Si alguien se acercó el pasado viernes noche por la calle Jardines en el centro de Madrid, probablemente vio salir una neblina blanca y psicotrópica procedente de la sala El Sol, capaz de provocar alucinaciones y distorsionar la realidad y el tiempo. La causa hay que encontrarla en el ciclo 100% Psych, promovido por Giradiscos, y que como no podía ser de otra manera, volvió a llenar de psicodelia la capital. En El Quinto Beatle presenciamos ese ritual de magia lisérgica que se llevó a cabo en El Sol, y quedamos impactados.

Los encargados de abrir la velada fueron Mohama Saz, probablemente porque su sonido era de menor octanaje y decibelios que la de Guerrera. Por lo demás, en cuanto a importancia en el cartel ambas bandas estaban empatadas, hasta el punto de que parte del público se marchó al terminar el set de Mohama en lo que fue un gesto bastante reprochable, aunque respetable. Si has ido a ver a una banda que toca psicodelia, y después toca otra que también lo hace, aunque sea de una manera muy diferente, creo que se merecerían una oportunidad por lo menos. Peor para ellos.

Volviendo a Mohama Saz: al cuarteto madrileño le sobró con algo menos de cincuenta minutos para envolver en vapores orientales a todos los presentes. La propuesta de Mohama sobresale por única: son una de esas bandas que verdaderamente hacen algo totalmente propio y distinguible. No penséis que esto es un tópico, si os digo que es la banda más difícil de clasificar que me he encontrado en los últimos meses no os miento. Su sonido mezcla música turca con ciertas influencias flamencas y algo de jazz, aunque el rasgo más definitorio es una concepción de la psicodelia tremendamente pura, envolvente y misteriosa. Sonaron canciones como “Negro es el Poder” o la descomunal “Oro Cíngaro”, pero en Mohama Saz lo importante no son tanto las canciones como la atmósfera. La exótica combinación de clarinete, bajo, batería y baglama (laúd turco) cumplió a la perfección su función de transportarnos en una alfombra voladora, que era de lo que se trataba.

Tras ellos, otro acercamiento diferente a la música psicotrópica: el de Guerrera, traídos por Matapadre (que también acogen a Bala en su catálogo). Un acercamiento desde el metal y el blues, aunque con ciertos denominadores comunes que acercan a las dos bandas. El principal, su capacidad de sumergirte en espirales sonoras de las que resultaba casi imposible salir a respirar. También la destreza instrumental de sus cuatro miembros, que permiten a ambos grupos convertirse por momentos en verdaderas jam bands cargadas de una espontaneidad muy fresca. Por ello se resienten las voces, que no cuentan con demasiada importancia, especialmente para Guerrera, que encadenan minutos sin ellas sin despeinarse. Como decía, la sala se vació algo en la transición entre ambos conciertos, pero eso no importó lo más mínimo a los gallegos, que salieron con todo desde el primer momento.

Esa tendencia a enrollarse en los solos, a amagar finales y retroceder compases una y otra vez puede pasar factura a Guerrera a la hora de alcanzar un público más amplio. Quizá a sus canciones les sobre algo de minutaje, al menos en directo. Esa es la principal pega que encuentro a un concierto por lo demás demoledor, en el que temas como “Mecánica Certeza”, especialmente en la parte de “Caravaca”, o “Calixe”, en “Sangue”, brillan por sí solos mientras bailan entre un stoner calmado y poderoso y un rock pesado y progresivo. Más de una hora de concierto de los gallegos en la que cabe destacar esta vez un sonido fantástico en la sala El Sol, con la excepción de la voz de Alejandro Canoura que aparecía un tanto sumergida entre las densas capas de sonido de los instrumentos. Como nota global al cómputo de las dos actuaciones, un notable alto que da fe del buen estado de salud de la psicodelia en España. Quién quiere tripis teniendo bandas como éstas.

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