Decía el compañero Diego Moral, a propósito del magnífico segundo disco de Neutral Milk Hotel, que hay discos de cuya escucha uno sabe de antemano que no va a salir indemne. Discos que, forzando más o menos que las lágrimas afloren, transmiten unas emociones de una intensidad desbordante. Lo interesante del asunto es que el oyente, sabiendo más o menos lo que se va a encontrar, decide voluntariamente sumergirse una vez más en la escucha de ese disco de manera consciente. Es curioso que sea así, que el refugio al que acudimos no haga sino recordarnos aún más aquello de lo que venimos huyendo. Pero, sin tener ninguna noción de psicoanálisis ni un diploma de coach colgado en mi pared, me atrevo a aventurar que el ser humano es así y reproduce ese tipo de comportamientos cuando desarrolla otro tipo de actividades. Hace poco, diferentes medios se hacían eco de un estudio de la Universidad John Hopkins (Baltimore, EEUU) que defendía que beber alcohol produce evasión, pero, a medio plazo, fija con mayor fuerza los recuerdos negativos en nuestra memoria. El famoso ‘beber para olvidar’ es una especie de mentira colectiva que en el fondo nadie se cree y casi todo el mundo ha practicado en alguna ocasión evidenciando esa actitud masoquista del ser humano.

Uno de esos artistas-refugio es Ryan Adams. El norteamericano no suele recurrir a la sensiblería fácil, pero sus canciones albergan una sinceridad tal, que reconfortan y escuecen a partes iguales. Precisamente, a la hora de abordar la composición de este último disco, Adams trataba de acallar sus propios demonios internos ahondando profundamente en la causa de los mismos. A finales del año pasado reconocía en alguna entrevista cómo “Prisoner” le había ayudado a superar (o a afrontar, al menos) su reciente divorcio: “Fue un divorcio muy público, algo humillante y horrible de vivir, no importa quién seas. Hice un esfuerzo por mantener la cabeza bien alta y por tratar de recordar lo que hice y quién era yo.

Fotografía: http://www.offbeat.com/

El de Jacksonville configura una lista de canciones que, esta vez sí, se muestra como una de las más compactas de su discografía.

Pero acudir a él como refugio no significa no ser consciente de sus errores. Empezando por el hecho de que Adams sea, muy a mi pesar, un artista más ‘de canciones’ que ‘de discos’. El norteamericano cuenta con elepés fuertes e imprescindibles en su discografía: ahí están “Heartbreaker”, “Gold”, “Cold Roses” o su más reciente álbum autotitulado. Pero entre su vasta producción encontramos también capítulos que, pese a contar siempre con dos o tres temazos instantáneos, pueden hacer que nuestra idolatría se apague recordándonos que, a pesar de todo, Ryan es humano. Efectivamente, el de Jacksonville es de carne y hueso y en este álbum nos lo volverá a recordar configurando una lista de canciones que, esta vez sí, se muestra como una de las más compactas de su discografía. Otra de las cosas que a menudo se echan en cara a este compositor es su querencia por el AOR (adult oriented rock). Y, oye, no voy a negar que, cada vez más, Ryan Adams entra en el concepto de lo que se ha llamado ‘rock para padres’. Pero, ¿utilizar la expresión ‘dad rock’ no se está convirtiendo en una manera de intentar denostar una composición de rock clásico a la que es imposible encontrar mácula alguna? Que sí, que a veces a Ryan Adams se le notan demasiado las ganas de haber triunfado cuando en la radio sonaban guitarras, ¿y?

“Prisoner”: El doloroso placer de revolcarte en tu miseria

Las ganas de fabricar un hit para los baby-boomers no impiden que el artista refleje todo su dolor, desgarro y deseo de enmendar errores que quizá ya no tengan arreglo.

El álbum da sus primeros pasos con “Do You Still Love Me?” que fue, además, el primer adelanto que conocimos del disco y en el que el propio Ryan ya avisaba de que el rock comercial de los ochenta sería una influencia. Efectivamente, desde los primeros segundos uno tiene la sensación de estar escuchando Rock FM, pero, por increíble que parezca, el tema convence desde la primera escucha. Las ganas de fabricar un hit para los baby-boomers no impiden que el artista refleje todo su dolor, desgarro y deseo de enmendar errores que quizá ya no tengan arreglo. Más sinceridad envuelta en una producción etérea pero recuperando su faceta de cantautor de armónica es lo que encontramos en “Prisoner”, que conjuga con acierto su versión AOR ochentera con su perfil más clásico.

I know our love is wrong
I am a criminal
Mmm, I am a prisoner
Mmm, I am a prisoner
For your love

If loving you is wrong
I am a criminal
Mmm, I am a prisoner
Mmm, I am a prisoner
For your love”

Además del sonido AOR ‘facilón’ que se mantiene casi constante, todas las canciones del disco han fermentado entre litros de sentimientos reales y profundos. Esto hace de “Prisoner” un álbum fácil y atractivo en la forma y, al mismo tiempo, cautivador e intenso en el fondo.

