Fotografía: Iñigo de Amescua (Blue Indigo Studio)

Semana Santa: época de pasión, de fe, de procesiones y de acabar con los hombros hechos cisco, bien sea por cargar a la Virgen de la Macarena o bien sea por encadenar una decena de pogos consecutivos en dos días. Con los sentimientos en ambos casos tan a flor de piel como los moratones, se me ocurre que quizá no sea tan diferente pertenecer a una cofradía y acudir al Fuzzville!!!. Al fin y al cabo, cada uno tiene la religión que más le gusta.

En esta tercera edición del festival, adelantada a Semana Santa por motivos desconocidos, el rock y el punk han vuelto a atronar Benidorm, si bien con considerables diferencias respecto a los años anteriores. Aparte de la más obvia del cambio de fechas, una relocalización de última hora situó el festival en el jardín de la discoteca KU, en vez de en la KM como había sucedido anteriormente.

VIERNES 14 DE ABRIL

Pese a que un servidor tuvo que perderse la ya tradicional fiesta previa al festival, celebrada en la sala Rockstar, lo que se comentó al día siguiente fue que Oh! Gunquit no fallaron, y acompañados de Wild Ripple, de carácter más bien stoner rock, y Terrible MIN, power poperos, dieron una digna bienvenida a los asistentes más tempraneros al festival.

La jornada del viernes la abrían en el escenario grande Lucy and the Rats, que ante un público creciente tuvieron que dejarse la piel para empezar a caldear el ambiente en el festival. Posición algo incómoda la de tocar el primero, que superaron con buena nota alrededor de una Lucy intensa y un punk rock de la vieja escuela al que nadie hizo ascos con el Sol aún pegando fuerte. Les siguieron inaugurando el escenario pequeño Little Cobras. Por cierto que pocas veces el concepto de ‘escenario pequeño’ se ha ajustado tan bien a la realidad, pues efectivamente el escenario secundario del Fuzzville, delimitado por la piscina, acogía un aforo muy reducido, sobre todo si se quería ver a la banda a corta distancia. El nivel casi raseado del mismo no ayudaba a la visibilidad de las bandas que tocaron en él, aunque en su favor diremos que el sonido, bueno en general, y el ambiente de micro-fiesta que se generó en prácticamente todos los conciertos, compensaron las estrecheces. Como decía, Little Cobras lo estrenaron con su punk garajero de estilo neoyorquino directo del Puerto de Santa María, mientras el público seguía aumentando.

Eran las 8 de la tarde y empezaba uno de los platos fuertes de esta edición, que como ya comentamos en el análisis previo del cartel, sobresale por su nivel medio, sin haber unos cabezas destacados aunque sí mucho equilibrio y variedad. Uno de los que ya entonces os recomendamos son los canadienses Sonic Avenues, cuyo power pop ganó muchos enteros en cuanto a potencia en directo con respecto a sus álbumes. Sin perder las melodías que les hacen una banda brutalmente adictiva, la intensidad que le puso  especialmente su frontman Max Desharnais les acercó más al punk por momentos, dejando la atmósfera del exterior de la sala KU a punto de caramelo mientras anochecía. A continuación Aloha Bennets pusieron el toque tropical y fresco necesario para no acabar saturado de ruido antes de tiempo. El cuarteto del Baix Llobregat practica un garage popero y bonito, de poco calado y mucha melodía. Inevitable la comparación con Hinds, pues su sonido sigue una estela parecida con aroma a bandas como Allah-Las o Dead Ghosts, aunque con diferencias notables, como el cantar en castellano, ser menos estridentes y una tendencia más rockera que les sienta muy bien. Les falta rodaje, pero Aloha Bennets tienen lo necesario para ir sonando más a corto y medio plazo.

Su relevo lo tomaron ya en el escenario grande uno de los platos fuertes de esta edición: The Nomads. Los suecos llevan más de 35 años predicando un rock ‘n’ roll garajero en su sentido más clásico, que ha sido influencia fundamental en el sonido del rock escandinavo de las últimas décadas para bandas como The Hives (a quienes se parecen enormemente), The Hellacopters o Gluecifer. A pesar de que siempre hay dudas justificadas con bandas tan veteranas que siguen tocando, su show en Benidorm fue solventado con soltura, especialmente gracias a su cantante y líder, un Nick Vahlberg que conserva su voz a la perfección. Por ponerles una pega, tocaron sólo un par de temas del genial “Solna”, uno de sus últimos discos, pero teniendo en cuenta que su discografía se acerca a la veintena de LPs, es comprensible.

