Da igual quién seas. Da igual el éxito, el reconocimiento, el talento. Da igual el tiempo que lleves en la carretera. Da igual de dónde vengas; uno siempre acaba por echar de menos el hogar. Y ese hogar no tiene por qué ser la casa donde te criaste, igual que familia no sólo es la que comparte contigo el ADN, pero cuando estás sumergido en un lugar que te es totalmente ajeno esa extraña y confusa idea de pertenencia empieza a tomar forma. Ni Damon Albarn ni 2D, su fachada animada, se habían mostrado nunca especialmente proclives a dejar traslucir en sus letras ese desasosiego que sientes al estar mucho tiempo lejos del hogar, al adentrarte en un lugar totalmente desconocido que parece superarte en todo.

La gira estadounidense de “Plastic Beach”, el tercer trabajo de Gorillaz, debió de suponer algo así para el músico británico, no tanto porque jamás hubiese llevado su música al otro lado del charco sino por la magnitud del proyecto que esa vez llevaba a sus espaldas. Estamos hablando del primer tour a escala mundial de la banda en casi diez años de existencia, y supuso un despliegue escenográfico, visual, sonoro y cooperativo de una magnitud difícil de imaginar.

Durante el grueso de la gira, diecinueve conciertos a través de los Estados Unidos y Canadá, Damon Albarn nos brindaría la que es probablemente la muestra más clara de su imposibilidad casi patológica para frenar su esfuerzo creativo. En apenas un mes, acompañándose de un iPad y un puñado de instrumentos, el frontman grabó lo que sería el cuarto trabajo de la banda animada: “The Fall”, quince canciones que componen una suerte de diario musical improvisado de su viaje a través de Estados Unidos. Cada tema fue grabado en un día, dos a lo sumo, y tal y como aseveró Albarn fue literalmente hecho “en la carretera”. No había nada escrito ni preparado, pero sintió la necesidad de relatar su experiencia a través del continente americano, y aunque originalmente fue lanzado en exclusiva como descarga digital para los miembros del club de fans el día de Navidad de 2010, en abril salió al mercado en formato físico.

Cabe decir que, incluso para los oyentes más veteranos de Gorillaz, este no es un disco fácil de escuchar desde el comienzo. Su atmósfera más fría y ajena, su predilección por la electrónica oscura y chirriante y su carácter experimental no lo convierten en un plato fácil de tragar. Pero quién sabe, quizá Gorillaz vuelva a jugar bien sus cartas y hacernos entrar en su juego.

“The Fall”: la odisea estadounidense de Gorillaz

Su inquietante intimismo también puede jugar a favor, y su ambigüedad se justifica en base al hecho de que, sin ser exactamente introspectivo, está narrando la visión que Albarn tiene de su paso por Norteamérica.

Este trabajo es especial porque confirmó abiertamente una teoría que se tenía sobre la discografía de la banda. Cada uno de los álbumes representa (o está dirigido por) uno de los miembros del grupo virtual: el debut homónimo estaba dominado por los ritmos dub y hip-hop de Russel; “Demon Days” se habría compuesto en base a las demos oscuras de Noodle; en “Plastic Beach” predominaban la grandiosidad y la energía dirigidas por Murdoc; y “The Fall” está compuesto casi a escondidas por 2D. No es exactamente un disco introspectivo, pero sí está marcado por la personalidad de un vocalista y teclista que, según el lore, habría sido secuestrado por Murdoc junto al resto de la banda y forzado a componer “Plastic Beach”.

Esto hace que sea extraño por momentos hablar de este disco como un trabajo de Gorillaz, y ya resulta complicado adscribirlo a una categoría tan técnica como ‘de estudio’. Es un problema que también aquejaba “The King of Limbs” de Radiohead; no sabemos hasta qué punto está la banda detrás o si sólo es Yorke el que tiene el protagonismo. Aquí se entiende de una manera diferente, porque en su desarrollo es un proyecto más bien menor y tiene una explicación argumental, más o menos, pero puede provocar una cierta desconexión de esa sensación de agrupación.

Sin embargo, ese inquietante intimismo también puede jugar a su favor, y su ambigüedad se justifica en base al hecho de que, sin ser exactamente introspectivo, está narrando la visión que Albarn tiene de su paso por Norteamérica. Quizás tenga algo que ver con el título, que puede traducirse tanto por “La caída” (porque 2D se siente totalmente desubicado y alejado de todo lo que ama y conoce) como por “El otoño” (ya que fue íntegramente grabado en octubre y parte de noviembre de 2010), pero eso ya son elucubraciones aparte.

Fotografía: Greg Williams

Su atmósfera más fría y ajena, su predilección por la electrónica oscura y chirriante y su carácter experimental no lo convierten en un plato fácil de tragar.

