Debo reconocer que es improbable atravesar por primera vez la nube de combustión, la estética de la revolución industrial, por medio de este álbum. Las manos que recojan una etiqueta tan difuminada por el paso del tiempo como The Jesus and Mary Chain serán viejos amantes del placer cicatrizado o curiosos que conservan el desgastado sonido de una radio a pilas o un televisor de cocina que hay que amonestar para que encienda. Si éste no es tu caso, quedan pocas razones para que fijes tu atención en un título tan poco imaginativo. Rogaría a los curiosos que hicieran caso a su instinto y revisaran primeros los títulos originarios de su discografía. Abreviaré para los que disfruten ojeando los primeros párrafos que nada nuevo hay en esta filtrada humareda. Más accesible, correcta y positivamente, desprovista de toda grandilocuencia.

Viejos amantes del placer cicatrizado

No hay nada nuevo en esta filtrada humareda. Más accesible, correcta y positivamente, desprovista de toda grandilocuencia.

Unos envejecidos hermanos llegaron a España convencidos por el festival Bilbao BBK Live en el 2015, quizá te suenen de eso, tras un periodo de pacificación que culminaría tres años después en el estreno de este nuevo “Damage and Joy”. Como muchas bandas malditas de los años 80 que dejaron pasar el carro de la New Wave, la pareja conformada por Jim y William Reid han pasado a formar parte de la anecdótica vanguardia que rescató las cenizas de The Velvet Undeground, como Sonic Youth, Big Black, Chrome, o en años venideros My Bloody Valentine, The Flaming Lips y Stereolab. Irónicamente, ellos que trataron de replicar la pobre calidad de las radios y sumir a las ciudades en un somnoliento sosiego, hoy día se han visto rechazados por ellas. Ojalá la publicidad que han recibido en la entrada del nuevo siglo no les relegue, como en sus propias palabras al inicio del emblemático “Psychocandy” a “un juguete de plástico”. Por otra parte, su nuevo aporte no ayuda a un resurgimiento.

Fotografía: Warner Music

“Damage and Joy” resulta modesto y se ciñe a unos cuantos temas pop entre los que hay algunos que funcionan y otros que no (queda subrayada una de las intros más extenuantes de la banda).

El lanzamiento del sencillo “Amputation”, primera pista, dice poco a favor. La nube de distorsión se muestra como una débil neblina que trata de ser enrarecida con algunos pitidos y señales de la guitarra. La batería electrónica no ubica, como a Bill Murray en Lost in Translation en ninguna ciudad del mundo. Desconozco si “I’m a Rock ‘N’ Roll amputation” (“Soy una amputación del Rock ‘N’ Roll”) apunta humildemente a su regreso al estudio. Más esperanzadora se muestra “War on Peace”, enarbolando una estética que recuerda bastante a Slowdive y que hubiera funcionado mejor como apertura. La tensión va en aumento, anticipando eficazmente un nuevo escenario. Éste arriba al término de la canción, marcando los extremos entre los que la banda se va a desplazar a partir de entonces. “All Things Pass” parece un homenaje a “Time” de Pink Floyd, aunque el reloj de la estación no aventura la pobreza lírica y contextual del corte, con los coros fraternales que a través de la humareda de la locomotora pasan sin pena ni gloria.

Always Sad” podrían haberla firmado Dinosaur Jr. y haber pasado a formar parte de la banda sonora de Clerks. En ella aparece por primera vez una de las cantantes femeninas (desfilarán tres por el álbum), elemento poco aprovechado y que les acerca desgraciadamente, en intencionalidad y contexto, al desafortunado nuevo trabajo de Pixies. “Song For a Secret” contiene de nuevo esa sensualidad que aporta la tensión creciente, como una muchacha que se vuelve llamativa a medida que se convierte en mujer. Se trata de la vecina del nuevo apartamento que viene a recibirnos, y aunque arroja algo de atracción sobre el planteamiento llano se verá emulada por la llegada de una segunda vecina que sugiere exactamente lo mismo en “The Two of Us”. Conceptualmente esto es intolerable. Volvemos a sentir unas asincrónicas ganas de sacar un patinete y rodar calle abajo a comprar una Coca-Cola.

El cariz rupturista de su reconocimiento ha desaparecido y quedan pocos indicios de una recuperación futura. Aun así nos mantendremos a la espera.

Los Feliz (Blues and Greens)” muestra una interesante crueldad que parecía olvidada, al bajar a un parque, sentarse en un banco y observar los rascacielos de una gran ciudad estadounidense. La ambigüedad establece una fantástica dinámica. Empezamos a comprender que algo va a suceder. La progresión armónica se alía con el encono del sintetizador y establece en el cielo unos sospechosos nubarrones, y un viento que nos llenará la bata y el periódico de arena para la llegada de “Mood Rider”, un tema prácticamente stoner. Una nube de polvo toma el parque y se debate de nuevo en esa interesante dicotomía entre el ruido y la sobriedad. The Jesus and Mary Chain se han alejado de su zona de confort. Sin embargo la tormenta pasa rápido y se vuelven a imponer los ecos noventeros. “Presidici (Et Chapaquiditch)” recupera de “Reverence” la figura de Kennedy entre otras disonancias líricas y resulta plenamente prescindible.

Las concesiones a otros géneros no acaban ahí. “Get On Home” es un acercamiento al rock ‘n’ roll y a las series de ciencia ficción de los años 60 y aporta bastante poco al álbum, más allá de edulcorar con el estilo mecanografiado de la batería. No sale del barrio residencial. Tampoco el siguiente corte. Más próximo al indie de Dinosaur Jr. se retrata “Facing Up to the Facts”, con una historia ligeramente más interesante. No podía faltar una deconstrucción del universo Jesus: “Simian Split” juega con un teclado que imita el sonido del saxo y algunos golpes de efecto bien controlados. No obstante, se queda en la anécdota. Además se remarca especialmente la artificiosidad con el plato pregrabado que se queda en el aire, acercando el sonido al formato MIDI. Una modesta balada, de nuevo con voces femeninas. “Black and Blues” pasa desapercibido por las fotografías del verano que va introduciendo, mientras que “Can’t Stop the Rock” regresa a esa tendencia exangüe y predecible en la que se puede entrever el carrusel de la feria pero nada del humo que exhalaba su delicioso motor averiado.

El listón del noise está francamente alto, pues a la sombra se han refugiado un sinnúmero de artistas y agrupaciones que han sabido utilizar el elemento ruido para crear atmósferas y aspirar a los oyentes a insólitas recreaciones del movimiento punk. Sin embargo, ello no excusa la carencia de originalidad de algunos trabajos ni el resurgimiento desmotivado de viejas chapas, como se pudo reseñar en el “Head Carrier” de los Pixies un año antes. El que nos ocupa se coloca ligeramente por encima porque se ciñe a una serie de temas pop y no puede acogerse a una caída desde tan gran altura como la de los de Boston.

The Jesus and Mary Chain – Damage and Joy

5.8

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The Jesus and Mary Chain regresan tras un hiato de más de diez años y se emplean en realizar conciertos que vayan más allá de aquellas acostumbradas sesiones de 20 minutos que otorgaban al empezar su carrera. Con todo, el trabajo resulta modesto y se ciñe a unos cuantos temas pop entre los que hay algunos que funcionan y otros que no (queda subrayada una de las intros más extenuantes de la banda).

Up

  • Se trata de un trabajo decente.
  • No hay alardes pretenciosos.

Down

  • No se observa ningún elemento novedoso.
  • Momentos demasiado genéricos y poco llevaderos.
  • La pobreza de las letras.