Creo que la primera vez en mi vida que hice clic en el videoclip de “Song 2” fue allá por 2011. Con apenas catorce años, acababa de descubrir al que sería uno de mis grupos favoritos, unos cuantos meses después de encontrar a otra de esas bandas que, con los años, han acabado por quedarse conmigo para siempre; porque sí, yo fui de esa gente que llegó a Blur a través de Gorillaz. Quizá tuviese que ver con lo joven que era, y a lo mejor la banda animada me pillaba más cerca, pero la primera vez que estaba ahí, volcado en ese videoclip tan sencillo e impactante, en medio de esa tormenta de distorsiones garajeras, yo no podía quitarme de la cabeza la impresión de que era 2-D el que estaba cantando y Albarn era el tipo que lo había suplantado de alguna manera.

Y es curioso, porque creo que absolutamente nadie (que haya escuchado a Blur en serio) diría que esta es su mejor canción; ni siquiera es de las más destacables a nivel cualitativo, de entre sus muchas hazañas y atrevimientos. Y sin embargo, ahí estaba: ese temazo precursor de todas esas canciones de cinco acordes ridículamente bien puestos que te hacía sentir que estabas poniendo la cara enfrente de un bafle; el mítico “woo hoo” que resulta ser la excusa más barata del mundo para saltar, desgañitarte y hacer headbanging pero que golpea como un maldito vendaval; ese riff distorsionado tan atronador que pensabas que era una guitarra pero resultaba ser un bajo; esos millones de pequeños matices en un tema tan descarnado y simple que explotaba (y sigue explotando, debes confesarlo) como una jodida granada en tu salón cuando pones el CD.

Mucho tiempo después me preguntaría cómo un grupo que se había alzado gracias al pop anglocéntrico y costumbrista, al ácido humor británico y el retrato londinense, había pegado semejante salto al vacío. Porque su “Blur” (1997) fue una jugada del tipo de poner al portero de delantero centro… y además, ganar. Aunque era lo que cabía esperar después del 95, porque los tabloides todavía se relamen los labios ante titulares como ‘La Batalla del Britpop’. Vaya invento. El peor disco de Blur contra el mejor (y quizás el único bueno) de Oasis. Hasta los mayores fans de Blur tendríamos que ser muy tontos para negar lo que fue “(What’s the Story) Morning Glory?” para Gran Bretaña y para el rock, y quizás lo mejor de eso no sólo fue que los Gallagher y compañía nos dejasen un disco para el recuerdo, sino que sirvió para que Albarn, Coxon, James y Rowntree se parasen un momento a pensar y decidiesen trascender. Si “The Great Escape” había sido un disco vacío, ahora tenían que llenarlo, y la mejor opción fue tirar de aquello de lo que habían estado renegando los últimos años: el rock alternativo estadounidense.

Coxon fue quien trajo cosas como Pavement al resto de la banda a través de sus riffs enérgicos y afilados, y Albarn se dejó de pseudónimos y relatos de costumbres para volcarse en la introspección, en su propia debacle y la de una época de estrellas que, quizás a fuerza de brillar, se estaban consumiendo a sí mismas en el proceso. Y aunque tengamos cosas tan sexys como la misteriosa “Beetlebum”, idas de olla proto-Gorillaz como “On Your Own” y temas experimentales de la talla de “Essex Dogs” (que ya anunciaba por dónde iba a tirar su siguiente álbum, el injustamente olvidado “13”), al final resulta que la mejor apuesta era la más sencilla de todas. “Song 2” llegó a todas partes, como una bengala lanzada al cielo con rabia y euforia que se las apañó para hacer que la gente se acercase a mirar qué pasaba y decidiesen quedarse allí.

Blur merecían la pena mucho antes de 1997, y no dejaron de caminar hacia adelante en su estilo. Mientras que Oasis se cruzaron de brazos en cuanto parecía que se habían convertido en los nuevos Beatles y no tenían que hacer esfuerzos para que la crítica los tuviese por genios, Albarn empezó a desarrollar una larga lista de inquietudes musicales que plasmar en vinilo y soporte digital. “Song 2” no fue el primer paso, pero sí el pistoletazo que convirtió una carrera de fondo en los cien metros lisos.

Y no hay mejor cosa que gritar mientras corres que ese “woo hoo” que te llena de locura. Y lo sabes.

Fotografía: Steve Pyke (NPR)