Existen tres fases en lo que nosotros conocemos como flor de la vida: la adolescencia inicial, la adolescencia media o tardía y, por último, la juventud plena. En la primera sufres por hacerte un hueco en la sociedad, tanto que hasta te replanteas comerte una rana diseccionada para conseguir la atención de un falso grupo de amigos. En la segunda, en cambio, sientes una crecida falta de interés por el entorno y se lleva a cabo una desinhibición fruto de convenciones sociales aleatorias. Actualmente me encuentro en el último estadio, y de lo único que soy consciente es de los días que me quedan para disfrutar de un museo gratuitamente o del cine con una generosa rebaja. Eso, y del pasado.

Irremediable costumbre la de rememorar, ¿no creéis? El otro día vi Sing Street, una oda a esa temible senda entre la adaptación y la aceptación, recurriendo a la tópica y desgastada historia de chico-conoce-chica y poniendo la música de excusa para conseguir el sueño adolescente. Normal, viniendo de John Carney no podía ser de otra forma. Y no pude evitar sentir vértigo. Con ella recordé mis aspiraciones por crear películas independientes romanticonas al más puro estilo (500) Días Juntos y mis intentos de abandonar la radiofórmula con Robert Smith y Bright Eyes sonando en bucle en mi iPod. Mis dieciséis fueron confusos, qué más os voy a decir en cuanto eso.

Pero, sobre todo, recuerdo con innegable nostalgia la noche de los viernes. Para entonces tocaba el oboe en la banda de mi pueblo. Me parecía un suplicio, sobre todo cuando tenía planes. Esos días me cambiaba con rapidez, cenaba rápido las sobras del mediodía e iba con prisa habitual a casa de unos amigos simpatizantes del cine de culto y el porro a tiempo. Yo nunca intervenía, sólo me dejaba llevar por los nuevos sonidos del ordenador de sobremesa. Carpetas y carpetas de grupos que sonaban a matadero rumano. Aunque gracias a ellos reaccioné a lo preciosista de los sonidos islandeses, alguna que otra banda pionera en el sintetizador y de clásicos que siempre lo fueron.

Entonces sonaba “Friday I’m in Love”. La pedía un servidor con la misma frecuencia con la que piden a los White Stripes para acabar la noche en un garito de pueblo. Acababan cansándose de ella; algunas veces la quitaban, de hecho, y pasaban a otra cosa, mariposa. La vuelta a casa me servía siempre para poder escucharla y respirar de paso la brisa marina que encrespaba mi vello en cada pisada.

Los fines de semana transcurrían sin incidencias. A veces quedaba con mi panda de sospechosos habituales para hacer el tonto jugando al Trivial y quejarnos de los exámenes. Pasaban los meses, rápidos como un corredor de fondo. Se acercaba la selectividad y había que sobrevivir a la presión, a las rupturas y los cambios de aires.

Para entonces era septiembre y me iba, no muy lejos de casa, pero me iba. A formar de nuevo una vida.

Incontables atardeceres en autobús, resacas después de una ruta por la ciudad universitaria. Deslices que te alegran un día. Noticias que te saben amargas. Decisiones precipitadas y sueños frustrados. Renaceres y vueltas a lo mismo. Un hola y un adiós. Un adiós que todavía no me he atrevido a pronunciar. Pero que, con ellos, no resultaría difícil. Estoy suficientemente preparado para continuar. Porque la vida es cambio, aunque esto suponga pagar quince euros para ver un Bosco.

Porque no me importará que los lunes sean azules.