El salto generacional presente en el Fuzzville en general no fue más claro en ningún momento que en la transición entre los suecos y la que apuntábamos sería la revelación del festival. Los miembros de La Plata, con quienes hablamos hace menos de un mes en The Cavern, no habían nacido cuando aquellos llevaban más de 10 años tocando. Los valencianos han hecho el EP en castellano más perfecto del año, y si lo escuchas y eres capaz de no volver a ponértelo en bucle, yo mismo te envío la hoja de reclamaciones. Lo que vimos en su concierto fue un reflejo perfecto de ese pop con alma punk para dejarse la voz y bailar como poseídos al grito de “un atasco”. Publicadas tienen tres canciones, pero ya contamos los días para que vean la luz otros de los temas que nos mostraron en esa vorágine de directo. La Plata tienen el cielo ganado con nosotros.

De nuevo tocó salto en el tiempo (esta vez más musical que en cuanto a edad de los miembros) para ver a unos The Briefs que desataron un pogo casi constante durante tres cuartos de hora, con su punk británico y retro de la onda de los Buzzcocks o los Sex Pistols. Mucho mensaje político, mucho cachondeo y muchas gafas de plástico horteras en uno de los conciertos más salvajes del festival, por mucho que los de Seattle no fueran santo de mi devoción. Como tampoco lo eran del todo Jíbaros, aunque hay que decir que atrajeron considerable atención en el escenario pequeño ya entrada la noche. Pero en algún momento hay que reponer fuerzas y comer algo, y un servidor aprovechó el momento para de paso coger buen sitio ante el concierto del día. Francamente, no sé muy bien qué se puede añadir a estas alturas de Biznaga sin caer en topicazos o alabanzas ya repetidas. Si ya en la primera edición del festival eran conocidos y emergentes como una de las bandas punks estatales de mayor proyección, dos años después y con su sobresalienteSentido del Espectáculo recién salido del horno, lo de los madrileños es otra jodida liga.  Récord de gente saltando del escenario y haciendo crowdsurfing que sólo sería competido al día siguiente a la misma hora por un californiano grillado de la cabeza y con el nivel de rabia de Álvaro. Trata de engorilar tú a una multitud gritando “Como dice la canción, todos somos putas”, y entenderás el mérito de Biznaga. Que las letras no se entendiesen apenas ni siquiera importa, pues el que no se las sabía, gritaba, y con eso basta. Tras semejante sacudida física y mental, los madrileños Zelators cerraron la velada en el escenario pequeño (otra novedad, puesto que otros años se acababan los conciertos en el grande). Un rock hijo de mil padres, desde el garage más primitivo hasta el beat, que a esas horas sentó estupendamente.

SÁBADO 15 DE ABRIL

El sábado, como ya es costumbre fuzzvilliana, toca doble sesión de festival. A mediodía, en una sala Rockstar poblada por guiris sin miedo al cáncer de piel tocarían en la fiesta Jägermeister dos proyectos de Daniel Treviño: por un lado, su álter ego King Cayman, y por otro integrado en el power trio de Favx, ambos integrados en el roster de Jägermusic, en la que es tristemente una de las escasas ayudas para las bandas emergentes de ganar notoriedad y acceder al circuito de conciertos. El caso es que ambos proyectos, a pesar de tener puntos en común, como el gusto por el ruido y el descontrol (aparte de al propio Dani, obviamente), son considerablemente diferentes. Mientras que Cayman reinterpreta la figura del rock ‘n’ roll clásico del one-man-band, actualizándola con ración extra de gritos y distorsión, Favx van más allá y encarnan una versión moderna y difícil de definir de los Fugazi y compañía. Como unos The Garden con más gusto por la melodía o unos Death Grips más guitarreros y pop, Favx son de los grupos más calientes que te puedes echar a la cara hoy en día en nuestro país, y lo dejaron patente una vez más en el Fuzzville.

Fotografía: Luis Córdova

Unas horas para recuperar fuerzas y de vuelta al recinto de la KU, que en la jornada del sábado abrían Psychotic Youth. Por desgracia no presencié más que el final de su bolo, y es que aunque reconozco que fue culpa mía, una queja un tanto generalizada fue la de los horarios de los conciertos. Al no poder solapar ambos escenarios (cosa que se agradece), los conciertos se prolongan sin pausa durante 6-7 horas, aunque eso no quita que pudieran haber empezado y terminado un poco más tarde, sobre todo por el calor y porque mucho público al terminar los conciertos no se quedó en el recinto para escuchar las pinchadas de los DJs del festival, acabando la fiesta un poco antes de tiempo. Detalles como este al margen, la jornada del sábado sólo nos traería alegrías.

