Tocar en una banda es mucho más fácil de lo que parece. Hacer un concierto con otros tres tíos para tu graduación, tocar un par de temazos y hacer un poco el idiota delante de quinientos conocidos para que todo el mundo se venga arriba es de lo más reconfortante que se puede hacer cuando tienes diecisiete años. No hay presiones, no hay una auténtica dificultad detrás del proceso que vaya más allá de lo técnico, y ni siquiera eso; un par de amplis que cada uno tuviera por casa, quizás pedir prestado un instrumento o dos, y a tirar millas. Yo no era tan bueno por aquel entonces con la guitarra, y ni siquiera había tocado un bajo en serio antes, pero ahí me metí, y fue genial.

Ni siquiera teníamos nombre, porque, ¿qué sentido tenía? Íbamos a hacer dos actuaciones de cuarto de hora cada una, no íbamos a volver a reunirnos, e incluso algunos miembros ya tenían sus propios proyectos por separado. Y sin embargo, fue algo que resultó importante para nosotros, tanto los que tocamos como los que estuvieron viéndonos, y seguimos recordándolo con mucho cariño, aunque es algo que se quedó en una anécdota.

Ni Mike Kinsella, ni Steve Holmes ni Steve Lamos tenían previsto que un disco grabado en cinco días de 1999, sabiendo perfectamente que eso que parecía ser una banda iba a desbandarse nada más finalizar porque habían terminado la carrera, iba a determinar de semejante manera el panorama emo e indie de los Estados Unidos. “American Football” fue un disco de culto de un grupo homónimo que se había estado formando durante dos años, de forma intermitente, limitado por el hecho de que eran estudiantes que en realidad estaban a otra cosa y que ni siquiera tenían instrumentos propios. A veces pedían prestado un bajo para tal concierto, o daba la casualidad de que tenían un ampli a mano, pero todo estaba siempre en el aire. Y los tíos hicieron cosas, tocaron de teloneros de Braid y The Promise Ring, pero nunca pareció ir más en serio de la cuenta. Ellos querían definir su sonido, salirse de la vertiente ruidosa del post-punk y acercarse a la emotividad del post-rock, porque incluso sin saber que aquello iba a llegar a alguna parte, les importaba ser ellos mismos. Les importaban sus temas. Y después, nunca más se supo.

Mantuvieron el contacto al principio, pero cada uno llevó su vida totalmente al margen de lo que brevemente fue American Football: Lamos se hizo profesor, Kinsella y Holmes se fueron ambos a Chicago y continuaron más o menos con la relación, y el primero continuó haciéndose un hueco en el mundo de la música tocando en Owen mientras el segundo se dedicó a la computación, su campo académico. Pero todo parecía indicar que aquello había quedado atrás. Y entonces, llegó 2014.

Para el decimoquinto aniversario de su álbum, decidieron lanzar una reedición de “American Football”, que incluía canciones que se quedaron fuera o exclusivas de algún directo, pero ni con la menor voluntad podría decirse que esos tres tipos pensaban volver a tocar; la mera idea les parecía una locura, les preocupaba no estar a la altura de lo que se esperaba de ellos, pero la verdadera sorpresa fue que, precisamente, había mucha gente que esperaba algo de ellos. El éxito de American Football se había ido gestando a fuego lento durante tres lustros, ganando seguidores por su carácter de culto, que casi se acercaba a la leyenda. Había una especie de mística detrás de aquello, de unos adolescentes cualquiera que, casi sin quererlo, descubrieron la pólvora e hicieron magia con ella. Y es importante lo de ‘adolescentes’, porque este primer disco apela a esa emotividad del post-rock sin olvidarse de que sus raíces son las mismas de la música independiente y DIY, y de una escena de músicos y público eminentemente jóvenes.

La audiencia original había madurado y crecido, pero quienes vinieron después lo vivieron de la misma forma que los anteriores, y así sucedió con diversas generaciones de jóvenes que se identificaron con ese mismo estilo. Fue por todos ellos por quienes American Football decidieron volver a los escenarios y ser una banda de verdad, y de no ser por esto, no existiría “American Football” (LP2).

