Demon Days” fue un éxito. Fue un éxito en Gran Bretaña, fue un éxito en Estados Unidos, fue un éxito en el mundo del pop, del rock alternativo, de la electrónica y de todo en general. Gorillaz habían doblado su propia apuesta y la habían ganado con intereses, ganándose la ovación de la crítica y el público y demostrando que lo suyo iba muy en serio. Y, extrañamente, parece que nadie se ha preguntado nunca qué ocurrió entre el segundo disco de la banda animada y lo que vino después.

Quizás tenga algo que ver con que Damon Albarn, no mucho tiempo después de llenar de forma rutinaria sitios como la Casa de la Ópera de Manchester o el Teatro Harlem de Nueva York con un proyecto como el suyo, desapareciese un tanto del mapa. Y es que el tipo funciona así. Ya lo he dicho un millón de veces, y a día de hoy eso sigue siendo cierto: Albarn es un culo de mal asiento, es un artista tremendamente inquieto que parece sentir una imposibilidad patológica hacia el conformismo y el juego a lo seguro, y por eso se ha pasado buena parte de su carrera musical saltando de un proyecto a otro sin aparente correlación con tal de abandonar su zona de confort.

En estas trashumancias sonoras, el londinense hace extraños compañeros de viaje que lo acompañen en su periplo, y se topa con nuevos sonidos que añadir a su ya amplia paleta. Algo así ocurrió con “The Good, The Bad and The Queen”, un álbum conceptual sobre Londres que lanzó en 2007 su supergrupo sin nombre, formado por Paul Simonon (bajista de The Clash), Simon Tong (ya un colaborador habitual) y Tony Allen (batería de Fela Kuti); o con “Monkey: Journey to the West”, una adaptación a la ópera de la leyenda china del “Viaje hacia el Oeste”, con escenografía y arte brindados por Jamie Hewlett, apenas un año después.

Esta amalgama de ideas abrió nuevas puertas a Albarn, y el cúmulo de ideas que dio a luz empezó a transformarse en un proyecto provisionalmente titulado “Carousel”, un tercer disco de Gorillaz en el que la banda ficticia no sería tan importante como el enorme grupo de colaboradores con el que darían a luz un nuevo proyecto mayor. Jamie Hewlett comparó esto con las películas de The Who, como “Tommy” o “Quadrophenia”, que llevaban el nombre de la banda porque, aunque no apareciesen en pantalla, “eran las mismas personas trabajando en ello”. Y la cosa se les fue aún más si cabe de las manos, porque, como el dibujante explicó, “hay muchas historias que cuentan una historia más grande, fundamentada en la música y realizada con live action, animación, diferentes estilos […] mira, somos básicamente nosotros haciendo lo que nos da la puta gana sin preocuparnos sobre si irá a parar a una discográfica o a una compañía cinematográfica”.

De este modo, el enfoque musical y artístico cambió por completo, y Albarn y Hewlett ampliaron miras. Sus personajes serían los mismos, pero estarían adaptados a una narrativa diferente, y el músico dijo que quería “trabajar con un grupo sorprendente e increíblemente ecléctico de gente”. La magnitud del proyecto era tremenda a nivel sonoro, visual, colaborativo y de mera producción, ya que esta vez fue el propio grupo el encargado de supervisar la obra. Durante más de un año de grabación tremendamente fructífero, Albarn, Hewlett y demás familia trabajaron conjuntamente en el que es sin duda el proyecto más grande de la historia de Gorillaz… al menos, hasta la fecha. Es un trabajo magnífico, pero a pesar de esto no se deja escuchar fácilmente. Como leí hace unos años, Albarn hace del engaño un arte en este disco, porque oculta su néctar más dulce detrás de capas de rechazo e incomprensión. Esto puede llegar a lastrarlo por momentos, aunque ya llegaremos a eso. De momento, tenemos un largo viaje que hacer para adentrarnos en lo más profundo de “Plastic Beach”.

