decirse que haya decepcionado. No es todo lo potente que esperábamos, ni sabemos si pasará a la historia como sus anteriores obras maestras, pero no es ni de lejos un mal disco. Merece múltiples escuchas para extraer todo su potencial, y aunque quizás no ascienda hasta lo más alto del top de 2017, creo que muchos tendremos un lugar especial reservado para esta extraña obra.

  • Albarn sabe cómo mezclar hip-hop, soul y R&B para lograr una mezcla disfrutable.
  • El amplio censo de colaboraciones logra, en la mayoría de las veces, hacer permear su esencia en el tema en que se ubican y encontrar su espacio. Sorpresas como Grace Jones son de lo más agradecidas.
  • Gorillaz siguen sabiendo cuándo y cómo ponerse sentimentales.
  • El orden de las canciones configura su estatus de álbum conceptual casi a la perfección.
  • Temazos inolvidables: “Saturnz Barz”, “Andromeda”, “Busted and Blue”, “Let Me Out”, “Hallelujah Money”, “We Got The Power”…
  • Guste más o menos, Gorillaz siguen siendo ellos, quizás incluso más que nunca, y la campaña publicitaria y todo lo que está ocurriendo alrededor de este disco da buena cuenta de ello.

  • El número de temas podría haberse visto reducido, y su duración, ampliada, para favorecer su expresividad. Algunos casi parecen de relleno y no logran ser trascendentes.
  • La producción es excesiva con los arreglos, y hace que la melodía de muchos temas quede diluida. Logra una cohesión sonora, pero impide que algunas canciones logren destacar.
  • Los interludios son un arma de doble filo, porque no interrumpen pero tampoco son imprescindibles y no siempre logran llevar al disco donde quieren.
  • Cosas como “Momentz” no tienen jodida gracia.
  • Si Albarn no saca esos 40 o 45 temas que tiene guardados debajo de la manga, va a haber motines a bordo.

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