Que Sabina es el mejor letrista de la historia de este país es algo con lo que espero que todos estemos de acuerdo. Caben algunas discusiones si lo enfrentamos contra Serrat, o dependiendo del tipo de música que te guste, contra Antonio Vega, Aute, José Ignacio Lapido, Robe Iniesta o El Fary. Pero el de Úbeda aúna la mística de uno, la lírica de otro, la imaginación del tercero y el espíritu canalla del cuarto (y, si me apuras, el humor del quinto), todo ello hablando de temas mil veces repetidos, pero que en su voz acuchillada por el whisky y el Ducados suenan únicos.

“Lo Niego Todo”: 19 Sabinas y 500 Leivas

Pero no podemos asegurar que Don Joaquín sea tan buen músico como hacedor de canciones o creador de rimas consonantes. Quizá por eso se haya rodeado siempre de los mejores de cada generación y continente para poner música a sus textos. Desde sus inseparables Pancho Varona y Antonio García de Diego hasta los Pereza, que revitalizaron aquel “Vinagre y Rosas”, pasando por Fito Páez, Ariel Rot, Calamaro o Pablo Milanés.

Para este nuevo trabajo, el jienense ha querido repetir con muchos de ellos, pero en especial con Leiva, al que ha otorgado plenos poderes para grabar un disco que combina todo lo bueno de ambos universos musicales. De hecho, el madrileño ha querido traer a sus ‘hombres de confianza’ para dar vida al encargo del maestro. Esto ha hecho que el grueso del disco haya sido grabado entre Niño Bruno, compañero habitual en las baterías, Chapo González (M-Clan, Xoel López, Zahara…) y Candy Caramelo al bajo y los teclados a medias entre César Pop y Joserra Senperena.

Fotografía: https://www.jsabina.com/

No podemos asegurar que Don Joaquín sea tan buen músico como hacedor de canciones o creador de rimas consonantes. Quizá por eso se haya rodeado siempre de los mejores de cada generación y continente para poner música a sus textos. Y “Lo Niego Todo” no es una excepción.

Porque “Quien más, quien menos” le pide a un amigo –o a unos cuantos– que le echen un cable para volver a publicar un trabajo que suene fresco después de tantos años. Aunque realmente el que abre el disco es el delicioso dobro de Carlos Raya en la canción anteriormente citada. Compañero habitual de Leiva, el guitarrista y productor volverá a aportar su sonido en algunos temas más adelante.

Como por ejemplo en “No tan deprisa”, un regreso creado a medias con la otra mitad de Pereza, Rubén Pozo, y que trae vientos folkies sureños para volver a las enumeraciones que tan bien se le dan desde aquel “Inventario” con olor a exilio y revolución con el que llamaba a las puertas del mundo y comenzaba a escribir su nombre en la historia de la canción en español. Una historia que se cuenta en “Lo niego todo”, que sirvió de carta de presentación y que contiene la mejor letra de este elepé, firmada sobre un poema de Benjamín Prado, que repasa la trayectoria –legal e ilegal– del cantautor y cómo ha ido saliendo de cada charco para convertirlo en canción. Pero hay que ponerle la pega a un estribillo demasiado pop que no le hace justicia al resto de la canción, eso sí, salvada por la magnífica letra y el maravilloso piano de Senperena.

Creo firmemente que un buen productor debe saber a lo que está jugando cuando acepta este tipo de trabajos, debe mejorarlos y en el caso de Sabina seguro que la exigencia era revitalizar el contenido. Pero una cosa es eso y otra hacer un disco a tu imagen y semejanza con las letras de Sabina.

Era imposible ignorar, en un artista tan relacionado con Latinoamérica como Sabina, un ritmo tan de moda como el reggaetón. Aunque se me sigue haciendo muy raro escuchar a este artista interpretando “Posdata” sobre ese compás. No obstante, superado el primer shock, hay que reconocer que la canción no le queda nada mal y tampoco el vaivén con ecos mexicanos, aunque huele a la legua que esto ha sido idea del granuja de Ariel Rot, que presta su guitarra aquí. Las referencias canallas: “yo era un flaco bendito por grupis juguetonas” o “de tanto ser felices se me olvidó quererte” pueblan la letra. Por seguir hablando del aspecto musical, yo siempre defenderé que un productor debe darle su touch de magia al disco que produce. Sin embargo, en canciones como “Lágrimas de mármol” el problema radica en que parece que Leiva ya le ha traído la canción preparada de un descarte de su anterior disco para que Sabina sólo tenga que poner la letra encima. Y eso tampoco es. Esos coros del inicio de los que suele abusar el madrileño son demasiado suyos como para provenir de otros. El solo, la subida armónica del final del estribillo apoyada en metales… Vamos, que se le ve el plumero.