“Plastic Beach”: Gorillaz y la obra de arte total

El mayor logro del tercer disco de Gorillaz fue el de armonizar su apartado musical con su trama, porque si antes estaban ya tremendamente relacionadas, ahora era casi imposible entender la una sin la otra.

Probablemente, el mayor logro del tercer disco de Gorillaz, además de llevar a buen puerto la mayor parte de sus muchísimas ambiciones, fue el de armonizar su apartado musical con su trama, porque si antes estaban ya tremendamente relacionadas, ahora era casi imposible entender la una sin la otra. Sin meternos mucho en el lore (que, insisto, requeriría poner negro sobre blanco durante demasiadas horas), aquí se produce un conflicto entre los propios miembros virtuales de Gorillaz (es decir: Murdoc, 2D, Noodle y Russel) y la banda en directo (Albarn y su cada vez más extensa tripulación), como si el grupo animado fuese el real y el equipo humano fuesen impostores. Por si esto fuera poco, esta vez los videoclips narran una trama que los enlaza, y los podcast de Murdoc a través de la web de la banda ayudaban a contextualizar estas imágenes (cuyo estilo visual es, de nuevo, sobresaliente) a la vez que rompe una vez más la cuarta pared.

¿Y es importante que hable de la historia? Pues sí, porque la huida de Murdoc y su equipo a la isla de Plastic Beach no tendría sentido si no supiésemos qué es Plastic Beach. Lo cierto es que Damon Albarn retoma aquí la temática ecologista de “Demon Days”, pero con una serie de giros y maniobras ocultas que distancia el mensaje de este trabajo de los de su antecesor. Plastic Beach es la isla formada por toda la basura del océano, que flota en el lugar más alejado de la civilización, y Murdoc se esconde ahí con su banda para grabar un nuevo álbum de Gorillaz, más grande, más ambicioso, más ecléctico y más estrafalario. Si a esto sumamos la cronología de los videoclips y el resto de la parafernalia, creo que con esto es suficiente para hacerse a la idea de dónde vino la inspiración para el álbum y por dónde van a ir los tiros. Se acabó enrollarse, ¡hablemos de música!

“Plastic Beach” muestra una paleta sonora más luminosa y crea una atmósfera mucho menos opresiva que “Demon Days”.

El oleaje del mar nos cede unos segundos de acomodo antes de que comience la breve y majestuosa “Orchestal Intro”. Al contrario que ocurría con el inicio de su antecesor, “Plastic Beach” muestra una paleta sonora más luminosa, y crea una atmósfera mucho menos opresiva. La orquesta británica Sinfonia ViVA ejecuta su primera contribución al ambiente marino y un tanto romántico del álbum, y con su sirena de barco se inicia la transición hacia el primer tema que pone las cartas sobre la mesa: “Welcome To The World Of The Plastic Beach”. Y sí, ese que nos recibe es Snoop Dogg, acompañado del Hypnotic Brass Ensemble, de sintetizadores y voces procesadas, de un bajo más heredero del funk que del hip-hop, y en general de un rollo muy sugerente y animado. Sin desmerecer a “Demon Days”, aquí hay color, hay una energía diferente, una viveza y un espectáculo que prácticametne nunca bajan el ritmo, y uno empieza a entender lo que decía Damon Albarn al afirmar que este era “el disco más pop que había hecho”.

Y es sorprendente que diga esto último, porque sólo al maldito Albarn se le ocurriría meterte a la Orquesta Nacional Siria justo después de un rap de Snoop Dogg. El sonido arábigo había sido una constante en la música de Albarn, pero justo cuando crees que le has cogido el truco, “White Flag” muta con la aparición de Bashy y Kano, y los sintetizadores chirrían pero vuelven a mezclarse con la sección orquestal… Y resulta que queda genial. ¿No es increíble? Pero esperad, que la cosa no para, y ahora 2D vuelve a ponerse al micrófono: es “Rhinestone Eyes”, ese pedazo de single cargado de sintetizadores inclasificables y letras que desafían a toda interpretación. Esta es una de esas canciones a las que cuesta acostumbrarse, como a casi todo lo que hace este disco, pero después de un par de escuchas, ese That’s electric-tric-tric-tric” que parecía improcedente, los vocales lánguidos, las metáforas imposibles (Your love’s like rhinestones falling from the sky / with future pixels in factories far away”) y todo lo demás, consiguen quedarse contigo si pones de tu parte.

