Estamos en 1998. En Westbourne Grove, Londres, dos tipos que comparten piso están viendo la MTV y sumiéndose en el hastío. Uno de ellos es Jamie Hewlett, el aclamado dibujante del cómic Tank Girl, que se hizo mítico en la Gran Bretaña de los años 90. El otro es Damon Albarn, frontman de cierto grupo llamado Blur, cuya música y vida personal pasaban por una fase de transición a muchos niveles. “Blur” ha sido lanzado un año antes, y el giro agresivo y emocional de ese álbum ha hecho que Albarn se acerque a una composición más introspectiva y personal. Aquella etapa post-heroinómana y de ruptura sentimental con la otra reina pasmada del britpop, Justine Frischmann, definiría el sonido de los Blur de “13”, pero esa es otra historia. Por lo pronto, estamos asistiendo al final de una era sin que parezca que otra se aproxima, y Damon y Jamie son sólo un par de capullos matando el tiempo frente a un televisor.

Algo después, Hewlett declararía que ver la MTV “es un poco como el infierno: no hay nada interesante ahí”, y viendo aquellos vídeos musicales absurdos de boy-bands de pega y música posproducida, a aquellos dos tipos se les ocurrió una idea descabellada. Estúpida. Gamberra. Estrafalaria. En pocas palabras: jodidamente brillante.

La crítica se convirtió en burla y parodia, y ésta, a su vez, en un despliegue de personalidad tan impropio como agradecido en la música comercial. ¿El plan? Crear una banda formada por caricaturas, por personajes esperpénticos que enmascararan a las mentes maestras detrás de las cortinas y demostrar que no hace falta ser real para ser de verdad en el mundo de la música comercial. El proyecto, originalmente llamado ‘Gorilla’, esbozaría como primer tema un corte titulado “Ghost Train”, pero la cosa en realidad no empezó ahí. Albarn afirmó que el verdadero primer tema de Gorillaz fue “On Your Own”, una canción alegre, anárquica y energética de Blur que ya contaba con alguno de los elementos clave de la banda virtual: un sonido que desafiaba toda etiqueta de géneros musicales y acababa convirtiéndose en un popurrí ridículo de crossovers si uno intentaba encasillarlo, una letra ambigua e indescifrable que en realidad importaba tres mierdas a la hora de ser bailada a saltos y una energía desbordante. Otras caras B de la banda como “I Got Law” saldrían también del baúl de los recuerdos para convertirse en temas elaborados y sustanciales.

Pero esto es sólo la mitad de la historia, porque si Damon Albarn pone alma a Gorillaz, Jamie Hewlett le pone corazón. Sus cuatro integrantes serían más que una seña de identidad de la banda o una herramienta de merchandising: 2D, Murdoc, Noodle y Russel tienen personalidades tan gamberras, con biografías tan exageradas, que resultan increíblemente adorables y carismáticos, y se quedan contigo para siempre. Son unos personajes atractivos y divertidísimos, muy hijos de su tiempo, que se propagarían por aquel viejo Internet cuando la gente se preguntase quiénes eran esos tipos tan raros que protagonizaban esos vídeos que ponían en los interludios de anime en Toonami. Uno no puede decir que no a un bajista satánico dado al exhibicionismo, un batería poseído por el fantasma de un rapero muerto, un genio musical con los ojos huecos y una niña japonesa que llegó en una caja de FedEx armada con una Les Paul. Simplemente, no puedes.

El absoluto desprecio por la seriedad y los convencionalismos de Hewlett y Albarn quedaría patente en las míticas y mutantes páginas web del conjunto, que junto a los videoclips desarrollan un lore tan extenso y complejo que resulta prácticamente inabarcable. Hay mucha literatura binaria al respecto al fondo de hilos en foros y otros lugares recónditos de la red, pero hoy no estamos aquí para hablar de esto. Hoy empezamos un viaje por la trayectoria de una banda legendaria que ha marcado su posición en el pop a cañonazos, así que subámonos al buggy que aparece en la portada de “Gorillaz” con estos cuatro pirados, y a agarrarse, que vienen curvas.

“Gorillaz”: Zombie hip-hop multicultural y londinense

Uno no puede decir no a un bajista satánico dado al exhibicionismo, un batería poseído por el fantasma de un rapero muerto, un genio musical con ojos huecos y una niña japonesa que llegó en una caja FedEx con una Les Paul.