La primera, el concierto de Las Cruces, de Madrid, cuyo post-punk fue un soplo de aire fresco para unas propuestas que sin estos cambios de estilo podrían ser demasiado homogéneas. Mucha mala leche y buenas letras rebosantes de actitud punk, con una puesta en escena llamativa gracias a los capirotes de la mitad masculina de la banda y una Violeta Gill demoledora a la voz. Les siguieron los portugueses The Parkinsons, con una propuesta más canónica en lo que es el sonido del festival, y de nuevo un frontman destacado. Derroche de energía para uno de los conciertos más espídicos del fin de semana. Una propuesta muy diferente fue la de The SaltitoS, que de vuelta al escenario pequeño dieron a conocer su peculiar rock con aroma sureño. A tramos combinado con una spoken word, este les hizo diferenciarse del resto de bandas del festival, y personalmente tomo nota de los valencianos como nombre a seguir.

Fotografía: Luis Córdova

Con la noche ya caída en Beniyork, era el turno de uno de los grupos más esperados por el sector más maduro de los asistentes. La Banda Trapera del Río, que el año pasado celebró su 40 aniversario, es una de las pioneras del rock duro en España, y algunos de sus temas como “Ciutat Podrida” o “Venir a las Cloacas” son prácticamente de los primeros que resonaron en nuestro país en un género hasta entonces inexplorado por músicos nacionales. Los de Barcelona sin embargo han sido maltratados por el tiempo y la química, y prácticamente el único miembro superviviente de la formación original es el cantante Morfi Grei. Otro caso de directo sorprendentemente solvente de unos viejos rockeros con mucho pasado a sus espaldas.

Todo lo contrario que Bala, que continuó la fiesta en el escenario. El dúo gallego, que acaba de sacar “Lume”, su notable segundo disco, era probablemente el nombre más heavy del cartel de este año. Su sonido, entre un punk rabioso y oscuro y un stoner tocado a toda leche, no tiene fácil comparación. Pese a que no se oyó la voz de Violeta durante las primeras canciones, Bala nos dejaron a todos con el culo absolutamente torcido. Una densa bola de ruido que consigue atronar al personal, desatando tortícolis y calambrazos masivos mientras quedábamos hipnotizados. Ya sabíamos de lo que  eran capaces en el estudio, pero los que las vimos por primera vez en directo aún estamos recuperándonos de la dislocación de mandíbula que nos causaron. Probablemente, el concierto del festival. Tras semejante barbaridad llegó el turno de Zeke, ejerciendo un papel equivalente al de los Briefs el día anterior. Siendo uno de los grupos que más gente pareció atraer al festival, los de Seattle cumplieron las expectativas sobradamente. Su hardcore punk con mucha influencia de Motörhead y sonido similar al de otros clásicos como los Dwarves (aunque para mi gusto, un punto por debajo de estos) provocó el caos y la locura en el foso del escenario principal, como calentándolo para lo que se vendría luego.

Fotografía: Eduardo Varas

Tras ellos y ya enfilando la recta final del festival, tocaba quitarle un poco de hierro al asunto, y de eso Galleta Piluda saben un rato. Presentándose como los ‘Lie Detectors tocando versiones de Galleta Piluda, que es lo que de verdad nos gusta’, el dúo cumplió con creces en su papel de sustituto imprevisto de los vascos. Un teclado, una batería, dos voces y canciones como “Vibrador Violador”, “Monos con Mierda” o “Perri el Erizo”. Poco más que añadir: siempre tiene que haber un tío gracioso en la fiesta. Sobre todo si después venía el recital de intensidad. Y es que cerrando el escenario grande, tocaba el nombre al que más ganas tenía de ver de todo el cartel: Ex-Cult. No os molestéis en buscar documentos gráficos de la actuación de los californianos, puesto que ni Dios se atrevió a sacar el móvil para grabar. O si lo hizo, el móvil sin duda volaría por los aires y acabaría en la piscina. Chris Shaw no es un frontman, es un marine desquiciado que arrasa por donde pasa y si se tiene que bajar o tirar media docena de veces al público, lo hace sin despeinarse. Una jodida bestia encima del escenario que eclipsó al resto de la banda soltando más latigazos que canciones, como reivindicando el poder de la mala hostia en cada uno de sus trallazos. No le conozcáis como el amigo de Ty Segall (o uno de ellos). Conocedle por su nombre y el de su banda: Chris Shaw y Ex-Cult son de otro planeta.

Después de eso, complicada papeleta. Aunque visto de otro modo, la mitad del público estaba en coma inducido tras semejante bolo, así que Kurt Baker y su combo lidiaron con un novillo dócil. Ahora sí que sí el festival tocaba a su fin, y el norteamericano afincado en España ya hace un tiempo, supo curar las heridas y poner un broche inmejorable al festival con su rock’n’roll de nueva ola. Sencillo y bonito, el rock de Baker puso punto y final a una tercera edición del Fuzzville diferente en circunstancias a las anteriores y marcada por la altísima nota media de todos sus conciertos así como por su intensidad.

Menos mal que al día siguiente era Domingo de Resurrección.

Fotografía: Eduardo Varas