“Plastic Beach” es el disco más heterogéneo de Gorillaz, y que un disco comercial sea capaz de tocar tantísimos palos y tener semejante éxito merece un sonoro aplauso. Es un proyecto y no sólo un disco, porque sin el enorme esfuerzo creativo que hay detrás de todo esto a todos los niveles no podría entenderse.

Y si la cosa va de engañar al público para acabar robándole el corazón, “Stylo” sabe un poco de esas cosas. Esa canción, ese pepinazo que al principio parecía que no había quien digiriera pero resultó ser uno de los emblemas de toda la historia de la banda. Esa electrónica casi de baratillo, el inolvidable bajo, la voz de Albarn llevándonos en un sueño, y los momentos en los que el mismísimo Bobby Womack aparece para que te vengas arriba y alucines con la mezcla. La fuerza de su voz y de unas líneas completamente improvisadas son de esos detalles que te dejan huella y demuestran por dónde se pasan Gorillaz las etiquetas de géneros musicales.

Y… a ver cómo explico esto. Vale, lo que viene ahora se llama “Superfast Jellyfish”, y sé que todo parece una broma, porque este hip-hop funky psicotrópico puede no entrar fácilmente a la primera de cambio, ni siquiera cuando De La Soul y Gruff Rhys están metidos en el ajo. Pero es tan exagerada, es todo tan absurdo, los procesadores vocales hacen unas virguerías tan estúpidas que… te la crees, porque es divertido de narices. Y piensas que todo va de coña, pero la transición a “Empire Ants” es tan perfecta que se te deshace el corazón. Y no es para menos, porque esta canción tan indescriptiblemente bella es una de las mejores de todo el disco. ¿Y por qué? Será por lo inmensamente relajante de su inicio, la tranquilidad que infunde con sus letras, cómo en el momento en que ya te tiene sumido en su calma se convierte en una especie de rave-chillout con un ritmo y un bajo de jodido escándalo, y la voz de Yukimi Nagano de Little Dragon te obnubila… Sencillamente, no se parece a nada que se haga en el mundo musical a esta escala, y el resultado es de una calidad incontestable.

Albarn hace del engaño un arte en este disco, porque oculta su néctar más dulce detrás de capas de rechazo e incomprensión. Esto puede llegar a lastrar “Plastic Beach” por momentos.

Pero con lo que viene ahora sí que tengo que decir un par de cosas. “Glitter Freeze” marca el ecuador del álbum, pero no es tanto un punto de inflexión como una prueba de fuego, porque este coro de sintetizadores chillones puede molar mucho si le coges el truco, pero eso cuesta mucho esfuerzo. Probablemente, más esfuerzo que la mayoría de canciones de Gorillaz. Sabe integrar arreglos interesantes a ese riff, darle una densidad extraña y hacer de este tema uno de los más ajenos de cuantos ha hecho la banda, pero sigue siendo difícil de tragar y se alarga mucho. Y el colaborador, Mark E. Smith (integrante de The Fall), apenas aparece para un par de frases, por lo que su identidad no permea en la esencia de la canción. Y este, lamentablemente, es un problema que este disco aqueja en otras ocasiones.