“American Football” (LP2): desempolvando la casa de High Street, Urbana

Aun a riesgo de parecer una perogrullada, resulta un paso tremendamente valiente volver al estudio diecisiete años después de haber creado un primer álbum tan mítico como el elepé de 1999.

American Football estaban cansados de tocar las mismas canciones en sus giras y decidieron grabar otras nuevas. Así de sencillo. Aun a riesgo de parecer una perogrullada, resulta un paso tremendamente valiente volver al estudio diecisiete años después de haber creado un primer álbum tan mítico como el elepé de 1999. Ahora el grupo estaba mejor estructurado, sin instrumentos rotatorios entre los miembros, y la adición de un bajista fijo (Nate, el primo de Mike Kinsella) hacía pensar en una formación más regular, hasta el punto de que Mike casi se convirtió en el frontman. El proceso de composición también difirió, ya que originalmente las canciones nacían instrumentales porque no tenían grabadoras ni micrófonos a la hora de ensayar, y como no se oían, normalmente la letra era algo que se trabajaba después sobre el terreno; en este último trabajo, Kinsella y Holmes hicieron un trabajo conjunto para la composición, en lugar de partir de riffs sueltos y desarrollarlos después.

Esto también hace pensar en que, esta vez, las letras tendrían una mayor importancia. No es que el primero careciese de esta profundidad, pero su carácter estructural probablemente debió de limitarlas en algún aspecto, así que aquí tenemos algo totalmente distinto, pero que no olvida en ningún momento sus orígenes. Algo así debió de pensar Kinsella al escribir “Where Are We Now?”, el tema que abre el álbum con guitarras arpegiadas al mejor estilo Explosions in the Sky, y que poco a poco evoluciona con un bajo y una batería magistrales para hablar de una relación extraña. Dos personas solas entre los mismos muros, atrapadas entre sí mientras lo de fuera había cambiado al fin. Algo menos dramática se muestra “My Instincts Are the Enemy”, al menos en lo que respecta al apartado musical. Los juegos de armónicos y coros tienen aquí un papel determinante, mientras la voz de Kinsella se abre paso con claridad para cantar sobre sentimientos rotos y tóxicos, propios y ajenos (I wanna taste a little bit of everything / But it gets me in trouble / To fill my plate with the vacant and obscene”). A destacar el impresionante puente a mitad de canción que modifica ligeramente la tonalidad un tanto juguetona del inicio y le confiere un aire nostálgico sin perder luminosidad.

El proceso de composición difiere bastante de su debut, en el que las canciones nacían instrumentales y la letra se concebía después sobre el terreno. Aquí hay un trabajo conjunto, pero que no olvida en ningún momento sus orígenes.

Home Is Where the Haunt Is” empieza con una guitarra acústica casi folk, quizás reminiscente de lo aprendido en Owen, y los alardes de la guitarra eléctrica quedan esta vez subordinados a una canción si cabe más introvertida que la anterior. Tenemos más juegos de variaciones con los puentes, incorporando esta vez un glockenspiel que da a la canción un aire casi Radiohead por momentos, y aunque es más comedida, resulta ser un tema interesante. Por su parte, “Born to Lose” pone su énfasis en el bajo y las notas vocales sostenidas. Sus engañosos estribillos dejan paso a un outro que se permite el ocasional golpe de distorsión y algunas notas de sintetizador aderezando un tema que guarda algo más de rabia que los anteriores. Entonces, el álbum vuelve a esa vertiente emotiva del post-rock más puro con “I’ve Been So Lost for So Long”, el primer adelanto de este mismo elepé. Y esta vez, la cosa se pone realmente derrotista, con citas tan demoledoras como If you need me, don’t / You can’t trust a man who can’t find his way home” o el sencillo pero sentido estribillo If you find me / Could you please remind me / Why I woke up today?”. La mirada hacia el pasado y el tono se tornan aún más agridulces por momentos, hasta el punto de que el narrador se pregunta si su propia vida está siendo un sueño y no le está sucediendo en realidad. La sencilla dureza de sus letras hace de este corte uno de los tracks más relevantes de todo el álbum.