Su atmósfera incómoda y opresiva empieza a hacerse notar con “Phoner to Arizona”, un tema instrumental en el que mandan los tonos bajos y oscuros sobre los que se introducen sonidos etéreos y más agudos. No hay letra, ni una sola palabra en cuatro inquietantes minutos que, después de muchas escuchas, percibo de una forma bien distinta. Repito que hacerse a este disco no es fácil, y no culparía a nadie que haya sido incapaz de terminarlo pero, como suele ocurrir con Gorillaz, el esfuerzo suele ofrecer recompensas. Si has aguantado, enhorabuena, porque “Revolving Doors” es una canción que probablemente te llegue con más facilidad, y es de agradecer. Esta es una pieza impregnada de melancolía y extrañeza, en la que 2D se apena de lo lejos que se encuentra de su hogar (aunque nadie lo diría por la críptica letra). La electrónica es machacona pero más amable, deja espacio al ukelele que carga con el riff principal y maneja perfectamente el ritmo y la tensión haciendo uso de los coros. De un modo similar llega la mezcla de nostalgia y deshumanización de “Hillbilly Man”. Su inicio nos acomoda con la voz lánguida y la guitarra, pero apenas un minuto después sale la artillería pesada en forma de simulaciones de brass band y coros roncos de auténtico mal rollo. Es una canción extraña pero poderosa, y aunque es cierto que podría ahondar en la parte más agradable de su inicio, también demuestra que es capaz de sacrificar la belleza más formal para encontrarla después en estratos más profundos y difíciles.

Detroit” retoma el testigo de lo instrumental que se quedó un par de temas atrás y se las apaña para elaborar, sobre un par de acordes discotequeros, un corte tirando casi a downtempo con detalles ambientales difíciles de clasificar que le sientan muy bien. Es una canción simple, pero relajante y muy bien ejecutada, que se escucha sin ningún problema antes de hacer la transición hacia “Shy-Town”, que coge prestados elementos de “Demon Days” y “Plastic Beach” para dar lugar a una peculiar atmósfera entre oscura y melancólica. De nuevo, aparece aquí una letra hermética que vuelve a incidir en la temática de la distancia y el alejamiento.

Es una maldita locura que este disco exista, y no será perfecto ni tan memorable como otros, pero posee una personalidad propia, un estilo radicalmente distinto al del resto de la discografía de la banda virtual, y unos cuantos temas para el recuerdo.

Algo más cuesta arriba puede hacerse al principio “Little Pink Plastic Bags”, que juega a las contraposiciones entre lo oscuro y percusivo de su base y la luminosidad de las voces y los sintes. Trastea con muy pocos elementos, pero a pesar de todo logra, igual que el resto de canciones del álbum, crearse una identidad sonora bien diferenciada. Aquí, con esos coros que juegan casi a hacer soul y ese bajo tan marcado, podemos ver claramente lo mucho que Albarn puede sacar de unas cuantas aplicaciones de iPad y un poco de imaginación. De hecho, algunos de los elementos con los que trabajó fueron sintetizadores casi de juguete, como el Monotron que domina con sus chirridos “The Joplin Spider”. Esto sí que puede haber quien no lo trague, porque durante la primera mitad de la canción son todo crujidos aleatorios, y en la segunda aparece algo de luz y de cohesión, pero las voces robotizadas no nos lo ponen fácil para entrar en su juego, y esta vez sí que parece que, más que una canción completa, estamos escuchando una demo de Albarn toqueteando con sus cacharros. Pero si queríais algo épico, “The Parish of Space Dust” es lo que buscáis. Sintonizaciones de radio azarosas, un organillo machacón, un coro góspel apocalíptico, crescendos gloriosos y apenas dos estrofas bastan para hacer de ésta una canción que quizá no tengas como favorita en tu reproductor, pero es uno de los indudables pilares del álbum, y uno de los temas más Gorillaz de todo el elepé. Y después de este despliegue tan yanqui, igual toca bajar un poco el nivel con “The Snake In Dallas”, que vuelve a acercarse a la experimentación de “The Joplin Spider” pero más organizada: es un tema instrumental que muta, y va y viene, siempre sobre esa misma base que parece arrastrarse y reptar. Los momentos en los que alguna app nos brinda el viento metal y los siseos de Albarn hacen que, en su brevedad, resulte mucho más llamativa e intrincada de lo que parece a priori.

Y atención a lo que viene ahora: “Amarillo”, ese pepinazo que condensa en tres minutos todo lo que este disco significa. Lo electrónico y lo analógico entreverados, la épica de la soledad y el atardecer que llena el cielo en mitad del desierto, este Easy Rider melancólico y críptico pero tremendamente emocional (“The Sun has come to save me / Put a little love into my / Lonely soul). Esta es una canción poderosa, intimista pero también grandiosa, y es sin duda uno de los instantes más memorables de todo “The Fall”. Después de este momento se apagan las luces, y la música, y todo, y “The Speak It Mountains” empieza a hacer sus extrañas maniobras. Cuesta decir que esta canción, este cúmulo de frases incomprensibles (It is the dawn / the air is thinner” y etcétera), siquiera suena hasta que no pasa un poco, y al final esa melódica y los tonos bajos electrónicos casi nos relajan hasta que suena ese aterrador sonido del final. ¿Pero qué narices es esto? ¿Qué acaba de pasar? Bueno, no lo sé, pero “Aspen Forest” viene dispuesta a relajarnos un poquito, con su piano jazz, su buen rollito y su bajo más cálido y complejo (cortesía de Paul Simonon, que literalmente conforma la mitad de las colaboraciones del disco). Esta canción prácticamente se ríe de la música ambiental y chillout, y es capaz de meterte a un bajista de punk con un intérprete de qanun y… queda fenomenal. Es sencilla, no tiene pretensiones, pero justo por eso su resultado es aún más admirable.

