Una de las cosas que más puntos da en esto de la música es llegar primero. Lo sabe bien cualquier grupo que haya rozado el éxito o que haya sentado las bases de un sonido, de un estilo o de una manera de hacer las cosas. Y ojo, que llegar primero no significa esencialmente crear un género. Nos referimos más exactamente a popularizarlo o a trabajar sobre una nueva idea para lograr un concepto que te haga parecer único.

Podríamos hablar de muchos casos en la historia de la música, pero para no extendernos demasiado iremos directamente a un caso concreto para ilustrar el disco que tenemos hoy entre manos. Ese grupo es Los Planetas, considerados por muchos –entre los que me incluyo– como los pioneros de eso que se llama indie y que tan bien ha calado actualmente en la escena musical española. Aun así, sería más correcto llamarlo pop –si queremos ponerle etiquetas, mejor ‘altenativo’– porque al fin y al cabo lo ‘indie’ viene de independiente y eso viene de hacerte las cosas como Juan Palomo, y admitámoslo, ningún grupo en español está triunfando –sea lo que sea eso– sin el apoyo de un sello discográfico, por pequeño que éste sea.

Dicho esto, y volviendo al caso de Los Planetas, el grupo granadino no fueron los primeros en tontear con el shoegaze, con el pop alternativo, es decir, alejado de lo que sonaba en la radio en su momento, o de tomar influencias ajenas de grupos internacionales para llevarlas a su terreno. Pero sí que fueron los primeros en pelearse con su discográfica para conseguir imponer su estilo, por raro o poco vendible que pareciera. Todo esto cristalizó en una completa camada de buenos discos y alguno de los mejores trabajos de la década de los 90. Además, pasando por ese camino que habían abierto, comenzaron a transitar otros grupos españoles, como Los Piratas, y sobre todo granadinos, como sus coetáneos Lagartija Nick, Niños Mutantes, o, por supuesto, Lori Meyers.

“En La Espiral”: seguir siendo los mismos cueste lo que cueste

La influencia de Los Planetas en el primer largo de los Lori es indudable, como lo es también que a los de Loja les gustaban más los Beatles que los Stones o Los Ángeles y Los Brincos que cualquier otra cosa. Pero, influencias al margen, ese primer trabajo sonaba fresco y original. Potente y cuidado al mismo tiempo. Los granadinos no se conformaron con quedarse ahí y dieron un paso adelante en su segundo disco, “Hostal Pimodán”. Ahí tuvieron su primer choque con la discográfica, pero supieron superarlo para cuajar otro buen disco.

Si de algo no se les puede acusar es de quedarse estancados en sucesivas oportunidades, porque siguieron probando cosas, acercándose peligrosamente al filo del mainstream con su “Cronolánea” que contenía su primer éxito: “Luces de Neón”, justo antes de llegar al celebrado “Cuando el destino nos alcance”. Este disco es, por el momento, el más popular de su discografía y por lo general la vara que se usa para medir sus trabajos posteriores. A mí, en cambio, me gusta más medirlos desde el punto de vista de su primer trabajo, que es mi favorito. Y por eso me ha decepcionado este nuevo “En la Espiral”.

Un trabajo ampuloso y con grandes aires que lo convierten en un disco espeso, que se queda a medias por culpa de algunas de las canciones y en el que no se ve ni rastro de la evolución de la banda, si acaso de haber hecho del mal llamado ‘indie-mainstream’ (ese estilo que se maquilla de independiente pero sale cada noche a tirarse a cualquier radio que se le pone por delante) su bandera y enarbolarla hasta la saciedad. Tras cuatro años de silencio, los que han transcurrido desde aquel “Impronta” que volvía a llevarlos al éxito en radios y festivales y que albergaba aquel himno pop en el que se convirtió “Emborracharme” (todos la hemos cantado y bailado alguna noche), pensaba que darían un paso al frente en su nuevo trabajo. Pero me equivocaba.

“En La Espiral” resulta un disco de difícil aproximación, pero que cumple por su buena factura sonora y porque algunas canciones ‘salvan’ al resto.

La sensación de densidad se nota desde “Vértigo I”, el tema que abre este disco con una melodía progresiva que va de menos a más para acabar con un final explosivo lleno de guitarras y sintes. Pero me sigue pareciendo que la canción se queda a medias, quizá porque resulta un poco larga. No así “Evolución”, una de las piezas más cercanas a sus anteriores trabajos y que podría ser fácilmente reconocible sin saber que es suya. La melodía oscura va llevando todo el peso de la canción y como siempre está muy cuidada. La mano de Phil Vinall se nota aquí, y es que el productor británico se encargó de hacer la mezcla de las canciones que la banda le iba enviando gracias a la magia de Internet, y se apuntó un tanto importante con este corte en el que, según la banda, dio “justo en el clavo” con lo que querían. En el aspecto sonoro, al disco no se le puede poner una pega. De hecho, marca la etapa de madurez de Lori Meyers hacia un sonido más compacto y redondo, aunque lleno de los mismos matices que siempre ha tenido. Esto se nota en “Pierdo el control”, tema con una letra acorde a lo que transmite: una espiral en caída libre.