La armónica sigue presente en “Doomsday”, revolcándose aún más en la figura de sufridor. Otra declaración de amor sincera en la que Adams pone toda la carne en el asador, como si pareciera dispuesto a que le rompan el corazón. Cortita y al pie, como una especie de pop acústico y tristón, se presenta “Hanted House”, que está llena de metáforas sobre su ruptura y presidida por sentimientos de añoranza y soledad. El nivel sube todavía más alto en “Shiver and Shake”, y es que es en temas como este en los que el norteamericano demuestra lo buen compositor que es. A pesar de seguir arrastrando con nosotros esa producción ochentera, nos encontramos ante la canción más sobria de “Prisoner”, al menos en aspectos formales. Acompañado casi de forma exclusiva por su guitarra eléctrica, Ryan volverá a desnudarse delante del micrófono para vestir el traje del Springsteen más borracho, insomne y perdedor.

Maybe I’m a fool, doesn’t matter anyway
My chest is all tight, my heart still aches
These are the days, you need double what it takes
I’ve missed you so much I shiver and I shake”

Podemos asegurar que Ryan Adams lo ha vuelto a hacer, ha conseguido que nos refugiemos en un disco suyo cuyo título ya nos advertía que su objetivo era hacernos presos. Pero a lo mejor era precisamente eso lo que veníamos buscando.

La letra de “To Be Without You” podría pasar desapercibida por culpa de su también atractiva melodía. Aquí nos puede venir a la cabeza el Neil Young de “Harvest”: una pieza de country limpio que vuelve a referirse al desamor: “And then I see the empty space beside me and remember / I feel empty, I feel tired, I feel worn / Nothing really matters anymore…”. En Anything I Say to You Now” encontramos un Ryan que parece que se ha rendido y quiere dejar de sufrir. Volverán a hacer acto de presencia las guitarras reverberadas, los graves bien marcados, el eco en la voz, y, por supuesto, las emociones intensas. Consigue volver a dejarnos en evidencia con temas como “Breakdown”, quizá alguno no se perdone disfrutar tanto con un tema tan bien radicado en el dadrockismo. Vuelve a mirarse en Neil Young, pero esta vez en el de los años ochenta en un tema para las radios AOR, pero alejado de la radiofórmula blandita. Incluso en canciones tan evidentes, Ryan Adams mantiene activos el nervio y la emoción. A cantautor loser es a lo que suena “Outbound Train”, cuyos aires ‘Heartland rock’ vuelven a acercarle al compositor de “The River”. Ryan se guarda para los últimos cartuchos un baladón titulado “Broken Anyway”, acaso la mejor pieza de “Prisoner”. Un medio tiempo pop finísimo que el de Jacksonville utiliza para volver a regalarnos versos quejumbrosos en los que no resulta difícil tropezarse con uno mismo una y otra vez:

Last chance before it slips away
Throw it all away and can’t go back again
What was whatever it became?
Whatever, we will still be together in some ways”

El tino musical es menor en “Tightrope”, pero la emotividad se mantiene casi constante. Incluye además la colaboración de un saxo, como tratando de justificar, mediante la novedad, su presencia en el tracklist a estas alturas. Nos despedimos de nuestra condición de prisioneros con “We Disappear”, que hará caer en la cuenta a más de un moderno que The War On Drugs y Ryan Adams juegan, en ocasiones, al mismo juego.

A pesar del pequeño bajón del final, “Prisoner” mantiene el tipo y se eleva como uno de los LPs más sólidos y coherentes de la carrera del norteamericano en mucho tiempo. Además del sonido AOR ‘facilón’ que se mantiene casi constante, todas las canciones del disco han fermentado entre litros de sentimientos reales y profundos. Esto hace de “Prisoner” un álbum fácil y atractivo en la forma y, al mismo tiempo, cautivador e intenso en el fondo. En definitiva, podemos asegurar que Ryan Adams lo ha vuelto a hacer, ha conseguido que nos refugiemos en un disco suyo cuyo título ya nos advertía que su objetivo era hacernos presos. Pero a lo mejor era precisamente eso lo que veníamos buscando.

Ryan Adams – Prisoner

7.7

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Tras la broma de versionar a Taylor Swift, Ryan Adams vuelve muy en serio. Lo hace con un emocionante disco post-divorcio en el que pivota sobre su faceta de estrella AOR y la de cantautor herido que resulta, en conjunto, uno de sus esfuerzos más sólidos en los últimos años.

Up

  • Las canciones no tienen pérdida y es fácil conectar.
  • La sinceridad brutal que transmite.
  • Cohesión lírica y sonora.

Down

  • En algún momento flaquea y corre el peligro de sonar irrelevante.

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