Some Kind of Nature”, por su parte, es mucho más agradable, cálida y colorida, y cuenta con una colaboración de lo más especial: nada menos que Lou Reed es quien pone aquí su particular e interesante granito de arena. Una vez más, la letra es críptica y difícil de descifrar, pero eso no quita para que su belleza no sea más disfrutable, y aunque sólo sea una frase lo que queda, pues sabe ser memorable. Aunque si la cosa va de ganarse un hueco en nuestro corazoncito, “On Melancholy Hill” merece una mención especial. Mirad, esta canción es, simplemente, linda. Y sí, esa es la palabra, porque tiene algo tan dulce y casi tontorrón que… dios, ¿no es para comérsela? Esta es la demostración de que Albarn sabe manejar el pop sin que sea genérico ni aburrido, y… joder, se queda contigo. Sus coros son relajantes, la instrumentación no se limita tan sólo a los sintetizadores y goza de un sonido muy característico que no se puede dejar pasar así como así.

Si bien “Demon Days” es el mejor disco de Gorillaz, “Plastic Beach” es el más grande, porque en lugar de querer superar el éxito de su antecesor decidió salirse por la tangente de una forma inesperada. Sin embargo, sus muchas ambiciones lo dejan mucho más expuesto.

Broken” es algo que se acerca más a una canción romántica, nostálgica, con un cierto toque de drama y una atmósfera nocturna y onírica, que se apoya en una progresión de acordes y unas cuantas capas de teclados que saben manejar bien el ritmo y la tensión. Es un tema cargado de belleza y bien ejecutado, en definitiva, no como algo del que tengo que hablar a continuación. “Sweepstakes” es la canción en la que Mos Def, que aparece brevemente en “Stylo”, lleva la voz cantante, rapeando sobre una base que parece no tener una línea sonora consistente sino que va añadiendo bits de teclado de un modo casi aleatorio, y se hace simplemente disonante durante un buen trecho de la canción, porque el tema tarda mucho en irse construyendo. Y… espera, ¿qué? No, no, es que literalmente se va construyendo a lo largo de la canción, apropiándose de elementos que va metiendo debajo de la voz (que, en realidad no cambia), y… todo parece tener sentido al final. De nuevo, el Hypnotic Brass Ensemble hace una labor cojonuda, sí, pero… ¿qué es esto? ¿Es una tomadura de pelo rara o algo? Quiero decir, sí, al final resulta que suena bien, pero podría haberse hecho de otra manera, porque ya la letra es complicada de por sí como para meterle todo eso en medio. Es una jugada extraña, a decir verdad.

Pero bueno, tampoco me voy a ensañar aquí, no cuando tienes a la mitad de The Clash tocando para ti ahora. “Plastic Beach” tiene una introducción impresionante que corre a cargo de Mick Jones y Paul Simonon (con quien, como dije arriba, Albarn colaboró en 2007), y es un tema difícil de clasificar. Hay un poco de funk, de reggae, de electrónica, de synthpop, de sección de viento metal… ah, y es la segunda canción que Albarn le dedica a una ballena. Es un tema potente, con elementos interesantes y una colaboración estelar. Es extraño, sí, pero es de esas extrañezas que se pueden tolerar. Algo mucho más asequible lo tenemos en el mágico dueto entre Damon Albarn y Yukimi Nagano en “To Binge”. Esta canción es, sencillamente, preciosa, y aunque pueda parecer edulcorada de entrada, resulta que no es ninguna ñoñería, porque Albarn ha vuelto a engañarnos: “To Binge” es un diálogo entre dos enamorados, sí, pero sobre la adicción de uno de los dos y su distorsionada visión de la realidad. Y si el título (que literalmente significa “emborracharse”) no os dice nada, pues ya me contaréis. Pero ahora toca ponerse serios: Bobby Womack ha vuelto a coger el micrófono, y está cantándonos “Cloud of Unknowing”, que evoca esa sensación de sobrecogimiento que hizo grande a “Demon Days”, y se hace profundamente emotiva con la sección orquestal que Sinfonia ViVA aporta cerca del final, majestuosa, incomprensible… y todo se sume, de nuevo, en el oleaje y las gaviotas. Pero aún no está todo dicho, parece ser: “Pirate Jet” presenta un mensaje perturbador y ominoso envuelto enmascarado por su cínico sonido, que casi resulta histriónico pero, en cuanto se cambia un poco la perspectiva, resulta que cumple bien su trabajo. Pero tengo la vaga sensación de que no termina de ser suficiente.

