Fotografía: Adrián Erre

En la cola no se intuía lo que iba a suceder en el interior. Varios días atrás se hablaba de sold out, pero por lo que se esperaba fuera parecía que íbamos a estar tranquilos dentro de la imponente Luz de Gas barcelonina. Nada más entrar las sillas se situaban a medio rodear el escenario, puestas para contemplar desde un buen ángulo “Los Ángeles”, ese álbum que tanto está dando que hablar gracias a una Rosalía en estado de gracia y a un escudero tan formidable como Raül Refree. A la mínima que parpadeabas dentro de la sala aquello cada vez se vestía más de sold out y, de hecho, se llenó hasta los topes. Todo oscuro. De repente, con una serenidad pasmosa, Rosalía y Refree se habían plantado delante de todos nosotros para recibir los primeros aplausos de la velada, los cuales se multiplicarían en número y volumen minutos después.

Lo bonito de asistir a un recital de este calibre es el cambio de paradigma que se presenta ya de entrada, y es que aquí no se viene a vitorear entre verso y verso, aquí se viene a respetar el minutaje completo de la canción en un cortés silencio que, al acabar, siempre esconde un rugido latente de la ovación en la que se acaba convirtiendo. Porque eso era lo que había detrás de cada aplauso, unos vítores al temple y la seguridad de una jovencísima Rosalía que dominó el escenario tal y como se le antojó: poniéndose de pie cuando el cuerpo se lo pedía, sentándose, apartando el pie del micro para poder intimidar libremente al público con sus interpretaciones e, incluso, entonando las últimas palabras de las canciones con el micrófono agachado, inesperadamente, hablándonos.

Aquellas historias que en “Los Ángeles” estremecían en directo se entienden con total claridad ya que podemos observar, todos curiosos, el reflejo de lo que está pasando en la mente de la catalana y del entregadísimo Refree. Esas historias en vivo son totalmente transparentes para un oyente que ya no es sólo oyente, sino que se ha convertido en algo más. Bien cabe destacar canciones como “De plata”, “Por mi puerta no lo pasen” y la irresistible “Catalina”. También recalcar aquellos momentos más calmados, que en el álbum quizás amenazaban con la posibilidad de desengancharte pero que aquí se llevaron absoluta atención, tal y como pasó con la estremecedora “Día 14 de abril” y, sobre todo, con “Que se muere, que se muere”, la cual de lo breve que es consiguió mantenernos sin aliento. Dos de los mejores temas del disco, “Si tú supieras compañero” y “El redentor”, gozaron de la compañía del contrabajo, instrumento que las transformó en dos piezas aún más monumentales y desorbitantes si cabe.

Más allá del evidente respeto al género de los dos intérpretes que hubo sobre el escenario existió una falta de ortodoxia obvia durante la hora y media de concierto (que se pasó volando). Se mezclaron momentos arraigados al pasado con otros que rompían con la norma impuesta. Si bien los instantes de rebelión se produjeron casi constantemente, no se mostraron de forma evidente. De hecho, uno los podía notar en los microgestos de ambos, desde la firmeza y el (muy) buen hacer de la emocionante voz de Rosalía hasta los arranques de furia con la guitarra de Refree. Ambos sabían que su público esperaba algún as bajo la manga, y quizás por eso y con tal de no romper todo lo construido durante el concierto se reservaron para el final (humo incluido) esa “I See Darkness” que en directo gana puntos, y que bien vino a hablarnos de este elemento disruptivo que parecen estar buscando y que tanto gustó a todos los que tuvimos el placer de compartir velada con estos ángeles.

Fotografía: Adrián Erre
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