“The Fall” arrastra muchos fallos a los que probablemente Albarn sabía que se exponía: las implicaciones de grabar cada tema de un modo casi diario y recoger en unos minutos el significado de ese momento particular del viaje hacen que, en ocasiones, los temas parezcan esbozos y jugueteos deslavazados.

Y sí, he dicho que Paul Simonon era el único de dos colaboradores de este disco, y el otro no podía por menos que ser Bobby Womack, que además se acompañó de su guitarra para tocar la preciosa “Bobby In Phoenix”. Esta canción también es inolvidable por méritos propios, y lleva esa armonía entre instrumento tradicional y electrónica hasta su máxima expresión. Dista mucho de ser un tema elaborado, pero es precisamente esa atmósfera tan espontánea, ese imaginar a Bobby tocando la guitarra en el porche con la puesta de Sol, lanzando al aire esa voz cargada de energía, lo que hace que canciones como esta te lleguen al alma. Ahora hay voces extrañas, una megafonía confusa sonando de fondo, y Albarn tocando “California and The Slipping of the Sun” casi como si fuese aquella vieja “Sound Check”, con una guitarra que apenas se oye pero que está. Es una curiosa despedida que hacia la mitad vuelve a romper con esa voz automatizada y esos detalles de teclado a caballo entre Tron y un western que casi evocan lo que el músico elaboraría cuatro años después en su debut en solitario. Su cierre mutante, casi propio de una rave extravagante e inesperada, es lo último que oímos antes de “Seattle Yodel”, treinta y ocho segundos de canto tirolés distorsionado que se pierden en la distancia porque, tal vez, el pobre 2D no encuentre otra forma más normal de despedirse.

“The Fall” es un disco extraño incluso hablando de Gorillaz. Cuesta considerarlo como un disco de estudio, y de hecho los críticos más cínicos no le otorgan tal categoría, pero yo quiero reivindicar la particular pero innegable dignidad de este álbum. Es cierto que apenas tuvo relevancia en el lore, que ni siquiera cuenta con una fase propia (teniendo en cuenta que antes cada disco y su respectiva recopilación de caras-B componían su propia ‘etapa’ en la historia de Gorillaz) y que Hewlett no colaboró prácticamente nada en el apartado artístico del álbum, pero… maldita sea, ¡es que fue grabado en un mes durante la gira del disco anterior! Es una maldita locura que este disco exista, y no será perfecto ni tan memorable como otros, pero posee una personalidad propia, un estilo radicalmente distinto al del resto de la discografía de la banda virtual, y unos cuantos temas para el recuerdo.

Así todo, “The Fall” arrastra muchos fallos a los que probablemente Albarn sabía que se exponía: las implicaciones de grabar cada tema de un modo casi diario y recoger en unos minutos el significado de ese momento particular del viaje hacen que, en ocasiones, los temas parezcan esbozos y jugueteos deslavazados. Sin embargo, este álbum sacrifica mucho para poder ser lo que quiere ser: una expresión musical no sólo del periplo de Albarn y 2D por Norteamérica, sino también del funcionamiento de una de las mentes más creativas del mundo musical.

Este disco supuso un final abrupto y un tanto decepcionante para millones de admiradores que tuvieron que esperar muchos años a la espera de que llegase la luz. Pero estamos en 2017, y esa luz está a punto de aparecer.

Gorillaz – The Fall

7.0

“The Fall” es un disco extraño y a veces difícil de escuchar, pero es un trabajo realizado literalmente en la carretera, y nos hace partícipes de ese viaje nostálgico e introspectivo a través de Norteamérica y el propio corazón de 2D. Siempre quedará relegado a un segundo plano comparado con el resto de sus compañeros, pero eso no lo desmerece, ni impide que sea un álbum muy digno y un disco de Gorillaz de pleno derecho.

  • El esfuerzo creativo de grabar un disco en un mes, sin apenas instrumentación, con un iPad y durante una gira mundial merece muchísimo respeto y es más que una anécdota tonta.
  • La personalidad sonora de Gorillaz adquiere nuevos matices con esta electrónica tan cruda y simplista.
  • Más temas para el recuerdo de los que cabría esperar: “Revolving Doors”, “The Parish of Space Dust”, “Amarillo”, “Bobby in Phoenix”…
  • La escasez de colaboraciones no impide que estas sean inolvidables.

  • Temas como “The Joplin Spider” parecen más bien demos incompletas o pruebas de sonido, y muchas canciones no parecen siquiera estar terminadas.
  • Su sonido es probablemente el menos accesible de toda la discografía de la banda.
  • Es poco relevante para el lore, y Jamie Hewlett apenas pudo aportar material gráfico.

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