El estilo musical de este debut es, cómo no, difícil de catalogar. Su extraña combinación de pop, punk, reggae, hip-hop, dub y músicas latinas fue traducido al vulgo por Albarn y Hewlett como ‘zombie hip-hop’, y seguramente fue idea del dibujante. Su afición al género zombi es archiconocida, y hay múltiples referencias al respecto a lo largo de la obra de Gorillaz, en arte conceptual, videoclips y, por supuesto, canciones.

Pero, además de Jamie y su equipo de Zombie Flesh Eaters, que trabajaron en todo el apartado artístico, aquí hay que destacar la simplista pero eficaz labor de Dan ‘The Automator’ Nakamura, productor de hip-hop que había estado trabajando en el álbum “Deltron 3030” y había llamado la atención de Albarn. 

Si esperabais que “Gorillaz” empezase poniendo las cosas complicadas, cabe decir que “Re-Hash” abre el disco en una línea bien distinta; una, de hecho, mucho más asequible de lo que podría imaginarse teniendo en cuenta lo ya contado de estos tipos. Este es un tema agradable, sencillo y, por qué no decirlo, divertido. Los “popopos” del final podrían desentonar en absolutamente cualquier canción pop con un mínimo de decencia, pero aquí ese interludio con melódica para luego romper en ese estribillo con batería hiphopera le queda como un guante. Seguimos en la línea de lo razonable y guitarrero, porque “5/4”, el que iba a ser el primer single de este álbum, demuestra que la vis más punky de Damon estaba hecha para temazos como este. Lo complicado viene a la hora de dar palmas, porque el título de la canción hace referencia al compás en el que está escrita, y si pensabais que esto iba de aporrear guitarras igual os encontráis con un par de obstáculos.

Aquí nos hacemos una buena idea de lo que es el sonido primigenio de Gorillaz: bajos poderosos y guitarras simples pero contundentes (en ambos casos tocadas por el propio Albarn), bases rítmicas sampleadas por Nakamura y ocasionales teclados y arreglillos. Mucho mejor llevada está “Tomorrow Comes Today”, un tema pensado para tocarte el corazón con esa melódica melancólica y ese rollo tan urbano que el videoclip acompaña a la perfección. Los arreglos de piano, cuerdas y coros son sutiles, pero están perfectamente integrados con una base rítmica particularmente inspirada y una línea de bajo simple pero muy atractiva. Queda recogida aquí por fin esa idea de urbanidad londinense que permea a varios niveles en este primer álbum.

Bajos poderosos y guitarras simples pero contundentes (en ambos casos tocadas por el propio Albarn), bases rítmicas sampleadas por Nakamura y ocasionales teclados y arreglillos configuran el sonido primigenio de Gorillaz.

En la línea de lo oscuro y estrafalario se encuentra “New Genious (Brother)”. El scratching corre aquí a cuenta del DJ Kid Koala, que también habría de trabajar en otras diversas ocasiones con la banda animada. Esta canción da cuenta de lo herméticas que pueden llegar a ser las letras de Albarn, y más si cabe en el caso de Gorillaz, pero la idea general queda: las calles oscuras, los legendarios falsettos de 2D, esos violines entre malrolleros y ligeramente cómicos… toda esa imaginería carece de una explicación específica si se separa de la identidad sonora (y visual) que uno termina por hacerse de estos primeros Gorillaz. Y entonces… ¿qué es eso? ¿Qué es ese “uuuh”? ¿De qué me suenan estos cuatro versos? ¿Cómo se llama esta jodida canción?, debía preguntarse la gente que allá por 2001 vio un videoclip con gorilas zombis y un fantasma azul y no debía entender mucho. Pues estamos ante “Clint Eastwood”, el legendario temazo de Gorillaz marcado por la colaboración del rapero Del Tha Funkee Homosapien y una referencia a El bueno el feo y el malo que nadie supo hilar con el título del tema, y a ver quién se atreve a decir que pilló a la primera lo de “I got sunshine in a bag”. ¿El secreto de esta canción? Un loop de guitarra, batería y bajo a caballo entre el hip-hop y el dub, unos ingeniosos teclados a modo de sección de cuerdas, un riff de melódica que siempre que suena anuncia que algo grande se aproxima y un estribillo inolvidable. Es verdad que desde que termina el último estribillo se puede hacer un poco larga la cosa, pero aquí hemos venido a disfrutar.