Era difícil remontar este tema, y aunque hasta cierto punto “Give Me the Gun” lo consigue, es difícil obviar que se queda un tanto atrás. Vuelve a focalizarse en la batería y los tonos bajos, añadiendo pequeños detalles de sintetizador y guitarra, pero que esta vez resultan un tanto tímidos hasta bien entrada la canción. No es, ni por asomo, un mal tema, y la letra vuelve a asomarse a ese derrotismo autodestructivo y realmente jodido con un nuevo enfoque, pero los arreglos no terminan de dar en el clavo esta vez. Mientras pensamos esto, sin embargo, Steve Lamos ha vuelto a sacar la trompeta y “I Need a Drink (Or Two or Three)” está dando comienzo. La melancolía, esta vez, se centra en el presente, en el de un narrador harto de luchar por mejorar y no lograr salir adelante, y esta vez mejora un poco el pequeño bajón de “Give Me the Gun”. La batería vuelve a marcar con habilidad los tiempos de pausa y descanso, deja espacio a la expresión de las guitarras y sabe cuándo golpear y con qué fuerza. Los ecos de coros lejanos hacia el final de la canción son una contribución breve a un tema realmente interesante, aunque también con menos fuerza.

Este es el reencuentro con la vieja casa de High Street, la sensación de desempolvar los muebles y dejar que la luz bañe su interior después de tanto tiempo, de pasear entre sus paredes y encontrarse con que el reflejo que devuelve el espejo ya no es el mismo pero entenderlo sólo a medias. No será un disco perfecto, pero es un regreso a la altura.

Sin embargo, para eso está “Desire Gets in the Way”, con sus voces enérgicas y sus frases de guitarra casi evocadoras del punk-rock más luminoso de atardeceres de verano. Recupera ese rollo adolescente del primer trabajo, y su carácter más alegre enciende una luz de esperanza hacia el álbum; incluso se permite un mini-solo distorsionado que resulta encajar a la perfección. Este tema mira hacia el pasado también, sí, aunque con una intención bien distinta a los cortes previos. Pero, aunque ya no sean adolescentes y la fiesta no haya sido precisamente una gran alegría, American Football también saben que, antes o después, toca hacer retirada e irse a casa. “Everyone Is Dressed Up” resucita las trompetas y los recuerdos de estudiantes, la nostalgia por una época que, en realidad, no echan de menos, pero les apena simplemente por pertenecer al pasado. Frases como Our love will surely be forgotten by history and scholars / Forever lost in time’s currents” son entonadas como un estertor de melancolía, de no comprender muy bien qué hicieron cuando eran jóvenes ni por qué esas experiencias se han unido a las de generaciones posteriores de almas encontradas a mitad de camino. Independientemente de qué haya ocurrido, ha merecido la pena.

“American Football” (LP2) es, sencillamente, la clase de disco que nace diecisiete años después. Este es el reencuentro con la vieja casa de High Street, la sensación de desempolvar los muebles y dejar que la luz bañe su interior después de tanto tiempo, de pasear entre sus paredes y encontrarse con que el reflejo que devuelve el espejo ya no es el mismo pero entenderlo solo a medias. No será un disco perfecto, pero es un regreso a la altura, que rechaza toda pretensión y se vuelca en sí mismo. ¿Quizá más de la cuenta? Puede.

Pero nunca es tarde para la nostalgia.

American Football – American Football (LP2)

7.5

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American Football han aprendido mucho al convertirse en una banda estructurada, y tanto sus letras como su sonido lo agradecen. Han sabido enmarcarse en un sonido que parecía haberse disipado desde 1999, y aunque no resulta igual de rompedor que en aquel entonces, su absoluto rechazo a las pretensiones y su desarrollo lírico hacen que el “LP2” sea un álbum perfectamente disfrutable.

Up

  • La planificación de los temas y la organización de la banda han mejorado y ofrecen ahora mejores resultados en cuanto a lo técnico.
  • Sus letras miran al pasado de formas diversas, pero siempre se enmarcan en el presente de la banda.
  • Su sonido característico suena ahora más limpio y maduro, pero no ha perdido un ápice de emotividad.

Down

  • Tiene menos fuerza que el primer “American Football”, y puede hacerse cansado.
  • Que la banda esté organizada hace que se pierda parte del romanticismo de su desorden original.
  • Bajones como “Give Me the Gun”, pero poca cosa más.