Y no digamos ya el inicio de “Leningrado”. Creo firmemente también que un buen productor debe saber a lo que está jugando cuando acepta este tipo de trabajos, debe mejorarlos y en el caso de Sabina seguro que la exigencia era revitalizar el contenido. Pero una cosa es eso y otra hacer un disco a tu imagen y semejanza con las letras de Sabina. Aun así, la excelsa capacidad compositiva del de Úbeda es capaz de agujerear cualquier melodía demasiado azucarada y/o radiofónica hasta convertirla en un zarpazo de ácido en el corazón. Nunca nos cansaremos de sus historias de amores de los que matan aquí o en la URSS. Y si es de los que huelen a primera vez, en el frío exilio, mucho mejor. En este momento se cuela la música de otro grande, Pablo Milanés, haciendo muy bien su parte en “Canción de Primavera”, donde el piano suena más amable dentro del océano sonoro de este trabajo. Los arreglos de mandolina también son un acierto que acompañan a la perfección al tema que se cantan, el uno sobre el otro, Joaquín y Olga Román, su corista habitual hasta hace unos años, que ha regresado para la ocasión.

Por suerte, la excelsa capacidad compositiva del de Úbeda es capaz de agujerear cualquier melodía demasiado azucarada y/o radiofónica hasta convertirla en un zarpazo de ácido en el corazón.

Pero en “Sin pena ni gloria” volvemos al rollo Leiva. Eso sí, quizá sea ésta la más acertada de las melodías del disco, de las que suenan así, quiero decir. Aunque más interesante parece “Las noches de domingo acaban mal”, que rescata el rocanrol irreverente que siempre suele tener hueco en sus trabajos. En este caso si hay que darle la razón a Leiva, que se mueve como pez en el agua en este género, aunque lo intente ocultar en sus últimos discos, pero cuando le sale la vena stoniana convierte a cualquiera que pase a su lado en rockstar. Le tiene muy pillado el punto al twang de su Telecaster y se nota. Después llegamos a “¿Qué estoy haciendo aquí?”, la cual tiene un regusto a aquel reggae de Los Rodríguez en “Aquí no podemos hacerlo”. Otra letra sobre broncas, alcoholes varios y acción de noche cosida a medias con su gran amigo Benjamín Prado.

Menos mal que Leiva ha respetado la típica rumba en “Churumbeles”, un corte –este sí– 100% Sabina, con su flamenquito, sus palmas, sus referencias al Madrid más castizo y a los grandes del género en un palo que le queda como su bendito bombín. Y al final parece que llega el momento que Leiva ha estado esperando todo el disco: cantarse una a medias con Sabina. Cada vez que se asoma a algún coro en alguna de las otras canciones hay una parte suya que se muere por ser protagonista. Y en “Por delicadeza”, con su melodía, su acústica y su personal voz, se pone a cantar con el gran maestro. ¿Quién no querría robarle dos versos al poeta, y más aún si te los regala al final de la canción? Aquí sí encaja todo: el rollo delicado y acústico, la armónica dylaniana, el aire de despedida para cerrar el disco… Aquí me pega todo porque parece una canción de Leiva a la que ha invitado a cantar a Sabina.

Justo como ocurre en el resto del disco. Ya habíamos escuchado un (buen) disco de Leiva el año pasado y mira por donde ha querido sacar otro. En mi opinión, tratar de trabajar con –o para– Sabina es un honor al que pocos pueden aspirar y es normal querer dejar tu sello. Quizá por eso fue tan dispar aquel “Enemigos íntimos” que resultó una obra tan fragmentada como el “White Album” de los Beatles, donde se mostraba el talento de todos los miembros por separado. Quizá por eso Sabina haya dejado toda la música en otras manos. Quizá por eso no hablamos de uno de sus mejores discos.

Joaquín Sabina – Lo Niego Todo

7.8

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Sabina vuelve a traer toda la magia de sus magníficas letras, en este caso acompañadas por las melodías de un Leiva que no se ha cortado un pelo a la hora de hacer un disco a su imagen y semejanza, sin respetar en casi nada el pasado del cantautor. Aun así, el resultado es fresco y popero. Un buen lavado a cara para Sabina.

Up

  • Las inmortales letras de Sabina.
  • Leiva ha revitalizado el disco con su música, eso sí, a costa de perder la esencia de otros discos más sabineros.
  • La vuelta a los coros de Olga Román.
  • Cada uno de los grandes músicos que han participado han dejado algo propiamente suyo en el álbum.

Down

  • Parece más un disco de Leiva con letras de Sabina que un trabajo a medias.
  • Sigo teniendo la impresión, después de muchas escuchas, de que podría haber sido un elepé mejor con un poco menos de Leiva y un poco más de Sabina en la ecuación.