Con “Man Research (Clapper)” el asunto se puede poner cuesta arriba, porque los agudos de Albarn ascienden hasta niveles insólitos y esos “yayayayaya yeah” se le atragantarían a cualquiera. Es un corte de lo más inquietante que, según se cuenta, trata sobre cómo el yo poético asesina a un tipo y se dice a sí mismo que es un héroe por hacerlo (you’re the hero”); también se podría tratar de una canción sobre la inestabilidad mental (se hace una referencia a medicamentos ansiolíticos) o sobre un lavado de cerebro. Vaya usted a saber. El caso es que da mal rollo y puede hacerse un poco larga, pero si la cosa va de temas cortos, “Punk” es lo que estáis buscando. Una canción de tres acordes de apenas minuto y medio hecha en dos patadas sobre… pues ni puta idea, pero es divertida a rabiar. Los sintetizadores se metieron para darle un poco de cuerpo, y la cosa funciona ridículamente bien. Breve y sencillito, pasamos página, y esto vuelve a ponerse intenso.

Lo peor que tiene es que, aunque “Gorillaz” no pretende ser un disco conceptual, su tono no es uniforme, y los saltos entre temas oscuros y alegres son bruscos, y los desconecta de la unidad del álbum.

Sound Check (Gravity)” mezcla pianos ambientales, guitarras melancólicas, bajos potentes y scratch del duro para crear un tema tan intrigante (“gravity on me, never let me down gently”) como interesante. Esta es una de las joyitas oscuras de este disco, porque a pesar de no ser inolvidable, cuando vuelves a ella descubres matices curiosos: la forma que tiene de hacer transiciones entre las secuencias de guitarra y voz, cómo Albarn combina agudos imposibles con líneas más cálidas que parecen pasar a través de la mezcla y aportarle calma, las cuerdas sutiles pero bien puestas… Vuelve a destacar aquí de nuevo la labor de producción de Dan the Automator, que demuestra así que hizo algo más en este disco que tirar un par de samples de ritmos. Double Bass” es uno de esos temas semi instrumentales que parecen estar hechos en diez minutos pero con tan buena mano que asombra. Las líneas melódicas son sugerentes y extrañas, los teclados meten pequeños toques subversivos que alteran de una forma extraña el tono de la canción. No termina de hacerse repetitivo del todo porque con cada nueva repetición añade algún matiz distinto, como si diese vueltas sobre sí mismo pero nunca de la misma forma. Y de repente se cuela la voz de Albarn durante cuatro segundos para decirte que hay cosas que le provocan ansiedad y a veces son insoportables. Y se pira, y deja los sintes haciendo locuras como si fuera lo más normal. Como dirían los Monty Python, “y ahora algo completamente diferente”: “Rock the House” llega con unos vientos de lo más jazz (si obviamos la flauta dulce) y un poco de piano latino para crear el que es probablemente el tema más fiestero de todo el disco. De nuevo, buena parte de la letra la pone aquí el bueno de Del, y el disco vuelve a hacerse tremendamente divertido. ¿A qué juegas, Damon?

Y seguimos juguetones con “19-2000”, un tema alegre en el que predominan la electrónica casera y las letras chorras e incomprensibles. Sólo perduran dos mensajes: “It’s the music that we choose” y “Get the cool shoeshine”. Qué narices quiere decir esto último sigue siendo a día de hoy el enésimo misterio gorilero, pero esos inexplicables coros cantados a medias entre Miho Hatori (de Cibo Matto, que además pone la voz a Noodle) y Tina Weymouth (de Talking Heads) han quedado para la posteridad. Ahora bien, si la cosa va de colaboraciones legendarias, “Latin Simone (Qué Pasa Contigo?)” es vuestra canción. Un ominoso y seductor chorro sonoro de piano con sabor latino, una nueva línea de bajo llevada con mano experta, un genial interludio de melódica y trompeta, y la voz de Ibrahim Ferrer, de Buenavista Social Club, un ídolo personal de Damon y uno de los colaboradores más recordados. (Dato curioso: mientras que los angloparlantes prefieren esta versión, en España y Sudamérica preferimos la inglesa, cantada por el propio Albarn).

