Una vez más, y me está pasando de forma insultantemente frecuente estos días, me veo obligado a poner en entredicho todo lo que sé (y sabemos) de la etiqueta indie, porque si ya en Europa es un follón, cuando cruzamos el charco la cosa se nos va muchísimo de las manos. Esto da para debate, pero a mí me falta mucha información y además depende mucho de la consideración que se le dé, así que vamos a tirar por lo fácil.

En EEUU, el concepto indie siempre ha sido muy estricto; hace referencia a esa escena musical independiente y do it yourself, a los álbumes autoproducidos de nicho, a American Football o Car Seat Headrest y otros tantísimos más. Al contrario de lo que solemos pensar que pasa en España o Gran Bretaña, donde el indie es más bien un estilo musical o, como mínimo, una cierta característica de las letras, allí tiene más que ver con la mera producción y lo que de ella se desprende. Puedes hacer rock alternativo, punk, hardcore o lo que quieras, pero esos estilos tan aparentemente diferenciados caerán bajo la misma etiqueta si se mira desde un prisma puramente técnico. No considero esto como un fallo o una deficiencia, sino más bien un acercamiento diferente a esa escena emergente que en nuestro continente vemos de forma distinta.

También es cierto que el escaparate musical estadounidense, al menos en lo que a este ámbito de ‘perfil bajo’ se refiere, es especialmente prolijo en bandas de punk o grunge, sea por su simplicidad, su agresividad o su carácter juvenil e inconformista. También hace gala, casi con orgullo, de esa familiaridad de micro abierto que no penaliza los fallos, y se apropia de la imperfección o la inexperiencia para suplirlas con pura energía. Laetitia Tamko encontró un hueco en los pequeños escenarios neoyorquinos en base a esta premisa, e hizo de su propia liberación personal un rasgo artístico que trasladar a su música.

Laetitia se vuelve Vagabon para dirigirse a ‘chicas negras y raras’, para intentar que la gente inadaptada logre hacerse algo más fuerte y encontrar su lugar por sus propios medios. Su intención política es clara y directa, y oscila mucho entre la reivindicación abierta y el propio ejemplo personal, porque esta ingeniera de computación entró en esa escena porque se buscó la vida sin que nadie le mostrase el camino. Su estilo es enérgico, y cuando coge la guitarra despliega un arsenal de distorsiones crudas y percusivas, pero también de punteos relajados como la calma antes de la tempestad. Prometedora o no, con mayor o menor fama, su música permanece ahí, firme como un monolito.

Fotografía: Ebru Yildiz

“Infinte Worlds”: la complejidad de lo directo

Laetitia se vuelve Vagabon para dirigirse a ‘chicas negras y raras’, para intentar que la gente inadaptada logre hacerse algo más fuerte y encontrar su lugar por sus propios medios. Su intención política es clara y directa, y oscila mucho entre la reivindicación abierta y el propio ejemplo personal.

El primer EP de Vagabon tenía corazón, pero “Infinte Worlds”, el largo con el que debuta, también tiene cabeza. Quizás tenga algo que ver con que “Persian Garden” tiene más de maqueta que otra cosa, y tiene pinta de que esa absoluta falta de producción y esas constantes disonancias están ahí, básicamente, porque así es como sonaba al tocarlo en directo. La sensación de inmediatez sin adulterar permanece en este álbum, pero esta vez hay un cierto esfuerzo organizativo para evitar, como sí sucedía antes, que salgan las cosas a destiempo. The Embers” empieza sin perder una décima de segundo en ceremonias para meternos en un tema enérgico pero con un deje triste. Al fin y al cabo, las letras de Tamko no ocultan sus cartas en ningún momento, y no tiene reparos en hablar de cómo se siente: pequeña, insegura, un pequeño pez rodeado de tiburones (pequeña relación con “Sharks”, el tema que cerraba su EP). Su despliegue rockero de bajo y percusión queda silenciado en el inicio de “Fear & Force”, que confía más en los arpegios limpios y la sucinta percusión electrónica en boom-clap (con la salvedad del soberbio interludio guitarrero) para transmitir una letra mucho más hermética que la anterior.

