No sé cuándo empezó la historia pero recuerdo que se repetía tres veces por semana y la escena siempre era la misma: Estaba inmóvil mirando el cosmos reflejado en cualquier baldosa del antro, mientras sujetaba un cubalitro con la mano izquierda y me mordía las uñas de la mano derecha. Intuía que algo pasaba a mi alrededor, pero no sabía exactamente el qué. De vez en cuando, quitaba la vista de cualquier punto muerto del garito para dar largos tragos a un ginlemon caliente de marca blanca.

Con el tiempo, logré acostumbrarme a la rutina de litro, pub y chupitos. Entraba a cualquier antro con precios baratos y neón en las paredes buscando cualquier excusa para pedir otra más. Y no  podía parar; o no quería parar. Las noches de autocomplacencia y falsa sensación de libertad con mis amigos se mezclaban con mañanas de vómitos y constantes disculpas en WhatsApp con gente que no me importaba lo más mínimo. Quizá lo que más recuerdo es esa sensación de despertar al día siguiente con la certeza de tener que pedir perdón a alguien sin recordar qué sucedió. La incertidumbre del pecado, lo llaman.

Siempre quise dejarlo pero ya era el día siguiente y tocaba volver a salir. No me importaba el pitido en los oídos, los golpes en mi cabeza o el alto ritmo cardíaco con el que me despertaba. No podía parar; o no quería parar. Las clases eran sólo un peaje a pagar para lograr la independencia momentánea de la vida universitaria. Y siendo sinceros, todo eran excusas… y yo me perdía entre suelos con serrín y restos de copa para buscar más.

No se cuándo empezó pero sí el porqué: Tenía miedo a sentirme aislado. Tenía miedo a que mis amigos me dejaran de lado y sentía mucha curiosidad por saber qué les hacía desinhibirse tanto. De mi primera copa pasamos al primer chupito y a los cubalitros; los cigarros se convirtieron en porros. Nada grave pero todo se complica cuando pierdes el control. Pasé por algún susto leve, nada grave me solía repetir a menudo.

A falta de reloj, medíamos el tiempo en cubatas. Y seguía bebiendo a pesar de saber que a la mañana siguiente habría consecuencias; porque siempre las hay. Entrábamos al garito de noche y salíamos de día, mientras hacíamos el pertinente camino de la vergüenza hasta el kebab más cercano para que nos quitara el hambre, con la esperanza de que matara la resaca de la mañana siguiente.

Pero siempre quise dejarlo. Ya no sé si se lo decía a los demás o trataba de convencerme a mi mismo, pero un nuevo cubata era un nuevo motivo para dejarlo. Sin embargo, entonces, esa sensación de miedo al rechazo volvía y yo terminaba andando como un zombie apoyándome por las paredes de cualquier habitación oscura con reggaetón de fondo. Era preso de mi propio miedo. Y si seguir por este camino no era una buena decisión, la alternativa tampoco me parecía mucho mejor: sentirme dentro del grupo pero fuera al mismo tiempo.

Las personas beben por 3 motivos: Para deshinibirse y buscar esa sensación de libertad, para evitar el dolor de la vida real o para encajar. Yo siempre fui de los terceros. Pero no fue hasta 2012 cuando encontré a alguien que reflejara todos estos sentimientos de una forma especial: no fue otro que Kendrick Lamar en “Swimming Pools”. El artista de Compton consiguió poner en palabras y música todo lo que yo había estado pensando durante años. Consiguió descodificar todos esos ataques de ansiedad nocturnos, el sentimiento de culpa y todos los vasos de más de estos últimos años.

En “Swimming Pools” logra reflejar toda esa presión que ejerce la sociedad para que te tomes un vaso más; da igual cuantos lleves, siempre uno más. Las luces de neón, la necesidad de tomar otro trago más para integrarte hasta sumergirte en una piscina de licor… Kendrick Lamar resume 5 años de mi vida en menos de cuatro minutos de canción. Pero lo que hace especial a “Swimming Pools” es la manera de contar esta situación: lo hace sin tapujos, de forma original, consciente de que la sociedad nos empuja al consumo de drogas y a la adicción pero, y este es el punto importante, a sabiendas de que siempre hay otro camino. Es más, actualmente, Kendrick Lamar es un auténtico ejemplo de ello, ya que decidió dejar de beber y de fumar tras salir de Compton.

Así que hoy en día, sólo con escuchar los primeros compases de la instrumental de T-Minus consigo transportarme a una época no muy lejana de mi vida en la que sentía que todo estaba fuera de control y que necesitaba integrarme. Por suerte, esa etapa se cerró, así que no sé cuándo empezó todo pero sí que sé cuando terminó.

Siempre fui otro buen chico en una loca ciudad.