Su producción simplista no es mala per se, hace bien su trabajo y muchos temas quedan perfectos gracias a su labor, pero en otros casos el sonido es un tanto hueco, o directamente no suena bien. Y sí, la idea del disco era sonar así, pero eso no significa que siempre quede bien.

De vuelta a lo urbano, callejero y nocturno, está “Starshine”. Queda claro que nos hemos alejado de la diversión, y los cantos agónicos y huecos de 2D nos muestran la cara más introspectiva del disco. La instrumentación hace aquí uno de sus mejores papeles, permitiéndose saltar entre diversas capas de teclados que dan mucho más cuerpo a un tema ya de por sí potente. Y… qué, ¿vuelta al buen rollito? ¿Pero por qué estos cambios tan bruscos? Bueno, no podemos decirle que no a algo como “Slow Country”, una canción agradable y optimista sobre nuevas oportunidades y vidas tranquilas. Incluso ese verso de “can’t stand your loneliness” lleva consigo algo de calidez, de simpatía… de diversión, en general. Quizá porque es la penúltima, ya que luego llega “M1-A1” y ofrece un cierre que condensa lo oscuro, lo extraño, lo subversivo y lo enérgico de todo lo que es “Gorillaz”. Mientras ese tipo de El día de los muertos vivientes grita pidiendo ayuda, una guitarra va subiendo la tensión hasta llegar a una explosión de rabia que parece una jam-session de punk. Y es genial, porque la letra no tiene sentido, todo parece improvisado, pero es… tremendamente Gorillaz. ¿Es eso algo bueno? ¿Es siquiera un argumento? Pues ni idea, pero a Damon Albarn no pareció importarle demasiado.

Entonces… ¿todo perfecto aquí? Pues… he de decir que no del todo, y como ya me he puesto denso en todo lo anterior, seré conciso por una vez y sin que sirva de precedente. Lo peor que tiene es que, aunque “Gorillaz” no pretende ser un disco conceptual, su tono no es uniforme, y los saltos entre temas oscuros y alegres son bruscos, y los desconecta de la unidad del álbum. Y su producción simplista no es mala per se, hace bien su trabajo y muchos temas quedan perfectos gracias a su labor, pero en otros casos el sonido es un tanto hueco, o directamente no suena bien. Y sí, la idea del disco era sonar así, pero eso no significa que siempre quede bien.

Esto, sin embargo, es algo que se mejoraría en los siguientes trabajos, que tendrían intenciones artísticas y temáticas bien distintas. Pero eso, como quien dijo, es otra historia.

Gorillaz – Gorillaz

7.2

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En general, “Gorillaz” es un experimento que resulta tremendamente interesante y, a pesar de sus momentos más raros, accesible. Tiene sus pequeños fallos, y su simplicidad a veces perjudica su sonido, pero lleva por bandera la libertad creativa y la exhibe con orgullo. Su mayor mérito, además de dejar canciones para la posteridad, es, probablemente, el haber llamado la atención del mundo para hacer que se preguntase qué vendría después.

Up

  • La convergencia accesible de tantos estilos diferentes le confiere un sonido único, y abre estos géneros al público de una forma diferente.
  • Albarn juega con su voz hasta niveles escandalosos, permitiéndose licencias que no se tomaba con Blur.
  • Temazos para el recuerdo: “Tomorrow Comes Today”, “5/4”, “Punk”, “Rock the House” y, cómo no, “Clint Eastwood”.
  • Gorillaz crean su propia mitología e imaginería a través de sus letras, su sonido y sus videoclips, sin los cuales no se comprendería la identidad de la banda.

Down

  • La producción de Dan the Automator a veces peca de básica y underground, y el sonido puede llegar a perder intensidad.
  • Los momentos más extraños y herméticos del disco pueden echar para atrás a ciertos oyentes.
  • Que Damon fuese literalmente el único músico detrás de todo el proyecto rompe por momentos la ilusión de esa banda virtual.
  • El disco es discontinuo en su tono, y pasa de inquietante a divertido de forma brusca.

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