Si bien “Demon Days” es el mejor disco de Gorillaz, “Plastic Beach” es el más grande, porque en lugar de querer superar el éxito de su antecesor decidió salirse por la tangente de una forma inesperada. Sin embargo, sus muchas ambiciones dejan a este gigante mucho más expuesto, y en su afán de experimentación pierde una cierta cohesión en sus formas. Esto no significa, ni de lejos, que sea un mal disco, pero sí implica que lleve consigo una serie de fallos que, a pesar de todo, logra enmascarar con su incuestionable capacidad para la sorpresa. En definitiva, “Plastic Beach” es el disco más heterogéneo de Gorillaz, y que un disco comercial sea capaz de tocar tantísimos palos y tener semejante éxito merece un sonoro aplauso.

También es cierto que, si ya de normal es difícil hablar de Gorillaz sin su apartado visual y transmedia, aquí es imposible realizar un análisis completo. “Plastic Beach” es, efectivamente, un proyecto y no sólo un disco, porque sin sus videoclips, su campaña publicitaria, su impresionante despliegue visual y puesta en escena, la magnitud de sus conciertos, el esfuerzo creativo que hay detrás de todo esto a todos los niveles, no podría entenderse. Su complejidad no es su fallo tanto como su talón de Aquiles, pero eso jamás podrá desmerecer al conjunto y a las partes de una obra de arte total.

Gorillaz – Plastic Beach

8.8 HOT RECORD

“Plastic Beach” es un disco extraño, y su ambición puede llegar a dejarlo expuesto y a revelar sus puntos flacos. Sin embargo, si entendemos este disco como parte de un proyecto mucho mayor, los méritos que hace a la hora de trascender las barreras del género musical, el amplísimo abanico de colaboraciones que trae y lo memorable de todo su trabajo, es fácil entender por qué este álbum merece un lugar destacable en la historia de la música reciente.

  • Damon Albarn jamás deja de ampliar su paleta de sonidos, y este disco es seguramente el mayor exponente de esto, resultando ser un trabajo mucho más colorido y vivo que sus antecesores.
  • Las colaboraciones adquieren aquí una importancia capital, y tanto los invitados de máximo honor (Mick Jones y Paul Simonon, Lou Reed, Bobby Womack…) como los más inesperados (Yukimi Nagano, Orquesta Nacional Siria, Hypnotic Brass Ensemble…) merecen ser destacados.
  • Albarn sabe cuándo dejar espacio al discurso sonoro y quitar protagonismo a la voz o los elementos principales.
  • La capacidad para el engaño de este disco es sorprendente, y las múltiples escuchas revelan elementos que en las primeras pasaban desapercibidos, llegando a cambiar radicalmente nuestra opinión sobre los temas y el propio álbum.
  • Canciones como “Rhinestone Eyes”, “Empire Ants”, “On Melancholy Hill” o “To Binge” son extrañas obras maestras que sientan parte de los pilares maestros del álbum.

  • Muchas colaboraciones carecen de importancia, y no encuentran un espacio adecuado en las canciones, llegando a pasar completamente desapercibidos.
  • Sus primeras escuchas pueden hacerse muy cuesta arriba casi por terquedad, y a temas como “Glitter Freeze” o “Sweepstakes” puede que jamás se les llegue a coger el tranquillo.
  • Su sólida relación con el resto de apartados artísticos es su debilidad a la hora de mirar a este disco independientemente, y las canciones parecen estar un tanto desligadas entre sí (salvo honrosas excepciones).
  • Su temática medioambiental no logra permear con claridad, y sus letras, cada vez más crípticas, no ayudan a que el mensaje perdure.
  • Todavía seguimos esperando a que Albarn decida lanzar todas esas canciones que dijo que no entraron en el álbum pero que ahí andan.

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