Pero la caída termina con “Todo lo que dicen de ti”, una de esas baladas marca de la casa pero en la que quizás no están demasiado finos con la letra, con unas rimas demasiado obvias y poco arregladas. Desde luego el grupo no ha abandonado su “Zona de Confort” y dan buena muestra de ello en esta canción que recuerda demasiado a “Aha han vuelto” pero con un ritmo fresco y funky que le otorga un buen punto. Por su parte, “Organizaciones Peligrosas” tiene un claro parecido al “Money” de Pink Floyd, salvando las distancias, pero con una letra crítica contra los medios de comunicación y el poder establecido, la libertad y todos los temas que rodean a este álbum que, podemos decir, es el más contestatario de la banda.

Un trabajo ampuloso y con grandes aires que lo convierten en un disco espeso, que se queda a medias por culpa de algunas de las canciones y en el que no se ve ni rastro de la evolución de la banda, si acaso de haber hecho del mal llamado ‘indie-mainstream’ su bandera y enarbolarla hasta la saciedad.

Porque este sexto disco ha sido producido por ellos por primera vez, lo que ha supuesto un trabajo extra a la hora de trabajar las canciones. Eso sí, cuenta con el toque mágico de Ricky Falkner, que aportó una visión exterior para terminar de redondear el disco. Sin embargo, las letras en algunas canciones vuelven a ser un punto en contra. Ocurre en “Océanos”, cantada por Alejandro Méndez, que de nuevo supone un ancla que tira para abajo del disco. Parece que es cierto eso que han dicho en alguna entrevista de que no han querido experimentar. Buscando afianzar su propio sonido han terminado por redundar. Y eso que han tenido cuatro años para probar cosas, equivocarse e intentar algo nuevo. Pero nada de eso, y de hecho “1981” vuelve a ser una buena prueba, ya que la canción tiene un aire total a Lori Meyers y un solo final muy a lo Radiohead. Con “Eternidad” pasa más de lo mismo, resultando otra de esas canciones ramplonas del álbum. Gracias al cielo, todo este bajón se supera con “Siempre brilla el Sol”, el single total de este trabajo. Desde luego los granadinos saben cómo hacer canciones pop de gran consumo que suenen bien, sean pegadizas, aptas para la radio y para venderse. Quizá en esa comodidad hayan visto su fuerza y se hayan dejado de hacer pruebas. Aun así, la letra de “Un nuevo horizonte” vuelve a ser un intento de apostar por temas diferentes. En este caso, hablan de inmigración y de las barreras que tristemente cada día nos seguimos poniendo entre nosotros, los seres humanos. Esas barreras que también se pueden superar en canciones como “No estoy solo”, un tema con un empaque sonoro que nos retrotrae automáticamente a otros de sus éxitos, con un toque falkneriano bastante pronunciado. Tanto que suena incluso similar al último disco de Iván FerreiroY por último “Vértigo II”, la segunda parte de la canción que abre este elepé y que no está nada mal. De hecho, supone el punto correcto de dulzor que equilibra la balanza con la oscura y descarnada canción que abre “En la Espiral”.

Entonces, si el sonido es más maduro y compacto, si algunas letras han evolucionado para intentar abarcar más temas… si todo esto supone una mejora, ¿por qué no me acaba de convencer este disco, doctor? Pues la respuesta es que me ha dado bastante pereza terminar de escucharlo. Me parece un trabajo denso que te atrapa en su propia espiral y que contiene canciones de nivel más bajo que anteriores discos como “Cuando el destino nos alcance” o mi añorado “Viaje de Estudios”. Esto supone que este trabajo es un disco de difícil aproximación, pero que cumple por su buena factura sonora y porque algunas canciones ‘salvan’ al resto. ¿Es un mal disco? No. En absoluto. Pero esperaba bastante más del regreso de Lori Meyers. Supongo que me han malacostumbrado.

Lori Meyers – En La Espiral

6.0

Lori Meyers ha tardado cuatro años en la lanzar su sexto disco, pero en lugar de buscar la evolución propia que se le supone a un grupo con su trayectoria han optado por afianzar su sonido en un disco bastante denso y que supone más de lo mismo en su trayectoria.

  • Los arreglos son muy Lori Meyers. Si querían seguir por el camino de siempre lo han logrado.
  • Los singles están bien escogidos y “Siempre brilla el Sol” es un temazo destinado a sonar en radio y por supuesto en festivales.
  • Valoremos el intento por trabajar las letras más allá de las relaciones románticas para acercarse a la crítica social.

  • El disco suena a algo que ya hemos oído mil veces.
  • Algunas canciones son un poco ramplonas.
  • Parece que no han querido evolucionar nada en estos cuatro años.

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