Mucho más directa vuelve a mostrarse “Minneapolis”, que volviendo al indie-rock alternativo nos habla de la ciudad que, según dice, ‘la vio nacer’, a pesar de que ella se crió en Camerún. Vagabon nos habla constantemente de lugares que la han marcado, aunque estos momentos no sean siempre autobiográficos. Hay que decir que esta canción basa buena parte de su estructura en progresiones de acordes disonantes, y aunque tiene energía y una potencia bien medida, su rechazo armónico puede echar para atrás por muy premeditado que esto esté. Y entonces llega “Mal à L’aise”, que es un arma de doble filo a la que hay que tratar con detenimiento. Es un tema ambiental de cinco minutos con dos frases musicales que se repiten en bucle, con un tempo extraño y líneas de texto (entiéndase, no entonadas) totalmente incomprensibles. En lo puramente musical, es un corte instrumental atrevido y agradable, pero son todas esas discordancias las que generan la sensación a la que el título hace referencia, ya que mal à l’aise significa ‘incómodo’. Es decir, que tal vez sea, de nuevo, todo premeditado, y por eso no puedo hablar de que lo malo sea, en efecto, algo malo.

El primer EP de Vagabon tenía corazón, pero “Infinte Worlds” también tiene cabeza. La sensación de inmediatez sin adulterar permanece en este álbum, pero esta vez hay un cierto esfuerzo organizativo para evitar que salgan las cosas a destiempo.

Pero para quitarnos ese dolor de cabeza está “100 Years”, que regresa a su vis más guitarrera y sencilla, que hace gala de una emotividad muchísimo más cercana. Volvemos a tener a la Vagabon más nostálgica, la de las miradas hacia el pasado, hacia sus propios orígenes. Es un tema breve y contundente que, sin destacar más de la cuenta, es tremendamente competente. “Cleaning House” baja la intensidad y se acerca de nuevo a esa intención política de la que hablábamos antes, siempre envuelta en la particular sensibilidad emotiva de Vagabon. Las transiciones de los punteos suaves, casi inaudibles, de su guitarra, y los momentos más full-band, son muy gráciles, y maneja muy bien la tensión. En una línea similar aparece “Cold Apartment”, una revisión del tema cuasi-homónimo que abría su EP, esta vez más arreglada y, si cabe, descorazonadora. Tal vez la batería podría no adscribirse tanto al formato de rock para acompañar con más gracilidad y sentimiento a la guitarra y el bajo, pero por otra parte esa percusión tan marcada acentúa la extraña fiereza de la que Tamko hace alarde. Después de este despliegue aparece, a modo de despedida apacible y casi trágica, “Alive and a Well”, que vuelve a apoyarse en la guitarra acústica y los coros para encontrar una expresividad menos adulterada. Y, pese a todo, me cuesta entender de qué está hablando; mejor dicho, me cuesta hacer conjeturas sobre de qué está hablando por temor a equivocarme. Hay, de nuevo, referencias sociales, políticas y emocionales entremezcladas, está ese símbolo del agua, pero tampoco me veo capaz de decir que tal o cual es la ‘intención de la autora’ porque no me compete.

Quizás sea este el auténtico valor de la música de Laetitia Tamko: es algo que hace, ante todo, para sí misma, después con un afán social y crítico y por último como un producto para el público. No es una cuestión de hermetismo tanto como de distancia entre ella y sus posibles oyentes, simplemente porque no hemos estado ahí, pero ella sigue insistiendo en expresarlo. Y por eso, aunque no entendamos bien de qué no está hablando, podemos sentirlo sin necesidad de descifrarlo.

El debut de Vagabon no es perfecto, no tiene temas inolvidables ni un mensaje o intención artística clarísima, está plagado de disonancias y, pese a los esfuerzos de producción, necesita algo más que pura energía sin control. Y, sin embargo, es indudablemente un buen disco y un buen comienzo. Poco más puedo decir. Tan solo deseo que, dentro de unos años, seamos muchos más quienes podamos escuchar a Vagabon y entenderla de verdad.

Vagabon – Infinite Worlds

7.0

“Infinite Worlds” es un trabajo extraño, con impurezas y detalles que pueden chocar más o menos, pero que no necesita de grandes artificios sonoros para estar, en general, bien ejecutado, y apañárselas para transmitir emociones muy particulares con letras herméticas y distantes. El trabajo de producción canaliza la crudeza y energía de Vagabon hacia una expresividad más cercana y comprensible, pero este disco es, ante todo, una obra hecha por y para su creadora.

  • La voz de Laetitia Tamko no tiene ningún fallo, y es tremendamente expresiva y emocional.
  • Juega inteligentemente con su propia simplicidad, aprovechando sus pocos recursos para sacar sonidos diferenciados.
  • La labor de producción hace que sea un disco crudo, pero organizado.
  • Igual “The Embers” sí que es un temazo.
  • El hermetismo de sus letras no se interpone en su carácter emotivo y cercano.
  • Tiene una intención política clara que abraza sin ambages, pero a la vez es capaz de darle su justo espacio y no saturar con ella.

  • Sus muchos elementos disonantes pueden estar ahí a propósito, pero la sensación de que están cometiendo errores al tocar la tienes igualmente.
  • Necesita más que potencia bruta para expresar su energía.

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